Prologo: El origen del lobo solitario

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Hitoshi Shinsō fue un niño que conoció el abandono antes que el afecto, el frío antes que el calor humano. Su infancia fue una sucesión de gritos, peleas y puertas cerrándose en su cara. Sus padres nunca le ofrecieron una caricia, ni un "te quiero" para aliviar la soledad que lo consumía desde los cinco años.

Y un día, simplemente, se cansaron de él.

El divorcio fue su sentencia. Su madre no quiso saber nada de él, ni una visita, ni una llamada. Le dijo a su exesposo que lo dejara tirado en la calle. Y así lo hizo. El padre de Hitoshi lo llevó hasta un callejón sucio, entre montones de basura, y lo dejó allí con una mentira:

—Quédate aquí. Vuelvo en un rato.

Nunca volvió.

Shinsō pasó cuatro días esperando, temblando de frío y hambre, escondido entre bolsas negras y cartones. Se alimentó de residuos, tragando pedazos podridos que le destrozaban el estómago. Dormía envuelto en bolsas de basura, con la esperanza inútil de que su padre apareciera por esa esquina.

El sexto día, su cuerpo no resistió más.

—Papá... ¿por qué demoras tanto...? —susurró, antes de desmayarse.

Esa misma noche, Shōta Aizawa regresaba del mercado. Mientras cruzaba la calle cercana a aquel callejón, una punzada en el pecho lo hizo detenerse. Miró hacia la oscuridad entre los edificios. Algo no andaba bien. Se acercó lentamente, alerta ante un posible ataque. El hedor lo golpeó primero: podrido, rancio, desolador.

Y entonces tropezó.

Cayó al suelo con un gruñido y, al girarse, vio lo que lo había hecho caer. Su corazón se detuvo por un segundo. Un niño pequeño, delgado como una rama, inconsciente, rodeado de basura. Sin pensarlo, Aizawa lo alzó en brazos, temiendo lo peor. Al comprobar que tenía pulso, se aferró a él y corrió al hospital más cercano.

Shinsō fue atendido de inmediato. Estaba desnutrido, deshidratado y febril. Pasó una semana inconsciente, pero no solo. Aizawa lo visitó cada día, después del trabajo. Se sentaba junto a su cama, en silencio, sosteniéndole la mano.

El séptimo día, los ojos morados del niño se abrieron por fin.

Miró a su alrededor, confundido, y justo en ese momento la puerta se abrió. Aizawa entró, y al verlo despierto, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Se acercó rápido y lo abrazó con fuerza.

—¿Cómo te sientes?

—Bien... —respondió con voz baja y apagada.

—¿Dónde están tus padres? ¿Sabes?

El niño negó con la cabeza.

—¿Qué hacías en ese callejón? ¿Por qué no te fuiste a casa?

—Mi papá me dijo que lo esperara...

—¿Cuánto tiempo lo esperaste?

Hubo silencio.

—Más de tres días... creo.

A Aizawa se le rompió el corazón. ¿Cómo podía alguien abandonar así a su propio hijo?

Le acarició el cabello con ternura.

—¿Tienes hambre?

El niño bajó la mirada y asintió. Aizawa sonrió con tristeza.

—Te traeré algo para que comas, ¿sí?

Justo cuando iba a salir, la voz del pequeño lo detuvo.

—¿Quién eres?

—Me llamo Shōta Aizawa. Y desde hoy, yo voy a cuidarte.

Los años pasaron, y Aizawa cumplió su palabra. Cuidó de Hitoshi como un verdadero padre. Pero la infancia rota no se cura con comida ni techo. A pesar de tener un hogar, Hitoshi no era como los demás niños.

Descubrió temprano que era un alfa. Fuerte, dominante, con una presencia que imponía incluso en silencio. También descubrió su quirk: lavado cerebral. Con solo una respuesta verbal, podía controlar a cualquier persona.

Pero el mundo no veía su poder como un don. Lo llamaban "villano". Lo temían. Y lo rechazaban.

Los amigos desaparecieron. La confianza se volvió una ilusión. Aprendió a no necesitar a nadie.

Y lo peor de todo: sus padres siguieron con sus vidas, felices, como si él nunca hubiese existido. Ese abandono se le quedó tatuado en el alma. Nunca los perdonaría.

Aizawa intentó ayudarlo. Le habló de terapia, insistió con psicólogos. Pero Hitoshi se negaba. Cada intento de intervención terminaba en una amenaza:

—Si vuelves a decirlo, me largo. Me voy a vivir a la calle.

Y Aizawa sabía que lo haría.

A los 16 años, Hitoshi ingresó a la Academia U.A. Superó la prueba de ingreso con facilidad. Aplastó robots como si fuesen juguetes. Pero no tardó en descubrir una nueva distracción: los omegas.

No necesitaba su quirk para conquistarlos. Con una mirada y una palabra amable, caían. Se ofrecían. Y él tomaba lo que quería.

El sexo se volvió su válvula de escape. No por amor. No por deseo genuino. Solo una forma de olvidar. De controlar algo. De sentirse superior a ese niño abandonado entre bolsas de basura.

Y así vivió ese primer año: usando, desechando, sin mirar atrás.

Hasta que algo cambió.

—Estudiante Shinsō, por favor, diríjase a la oficina del director —anunció una voz por los altavoces del salón 1-C.

Hitoshi se levantó de su asiento sin ganas. "¿Qué mierda querrá ahora?", pensó mientras caminaba. Estaba harto de las reuniones semanales sobre su actitud. Que si era intimidante. Que si no socializaba. Que si sus profesores estaban incómodos.

Tocó dos veces la puerta.

—Adelante —respondió la voz del director Nezu.

Entró. Como siempre, Nezu lo recibió con una sonrisa y una taza de café.

—Oh, joven Shinsō, gracias por venir tan rápido. ¿Cómo estás?

—¿Me llamó solo para preguntarme eso? —dijo Hitoshi con voz seca.

Nezu rió suavemente.

—Nada de eso. Solo quería saber si estabas bien.

—Estoy igual que siempre. Vaya al grano.

El director suspiró.

—Serás transferido. A partir de mañana estarás en el salón 1-A. Por favor, empaca tus cosas al finalizar el día. Las mudaremos por ti.

Shinsō lo miró con expresión neutra. No le importaba. Mientras hubiera omegas, todo estaría bien.

—¿Eso es todo?

—Bueno... he escuchado rumores sobre ti, Hitoshi. ¿Hay algo que deba preocuparme? Si quieres hablar, estoy para ayudarte...

—Son rumores idiotas —respondió el pelimorado, saliendo y cerrando la puerta de un portazo.

No volvió a clase. Fue directo a empacar.

Ya no tenía que regresar a casa de Aizawa. No más reglas. Tenía su propio dormitorio, su propio mundo. Su propio campo de caza.

Mientras guardaba la última prenda, se tiró sobre la cama y cerró los ojos.

—Clase 1-A, ¿eh...? Más les vale tener buenos omegas.

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Espero les haya gustado este cap, pueden comentar y decirme que les pareció oh y si les gusto pueden dejar su votito.

Nos leeremos luego.

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