P.D

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Comienzo a perder la memoria sin tener el cabello blanco y las arrugas bien dibujadas en la piel. Me enamoré de la forma más bella, sin  contar que tengo 60 años y terminar una bonita frase diciendo "la amé demasiado".  

A veces pareciera que existen tres relojes en esta vida; el calendario que tachaba, el que habita dentro de mí y aquel que espera pendiente en el universo dónde todos volvemos resplandecientes. 

Tengo treinta años en este mundo, sin embargo mis pies y mi soledad me han llevado a conocer distintas caras desde una mente más antigua. Puedo beber perfectamente agua de una llave como cuándo era niño y al día siguiente pensar que un cúmulo de lombrices de esas que me contaba mi madre me hará cosquillas en las tripas enroscadas por la risa. Pero tiempo después, callaba como si tuviese esta edad y abría un libro justo en el apartado de insectos para asegurarme quienes eran, como vivían y de dónde venían.  De esta manera aprendí del mundo animal pero de los humanos; no sé nada oficialmente. Solo los siento, los observó, trato de ser un hombre de ayuda. Solamente hacia algunos, guardo una distancia necesaria por respeto a su existencia. Así como me enseñaron a respetar todo aquello que emana vida, desde lo más pequeño hasta lo inmenso. 

Durante los primeros años de mi vida, no fui un hijo deseado en un seno familiar. Al menos si hablamos de mi padre. Mi madre había hecho una carrera técnica; lo suficiente para llevar a casa con mis hermanos la comida necesaria. Siempre una guerrera, un amor incalculable a su "sangre" como ella decía. Hermosa y rebosante mujer de piernas fuertes y baja estatura.  Por mi parte, como les iba contando, mi llegada no fue esperada de la mejor manera. Desde que nací me crié en un ambiente que parecía estar dispuesto a unirme con la soledad. Pocas veces son aquellas a las que me aferré a alguien; en realidad casi nunca. Solo a mi madre por un tiempo, cuándo comencé a crecer y aún no sabía como enfrentar un poco de violencia en casa dónde las palabras no funcionaban entre mis hermanos y una madre agotada dormía a causa del furor del trabajo, pero siempre pendiente de todos.  Vivíamos en un humilde décimo piso dónde mi familia dividía la comida para otorgarme el botín más grande de la mesa por ser "el menor". Así ella les enseñó. Y así por mi parte, ahora divido el pan para las palomas. 

Mi papel en la casa comenzó a ser tan serio como el de un adulto, como el de ellos. Y mi padre cada que nos visitaba para ver a mi hermano, parecía inspeccionar mi ser  a detalle. Me observaba los ojos, el cabello y yo como buen infante, deseaba impresionarlo con los  dibujos a lápiz que realizaba en compañía momentánea de mi hermano, el de en medio al que llamaré "Morfeo". ¿Por qué? La razón es sencilla, su ser siempre se ha mantenido en un profundo sueño del que quizá nunca ha podido despertar o se niega cuándo lo hace. Por fortuna de él, es la copia exacta de mi padre cuando joven. Mi padre de piel blanca, ojos claros y regordete, siempre lo cobijo en sus brazos con amor. Tema que agradecía cada noche, para ser sincero. Pues con el cobijo de mi madre, tuve amor suficientes días y noches. 

Ahora a mis treinta años, agradezco a los cochecitos gastados que aún conservo en alguna parte de la casa, los viajes que hice a muchos lugares en mi mente, mientras alrededor de mi cuerpo pequeño (no soy nada alto) se hallaba la bella soledad. Mis hermanos salían con sus respectivos amores o amigos, huyendo también quizá de dónde yo no podía hacerlo en cuerpo, pero he ahí mi mente viajera, la que me llevó a distintos destinos de la tierra sin un ticket de tren o un boleto de avión. 

