Todo el tiempo que había transcurrido allí arriba, el cual no tenía ni idea de cuánto había sido, era muy frustrante porque además de no poder soltarme. Tampoco podía gritar debido a la mordaza.
«Bastardo.», pensé furiosa.
Llevaba una hora simplemente meditando el asunto de cómo escapar y así poder patearle el culo por tenerme aquí encerrada. Las horas restantes me las había pasado con la rabia saliendo de cada uno de mis poros, sin embargo así no lograba nada productivo. Por lo que me he intentado calmar y razonar. Tenía una maquinación en marcha, esperaba que funcionase.
Toqueteé la cuerda que me ataba las muñecas. Solo llegaba a rozarla pero tenía que valer de esta forma ya que no tenía ningún otro plan. Intenté hacer que una chispa saliese de mis dedos y así quemar la cuerda, soltándome. Me concentré todo lo que pude hasta que noté ese calor ya familiar para mí.
Una vez con las manos libres arranqué la mordaza y volé hasta el suelo con extremo cuidado, ya que las cuerdas se clavaban en mi piel como cuchillas. Cuando ya estuve sentada en el suelo repetí el proceso de quemar las cuerdas en mis pies.
¡Dios, que bien sentaba la libertad de moverse como uno quiere!
Me tumbé en el suelo acolchado de la sala como una estrella de mar. Ah, dulce, dulce libertad. Entonces me acordé de Marcus y eso me hizo frotarme las muñecas.
Había pasado unas cuantas horas ahí arriba pero en verdad no me sentía tan mal. Este entrenamiento, aun siendo una verdadera tortura, ha puesto a prueba mis límites y mi capacidad de razonamiento. Si no hubiera sido Marcus el que me hubiese «secuestrado» no creo que me dieran tantas facilidades para escapar. Siendo realistas una vez pasado el cabreo con él, me percaté de cómo debía de actuar. Me lo había puesto fácil. Solo que mi rabia no me dejaba ver.
Levanté el culo del suelo para dirigirme a mi habitación a descansar, y lo pensé mejor.
Abrí la puerta sin llamar, no había nadie, tan solo la oscura habitación de Marcus. Empecé a quitarme la ropa hasta quedarme en ropa interior. Una cosa interesante es que durante mi breve encierro aprendí a recoger mis alas. Aunque también tuve que descubrir como desplegarlas, sino aun seguiría ahí, o en el suelo sin brazos.
Corrí las sabanas de la cama para meterme dentro y disfrutar del sueño. Debí de pasar bastante tiempo boca abajo en la sala de entrenamiento. La ropa de cama estaba toda impoluta... o tal vez Marcus con su magia de brujo lo haya secado todo.
¡Abracadabra, seca esta cama!
A veces mis pensamientos eran demasiado estúpidos. Me reí de mi misma mientras abrazaba la almohada, agotada por el esfuerzo anterior.
Sentí movimientos sobre mi cuerpo y solo se me ocurrió gruñir y darme la vuelta sobre el colchón para seguir durmiendo.
—Dana despierta. —Susurró Marcus.
— ¿Mmm? —Gemí como respuesta.
—Venga preciosa, despierta. —Continuó él insistente.
— ¿Qué ocurre? —Cuestioné sin ganas de que al no hacerle caso me tirase otro cubo de agua helada.
—Tenemos que hablar sobre temas importantes, ya has descansado lo suficiente.
Me incorporé en la cama mientras suspiraba, preparándome mentalmente para lo que tuviésemos que hablar. Él estaba sentado en el borde y me miraba de una forma que no sabía cómo interpretar. ¿Sería ternura? Estaba toda despeinada, un desastre, pero él había descubierto que era todo un caballero. Se notaba que venía de otra época.
—Dispara. —Repliqué.
— ¿Te acuerdas de cuando nos enfrentamos a esos dos Malditos?
Parecía que habían pasado décadas de aquello y en realidad no habían sido más que un día, dos como mucho. No recordaba demasiado bien que ocurrió cuando Marcus me sacó del lugar de la pelea.
