Pastel de Navidad

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En aquel maravilloso pueblito, llamado Tiara, la familia Sumoza tenía su casa grande, fresca, agradable a propios y visitantes. Doña María, una hermosa señora muy blanca, con ojos azules y una piel muy suave, de unos sesenta años y Don José, alto, de piel blanca, de ojos café, alcanzando ya sus setenta años de buena vida junto a Doña María, ya estaban en retiro, sus hijos ya profesionales, casados y ambos con sus respectivos hijos, visitaban aquella casa de tantos recuerdos, en víspera de navidad, como una religión. Les agradaba reunirse con sus padres y ver que ellos disfrutaban mucho la visita de sus nieticos.

En aquellas épocas el Pastel de Navidad, una maravillosa mezcla de nueces, licores y chocolates, eran la delicia mayor de la cena navideña, por lo cual reunía todavía a las familias y los amigos más allegados. Eran tiempos de compartir y de reír. De eso hace mucho tiempo ya.

Una familia bastante numerosa y alegre, reunida alrededor de una mesa. Allí está Ethan, alto como su padre, pero de ojos azules muy intensos como su madre, el hijo mayor, con su esposa Geraldine, una hermosa mujer de piel morena de cabellos muy negros y sus dos hijos, Verónica, idéntica a su madre y muy dulce, la más grande y el pequeño Charlie, imagen viva de su padre. De cabellos rubios y ojos hermosamente azules. También está Daniel, igual de alto que su hermano y muy parecido a su padre, sobretodo en sus ojos grandes de un color café muy vivos y brillantes, acompañado siempre de su esposa Litia, una mujer muy amable y hermosa. Su piel blanca, ojos grandes color miel como su cabello también del mismo tono. Todo en ella es gentileza y la hermosa Nadia, fruto del inmenso amor que se profesan. Es una niña feliz, alegre, de ojos azules y carita siempre rosada, con una cabellera negra abundante y de rulos espectaculares. Para la ocasión el amigo inseparable de la infancia de Ethan, los acompaña, el agradable Luisito, ahora ya casado, miembro del comando policial del pueblo, es de contextura fuerte, bajo de estatura, alegre, muy jovial , padre de Anita y Dieguito. Dos niños idénticos, pues son gemelos, de piel morena, ojos negros y gorditos. Se divierten, ríen y comparten, mientras tienen una agradable cena; con hallacas, ensalada de gallina y un dorado y delicioso pernil, acompañado del típico pan de jamón. Los niños muy alegres. Avanza la comida y finalmente llega el postre. En aquel momento estalla la alegría de los chicos, pero la abuela María continua seria.

En aquella familia, existe una perfecta unión y como es natural en una familia bien unida, la seriedad de la abuela ensombreció a todos los presentes. Los niños se miraron muy inquietos, sin darse mucha cuenta de lo que ocurría. Se extendió una gran tristeza desde la abuela, como una gran sombra, que por las noches cae desde las montañas y se va prolongando a medida que se va el sol.

El hijo menor de Doña María, siempre cariñoso y preocupado por su madre, Daniel, tomó la palabra y dijo:

- Mamá, ¿qué te pasa? Tienes algo? Acabo de ver tu cara y tus cabellos blancos y me ha dado un terror que pocas veces he sentido en mi vida. Qué te ocurre?

- Hijos – dijo la anciana – Aquí tenemos esta noche el Pastel de Navidad que es una vieja tradición, y nos hemos olvidado de la bondad de Dios, que se aparta para mostrar gratitud por estos alimentos, para dársela a algún necesitado que toque nuestra puerta, está noche. Cuando era una niña también se servía el Pastel de Navidad; pero antes de comerlo mi madre, Emelina, reservaba siempre un pedazo del pastel, que mi hermana Ermelinda, siendo la hija más pequeña, y la más inocente de la familia cogía, para salir a la puerta de la casa y gritar:

- ¡La bondad de Dios! ¡La bondad de Dios!

El primer pobre que pasaba por allí tomaba aquella parte, que era la suya.

Y solamente cuando el Pastel de Navidad había tenido el gran honor de ser probado por un pobre, la familia lo podía comer y la alegría era inmensa, porque Dios aquella Navidad había tomado su parte.

Pastel de NavidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora