Alex, 9 años

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Mi madre me había atado el pelo en dos coletas a lo alto de la cabeza, pero en cuanto entré en el colegio fui al baño y las deshice. Parecía una niña de cinco años con ellas, ¡y estaba a punto de cumplir los diez! Me alisé el pelo con las manos y miré al espejo mi reflejo, Jasper siempre me llamaba conejo y me decía que de mayor iba a tener que usar aparato, pero luego iban papá y Maya a defenderme. Y no es que lo necesitara porque, aunque mi hermano era dos años mayor, yo luego lo acechaba como los leones en los documentales y le mordía con fuerza. Él volvía a quejarse de mis dientes, pero yo conseguía mi venganza. Sinceramente creo que soy la favorita de papá porque me defiende y además siempre me elige a mi para ayudarle a colocar las luces de navidad incluso cuando Jasper se queja porque él también quiere. Que se fastidie, por llamarme conejo. Mi amiga Nina entró al baño mientras yo sonreía al espejo mirando mis dientes. No eran tan grandes, Jasper es idiota.

— Deja de mirarte los dientes, son normales, tu hermano es idiota. — dijo tranquilamente mientras se ponía a mi lado y sonreía enseñando sus dos paletas — Los míos son iguales que los tuyos, ¿ves?

Ambas nos miramos a través del espejo observando nuestros dientes durante unos segundos, luego al fijar mi vista en su pelo castaño vi una cascada de rizos decoradas con numerosos cereales y aunque lo intenté (pero no mucho) no pude evitar soltar una carcajada.

—¡Pareces una... — mi intento de comparación se interrumpió por mi risa — pareces una de esas sirenas feas de los cuentos viejos que tiene tu madre! — ayer mismo los mirábamos riendo de lo horribles que salían esas criaturas con dientes negros afilados y el pelo verdoso con basura humana enredada. Seguro que había sido su hermano pequeño el responsable de su peinado. Maya al darse cuenta me dio un golpe en el hombro para que me dejara de reír, pero es que llevaba todo el pelo lleno.

— ¡Para! No es gracioso Alex. ¡Ha sido Austin! Ese maldito niño no para de intentar crear lluvia de cereales por las mañanas. Estoy harta ¿sabes?, — comenzó a explicarme mientras yo seguía riendo y le ayudaba a quitárselos. — resulta que le parece muy entretenido ver cómo se me quedan en el pelo. ¡Voy a darlo en adopción! Te lo juro Alex, ese niño tiene solo dos años, pero ya está como una cabra.

— En tu casa estáis todos como una cabra — puntualicé sonriendo y recordando a su hermano mayor intentando aguantar diez minutos seguidos haciendo el pino. Caleb acabó vomitando y con dolor de cabeza, claro que eso no le impidió intentarlo al menos cuatro veces más. Salió mal todas las veces.

Nina intentó responderme, pero el timbre que iniciaba las clases nos interrumpió y salimos corriendo para no llegar tarde. Tuvimos unas mil horas de clase aburridísimas que nos pasamos mandándonos notitas por debajo de la mesa.

Nina: "En mi casa están todos locos menos YO"

Alex: "Tú eres la peor, te vi intentando superar el récord de tu hermano haciendo el pino"

Nina: "No lo intenté, LO HICE, además tú también estás loca"

Alex: "¿Yo? Pero si soy un ángel"

Le pasé la nota poniendo cara de buena como hacía Maya cuando quería volver tarde a casa.

Nina: "Recuerdo cierto día que nos metiste en el vestuario de los mayores para robarle las zapatillas a tu hermano"

Tuve que reírme muy bajito para que el profesor no nos mirara. Si leyera las notas nos echaría la bronca porque llevaban semanas intentando castigar al responsable de aquel robo. Miré a mi amiga que sonreía disimuladamente mirando hacia cualquier lado menos a mí y decidí que aquel juego de notitas podría meterme en un lío. Arrugué el papel y lo metí en mi mochila. Y otras mil horas pasaron hasta que llegó el timbre que señalaba el descanso.

AlexWhere stories live. Discover now