Prólogo

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Ella tenía una lista escrita con manos pequeñas y sueños grandes.
La escribió cuando todavía creía que la vida era eterna,
cuando no sabía que algunos cuerpos se marchitan antes que el alma.

Y luego, un día, la guardó.
La escondió como quien entierra un pedazo de esperanza.
Porque crecer con una fecha de caducidad es como vivir bajo un cielo que siempre amenaza tormenta.

La conocí cuando ya había dejado de buscar finales felices.
Cuando reía por costumbre, no por alegría.
Cuando ya se había hecho amiga del dolor... y enemiga de los milagros.

Yo no fui su cura.
Fui su empuje.
La chispa que le recordó que aún podía quemarse por dentro.

La vi sacar esa lista arrugada como quien abre una herida antigua.
Y uno a uno, fuimos tachando deseos que dolían más que cualquier diagnóstico.
Bailar bajo la lluvia.
Dormir en la playa.
Decir lo que nunca se dijo.
Ser amada, aunque fuera tarde.

Ella vivió sus últimos días como si no le debiera nada al tiempo.
Y yo... yo aprendí que algunas personas vienen solo para incendiarte el pecho,
y después se van, llevándose todo, incluso tu reflejo.

No hubo final feliz.
Solo un último suspiro que todavía escucho en las noches más quietas.
Y un amor que no tuvo futuro...
pero fue más real que todo lo que vino antes.

Dicen que el duelo se pasa.
Que el alma se acomoda.
Que un día el dolor afloja.

Tal vez.
Pero yo aún la busco en cada silencio.
En cada paciente que no es ella.
Y en cada lágrima que ya no cae...
porque hasta las lágrimas... se secan.

Nota de la autora: ¡Hola, mundo!

Decidí darle una vueltecita a la historia. Sigue siendo la misma, simplemente decidí corregir detalles.

hasta las lágrimas se secan Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora