04 de noviembre
Seguía viendo las luces al dormir.
Seguía escuchando voces lejanas fuera de mi alcance.
Seguía encontrándome con Jude en la inmensidad de un bosque oscuro, donde los susurros que emiten sus labios nunca dicen nada reconfortante.
Y podría pensar que, por ser simples sueños, no debería preocuparme demasiado, pues con solamente abrir mis ojos, tendría que enfrentarme a una realidad diferente.
El problema es que esa realidad estaba lejos de ser mejor.
La noche anterior, casi cometo el error de quedarme dormida en el pasillo, y eso no fuese un problema en primer lugar si no tendría que pensar en evadir una supuesta hora de la muerte para evitar encontrarme con lo que sea que rondaba por los pasillos a altas horas de la madrugada. Fue Bex quien me encontró, y no le pude explicar el porqué de mis lágrimas.
Cuando se ofreció a dormir conmigo esa noche, sabiendo que no iba a poder entrar en mi habitación, me limité a negar con la cabeza e insistirle en que quería estar sola.
No quería, en realidad. La compañía me hubiese caído como anillo al dedo, pues temía quedarme dormida y despertar sin recuerdo alguno tal y como sucedía cada mañana sin razón aparente. Estaba cansada de los juegos y extraños acontecimientos en este jodido hotel. Estaba destrozándome más que cualquier cosa que pude haber enfrentado antes.
Esa noche, los pensamientos suicidas volvieron.
Fueron incluso peores, porque antes llegué a pensar en mis padres, en mis hermanos, y en la manera en que les afectaría mi ausencia a todos los seres que me amaban. Sin embargo, la mayoría seguro ya pensaba que estaba muerta, y a la otra mitad, se los había tragado un alojamiento maldito.
¿Me quedaba algo por lo que luchar? ¿Tendría un motivo por el cual seguir intentando salir de aquí con vida? ¿Lo merecía después de no haber podido evitar la muerte de mis amigos?
Lloré. Lloré hasta que se me desgarró la garganta. Lloré hasta que mis desolados sollozos se entremezclaron con los llantos eufóricos de lo que sea que se ocultaba tras mi pared. Ni siquiera tenía miedo. Seguro que ella estaba tan desconsolada de estar aquí como yo.
Cuando no me quedaron más lágrimas que derramar, mi cuerpo, naturalmente, comenzó a sentirse cansado. Esos últimos instantes en que mi nariz sorbía goteante y mis mejillas permanecían húmedas contra la almohada, comencé a pensar en varias maneras de suicidarme. Podía robar un cuchillo pequeño del comedor en uno de mis bolsillos hasta mi habitación y cortar mis venas con el lado filoso; podía lanzarme desde el último piso rompiendo el cristal de uno de los ventanales; podía ahorcarme con la cobija de mi habitación colgándola de la lámpara guindada en el techo.
Pero sin mi completo consentimiento, mis ojos se cerraron, y mis sueños se vieron revueltos en el mismo enredo de sucesos que transcurrían abrumantes dentro de mi cabeza.
Con una única variación.
Porque en lugar de las usuales advertencias de Jude para no quedar atrapada dentro del hotel, se atrevió a acercarse a mí como nunca antes, dobló sus rodillas para quedar a mi altura en el suelo, y con una voz preocupada y rostro melancólico logró decir:
—No lo hagas, Paige. No soportaría verlo otra vez.
Y aunque sus suaves dedos trazaban mi mejilla de arriba hacia abajo, yo no podía parar de llorar. ¿Cómo era él capaz de entrar dentro de mis pensamientos? ¡¿Cómo esto continuaba pasando?! ¡¿Estaría volviéndome loca?!
—Paige. —Dice él, captando mi atención.
Giro mi cabeza con una lentitud pasmosa para encararlo.
—Lo siento, no debí de... no tuve que...
Se retenía a él mismo por alguna razón, con labios fruncidos y parpados apretados, evitando mi mirada a toda costa.
—¿Qué cosa, Jude? —insistí.
Suelta un suspiro pesado, y sé que nada bueno puede salir de su boca después.
—No debí permitir que cargaras con esa mentira todo este tiempo. ¡Mira lo que has estado pensando! ¡Yo no quería! ¡Debía protegerte! ¡Debía encontrar la manera correcta de decírtelo! —su voz era casi aguda y chillona, tan fuerte que me obligué a encogerme un poco en mi sitio —. Todo esto es mi jodida culpa, Paige. No tienes idea de lo arrepentido que estoy.
—No tengo idea de lo que hablas. —Solté con brusquedad, frunciendo el ceño un poco.
Algo me hizo sentir molesta de repente, y eso no tenía ningún sentido cuando él estaba tratando de disculparse por algo que yo aún no entendía.
—Yo sí —aseguró Jude —. Y prometo que haré todo menos difícil para ti.
—Creí que ya lo estabas haciendo.
—En parte, sí —dijo. Terminó por sentarse a mi lado, apartando su mano de mi rostro al evaluar mi actitud a la defensiva —. Pero todo sería más sencillo si tan sólo supieses la verdad.
—¡¿Y cuál es?! —inquirí en un grito.
Pero Jude no era capaz de mirarme. Sus ojos estaban fijos en el pavimento, mientras sus dientes mordisqueaban el interior de su mejilla como si de eso le dependiese la vida; los dedos de sus manos se enredaban unos con otros en una clara señal de nerviosismo, y comencé a cuestionarme tantas cosas en ese momento que ni siquiera fui capaz de ordenarlas por completo en mi cabeza.
No mejoró nada cuando él musitó finalmente:
—La verdad sobre lo que te hice.
Aquello me impactó. Aunque no me pudiese mover del suelo, mi cuerpo se inclinó hacia atrás por el peso de su comentario, porque era como si hubiesen disparado un arma justo a mi rostro, donde mi mente no asimilaba y mis oídos querían expulsar las palabras escuchadas. Quería que todo esto fuese una vil mentira. Una inquietante y para nada divertida broma de Halloween.
—¿De qué estás... de qué me hablas, Jude? —cuestioné, negando con la cabeza —. ¿Qué se supone que me has hecho?
No respondió. El único sonido aparente era el susurro de aquellas voces desesperadas que sonaban tan lejos y tan cerca a la vez, incapaces de ayudar.