—Sí, recuerdo que yo estaba luchando contra el Maldito vestido de negro y tú con el de gris. Me pareció muy fácil, hasta que al otro lo vi casi arrancándote la cabeza y desde ese punto, todo se vuelve más borroso.
Fruncí el ceño, confundida con mis escasos recuerdos.
—Mataste a un Maldito, el que casi acaba conmigo. —Me aclara. —Al otro lo noqueaste tan fuerte que tardó varias horas en despertar. Está en el sótano junto con Cedric, en celdas separadas claro. —Calló por un momento, pensativo. —Creo que tienes razón, fue fácil, demasiado. Tenían que estar esperándonos. El de negro no te lo puso muy complicado porque mientras tú luchabas contra él, estabas distraída y al otro le era más fácil acabar conmigo. Así tú estarías más desprotegida y vulnerable que nunca, ya que no has alcanzado la cima de tus poderes.
—Tiene sentido lo que estás contando. —Mascullé pensativa. —No obstante, no contaron con que me volviera loca y matase a uno de ellos.
—No estabas loca. —Se rió ligeramente de mis palabras. —Sino en un estado llamado Éxtasis. Solo lo poseían las más poderosas Guardianas y cuando ocurre es porque estas en pleno apogeo de poder. Empleas todos al mismo tiempo y tu combinación de poderes son las más ofensivas. Jamás se habían dado antes.
— ¿Jamás? No me lo creo, seguro que alguna los poseyó.
—Solo se conocen mitos de una Guardiana capaz de usar estos poderes, la Madre Creadora, la primera Guardiana del Bosque. Las historias cuentan que podía resurgir de sus cenizas igual que un ave fénix. Inmortal, nada la podía matar. Después de vivir durante milenios, pensó que había vivido ya por demasiado tiempo. Decían que se entregó a un rayo, éste golpeó su cuerpo y desapareció con él. No quedaron cenizas de las que regresar.
—Vaya, pero esto no son más que leyendas y no creo que pueda resurgir de mis cenizas.
Me reí, aunque en el fondo... todas las leyendas tienen algo de verdad.
—Tus alas son de fuego azul, porque es fuego mágico. —Continuó con la explicación. —Puede matar a los Malditos, como hiciste con el de negro en el bosque.
No solo poseía el fuego en las alas. Había aprendido a cómo controlarlo, mas bien la palabra correcta no sería esa... porque lo sentía algo innato a mí ser.
—Bueno... entonces tengo dos poderes, ¿no?
—Sí, posees dos de los dones más fuertes entre las de tu raza. Combinados hacen de ti alguien imparable. Fuego y Aire. No todas las Guardianas poseían dos dones, eres poderosa, Dana.
— ¿Cuáles tenía Dafne? —Cuestioné curiosa.
—Agua y Tierra. Sois muy diferentes, solo os parecéis verdaderamente en el aspecto y poco más.
—Ya veo... ¿Qué tal si bajamos a hacer una visita a nuestro nuevo huésped?
Me sentía con ganas de joderle la existencia a algún Maldito. ¡Qué mejor que al que teníamos encerrado en el sótano! A veces era un poco sádica.
—Vamos. —Dijo Marcus levantándose de la cama.
Una vez abajo en las celdas, me guió por otra sección del sótano, el cual nunca había visitado, este era aun más lúgubre. Llegamos sin demorarnos demasiado en donde se encontraba encerrado nuestro amigo el Maldito vestido de negro. No muy feliz de estar allí.
—Déjame pasar dentro contigo, Marcus, por favor. —Le pedí.
—Iremos los dos, pero no quiero que te acerques mucho a él. ¿Me lo prometes, o al menos lo intentarás?
Asentí con la cabeza. Entonces Marcus abrió la puerta y entramos juntos.
El Maldito estaba encadenado a la pared con las dos manos a su espalda y sentado en el suelo. Levantó la cabeza para mirarme fijamente con asco y odio, uno que nunca había visto en los ojos de nadie.
No me hice de menos y le devolví la mirada. No lograría intimidarme.
— ¡Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí! ¡Nada más y nada menos que a nuestra Guardiana del Bosque, Dana y, al aprendiz de brujo y perrito faldero, Marcus! —Exclamó él con la voz destilando sarcasmo y veneno.
