Maine

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Una tormenta amenazaba con azotar el pueblo según las predicciones meteorológicas que había dado las noticias locales alrededor y acertaban que sucedería cerca de las once de la noche, sin embargo eran las ocho y el viento gemía incontrolablemente, las nubes gritaban con fuerza y resplandor iluminando las oscuras calles como Maine. 

Nicolás León veía a Alan Rios arrastrarse lloriqueando con una pierna rota, las costillas, y unos cuantos huesos más, en efecto, todo su rostro era nada más que una pintura hecha por el ilustrador equivocado que sabía cómo utilizar el pincel a la perfección de una manera algo grotesca pero más allá de la divinidad del arte.

Sus plegarias no parecían ser suficientes para Nicolás, avanzaba con lentos pasos y con total serenidad en su rostro, los alaridos de dolor y auxilio lo traían sin cuidado, nadie habitaba cerca, y si escucharan, nadie se atrevía a hechar un ojo, no si tenía que entrar allí, normalmente se escuchaban cosas extrañas, era un callejón, del viejo barrio Maine, ligaba con un bosque más adentro y se había vuelto inhabitable en su mayoría por la cantidad de animales peligrosos que habían invadido las casas habitadas en aquél tiempo, eran de algún modo incontrolables, sin embargo el ambiente era tenso, habían ojos en todas partes, o bien, eso pensaban algunos, las paredes y los suelos estaban invadidos en vegetación de una manera hermosamente aterradora. El silencio reinaba, en la noche todo parecía ser más tranquilo, en cuanto a los animales, dormitaban en sus madrigueras.

El chico puso una bala en las comisuras de los labios, e introdujo otra en el cargador del revólver, sacó otras dos y las introdujo igual, no detuvo los pasos, tampoco cesaba el llanto de Alan, sintió que la lluvia estaba llegando, y venía con fuerza, el viento no dejaba de soplar desconsoladamente, a lo lejos, allí dentro, en la oscuridad se escuchaba el estruendo de las ramas chocar con otras, podía imaginar incluso inconscientemente los árboles tambaleándose con furor. Tomó la bala de sus labios y la introdujo finalmente. Le dio una mirada cálida, el agua le estaba lavando la sangre del rostro de Alan, quedaban moretones y sangre mezclada con agua, y con sus jodidas lágrimas. Se detuvo por una columna atinada en el suelo y antes de que pensara en buscar otra dirección, alzó el revólver y le apuntó, suplicaba sin quitarle la mirada de encima, se le acercó y lo miró fijamente con la poca luz que atravesaba desde la lámpara que estaba fuera del callejón, sintió un vacío, creyó sentir que la mano le temblaba, Alan Ríos dejó de llorar y de suplicar ante su último momento de miseria, lo miró con severidad, a Nicolás le pareció que el corazón se le comprimía de una manera extraña, perdía el contro del arma y la sentía inexplicablemente pesada, por un segundo hubo un silencio absoluto, que fue roto enseguida por el sonido de una rama romperse, se percató que tenía el arma ya casi abajo y sin pensarlo dos veces apuntó de nuevo a la cabeza y presionó el gatillo, pero fue más fuerte el sonido de otra rama que del estallido de la bala.

Se le escapó una lágrima, la sintió arder quedándole, carcomiendole la pena de sus actos.

Miró alrededor al darse cuenta lo aterrador que se sentía allí dentro, bajó el arma al lado de la pierna y no alejó el dedo del gatillo, la mirada de Alan Rios era tan serena que espantaba, sus ojos habían perdido aquél brillo de vida.

Se dio la vuelta y avanzó unos cuántos pasos sin darse cuenta que las piernas casi se le doblaban, sintió un súbito deseo de fumar, se acercó un poco a una esquina para poder encender el cigarrillo, guardó el revolver en un costado entre los pantalones, sacó el encendedor, sintió un vocifero sonido de una serpiente de una manera ruidosa, lo ignoró e intentó encemder el cigarrillo pero la mano le temblaba, bajo el sonido de la lluvia sintió de nuevo un silencio, dejó caer el cigarrillo y el encendedor, no quiso darse la vuelta, metió las manos en la chaqueta y avanzó hacía la salida, iba perdido en sus pensamientos, tenía todo revuelto como una bola de caca cuando de repente la lampara estalló, dio un salto de terror, su respiración era acelerada y casi ni podía regularse, sintió que algo enrollaba su pierna y ligeramente se alejaba, dio otro salto y miró hacía el suelo con la escasa luz azul que producía la tormenta cuando vociferaba aturdida, pero no logró ver nada más que maleza alrededor de sus pies, sacó el revolver e intentó salir frenéticamente, estaba alrededor de unos treinta metros de la salida, intentó correr pero estaba apresado por el pánico y no tenía el coraje de aumentar el ritmo de sus pasos, sentía que si lo hacía, perdería. 

Su cabeza se llenaba de imagenes aleatorias borrosamente, se sentía mareado y pensaba que eso estaba bien, ¿no crees?.

Despertó aturdido y se dio cuenta que estaba de rodillas con el revolver en la boca, sentía un enorme deseo de jalar el gatillo pero antes pudo apuntar hacía el frente y disparó dos veces a la densa oscuridad, a sus espaldas, apenas si podía ver la salida con el resplandor que producía los truenos, se levantó aturdido, mareado y con nauseas, empezó a caminar de nuevo hacía la salida, por Dios que lejos estaba, pensó, ya no parecían treinta metros, parecían cien, posiblemente más, no creía poder llegar, avanzaba rápido y ciertamente inconsciente, veía que las paredes se le venían encima incluso sin verlas, todo parecía un obstáculo perfecto para tropezar, notó que ya no llovia, tan solo una brisa, el viento era lento, los truenos no cesaban pero todo estaba más tranquilo, sintió un silencio sereno, casi relajante y sentía que volvía de nuevo, podía ver incluso más claro la salida, sus pasos eran cada vez más rápidos, sentía un fuerte alivio, estaba cerca de salir, no dejaba de sostener el revolver que le parecía pesar una tonelada, de repente sus pies chocaron con algo grande que no derribó al suelo, intentó levantarse rápidamente pero sentía fuertes pinchazos en el cuerpo, y algo le agarró la garganta con fuerza, podía oír como si mil serpientes estuvieran atacando con su maldito sonido vociderante y asqueroso. 

El revolver se le resbaló de las manos, el dolor de la garganta creció rápidamente con un dolor exasperante.

La lluvia empezó a caer con más fuerza, el viento silbaba monstruosamente, y en Maine se oían gritos de agonía, todas las almas perdidas rogaban por salir.

MaineWhere stories live. Discover now