—Haré algo que no debería, Paige —responde finalmente, por fin mirándome —. Despertarás y serás capaz de recordar. Y esta noche, cuando comience la hora de la muerte a las doce, abrirás el guardapelo que te di, y mirarás fijamente a su interior.
Fruncí el ceño en confusión.
—¿Y eso cómo me ayudará? —le pregunto indignada.
Su mano suave regresa a las caricias sobre la piel de mi rostro, al mismo tiempo que mis ojos oscuros estudiaban mis facciones con melancolía, y cuando su dedo índice trazó la línea de mi cabello hasta parar en un punto central de mi frente, extrañamente, comencé a sentirme mareada.
—Porque lo recordarás desde el principio.
Y entonces, desperté.
Por primera vez desde que llegué, no era de mañana, ni me había saltado el desayuno y tenía que arreglarme corriendo para no perder la hora del almuerzo. No, más bien, parecía que había dormido apenas cinco minutos, porque me encontraba en la misma posición, con las mejillas aún humedecidas, y la luna que brillaba en lo alto del cielo cuya belleza era admirable desde la ventana abierta de mi habitación, parecía no haberse movido ni un poco.
No sé cómo Jude lo había hecho, pero si estaba segura de algo, es que no podía volver a dormirme.
Lo único que me mantenía postrada en la cama sin atreverme a acabar con mi vida era la curiosidad. Ganas me sobraban para averiguar qué era eso de lo que Jude hablaba y, sobre todo, porqué resultaba ser tan importante. Un sinfín de teorías llegaron a mi cabeza, pero nada lo suficientemente sustancioso para que fuese un motivo lógico aparente que nos retuviera de salir de aquí. O peor, que nos obligara a permanecer en el hotel para toda la eternidad.
Cuando el cielo aclaró al darle la bienvenida al alba, decido finalmente levantarme y tomar una ducha. Mi cabeza dolía en punzadas molestas, probablemente a causa del llanto continuo por tantas horas, y el cuerpo me dolía en extrañas partes claves como si hubiese recibido golpes fuertes constantes. Era extraño y bastante incómodo, pero nada con lo que no pudiese sobrevivir.
Sin embargo, verifico por moretones en mi cuerpo mientras la regadera empapa mi piel, y fruncí el ceño cuando no logré encontrar ningún indicio de heridas. Por supuesto, no recordaba haber sido golpeada, pero la sensación era tan molesta que comencé a preguntarme si mi cerebro había bloqueado alguna clase de encuentro peligroso la noche anterior en la que me haya visto involucrada en alguna pelea.
Nada.
Derrotada, termino de enjuagarme, secarme y vestirme para volver a entrar a la cama. Lo último de lo que tenía ganas era de ver a mis amigos hoy, y ya sólo quedaban cuatro de nosotros. Cuatro... ¡de ocho que éramos en total! ¡Sin contar a Jude que, simplemente, desapareció!
Hasta ahora, no me di la oportunidad de cuestionarme si él había quedado atrapado por un bucle, pues tenía todo el sentido del mundo, ya que el resto de nosotros se olvidó de él al día siguiente exceptuándome a mí, pero, si eso era cierto, ¿por qué era capaz de comunicarse conmigo y los demás no? ¿Acaso él tenía un poder que nadie más? ¿Acaso ese poder lo tenía yo?
Antes de poder meditar las respuestas, alguien toca mi puerta levemente.
Sin pensarlo, mi boca pregunta casi suplicante:
—¿Austin?
—¡No, soy Bex!
Dejo salir un suspiro decepcionado y arrastro mis pies hasta la entrada de mi habitación, encontrándome con la cara morena y cabello rizado alborotado de mi mejor amiga al otro lado en el pasillo.
—Hola. —Dije desanimada.
—¡Hasta que por fin te has despertado temprano! —exclamó radiante, pero su sonrisa se fue desvaneciendo a medida que estudiaba las facciones de mi rostro —. ¿O es que no has dormido en lo absoluto? ¿Pasa algo, Paige?
Por su pregunta, asumí que no recordaba que había sido ella misma la que me arrastró hasta mi habitación la noche anterior, por lo que tuve que ingeniarme una respuesta rápida contundente.
—Volvieron mis alergias —mentí, rodando los ojos en el proceso —. Seguramente estar tanto tiempo aquí me ha generado esta congestión nasal. Estoy segura de que no limpian las alfombras tanto como pareciera.
Ella me estudió con los ojos entrecerrados poco convencida.
—¿Segura que no has estado llorando? —inquirió dudosa.
—Segura. En serio —levanté mi mano para enseñarle mi palma —. Palabra de mejor amiga.
—Bueno, ¡está bien! —sonrió —. ¿Quieres acompañarme a desayunar? Te has perdido de todos esos waffles con crema increíbles que ponen en el buffet.
—No tengo hambre, en realidad. Aunque eso suena deli... espera —me detuve abruptamente, mirándola con sorpresa —. ¿Por qué recuerdas que no desayuno, pero no puedes acordarte de otras cosas que han sucedido?
—¿Y qué cosas han sucedido? —pregunta Bex, ladeando su cabeza en confusión.
Negué, mirando de lado a lado.
—Bex, ¿cuándo llegamos al hotel?
—En Halloween, ¿no?
—¿Y cuántos éramos? —interrogué, un tanto desesperada por su respuesta —. Bex, ¿quiénes vinieron con nosotras?
—Pues Heaton y Austin, ¿quiénes más? —respondió ella, extrañada —. Intentaste convencerme de que sería una especie de cita doble, y yo insistí en asegurarte de que no ocurriría nada entre Austin y yo...
Parpadeo.
—¿Qué?
—¿Por qué esa pregunta? —inquirió —. ¿Te sientes bien?
Como si lo que dijo había sido el comentario más gracioso del mundo, de mi boca salió una fuerte carcajada.
—¡No puedo creerlo! —vociferé indignada —. En serio, Bex, me conoces más que nadie en este mundo. ¿De verdad te parece que yo sería capaz de pedirte algo así? ¡¿En serio?!
Se ve tan impactada por mi actitud que su cuerpo tambalea un par de pasos en retroceso.
—¿Me estás acusando de mentirte? —cuestionó ofendida.
