Reviso el celular con frenesí ansioso por el mensaje que aún no llega, al no sonar decido perder el tiempo sacando una caja debajo de mi cama llena de polvo haciendo que mi nariz tenga reacción y comience a picar... seguido de estornudos.
Con sumo cuidado y orden saco papeles con garabatos, algunas figuras recortadas con imprecisión —recordando esas revistas inconclusas regadas en la sala y comedor—, también encuentro flores marchitas que alguna vez tuvieron preciosos colores vivos, y en su lugar tonalidades grisáceas y marrones decoran la flor.
Llegando al fondo hallo la foto que tanto me lastima.: su cabello estaba largo llegándole a la cintura —repetidas veces insistí en que lo recortara, pero se negaba hasta hacer una rabieta— lo mantuvo así todo el tiempo, llevaba un vestido negro y debajo una blusa de seda blanca, —fue su favorito por unas semanas— se negaba a quitárselo y siempre lo presumía a cualquier persona que viese en la calle o estuviese de visita, también le encantaba que zapatos y accesorios combinasen siendo un moño negro el toque perfecto para decorar su abundante y rojiza cabellera.
Ese día la llevé a conocer un cultivo de cítricos que un amigo recomendó. Debo ser sincero, en mis planes no estaba llevarla a ella conmigo, sino comprarle un árbol y regalárselo ya que sus programas favoritos siempre fueron de huertos y agricultura —era muy pequeña para tener esa fascinación— por lo que pensé motivarla con detalles como un árbol. Insistió tanto dejándome sin opciones, escogió el árbol que más le pareció bonito, siendo todos iguales. Me pidió una fotografía para pegarla en su habitación "es mi primer árbol" me dijo con una sonrisa en su rostro y las mejillas carmesí por el viento del lugar.
Como si el marco fuera un delicado pétalo de rosa deslizo mis dedos sobre este, limpio el polvo que se encuentra en el por el tiempo que se mantuvo oculto en esa caja fea y vieja... importándome nada usar mi camisa como trapo para eliminarlo.
—Pequeña —pronuncio con voz quebradiza.
Sin previo aviso lágrimas gruesas ruedan por mis mejillas nublando mi visión, dejo sacar todo lo que tengo adentro sollozando, me encuentro solo y aprovecho la oportunidad para liberarme. Con mucha fuerza me aferro a la fotografía esperando sentir su aroma y calidez mediante esta acción, sin embargo, mi mente me lastima diciendo "es un absurdo cuadro", ardiendo aún más mi corazón al saber que ella no volverá que nunca la tendré cerca, que El destello de mi vida se ha esfumado dejándome en un vacío oscuro destrozando cada parte vital de este ser inconcluso.
—¡Mi pequeña! —grito rasgando mi garganta— ¡Escúchame pequeña!
Me hago un ovillo en el suelo abrazando mis piernas para lograr calidez...fallo, sintiendo que jamás podré salir de este oscuro e infinito hoyo que me tortura con cada recuerdo, aroma... o lugar que tengo de ella. Hasta su nombre no lo he pronunciado por un largo tiempo, porque duele, duele porque antes salía de mis labios con amor y orgullo de tener a ese ser formando parte de mi vida, pero ahora...me quiebro, fallo al intentarlo. Me siento un imbécil al evitar charlar sobre ella, al no permitir que demás gente pronuncie su hermoso nombre, siento que me debilito y no quiero que las personas sepan del estado en el que me encuentro, sepan lo cuan afectado estoy, no quiero recibir su lástima.
Pero sé que necesito de ellos para salir adelante.
Ahora entiendo cuando dicen que la vida pierde sentido, porque eso ocurre cuando pierdes a la persona que te alienta a seguir adelante, que te ve fracasar y triunfar, que...te da amor, que te reconforta.
Escucho la melodía de llamada del celular, a regañadientes me pongo de pie para contestar:
—¿Tienes lo que te pedí? —pregunto sin esperar un saludo como inicio de conversación—. Sí, sí, en ese lugar te espero. No, no. Solo...sí, solo nosotros iremos.
Cuelgo la llamada evitando la charla de cómo me encuentro y si me siento bien. Decido cambiarme la camisa, tomo una corbata que combine con el resto del traje, con práctica y precisión hago el nudo ajustándola para que no me moleste por estar muy apretada, descuelgo el saco manteniéndolo en mi mano para ponerlo hasta estar en el lugar. Salgo de mi habitación sin desviarme con nada, llego a mi carro, subo, arranco escuchando el rugido del motor, y manejo hasta el sitio.
Los árboles se balancean de un lado al otro liberando algunas hojas que decoran el suelo como una alfombra suave y llena de colores cálidos. Las nubes se tornaron de colores grises ocultando en el proceso al sol. Podría tener nerviosismo de estar en este lugar, a esta hora y con este clima, sin embargo, el interés de estar aquí es otro, haciendo que el resto del panorama se pierda.
Camino en dirección a una persona con dos ramos de flores, su cabello largo se alborota bloqueando su vista por momentos.
—Hola hermano —saludo abrazándolo.
—Hola —saluda—. Aquí está lo que me pediste.
Extiende el ramo de Dalias que le pedí desde hace días, logrando encontrarlas hasta hoy... tomándome desprevenido. Inhalo profundo para tranquilizar mis latidos y de paso sentir el dulce aroma de las flores, al exhalar veo a mi hermano borroso por las lágrimas atascadas en mis parpados:
—Ya ha pasado un año hermano —dice tomando la palabra sabiendo que me es imposible pronunciar palabra alguna—. Lo has manejado muy bien.
—Si tú lo dices —musito fallando en hallar mi voz—. Siento que los recuerdos me torturan hundiéndome.
—Y así será hermano, el dolor siempre vivirá en ti siendo algo imposible de controlar.
—Ella pensaba que podía controlarlo todo —digo recordando sus palabras—, y créeme que intento controlarme, pero fallo siempre.
—No debes de controlar nada hermano, debes de liberarte logrando así sosegar tu alma —sigue la conversación conmigo, acomoda en la grama el ramo de lirios blancos manchados en el centro color violeta que trae en sus manos—. Uno empieza a recordar con alegría pasado dos años, ahora tienes derecho de llorarle todo lo que desees.
—¿Y luego?
—Recordaras sin dolor, recordaras con orgullo de haber formado parte de su vida, recordaras con alegría haberla hecho feliz.
—Dolerá menos —termino la oración por él.
Con lentitud me pongo de cuclillas para estar a la altura y lograr ver con claridad la lápida de cerámica verde, quito lo que fue un ramo de flores, delineo las letras doradas sintiendo mi corazón estrujarse, más el doloroso nudo en mi garganta astillando fuertemente cada parte...debilitándome.
—Mi pequeña Dalia —pronuncio con dificultad su nombre—. Estoy aquí mi pequeña flor.
Ahora es mi turno de acomodar el ramo de Dalias rosadas en el otro extremo acariciando la fría cerámica en el proceso.
—Ella le hace justicia —admite mi hermano en cuclillas a mi lado—. Elegiste bien el nombre de tu hija, hermano.
—Lo sé. Ella me lo agradeció.
Y es hasta ahora que entiendo que: La muerte es la ausencia que el ser humano no soporta.
Fin.
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DALIA © [RELATO CORTO ✔]
Short StoryEl destello de mi vida se ha esfumado dejándome en un vacío oscuro destrozando cada parte vital de este ser inconcluso.
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