Tenía creo unos diez años cuándo supe la historia de mi llegada. Algunas veces pienso que eso de manera seria. Cuándo viajo solo como ahora y estoy rodeado nuevamente de esta soledad, me cuestiono demasiado ¿por qué estoy aquí? Lo diré con ironía, porque esa pregunta quizá nazca todos los días en demasiadas mentes en el planeta tierra y puede ser que no sea solamente un lujo del pensamiento humano.  Mi madre me contó una noche, que a mi llegada en su vientre, libre la muerte por una ocasión. Mi padre se negaba a que llegase a este mundo pero aquí estoy. Escribiendo esto treinta años después y agradeciendo mediante estas letras humildes, el haberme dado la vida; aunque ya no esté aquí.

LA NOCHE ENTRE CALLES

Estoy caminando en medio de calles que no conozco, debajo de una lluvia tupida, así como cuándo tenía  8 años. Mi madre se había ido al trabajo, responsable y fuerte en medio de aquella urbe de temibles seres humanos y bondadosos también. Recuerdo haberme enfermado, tenía fiebre pero sabía que debía hacerme responsable de mí mismo, y liberar a mis hermanos de una carga pequeña pero con el peso de un mundo, era una responsabilidad mía. Volverme hombre pronto. Así debía ser. Así que me levanté guiado de un muñeco de peluche, un león pequeño de melena gastada y bonachón. Caminé con él hacia la cocina y comencé a echarme agua en la cara, una y otra vez para que aquella batalla que en mi mente libraba, la ganará yo. No fue así para mi mala suerte, así que asistí lleno de valor a la caja de medicinas, una humilde caja de cartón de zapatería que era el botiquín de emergencias; tomé lo que siempre escuchaba a mi madre decir "Paracetamol para esto...para aquello...para lo otro". Lo tome y recuerdo haberme dormido en su cama, claro, después de haber hecho el ritual sobre la cama  danzando en círculos a risas para que lloviese y durmiera como a mi me gustaba, con el sonido de las gotas acompañándome. 

Poco a poco fui creciendo, libre enfermedades, alturas de verdadero reto para bajar el cereal pero sobre todo, aprendí a valerme de mi mismo. A no llorar si caía de algún juego. A no temer si me veía solo contra algo. Y sobre todo a fabricar  cuándo no tenía los suficientes juguetes: aprendí a soñar. La juventud comenzó a cambiarme la cara, la voz, el humor y los recuerdos. Mis gestos siempre parecían estar sumidos  en una mente madura; quizá fueron las buenas enseñanzas de los libros que me inundaron desde corta edad. Porque siempre amé aprender, aunque no fuese un niño de notas excelentes, luchaba por aprender, porque a mi, el niño que enfrentaba al mundo; no lo vencería nadie.

Domine algunos deportes, el conocimiento, la bicicleta con o sin lluvia, a dos manos o sin ninguna. El papalote y la dirección del viento, la soledad y mi juventud antes  anudada en una niñez simple pero llena de imaginación. Pensé que había dominado al mundo hasta que conocí el amor.  Aunque para ser honesto, cada año que crecía me volvía serio y maduro; como un hombre de esta edad actual pero anidado en un cuerpo muy joven.  Y para llegar a esta conclusión, lo hice al darme cuenta que yo no quería la fama escolar, ni el reconocimiento social de la cuadra, la admiración de las mujeres o el gusto excéntrico de otros a seguirme. Pero eso, era inevitable. Pues desde niño conocí el don que me dio la vida para ser líder de proyectos e impulsar sueños y mentes hacia algún tipo de progreso social. Super poder que decidí usarlo en bien del mundo.

Así fue, pasar por los pasillos de la secundaria sin perturbarme las ansias del estomago preguntándome cosas del amor y la atracción. Siempre callado, metido en los libros, leyendo en horas de juego, respondiendo preguntas existenciales, jugando a veces con los del salón football o estudiando para algún examen. Así era mi mundo, algo estaba pasando en mis cimientos, comenzaba a construirse algo en mí; un tipo de sabiduría, un acuerdo. El encuentro entre dos almas que no se conocían ni sabían de su mutua existencia. Algo que derrumbaría mi ser y todos aquellos mitos que me decoraban la boca.

Mas tarde, encontraría en mi vida el poder femenino que provoco a mi erotismo. Una revolución masculina mística y poderosa.  Esa energía intima que desde niño cuidaba receloso y silencioso. 


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⏰ Last updated: Apr 12, 2021 ⏰

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