—¡Te están metiendo cosas en la cabeza y tú se los permites!
—¡¿Y quién está haciendo tal cosa?!
—¡El hotel!
—¿El hotel? —todo su rostro se contrae en confusión —. ¿De qué carajos estás hablando, Paige?
—¡Todo lo que recuerdas es una mentira! ¡Una mentira! —bramé como loca, disparando mis brazos en todas las direcciones porque no era capaz de contener mi indignación —. ¡Éramos ocho personas, no cuatro! ¡Yo nunca te obligaría a una cita doble y tú lo sabes! ¡Mucho menos con Austin!
Ella se quedó callada por lo que pareció una eternidad, y justo cuando creo que me dará la razón de alguna manera, su boca pronuncia:
—¿Todo esto es porque te gusta Austin? ¿Es eso?
Solté una exhalación de sorpresa.
Mi única respuesta fue haberle cerrado la puerta en sus narices.
Tocó como loca hasta que se detuvo. La ignoré por completo. ¿Qué carajos le pasaba? ¿De qué manera el hotel te hacía cambiar tus pensamientos de manera tan drástica y absurda? ¿Se estaría volviendo loca Bex? ¡¿Me estaría volviendo loca yo?!
Debía dejar de concluir que todo esto termina en que alguien está loco, pero, para lo que todo pinta, ya ni siquiera sé identificar el verdadero problema.
No tenía idea de qué hacer a continuación. Esperar a que fuese media noche incluso desde tan temprano por la mañana no me pareció una mala idea en lo absoluto. Quizás bajaría en algún momento por algo de comer, asegurándome de aún estar entre las horas aceptables, procurando no encontrarme con nadie en el proceso.
Para lo único que tenía ganas era para estar todo el día en la habitación, enredada entre mis mantas, esperando de alguna manera teletransportarme a mi casa.
Mis planes se ven interrumpidos por varios toques en la puerta, de nuevo. Rodé los ojos con completo fastidio.
—¡Vete, Bex! —grité desde mi cama —. ¡Déjame sola!
—Soy Heaton.
Aquel nombre inesperado me hizo sentarme de golpe. No por interés romántico alguno, pues en lo último que podía pensar era en un chico en este momento. Eso quedó tan atrás que ya ni siquiera recuerdo cómo se sentía que él me gustase. En cambio, una sensación intensa de curiosidad e intriga me abordó repentinamente, recordando que Heaton había sido partícipe y ganador del macabro juego de las bebidas en donde te enterabas de una supuesta verdad que aún no tenía la dicha de conocer.
Esto hizo que se me ocurriese una idea. Tenía que probar algo. Si Heaton y Austin ahora sabían lo mismo, es probable que le pueda sacar más información al primero que al segundo. Pero, antes, debía cerciorarme de que se trataba de la misma verdad.
—¡Pasa ya! —vociferé.
Abre la puerta con delicadeza y una amistosa sonrisa en su rostro es lo primero que veo. Le respondo con la expresión más afable que puedo, aunque tengo el presentimiento de que parezco constipada y enferma. No me salía esto de fingir emociones.
—¿También me vas a expresar lo sorprendido que estás de que esté despierta tan temprano? —le pregunto cuando lo veo pasar.
Suelta una pequeña risita y cierra la puerta detrás de sí, ocupando luego asiento en el único sillón disponible dentro de mi alcoba. Supongo que sabía lo mismo que Austin para este punto, porque también fue capaz de entrar a mi habitación sin ningún problema.
—No. Créeme que eso ya me es irrelevante.
Lo estudio por un momento. A pesar de que luce como que no ha dormido nada, no parece tener ojeras, sino un cabello despeinado y alborotado bastante impropio de él, y sus ojos oscuros sí se notaban cansados incluso aunque no hubiese bolsas debajo de ellos.
—¿Y qué ha pasado, entonces? —inquirí, sentándome sin salir de las cobijas —. ¿Por qué estás aquí?
Se encoje de hombros.
—No tengo con quién hablar.
—¿Quieres hablar sobre algo en específico? —no pude evitar acercarme más al borde de la cama para encararlo directamente —. ¿Sobre lo de ayer, quizás?
Mantuvo su boca cerrada por lo que me parecieron horas. Estaba tan ansiosa que casi salto sobre él para que vomitara respuestas, pero en vista de lo imprudente que podía ser eso dada la situación, preferí esperar a que él tomara la valentía de hablar.
—Los recuerdo, Paige —responde finalmente, mirándome de regreso con ojos acuosos —. Los recuerdo a todos.
Sentí que algo dio un vuelco en mi interior.
—¿A todos? —cuestioné en un hilo de voz.
—Sí. Rena, Maggie, Jake, Erik —negó con la cabeza, enjuagándose una lágrima con el dorso de su mano —. No sé cómo pude olvidarlos, pero, ahora sé que llegamos todos juntos y... y de alguna manera, ya no están.
—Entonces, ¿no sabes toda la verdad?
—Supongo que no puedo saber algo en lo que no estuve involucrado. —Contesta de inmediato, encogiéndose de hombros.
Suspiré, y no tardé en explicarle todo.
Le conté sobre los bucles, evitando dar demasiados detalles sobre cómo vi a mis amigos desaparecer para siempre frente a mis narices. A pesar de que Heaton había estado presente en la de Erik, era la única que él podía recordar con claridad. Del resto, sólo yo tenía un conocimiento claro de lo que había ocurrido, y cómo estaba deseando no tenerlo.
Su mirada iba de la sorpresa, al enojo, a las lágrimas que estaba intentando con todas sus fuerzas no derramar. Yo procuraba que mi voz no se rompiese a cada rato, pero era imposible al recordar el rostro angustiado de Maggie, la cara de terror de Rena, el desespero inextinguible de Erik, y la dolorosa pérdida del amor de su vida en los ojos de Jake. Esas imágenes me iban a perseguir por siempre.
—No sé cómo has podido seguir estable después de haber presenciado todo eso —musitó Heaton una vez terminada mi versión de los hechos —. Es bastante admirable, Paige.
Solté un bufido.
—No sé quién te ha dicho que estoy estable, pero te mintió.
Su mirada de preocupación provoca que me de una bofetada mental. No eran cosas que se decían cuando ya has tenido un intento de suicidio, ni cuando estuviste pensando hace rato en repetirlo.
