Suerte y azar

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   Fue un día como cualquier otro en el que fui a visitarla. 

  La abuela Elena siempre había sido una mujer muy expresiva, alegre y sencilla. Regordeta y con las mejillas pintadas de rojo por el rubor, morena y con su melena gris que se batía cuando le daba un poco de brisa. Cuando abrí la puerta ella se sorprendió y me abrazó con fuerza. Yo era su único nieto. Su sonrisa era increíblemente contagiosa, así que no pude resistirme.

— Mijo —como me llamaba, abreviatura de "Mi hijo"—, ¿Cómo a estado? ¿Qué lo trajo a visitar a esta anciana suya?

— Vine a ver cómo estaba —respondí viendo su ropa, estaba algo sucia.

— Me agarras cuando estaba limpiando, esta casa vive llenándose de polvo. Pasa, pasa. ¿Ya comiste? —caminó con sus sandalias y un poco de desdén hasta la cocina donde habían pilas de cajas. Mi abuela tiene cierta manía de guardar muchas cosas.

— Sí, tranquila, no te preocupes, ¿Necesitas ayuda con algo?

— No... Tu abuela aún puede valerse para limpiar estos trastes —se sonrió mientras subía a una silla para limpiar la repisa dónde estaban las cajas. Me acerqué a ellas y las abrí, estaban llenas de fotos.

— ¡Ahí eras un pequeñín aún! Me parte el alma que hayas crecido, pero te has convertido en un muchacho muy guapo y educado...

— No me saques los colores abuela... —reí porque me sentí algo apenado. Ella soltó una carcajada.

— Qué modesto... Tu mamá hizo un buen trabajo contigo.

Mientras ella seguía hablando miraba las fotos de la caja. Era un bebé regordete haciendo de las suyas. Cuando abrí la otra caja me extrañé un poco.

— Abuela... ¿Por qué tienes tantos dados?

Ella se volteó a verme, luego a la caja. Se rió y siguió limpiando la repisa.

— Ay mijo, hay cosas que es mejor no saber, pero, ten presente que uno nunca sabe cuándo va a necesitar dados.

— ¿Q-Qué?

— Así es mi amor, nunca sabes cuándo vas a necesitarlos. Agarra dos, te los regalo y cargalos contigo. Son mis preciados amuletos.

— P-pero abuela...

— Agarrarlos, solo son dados —rió. Le sonreí a medias, había algo que no me estaba contando. ¿Se refería a los juegos de mesa cuando le faltaban los dados? No entendía nada. Los tomé y empecé a jugar con ellos, mirándolos. El par que tomé era de madera y se veían muy golpeados.

Con un extraño sabor de boca pasé el resto de la tarde con ella, para luego volver a mi casa. ¿En qué situación tendrías que encontrarte para necesitar tantos dados?

Luego de darme una ducha me escabullí entre las sábanas. Pronto me hallaba en los brazos de Morfeo saltando entre recuerdos sin sentido e imágenes disparejas, a una velocidad un tanto abrumadora. Sin reparo alguno todo se detuvo, estaba en la sala de la abuela Elena.

Escuchaba su risa y la de un hombre. Los cuadros de la casa eran exactamente iguales, los muebles de madera, la alfombra, la estantería, todo estaba intacto. Podía moverme libremente pero procuraba no hacer mucho ruido. En silencio y con cuidado me acerqué al marco de la puerta de la cocina, dónde provenían las voces.

Mi abuela estaba riendo y hablando tranquilamente. La conversación con el hombre era amena, parecían viejos amigos, sin embargo no llegaba a ubicar esa voz masculina. Con extremo cuidado de que no me vieran me incliné para verlos mejor. Sentí como un nudo en la garganta se formaba e me impedía respirar.

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⏰ Last updated: Apr 03, 2021 ⏰

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