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Érase una vez dos corderos juguetones concebidos desde la muerte, pequeños y lanudos, que durante muchos años vivieron ignorando el vacío que su llegada provocó en el rebaño.

Ingenuos, sin malicia, eran la inocencia en su más pura expresión: los más bellos de todos. Sus pequeños cuerpos lanudos llamaban la atención de cualquier malintencionado, le hacían brillar los ojos con codicia viva y oscuro deseo, instándolo a esquilarlos y devorarlos.

Así fue como, una tarde de diciembre, la inocencia de los corderos fue arrebatada tras un ataque silencioso donde, entre besos y palabras mielosas, el manto cándido de sus cuerpos fue rasgado con uñas de lobo hasta dejarlos en carne viva. Luego fueron degollados, desollados, desentrañados y deshuesados, sirviendo de alimento para un hambriento lobo que se disfrazaba de borrego.

Así, una y otra vez: degollados, desollados, desentrañados y deshuesados. Alimento listo.

Degollados, desollados, desentrañados y deshuesados.

Degollados, desollados, desentrañados y deshuesados.

Degollados, desollados, desentrañados y deshuesados.

Una y otra vez, hasta la eternidad.

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Para el niño que hay en ti, que quiso gritar pero perdió su voz en el camino.

-Sade-

Próximamente.

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⏰ Last updated: Jun 06 ⏰

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