—Estoy bien —aseguré, dejándolo con la pregunta a punto de ser pronunciada —. Quiero decir, no estoy bien, pero... sigo aquí, ¿no? Supongo que eso es algo.
—Más de lo que se espera.
El silencio reina una vez más y cada segundo me hace cuestionarme si debería ser discreta con mis preguntas o ir al grano. En vista de que él no parecía querer decir nada, tomé el valor suficiente para enfrentarlo.
—¿Cuál es la verdad, Heaton? —supliqué, tan desesperada que mi pregunta sonó como un lloriqueo —. Dímela, por favor. Al parecer nadie más quiere hacerlo.
No responde inmediatamente, lo que parece ser normal. Casi podía observar el humo que salía por sus orejas en consecuencia a que su cerebro se achicharrase, preguntándose una y otra vez si sería prudente decírmelo.
—No me voy a morir por que me lo digas, Heaton. —Reclamé, cruzándome de brazos.
E inesperadamente, él se ríe.
Me quedo perpleja, observando como su actitud cambió en sólo un parpadeo después de que mi boca emitiera apenas una frase. La ira comenzó a recorrer todo mi cuerpo en conjunto a la indignación.
—¡¿Qué se supone que es tan gracioso?! —aclamé colérica.
—Nada, nada —pronunció una vez que fue capaz de recomponerse —. Es que... sé que no te vas a morir.
—¡¿Y por qué no me lo dices?!
—¡Porque se supone que deberíamos averiguarlo por nosotros mismos! —chilló de vuelta. La gracia de su tono de voz se había esfumado —. ¡Ese es el problema! Cada uno debe encontrar una forma de saber la verdad dentro de todo esto.
—¡Oh, cállate! —ladré, poniéndome de pie de un salto, dejándome llevar por la molestia —. ¡¿Cómo supones que vas a encontrar una manera de saber la verdad si ni siquiera sabías que había una verdad hasta ayer?!
Heaton frunció el ceño.
—¡¿Y cómo tú siempre has sabido que existe una verdad?! —refutó, visiblemente a la defensiva —. ¡Señalas a todos y no tienes tiempo de evaluarte a ti misma!
Abrí mi boca de par en par, tan sorprendida por su acusación que fue acompañada por un parpadeo horrorizado.
—¡¿Y tú crees que no me lo he preguntado?! —chillé de regreso —. ¡¿No te parece que tengo las respuestas a mi problema tanto como tú?! —mis manos se movían por los aires en un intento exagerado de gesticular mis emociones —. Créeme, Heaton. Si supiese la verdad, no estaría preguntándola. Mucho menos a ti.
Mantuvo las cejas surcadas en su frente sin atreverse a decir nada, pero sabía que su cabeza era consciente de que había metido la pata hasta el fondo, queriendo inculparme por algo de lo que no tengo ni la más mínima idea.
—¿Sabes, Paige? —se puso de pie lentamente —. Desde ayer, he estado sintiéndome culpable de todo porque... bueno, yo fui el que decidió conducir fuera de la ciudad en Halloween. Si hubiese sido más responsable... ¡si le hubiese prestado más atención a ese tipo loco del estacionamiento, esto no estuviese pasando!
No me atreví a decir nada más y sólo me limité a escuchar.
—Pero, después de una noche tortuosa en la que estuve castigándome a mí mismo, me di cuenta de que no debía sentirme culpable...
Suspiré, y comencé a lamentarme de haberle gritado en primer lugar.
—Es que nada de esto es tu cul...
Pero otra frase me interrumpe, y mis oídos, simplemente, no podían aceptar que él había pronunciado:
—Porque todo en realidad es culpa tuya.
Y si antes estaba sorprendida por su actitud, esto me dejó completamente fuera de lugar.
—¿Qué? —susurré anonadada —. ¿Mi culpa?
—Sí, tuya —acusó, dando varios pasos hacia mí. Me vi obligada a retroceder hasta que mis piernas chocaron con la cama a mis espaldas, doblando mis rodillas para caer de golpe sobre el colchón —. ¿De quién fue la idea, en primer lugar? ¿La que quería celebrar un cumpleaños diferente? ¿Acaso no fue tuya?
Mi respiración se había cortado del impacto.
—Sí, pero...
—¿Quién fue la que intentó convencernos de que, si nos íbamos un día antes, nada podría salir mal? —prosiguió. Cada pregunta parecía una puñalada en mi cuerpo —. Y bromeaste, una y otra vez, sobre lo responsable que te harías si algo malo nos ocurría en Halloween. Que lo resolverías. ¿Lo recuerdas? —mis lágrimas habían decidido correr sobre la piel de mis mejillas —. ¿Dónde está tu responsabilidad ahora, Paige?
Me sentí como una niña pequeña siendo reprendida por sus padres, encogiéndome en el sitio ante cada palabra, pensando en que la única responsable de todo esto era yo y nadie más.
Y es que la diferencia entre las acusaciones de Bex y las de Heaton, era que las de él no estaban siendo influenciadas por ninguna magia extraña que rondaba por el hotel para tergiversar las historias hasta el punto en que terminaban por ser completamente ficticias.
No, lo que él dijo era completamente real.
Yo tenía la culpa de todo.
—Lo voy a remediar —expresé entre lágrimas, volviendo a hacer promesas que no tenía idea de poder cumplir —. Encontrare la manera de que todo se solucione. De que salgamos de aquí...
—¡No vamos a salir de aquí, Paige! ¡Jamás!
Sus gritos no mejoraban en nada el miedo que se arremolinaba dentro de mí. Lo único que pude hacer como respuesta, fue sollozar cual tonta.
—¡Es tarde! ¡Demasiado tarde! —brama, y se aleja un poco de mí, dándome la espalda —. Lo único que podemos hacer es evitar esos jodidos bucles y, si tenemos suerte, el próximo Halloween podremos poner un pie fuera de este maldito hotel.
—¿Por qué? —me limité a preguntar, tartamudeando un poco —. ¿Por qué debemos esperar tanto?
—Así es como funcionan las cosas aquí.
