Primer movimiento: Idiomas y dialectos.

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(Leer despacio, prosa complicada)

Para Rima, la señorita de rojo que está allá tocando el piano.

«No me respondió, me miró y se abalanzó a mis labios, nos besamos y nos caímos al piso por
accidente. De nuevo en el piso me repitió: 'si, tú... te amo a ti'».

-Frase atribuida a un viajero de tierras antiguas.


El evento fue en el mismo vecindario en el que vivíamos mi primo Nico y yo, así que salimos de la casa desfilando con nuestra ropa de gala. La gente iba y venía y de vez en cuando nos robábamos algunas miradas que volaban por los aires a nuestro alrededor. Nos bañaba la luz cálida de un atardecer veraniego, un ligero viento tórrido nos cortaba la piel del rostro y escuchábamos el crujir de hojas de los firmes árboles que nos rodeaban.

—Tendremos que rodear por la calle de acá —dijo Nico haciendo un gesto con su brazo señalando una dirección. Pasaríamos por la calle de enseguida, porque la inicial estaba en reparación por un tubo de agua subterráneo que había colapsado el día anterior. Aun recordaba los gritos de Betty mi vecina, mojada de pies a cabeza, maldiciendo a los del servicio de reparaciones que apenas llegaban a la escena—, y hay que darnos prisa si no queremos llegar tarde.

Llegamos al lugar del evento, un teatro pequeño, para exhibiciones pequeñas.
Recuerdo que ni el mismo sol competía con la luz que Rima le daba a mi vida. Nos habíamos conocido mucho antes, fuimos muy buenos amigos en la escuela, hasta que nos fuimos distanciando el uno del otro. Pero nuestros hilos se volvieron a enredar hacía no mucho. Ella tenía problemas serios en su vida, al igual que yo y, de hecho, los seguíamos teniendo.
Decidimos darnos la mano el uno al otro, en unos días yo era un niño llorón y ella mi fuerte ejército, y en otros simplemente intercambiábamos los papeles.
De esta peculiar manera nació un amor. Mientras nos ayudábamos a caminar por la vida, mientras prestábamos el hombro para que el otro pudiera llorar y curarse.
La amaba, me amaba. Nos amábamos. Un amor torrencial, pero silencioso. Un idioma que solo nosotros sabíamos hablar. Eso significaba Rima para mí. Y mis sentimientos se reforzaron cuando miré aquellos ojos esmeraldas que me volvían loco.

—Hola, Blair —dijo Rima saludándome, y aunque para todas las personas alrededor fue un saludo normal, yo pude entender aquel extra que venía escrito en nuestro idioma.

—Hola, Rima —finalmente contesté.

Ella también saludó a Nico e inmediatamente después, mi primo y yo entramos en aquel pequeño teatro. Rima se quedó en la entrada recibiendo a todas las personas que venían a nuestro concierto. Quería quedarme con ella a recibir invitados juntos, pero no me fue posible porque se me había hecho tarde gracias a aquel desvío que tuvimos que tomar Nico y yo al venir. Necesitaba entrar, acomodar mis cosas y afinar mi violín.
Antes de perder a Rima de vista por adentrarme demasiado en aquel lugar, giré la mirada para verla, ella también giró la suya lentamente unos pocos centímetros para verme con el rabillo del ojo. No se movió ni un milímetro más, no movió los labios, ni siquiera parpadeó y en lo que fue un instante de no decir nada, ella y yo nos lo dijimos todo. Bien dicen que la longitud de la eternidad también puede ser de un solo instante.
Torné mi vista de nuevo al frente y me dirigí a la trinchera detrás del gran telón.

Escuchaba el cuchicheo de las personas sentadas al otro lado. Susurros y sombras. Dejé el estuche sobre el suelo, a un lado del escenario. Tomé el arco, apreté las cerdas y froté la brea suavemente sobre él de abajo hacia arriba, de nuevo y otra vez de nuevo. Escuché pasos detrás de mí, supuse que probablemente todo el público había llegado ya. Teníamos casa llena.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Rima mientras apartaba con una mano el pliegue de su vestido largo color rojo carmesí para poder sentarse en el banquito del piano.

El idioma de la circunspecciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora