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Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo,

cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas,

solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales,

más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor

perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan.

Marcel Proust



Soy incapaz de recordar el rostro del muchacho con el cual me acosté por primera vez. Por lo contrario, puedo evocar la habitación desordenada, la luz intensa que penetraba a través de los postigos, el murmullo del mar, el camastro sudoroso que amenazaba con desbaratarse bajo el peso de nuestros cuerpos, torpes y violentamente entrelazados en unas sábanas de color lila desvaído...

En ocasiones mi memoria intenta reconstruir a partir de estos detalles; trata de precisar los hechos, identificar los rostros y unirlos a un tapiz tejido y destejido a cada instante, pero mi pasado no es sino un rompecabezas cuyas piezas he perdido irremediablemente, puesto que nunca miré hacia atrás. ¡Ojalá lo lamentara! Pero creo no equivocarme si aseguro que jamás me preocuparon los momentos agotados, que nunca me esforcé por conservar dentro de mí imágenes concretas. Lo poco que prevalece se debe de alguna u otra forma a su propia obstinación, ajena por completo a mi voluntad, pues al fin y al cabo considero el pasado como una carga que nos aplasta, que nos aniquila. Muchas veces, sin embargo, corremos a refugiarnos en él, lo buscamos en esas horas en las que la soledad, como en aquel poema de Rainer María Rilke, sube desde el mar y avanza hacia la noche, nos regocijamos o nos maniatamos en los espejismos que nos ofrece; tenemos sed de pasado, de lo que ya no volverá, de la misma manera que añoramos lo que pudo haber sido y nunca fue. La vida es angustia en tanto que engendramos nuestros sufrimientos. Y entonces, un buen día, enfermamos de recuerdos. Pero el olvido es la rebelión de un espíritu contra el desasosiego de su propia existencia...

O quién sabe, a lo mejor Mary tuviese la razón: recordar, con todo y su desgarro, sea existir plenamente, y la verdadera pérdida sea olvidar. No lo sé.

Pero yo no había pensado en Mary en todos estos años, y fue así como la visión de aquel verano del 2001 apareció frente a mí inundada por la luz de la nostalgia. Volví a contemplar los cuerpos jóvenes tendidos en la arena, aspiré el aroma a arroz frito sazonado con panela y distinguí, como por el lente de un caleidoscopio, el perfil de la Sierra Nevada, tan distante y tan cercana a la vez.

Mis papás poseían una casa de veraneo a las afueras de Taganga —un pueblito a diez minutos de Santa Marta—, a la cual se accedía por una carretera sin asfaltar que bordeaba la costa. Íbamos allí en vacaciones. Nuestras estadías se prolongaban a lo largo del mes de junio y la primera semana de julio, pero aquel verano fue la excepción. Tras un embarazo complicado, mamá había dado a luz gemelos, motivo por el cual decidimos quedarnos en Taganga hasta mediados de agosto. La tranquilidad y la frescura límpida que aquellos meses del año traían consigo les vendrían bien a ella y a los niños.

Por las mañanas, cuando la luz del sol dibujaba los primeros contornos, enfilaba rumbo a la playa. Su extensión abarcaba varios kilómetros, y aquí y allá, dispersas en mar abierto, el oleaje mecía las barcazas de los pescadores. Sus torsos desnudos, curtidos por el trabajo diario y el vigor de su esfuerzo, resplandecían del mismo modo que sus sonrisas al sacar del agua las redes rebosantes de peces.

Desde que tuve edad suficiente para moverme a mis anchas, solía recorrer la playa o las callejuelas del pueblo. A partir de estos itinerarios se desprendían otros pasatiempos: jugar voleibol con los amigos de siempre, aunque cada año un poco más distintos, buscar conchas y estrellas de mar, bucear, o bien, beber guarapo o jugo de corozo a la sombra de las palmeras. La primera mañana tras mi llegada, después de deambular por la playa y recoger algunas conchas en la orilla, me dirigí a casa de Daniel. Aquel muchacho cuyos rasgos el tiempo también desdibujó de mi memoria y yo compartimos cada verano durante ocho años. Nos hicimos amigos a los diez y desde entonces fuimos inseparables. Esa mañana fue su quien abuela me recibió en casa. Me invitó a desayunar, y al preguntar por él, suponiendo que aún dormía, me llevé una sorpresa amarga: la señora me comentó que Daniel se había ido a estudiar becado a Bogotá, y según preveía, meditaba la idea de radicarse definitivamente.

VeranoTempat cerita menjadi hidup. Temukan sekarang