Capítulo 1

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Un cielo oscuro se extendía sobre él y un suelo frío yacía bajo su cuerpo desnudo. Aquella falta de luz lo inquietó y le obligó a reaccionar, no estaba seguro de dónde estaba, pero un olor a podredumbre y sangre empapaba el aire. Intentó ponerse en pie, pero no logró sostenerse y cayó de vuelta al suelo. Sus alas dolieron al intentar extenderlas y su cabeza no dejaba de dar vueltas.

En medio de aquella desorientación, algo estaba claro, no había razón para estar en aquella ribera nauseabunda, era un ángel después de todo y aunque sus alas dolieran, las extendería y alzaría vuelo. O al menos, era lo que pensaba, pues justo cuando intentó extender sus alas otra vez, algo emergió de la tierra húmeda, una mano huesuda y casi descompuesta, que se aferró a su pie.

Él dio un tirón y se apartó de aquella grotesca mano, pero otras más fueron surgiendo de entre la arena y el lodo, se arrastraban como gusanos y buscaban aferrarse a él. El impacto de aquello que veía lo hizo reaccionar y rápidamente se puso de pie y sacudió su cabeza, dirigió su mano con la palma extendida hacia aquellas repugnantes manos que se arrastraban por la tierra y de inmediato comenzaron a retorcerse y a despedazarse hasta volverse polvo.

El ángel retiró la mano con sorpresa, dándose cuenta de lo que acababa de hacer. La destrucción impulsiva no era un acto propio de un ángel y, aun así, aquel gesto había sido tan natural que no se había percatado ni del cómo lo había hecho.

Mientras meditaba en esto, una figura espectral fue surgiendo, no muy lejos de allí. Apareció en una barca sobre el río frente al ángel, era una figura alta y delgada envuelta en viejos y sucios harapos.

—Despertaste al fin —le dijo— no llevo cadáveres al otro lado, se pudren aquí y son devorados por las otras almas, pero cuando vi tus alas, supe que despertarías en algún momento y que yo debía esperar. Después de todo, no todos los días hay un nuevo caído.

—¿Caído? —la palabra resonó con fuerza en el ángel, sintió que el mareo regresaba, pero se obligó a mantenerse firme. Levantó los ojos, el cielo lucía tan negro como cuando despertó, un negro profundo y amenazante, sin rastro de estrellas. A su alrededor, todo lucía apagado, desolado y el olor a muerte era intenso y agobiante— ¿Quieres decir que he caído?

—Aún pareces confundido, recién llegado, pero me caes bien. Serás el primer ángel que lleve al otro lado del Aqueronte en mucho tiempo, han pasado muchos aiones desde la Gran Guerra del Cielo, ¿no es así?

El ángel no respondió, pero se fue acercando a la barca, después de todo, ¿qué otra cosa podía hacer?

—Por supuesto que cuando caímos, no había nada aquí. Nada ni nadie, solo desolación y oscuridad, aunque dicen que no siempre fue así —comenzó a narrar el barquero mientras impulsaba su barca por las aguas oscuras de aquel río maloliente— la mayoría siguió su propio camino, pero yo me quedé aquí junto al río. Luego aparecieron los humanos y desde entonces, incontables almas han aparecido en la ribera. Los ángeles son diferentes, muy pocos han caído desde el Gran Exilio, han pasado Eras desde el último, pero ellos han sido tocados por la oscuridad y vienen acá claramente consumidos por su pecado. Tú en cambio, te ves diferente, pareces perdido.

—No sé cómo llegué hasta acá —dijo el ángel— no debería estar acá, soy un ángel.

—Lo fuiste, amigo, todos lo fuimos y ahora ninguno lo es y estamos atrapados en este infierno.

"Infierno", el ángel había pensado esa palabra desde que despertó y vio aquel cielo oscuro, pero no se había atrevido a pronunciarla, ¿qué hacía él allí?

—No debes preocuparte —volvió a hablar el barquero— me agradas, así que voy a llevarte a donde llevo a las almas de los humanos que caen hasta acá. Además, no todos los días puedo llevar a un ángel en mi barca.

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