Miraba por la ventana de la camioneta las casas y pequeños locales del pueblo. Familias caminando con biblias en sus manos, ancianos sentados afuera de sus casas y niños corriendo tras una pelota.
A simple vista sería un pueblo lindo y acogedor, pero eso no quitaba los escalofríos que Adara sentía cada vez que una persona desconocida le sonreía. Convenciéndose a sí misma de que eso era normal, pues solo llevaban tres días en el pueblo, regresó la vista a su regazo.
No era muy fan de los cambios, odiaba la idea de adaptarse a lo desconocido, salir de su zona de confort era algo que no deseaba, pero ahí estaba ella, alisando la falda de su vestido y preparándose mentalmente para la sonrisa que debía poner una vez llegaran a la iglesia.
Hubiera continuado sumergida en sus pensamientos de no ser por el pequeño punto rosa que captó por el rabillo de ojo, miró a su derecha, su pequeño hermano jugaba en silencio con su peluche. Señor Blandito descansaba en sus piernas, mientras Aaron movía sus brazos simulando que el oso aplaudía.
Lo habría dejado pasar, pero el pequeño moño rosa en la cabeza del peluche activo todas las alarmas en su cabeza. Con disimulo miró al frente, pudo respirar con más tranquilidad cuando notó que ninguno de sus padres les prestaba atención.
Su hermano era "diferente" a los ojos de sus progenitores, un niño que debía ser educado para crecer como un "hombre". Adara aun podía recordar el sonido del llanto de su hermano, aquella tarde en que su madre encontró el oso de peluche con el moño rosa. Después de gritarle lo incorrecto que eran sus gustos, entró a la habitación de ella y le dio una cachetada de la que no se olvidaría fácilmente.
"—¡Deja de cumplir sus caprichos! — le grito furiosa, lanzándole el moño a la cara—. ¡Él es un niño, Adara! ¡UN NIÑO!"
Después de ese día Aaron no volvió a pedirle el moño, de hecho, le sorprendió que tuviera uno, probablemente lo había tomado del baño, Adara solía olvidarlos ahí.
Podía presumir de la inteligencia de su hermanito, con tan solo cuatro años, Aaron había encontrado el ángulo perfecto para no ser visto fácilmente, no pudo evitar sonreír por ello.
Aaron notó su mirada sobre él y la pelinegra pudo ver como su felicidad y tranquilidad fueron sustituidas por una mirada de vergüenza, hizo amago de quitar el accesorio, pero la mayor detuvo su manita.
Le sonrió cómplice y disimuladamente se llevó un dedo a los labios. Aaron respiró con más tranquilidad, lo pudo notar. Soltó su mano y le mostro su meñique, su hermanito entendió rápidamente y le sonrió, uniendo su dedito al de ella.
—Ya casi llegamos— anunció su madre, dándoles una mirada de soslayo, Adara fingió acariciar el peluche, ocultando con su mano el moño—, debemos dar una buena impresión.
—Si, madre— respondieron ambos hermanos.
Cuando pudo divisar la iglesia a lo lejos, miró a su hermano y le quitó lentamente el moño al osito. Aaron no hizo nada al respecto, y guardó el pequeño moño en el bolsillo de su pantalón.
Su padre aparcó la camioneta junto a otras más, mientras su madre se acomodaba el cabello y revisaba su ligero maquillaje. Su progenitor les dio una mirada por el espejo retrovisor y eso fue señal suficiente para que ambos menores sonrieran.
—Perfección— fue todo lo que dijo, antes de cerciorarse de que todo estuviera en orden con su vestimenta para al fin abrir la puerta.
Sintió una pequeña manita tomar la suya, Aaron la miraba, nervioso y asustado. Le dio una mirada tranquilizadora y acarició su rostro.
—Solo sonríe— alisó su camisa—, eres perfecto cuando lo haces.
Sus padres ya habían descendido de la camioneta, su madre la miraba tensa, apurándola con la mirada, pero sin borrar su sonrisa.
YOU ARE READING
SAINTS
Teen FictionLa llegada de la familia Wood a Hills Town trae consigo secretos y mentiras que esta vez no podrán ser escondidas bajo las túnicas de santidad. La primogénita de la familia, Adara, llega dispuesta a dejar todo atrás y comenzar de nuevo; su plan par...
