Vecinos

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Keila dio una vuelta sobre si misma, sus pies descalzos apenas hacían crujir la cálida madera, tenía una rodilla flexionaba y su piel desnuda resplandecía bajo la luz de las velas, tan solo una camisa blanca de hombre a medio abrochar cubría su cuerpo, meció el licor burdeos de la copa que sostenía elegantemente en la mano izquierda y miró desafiante la aterradora pantalla blanca donde el cursor la desafiaba con su insolente guiño.

Se sentó apoyando las piernas en el brazo de la silla y cruzó las mismas a la altura de los tobillos.

Nada, seguía sin acudirle ni una idea a la mente, ni siquiera para seguir lo que tenía a medias, últimamente era como si consiguiese ver las palabras pero a la que traba de alcanzarlas o reproducir las escenas se le escapasen entre los dedos topando con esa eterna página en blanco.

Empezaba a desesperarse y entrar en pánico, más cuando en cuatro semanas esperaban el primer borrador. Dejo la copa sobre el cristal de la mesa y suspiró frotándose la nuca.

Estaba tensa, y descentrada, su piel hervía y no precisamente por la temperatura ambiental.

Cerró la pantalla de portátil y miró como seguía diluviando fuera, el cristal de la ventana empezaba a empañarse, bebió un poco más y miró el cómodo sofá rinconero con la manta dejada de cualquier manera sobre este. Se levantó cogiendo el mando del televisor y el disco duro y se acomodo cubriéndose con la manta tras seleccionar la película.

Y por todos los cielos que tan sólo lograba pensar en una cosa o mejor dicho en alguien, para ser sincera, debería sacarse esa imagen que había quedado gravada a fuego en ella, pero era imposible, aquel hombre la había dejado temblando de pies a cabeza, cuando lo vio sacarse el casco todavía montado sobre aquella moto pasándose los dedos entre el denso cabello que le llegaba al cuello, ras descubrir ese rostro ya no pudo dejar de mirarlo.

Era el epítome de la sensualidad y la arrogante masculinidad. Exudaba seguridad por cada poro de su piel, recordaba cada rasgo, cada gesto... Su cuerpo, cincelado por el mejor artista griego era un despliegue de músculos perfectos y flexibles, sus brazos fuertes y potentes al igual que sus piernas enfundadas en un desgastado jean raído. La camiseta negra resaltaba su torso y sabía perfectamente el efecto que causaba. Bajo de la Ducati apoyando las botas en el asfalto y miró alrededor con aire distraído andando hacia la entrada del local por la puerta de atrás.

Sus facciones marcadas y ensombrecidas por un leve rastro de bello lo hacían aún más atractivo, sobre todo cuando alzaba los labios en esa sonrisa lenta y pícara, esa boca estaba hecha para pecar, era un paraíso de emociones y sensaciones al igual que esas manos grandes y esas espalda que la hacía pensar en rodearle la cintura con las piernas y clavarle las uñas en los hombros. Pero eso no era todo sino que eso ojos, esos ojos la lanzaban al mismísimo abismo del infierno más ardiente que jamás había conocido, azules, profundos...

Suspiró con la imagen de su recuerdo y se centró en su voz rota, ronca tan sexy y caliente como todo él. Nahuel; era el cantante de la banda que había tocado ese sábado en el Gato Salvaje, el club de uno de los chicos del grupo y debía reconocer que eran buenos, mucho. Su música era vibrante con fuerza y pegadiza, todo el mundo había disfrutado como nunca y tenía claro que Undercovers llegarían lejos, muy lejos.

Nahuel tocaba también la guitarra y ya no le quedó duda de que esos dedos tenían más de un talento, tanto que de no haber sido una vivencia real, diría que todo eso había sido producto de alguna de sus fantasías ya que, tanto él como todo en sí, eran dignos de haber salido de sus letras. Dio otro trago al vino y miró al techo.

Hacia un buen rato que se oía trastear arriba, cajas, pasos, arrastres... parecía que por fin se había vendido el ático y el propietario estaba liado con la instalación colocando sus pertrechos.

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