Trago la saliva acumulada en mi boca por el intenso llanto silencioso que me estaba consumiendo. Un profundo sentimiento de culpa me abrazó como si de una camisa de fuerza se tratase, susurrándome al oído una y otra vez todas las cosas que había hecho mal, y que, si estábamos aquí, en realidad sí era gracias a mí.
¿Dónde estaba Jude para decirme lo contrario?
Supongo que Heaton estaba en lo cierto.
—Lo siento.
Eso fue todo lo que pude decir, porque mi mente no estaba en lo absoluto creativa para contrariar sus acusaciones que eran más ciertas que falsas.
Heaton bufó con sarcasmo, encarándome de nuevo.
—Es muy fácil escudarte detrás de unas disculpas, Paige.
—¡¿Y qué más quieres que haga?! —grazné desesperada —. ¡Te has preocupado en hacerme saber que no hay nada más que pueda hacer! Entonces, ¡¿qué más quieres de mí además de mis disculpas?!
Se pasa las manos por el rostro con toda la frustración que un chico puede demostrar. Luego, me mira fijamente, y aquellos ojos oscuros que alguna vez me gustaron ya no los reconocía, porque me observaban con rencor, con puro resentimiento, porque estaba increíblemente convencido de que yo había sido la causante de todo esto. Y, ¿cómo iba a mirarlo a la cara e intentar persuadirlo de lo contrario?
Pero, antes de que alguien sea capaz de decir algo más, otra voz masculina en el umbral de la puerta amenaza:
—Si te atreves a decirle una palabra más, te juro que te arrancaré la cabeza.
Era Austin.
Su cabello rubio también parecía que no lo había peinado en días a pesar de que tan sólo pasó una noche de la última vez que lo vi. Además, su ropa estaba descuidada y arrugada, ojos cansados y se veía incluso más pálido de lo normal.
Cuando su mirada azul se posa sobre mí, sabía que ya me encontraba a salvo.
—Sí, Austin, seguro eso me mata —responde Heaton con ironía, encarándolo —. ¿Qué haces aquí?
—Vine a darle amorcito a Paige, no como tú, que has estado acusándola toda la mañana de algo que se sale completamente de sus manos —dijo inmediatamente, acercándose a él con una postura peligrosa —. ¿Por qué mejor no te vas con tus incriminaciones a otro lado antes de que te desfigure la cara a golpes? Creo que eso sí lo puedo hacer.
A pesar de que estaba muy en contra de la violencia de esta índole, no me atreví a decir nada para evitar una posible pelea.
—¿A defenderla, viniste? —él también se fue aproximando —. ¿A defenderla de algo de lo que ella es responsable?
En eso, mi estómago da un vuelco cuando Austin, de forma inesperada, se sale de sus cabales y toma a Heaton por el cuello de su camiseta, aplastándolo contra la pared como si quisiese sacarle la mierda a golpes.
—Escúchame, infeliz, y escúchame bien —siseo contra su cara —. Tú y yo sabemos que no había manera alguna de evitar que algo de esto pasara, así que mejor trágate tus palabras o métetelas por el culo, pero si le vuelves a decir algo a Paige que la haga sentir culpable, haré una daga con toda la culpa y te la voy a clavar en el ojo.
Heaton no se intimidó con sus palabras. Más bien, pareció satisfecho con lo que Austin escupió en frente a su rostro. Eso era tan extraño que me asustó en serio.
—Si hay algo que tú y yo sabemos realmente, Austin —masculló de regreso —, es que, si ella no fuese amiga de Jude en primer lugar, ninguno de nosotros estuviese aquí.
Un momento, ¿qué?
—¡Ah, claro! ¡Ahora échale la culpa al pobre chico! —se quejó en un bramido —. ¡Apuesto a que tú hubieses hecho exactamente lo mismo que él!
—Nunca a alguien que amo —Heaton ladeó la cabeza —. Ahora me pregunto si tú y yo hemos visto lo mismo, porque parece que tu verdad está un poco distorsionada.
—Pues me aseguraré de actualizarle el software para ser parte del V.I.P —contestó con un deje de burla —. Mientras tanto, ¿por qué no te vas de aquí a echarle la culpa a otro? Paige no necesita tu mierda, te lo aseguro.
Sin atemorizarse, Heaton le muestra una sonrisa ladeada dejando de lado cualquier atisbo de cordura, empuja a Austin de golpe por sus hombros, y camina para salir fuera de mi habitación, deteniéndose en el umbral de la puerta para decir:
—Si le sigues mintiendo, jamás podrá salir de aquí.
Sin esperar más, cierra de un fuerte portazo.
Me quedo de piernas cruzadas a la orilla de la cama, mirando a un Austin muy enfadado de pie en el centro de mi alcoba, sintiéndome como una niña pequeña y perdida con ojos de cachorro mientras mis manos apretaban con fuerza la cobija, como si mi vida dependiese de ello.
De imprevisto, me mira, y aunque tardó en moderar su respiración, pues, incluso a la distancia pude notar sus fosas nasales abriéndose y cerrándose a causa del aire corriendo con furia, logró asimilar una postura más relajada en poco tiempo, su cuerpo liberó la tensión, y soltó un suspiro pesado que pareció soltar un montón de cargas.
—Ante todo, buenos días. —Dijo.
El comentario debió hacerme reír, pero tenía tantas preguntas en mi cabeza y tantas heridas en mi corazón, que no pude hacer nada más que sollozar.
—Ay, no, no llores —suplicó, ocupando rápidamente un lugar a mi lado —. Lamento haberte asustado. No fue mi intención, Paigey, de verdad.
No sabía cómo actuar, porque seguía enojada con él, ¡y mucho! Odiaba el hecho de que me hubiese ocultado cosas cuando, se supone, estábamos confiando tanto el uno en el otro que hasta compartíamos noches en la misma cama, algo que yo no he hecho con nadie más que Jude, quien había sido mi amigo por años. No. Y aún así, tuvo el descaro de engañarme.
Sin embargo, me sentía tan desolada que lo único que pude hacer fue acurrucarme a su lado, lloriqueando hasta que mis ojos se quedaron sin lágrimas y balbuceando lo que había ocurrido con Maggie y Jake la noche anterior. Por la manera en la que se detuvo de acariciar mi cabello a la vez que yo narraba los sucesos escalofriantes, me percataba de que él no tenía ni la menor idea de lo ocurrido. Se tensionaba, suspiraba, y hasta maldijo por lo bajo al enterarse de la manera tan tonta en la que Jake quedó encarcelado en ese bucle para siempre.
