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Hubo una vez, en donde el caminar tomando la mano de alguien a quien amas era prohibido — contaba un anciano acariciando su larga barba — el amor, debería de ser algo libre, no encerrarlo y gritarlo; este sentimiento me asfixiaba en mi juventud.
Era el año de 1944 a finales de noviembre, cuando yo estaba profundamente enamorado. El chico por el cual mi corazón latía, Romeo, era un cliché sacado de una serie; su personalidad era espléndida, alto, caballeroso, y con él una sonrisa que te invitaba a conocerlo. Yo era alguien simple, desaliñado y siempre con las mismas tres camisas, no es que no quiera encajar, sino que mis metas pertenecían a mucho más que algo banal como mi apariencia física.
Mi segundo amor era el violín, un artefacto capaz de sacar notas que consolaban mi corazón. Este instrumento lo compró mi padre, después de un fuerte berrinche, no fui capaz de no caer en sus encantos cuando toque la primera nota y así me adentre al mundo.
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Un día lluvioso donde las gotas lentamente me conducían a una hermosa y apantallante luz, desde afuera se escuchaba el sufrimiento, la emoción, la tragedia y la risa, todo partiendo de una melodía tenue que de pronto estallaría la sección de percusión; pum plaz sonaban los tambores gritando emoción, un himno a vivir, más yo solo me fijaba en él, un melancólico pianista tocando unas vagas notas, mirada perdida y rostro pálido. Me preguntaba ¿cómo una persona puede estar tan triste en tanta conmoción? Me alejé enojado al ver que esa persona no disfrutaba de la vida cuando en el fondo yo también me sentía así.
Ese pianista que conocí aquella vez, resultó ser Romeo, de la persona que me enamoré. Su melancolía llegaba a mis dedos, bailaban en el violín soltando la tristeza que me provocaba verlo pasear solo, es tan apuesto y caballero, ¿por qué estaba solo? Era la pregunta que daba vueltas por mi cabeza, quisiera hablarle, mostrarle lo que me ha llegado a sentir con su mera presencia, creo que me estaba enamorando.
En la noche, solía tocar con mi pequeño violín que siempre traía, pequeños sonidos decían el cómo veía el mundo. Apareció ese hombre con su sonrisa, se veía feliz, cosa que no lo parecía cuando tocó el piano aquella noche. Tocas muy bien — dijo el chico —, hago lo mejor que puedo y aun así siento... — Romeo lo interrumpió — que no es suficiente, sabes — se sentó a mi lado — la gente cree que las artes son un juego, que solo es sentir la música, pero nunca aprecian, no son conscientes de las noches largas, solo ven resultados y creen que hay una especie de magia que nos hace especiales. — agarré su mano — por favor, quédate — él sonrió mientras decía — no quiero que te detengas por mi — interrumpí — entonces, escúchame tocar, tu dijiste que soy bueno. Finalmente, Tyler se sentó a escuchar.