Si pudiese nos escupiría todo el asco que sentía por nosotros como si fuese ácido, esperando que nos deshiciésemos en el sitio.
Levanté la mano, sin poder controlarme y harta de seguir escuchando estupideces saliendo de su asquerosa boca, y le absorbí el aire de los pulmones. Mis poderes cada vez fluían mejor, parecía que los hubiera usado toda mi vida. El Maldito no podía respirar, y cuando vi que estaba a punto de asfixiarlo, lo solté. Cogió una gran bocanada de aire e intentó recuperar la compostura como pudo y sus ataduras se lo permitieron.
—Somos quienes te mantenemos con vida, nos debes un respeto, Maldito. —Gruñí saliendo de la espalda de Marcus. —Bien, ahora que ha quedado claro quién manda aquí... dinos que pasó la otra noche. —Ordené.
—No es muy complicado percatarse que fue una trampa. No sois tan inteligentes como pretendéis y cuando los demás nos liberen os enterareis de lo que es una tortura de verdad. Sobre todo tú, niñata.
Levanté la mano dispuesta a lanzarle una bola de fuego en la puta boca, sin embargo Marcus se percató de mis intenciones y detuvo el movimiento antes de que siquiera pudiese llevarlo a cabo.
—Solo estás tú. —Habló Marcus, echándome de nuevo hacia atrás.
—No lo habéis hecho muy bien entonces, si dejasteis escapar a Félix...
— ¿Quién te ha dicho que escapó? —Contesté con una sonrisa cruel. —Yo lo maté. —Declaré.
—Imposible, niñata.
El Maldito reía incrédulo y yo aburrida ya de su charla, alcé la mano de nuevo y la incendié, las llamas eran azules. Ese hecho llamó su atención, sus carcajadas cesaron por completo de inmediato y en sus ojos se podía contemplar el terror al ser consciente de que podría morir en aquel mismo instante si a mí me apetecía. Observó asustado su final en las llamas de mi mano. Estiré el brazo hacia atrás, como si se la fuera a lanzar contra él, pero antes de que saliera de mi mano, la bola de fuego se consumió.
—Buh. —Susurré riéndome. — ¿Ya no te ríes más?
Marcus se giró y en su rostro vislumbré la estupefacción y una extraña mueca en sus labios. Le toqué en el pecho con mi mano ya apagada y lo miré a los ojos. Esa mirada me gustaba.
Cogió mi mano y me guió hasta el exterior del sótano. De allí fuimos directos a la habitación y creo que ya la podía llamar nuestra habitación. En cuanto entramos Marcus se dio la vuelta y me empujó de manera contundente con su propio cuerpo hasta que di con el mío en la puerta.
Colocó los brazos uno a cada lado de mi cabeza. Me había encerrado.
—Has sido una pequeña bruja ahí abajo. —Susurró agachando su cabeza hasta la curva de mi cuello. Sentí el cosquilleó de su cálido aliento sobre él.
—Se lo merecía. —Repliqué mientras colocaba mis manos sobre la base de su cuello, en la nuca, acariciando sus rizos castaños oscuros.
—Tienes razón, pero no me has hecho caso. Eres una chica mala.
Elevó su rostro hasta dar con sus ojos en los míos. Adoraba como se veían los de él, con esos matices plateados adornándolos como el metal fundido. Pero al mismo tiempo de un verde intenso.
Acto seguido, juntó sus labios a los míos, sin cuidado, con brusquedad. Parecía un sediento en medio del desierto bebiendo de mí. Cada vez era más crudo lo que me hacía sentir con su contacto, más pasional. Llevé mis manos al bajo de su camisa, rozando desde su cuello todo su torso e introduje la mano en la parte de su abdomen.
A pesar de lo mucho que deseaba continuar con el recorrido de estas, Marcus me las agarró antes de dejarme continuar con mi lento reconocimiento. Cesó el salvaje beso y con él la vorágine de sentimientos en mi interior. Volvió a mirarme a los ojos fijamente, intentando encontrar en ellos alguna respuesta, suponía.
Lentamente me soltó y seapartó, dejándome respirar de nuevo.