—Pude haberlo evitado —continué, gimoteando —. Si hubiese sido más cuidadosa... ¡Pude advertirle desde un principio en usar las escaleras! ¡Estuvo en mi poder detenerlo! —hice una pausa para sorber por mi nariz —. Quizás Heaton tiene razón: de haber sido más cuidadosa, no estaría ocurriendo nada de esto.
—No quiero que vuelvas a decir eso, Paige —reprendió, verdaderamente afligido por mi comentario —. Nada de esto es tu culpa. Es imposible que hubieses podido saber.
—¡Pero no lo era! —chillé frustrada, reincorporándome de piernas cruzadas en la cama —. ¡Anda, Austin! ¡Tuvimos las pruebas en nuestras narices todo el tiempo! Tantas personas desaparecidas, tantas muertes misteriosas, tantas advertencias de parte de nuestros padres. ¡Simplemente decidí ignorar todo eso y ponerlos en peligro por un capricho!
Austin pareció reflexionarlo por un momento. Tenía razón, y él lo sabía. No esperaba que me refutase lo contrario, pues él tampoco era esa clase de persona que te decía lo que quieres escuchar, pero no voy a negar que esperaba un comentario reconfortante.
Fue increíble que, de alguna manera, logró hacerme sentir menos patética cuando dijo:
—No nos obligaste a hacer nada, Paigey —sonríe un poco —. Nosotros decidimos venir contigo. Si hubiésemos querido creer en la leyenda y resguardarnos, lo hubiésemos hecho, e incluso, convencido a ti de que era una mala idea. Todos, simplemente, decidimos ignorar los hechos que han sido bastante obvios por años —Austin pasa una mano por su cabello desordenado. Queda peor, pero no se lo digo —. No escuches a Heaton y sus estupideces, él sólo está buscando cualquier cosa qué culpar, porque no puede cargar ese sentimiento sobre sus hombros. Y créeme, se siente muy culpable.
—¿Has hablado con él?
—Sí. Ayer, luego de haber ganado el juego —responde. Una de sus manos se estira hasta alcanzar mi rostro para secar mis ojos humedecidos —. Al principio, se mostró bastante comprensivo, y no me culpó demasiado de no haberle contado la verdad en cuanto me enteré, pero luego, su actitud comenzó a demostrarse a la defensiva —rodó los ojos —. Heaton es esa clase de persona que necesita encontrar culpables para sentirse mejor consigo mismo cuando, en realidad, está muriendo por dentro.
Me encogí de hombros.
—Eso creo. —Musité.
—Sí. Ni siquiera sé por qué te gusta. ¡En vez de gustarte yo!
—No estoy de humor para bromas.
Me recuesto en la cama y cubro mi cabeza con las mantas, procurando evitarlo. En breve, siento el cuerpo de Austin pegarse a mi espalda, encontrando mi cintura rápidamente para envolverme con su brazo sobre la cobija y atraerme de golpe hacia él.
—Lo siento, sólo quiero hacerte reír, Paigey —dice, y suena sincero —. No me gusta que estés así.
—No puedo pensar estar de otra forma... ¡Mucho menos al enterarme que me has estado ocultando cosas!
—En mi defensa, tengo una buena excusa para eso —replicó —. Dos, en realidad.
Me giro de golpe para encontrarme con su cara, encarnando las cejas.
—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son?
—Bueno... la primera, es que cuando me enteré por primera vez, pensé que simplemente me estaba volviendo loco y ya; que el accidente había dejado secuelas raras en mi cerebro y por eso no era capaz de pensar con claridad.
—Excusa tonta. ¿Cuál es la segunda? —inquirí hastiada.
Suspiró.
—Es más complicada.
—Creo que soy lo suficientemente inteligente para entenderlo.
—Yo sé que sí —confirmó sin dudarlo —. A ver, ¿tienes alguna tía fanática religiosa? ¿De esas que siempre van recitándote versículos de la biblia y no hacen más que estar todo el tiempo en la iglesia regalándole dinero al padre?
Parpadeo.
—¿Y eso que tiene que ver?
—Que siempre se la pasan diciendo mierdas sobre el apocalipsis y que la salvación es individual —me miró —. Dime, Paigey, ¿has escuchado eso alguna vez?
¿Que si lo había escuchado? ¡Estaba harta de hacerlo! Las veces que Jude me lo repetía era equivalente a lo que respiraba por día. Casi podía escuchar de nuevo su advertencia susurrada sobre mi oreja. ¡Lo conocía bien!
Estuve a punto de compartir eso con Austin hasta que me di cuenta de algo importante: yo también le he ocultado cosas. Le dije que le diría, y no he tenido la oportunidad de hacerlo. Él aún no sabe sobre Jude, y si lo sacaba a relucir justo ahora, se quebraría la pequeña muestra de cariño que nos hemos dado todo este rato, pues demostraría que le he estado reclamando por algo que yo, desde el inicio, he estado haciendo también.
—Quizás lo haya oído por ahí. —Dije finalmente, restándole importancia a la situación.
—Es precisamente lo que ocurre —continuó explicando —. No puedo decírtelo por muchas ganas que tenga que hacerlo, debes enterarte por tu cuenta, Paige —se detuvo por un momento para exhalar con puro cansancio —. Lo único que puedo hacer es ayudarte a averiguar la realidad a la que nos enfrentamos.
Mis ojos se posan en él expresando todo el temor que me carcomía por dentro.
—¿Es demasiado mala? —pregunté. Austin frunció el ceño como si no entendiese la pregunta —. La verdad, ¿es demasiado mala? ¿De verdad quiero enterarme?
—Lo harás eventualmente, así que prefiero estar a tu lado para cuando suceda.
—Eso no responde exactamente a mi pregunta.
Sus orbes azules me devuelven una mirada exhausta, llena de lamentos no pronunciados que sólo sus ojos eran capaces de expresar. Sentía que, ante cada pestañeo, se limitaba a sí mismo a mover su boca y pronunciar cada palabra que contara la historia de la razón principal por la que todo esto estaba ocurriendo.
¿Lo peor? Cuando decide finalmente responder, sus palabras no son capaces de reconfortarme.
—Sí, preciosa, es demasiado mala.
Las lágrimas pudieron haber rodado fuera de mis ojos de no ser porque Austin detuvo mi llanto inmediatamente.
—¡No llores, por favor! —insistió consternado —. Es malo, sí, pero no es nada a lo que no podrás acostumbrarte. Es sólo un año, Paigey, un año y podremos irnos de esta porquería.
—¿Me lo prometes? —cuestioné, sorbiendo por la nariz.
—Te lo prometo.
—¿Por el meñique?
Austin sonrió, entrelazando su dedo con el mío.
—Sí, por el meñique —me asegura, acercándome a él para dejar un beso en mi frente —. Voy a asegurarme de que salgas de aquí.
—Saldremos, los dos —corregí atreviéndome a curvar mis labios un poco yo también —. Pero hoy no me apetece salir de mi habitación. Quiero quedarme todo el día aquí, si es posible.
—¡Eso es un golpe de suerte! —bramó animado —. Te venía a proponer casi lo mismo.
—Si dices algo sexual, te juro que...
—¡Paige! ¡¿Por quién me tomas?! —chilló con un acento extraño y dramático —. En realidad, quería que jugásemos a las cartas. Había olvidado que traje las barajas de UNO en mi equipaje, y sé que te justa ese juego. No sé con qué clase de personas te has juntado que te volvieron esa mente bastante sucia.
Por primera vez en lo que pareció una eternidad, solté una leve risotada por lo que él dijo. Lo vi sacar un paquete de cartas de UNO de su bolsillo trasero, e hizo espacio entre las cobijas y yo para repartir las cartas, sin olvidar barajear antes y estirar bien la colcha para que nada se perdiera misteriosamente entre las sábanas.
—Escucha, jugaremos hoy todo el día si quieres, pero... Pero, hay una cosa, Paigey, algo que quiero que veas.
El comentario hizo que mi atención fuese de las cartas a él inmediatamente.
—¿Qué cosa? —inquirí.
Se toma su tiempo para responder, y detesto el sentimiento del nerviosismo corriendo por todo mi estómago hasta la garganta, provocándome náuseas instantáneas.
—Dime. —Persistí con impaciencia.
—Más tarde, hay una especie de función, una película que van a mostrar. Está como... una de las actividades que ofrece el hotel —comienza a decir, luciendo un poco nervioso —. Yo... quiero invitarte. O sea, que vayamos juntos, como una cita, o si no quieres, no tiene que ser una cita, pero quiero que vayas conmigo.
Parpadeo sin poder creer lo que estaba escuchando.
—¿Una cita de amigos? —le pregunto.
Eso parece presionar un interruptor dentro de Austin porque, de la nada, estalla de risa hasta que se dobla en la cama, incapaz de controlar las carcajadas. Lo veo retorcerse de lado a lado hasta que puede recuperar la respiración, y cuando lo hace, parece que recuerda lo que dije y vuelve a reír.
Debo admitir que su risa es tan contagiosa que comienzo a soltar risotadas yo misma, acompañándolo en un coro de carcajadas que resonaban por toda la habitación.
Pero me veo obligada a detenerme cuando, inesperadamente, el cuerpo de Austin me empuja hacia atrás hasta quedar sobre mí y abrazarme con fuerza. Fue un gesto tan inesperado que no supe cómo reaccionar por varios segundos, hasta que fui capaz de devolverle el abrazo, rodeando su gruesa cintura con mis brazos rechonchos.
—¡Eres tan linda, Paige! —exclamó en mi oreja, todavía entre risas —. ¡No puedo creer que hayas dicho eso!
—Bueno, ¡me preocupa! —admití —. Somos amigos, ¿no? Y lo mantendremos así, ¿verdad?
—¡Claro que sí! ¡Eres como mi pequeño cachorro que debo cuidar! —dice. Se aparta de mí, y me mira con pura coquetería —. A menos que quieras ser mi cachorrita...
—¡No! ¡Ya déjame!
Lo aparto de un empujón y él no se opone. Creo que la risa no le permite resistirse.
—Bueno, mira nada más. Empezamos a jugar UNO y terminamos jugando uno encima del otro —chasqueó la lengua —. Tienes que creer más en las vueltas que da la vida, Paigey.
Rodé los ojos con diversión.
—Prefiero quedarme parada en un solo sitio.
—No seas odiosa —reclamó, lanzando una carta hacia mi rostro —. Entonces, ¿vienes conmigo?
—Sí, voy contigo —lo miré con los ojos entrecerrados para enfatizar —: como amigos.
Pero Austin se las ingenia para subir y bajar las cejas rápidamente antes de pronunciar:
—Hay amigos que se besan, ¿sabías?
┨ ۞ ┠
Para mi sorpresa, no se trataba de un enorme teatro abundado de incómodas sillas que daban a una pantalla enorme frente a nuestras narices. No, más bien, era una habitación amplia alfombrada con un aire acondicionado capaz de helarte hasta los huesos, y mantas y almohadones dispuestos en el suelo para la comodidad de los huéspedes que se querían unir a la actividad de la noche.
Me sorprendió que, por primera vez, el lugar se sintió acogedor en lugar de espantoso.
Me senté al lado de Austin sobre un esponjoso cojín, estirando una colcha para arroparme entera desde la espalda. A pesar de que cargaba puesta una de mis muchas sudaderas, no podía evitar sentir una corriente de aire colándose por la gruesa tela para causarme escalofríos. Mi amigo, por su lado, carga un cuenco de palomitas quizás demasiado grande para nosotros dos, dejándolo justo en medio de ambos para que podamos tomar convenientemente.
No me sorprendió que ni Bex ni Heaton estuviesen por aquí, pero, en el fondo, realmente no los quería cerca.
—¿De qué será la película? —le pregunto a Austin, tomando un puñado de palomitas.
Él se encoge de hombros.
—Alguna de terror, seguramente.
—Como si no tuviésemos suficiente terror ya. —Repliqué con ironía.
—Sí, ver tu cara en las mañanas ya da demasiado miedo.
Lanzo una palomita en su rostro como defensa, y Austin se limita a reír en respuesta.
—Eso no dijiste hace un rato. —Bromeé.
Fue casi fascinante cómo fuimos capaces de estar toda la tarde en mi habitación, jugando a las cartas hasta que nos cansamos; hablando de cosas triviales de nuestras vidas; recordando acontecimientos de la secundaria y cómo terminamos por ser tan unidos.
Me contó mucho sobre él que no llegué a saber hasta ahora, como que tenía una hermana pequeña llamada Lily, que amaba la pasta boloñesa y podía comerla de por vida, o que su color favorito era el verde, aclarando que se trataba de un verde suave como el vómito y no como el pasto mojado.
—¡Gran referencia, asqueroso! —llegué a decirle.
Pero también me enteré de ciertas cosas de las que, ciertamente, no tenía ni la más mínima idea, empezando con que su padre había muerto en un accidente de coche en el que él había estado involucrado hace muchos años, que conllevó a su madre a mudarse a Anaville para tener algo de ayuda de su abuela, obligándolos a hacer una nueva vida en un pueblo fantasma; seguido de lo que jamás esperé que pudiese confesarme, y es que Austin siempre fue un chico tan popular y carismático que no se me pasó por la mente ni una vez, pero cuando me dijo:
—Muchas personas me hablaban, pero decidí ser tu amigo porque amaba la manera en la que te sonrojabas cuando yo te conversaba. Eso no sucedía con nadie más.
Simplemente me indignó.
A decir verdad, no sé qué me llevó a ser amiga de Austin en primer lugar, pero agradezco al destino que así pasaran las cosas, o me vería atascada en este jodido hotel sin un poco de compañía grata.
No es como si odiase a Bex, pero aun así...
Heaton ya dejó de ser compañía grata.
—Ya sabes que no es cierto —dice mi amigo rubio, dándome un empujoncito con su hombro —. Eres muy bonita, no tuviésemos esta cita de amigos de ser lo contrario.
—Eso es muy tonto, porque la belleza es subjetiva.
—¿Y yo te parezco bonito, o feo?
—Horrible —mentí, fingiendo una arcada —. Es más, de no haber venido conmigo, hubiese podido jurar que trabajabas aquí.
Eso le provocó una risa.
Otro par de personas comenzaron a llegar para ocupar los puestos, pero el salón no se llenó, y me intrigaba saber si eran todos los que ahora quedábamos dentro del hotel, o sólo los dignados en formar parte de esta actividad. ¿Habrán quedado más personas dentro de los bucles?
Las luces comienzan a atenuarse poco a poco hasta que quedamos a oscuras. Lo único que iluminaba la habitación era la luz del proyector que reflejaba la imagen de la película que se reproduciría a continuación, justo frente a nosotros en una amplia pared blanca.
—Ya sabes, si comienzas a sentir miedo, siempre puedes acurrucarte a mi lado —me mira de reojo sonriendo ampliamente —. Como amigos.
Reí por lo bajo.
—Lo tomaré en cuenta.
El filme comienza y lo primero que puedo hacer es fruncir el ceño. Parecía algo grabado con una vieja cámara, con escenas borrosas de poca iluminación y movimientos bruscos que daban mucho de qué hablar. La escena no se entendía a simple vista, pues, se escuchaban gritos espontáneos y angustiosos al mismo tiempo que la cámara grababa una secuencia indescifrable, como si el camarógrafo estuviese corriendo por su vida dentro de una especie de almacén oscuro.
¿Sería una especie de documental basado en hechos reales o algo así?
Justo cuando estoy por preguntarle a Austin si tendría idea de algo, la cámara enfoca el rostro de un chico que no había visto antes.
—¡Está claro! ¡Lo hemos intentado todo! ¡No hay escapatoria! —gritó. Las gotas de sudor que corrían por su rostro hacían de la escena mucho más inquietante —. ¡Éramos ocho, y ahora sólo tres! ¡Tres! ¡Sólo con suerte no quedaremos encerrados como el resto!
Mis cejas se surcan automáticamente, como si mi mente sólo necesitase unir un par de hilos para entender de lo que él estaba hablando.
De inmediato, siento la mirada de Austin sobre mí, y no tardo en devolverle una ojeada confusa y curiosa.
—¿Crees que...? —empezó a decir.
Pero un grito proveniente de la película le interrumpe de golpe.
Cuando regreso mi atención a la proyección, la cámara parecía estar en el suelo, enfocando a un chico y dos chicas, asustados caminando despacio hasta que sus espaldas se toparon con la pared. Sus rostros aterrados eran un claro indicador de que estaban intentando huir de algo que se les avecinaba tortuosamente, pero parecían ser conscientes de que, por más que lo intentasen, no había manera de correr fuera de ahí.
El chico protege a ambas detrás de él, y aunque es un gesto honorífico, también bastante inútil. Lo que sea que está asechándolos parece cada vez más cerca, y a pesar de que no puedo escuchar nada más que los gritos desgarradores de las chicas acompañados de un llanto insufrible, soy capaz de atisbar la sombra fantasmal de un vestido blanco desgastado en una de las esquinas de la cámara.
—¡Llévame a mí! —suplicó él —. ¡Deja a mis hermanas en paz!
Pero la mujer traslúcida, de la que no pude divisar más que un negruzco cabello enredado hasta la cintura y una bata que le cubría hasta los pies, se acercó hasta él en movimientos espasmódicos y estiró un esquelético brazo hasta el cuello del chico.
Los gritos de sus hermanas no evitaron que la mujer le apretara con tanta fuerza hasta escucharse el crujido de sus huesos rompiéndose.
Aun así, parecía seguir con vida. La escena era tan escalofriante y extrañamente real que, involuntariamente, estaba apretando la mano de Austin con fuerza entre la mía, manteniendo una expresión entre el horror y la indignación en mi rostro. Observé con lujo y detalle cómo las chicas, quienes no paraban de lloriquear, tiraban con fuerza de los pies de su hermano, intentando que aquella mujer no se lo llevara quién sabe a dónde, mientras esta lo arrastraba por el cuello a su inevitable destino.
Cuando todos desaparecieron de la escena, la cámara se apagó.
Estoy temblando ligeramente, aferrándome al miedo que me provocaron aquellas imágenes. En todos mis años de vida, había sido capaz de presenciar una escena de terror tan realista. Documental o no, aquellos chicos habían logrado transmitir lo que muchos de los actores mejores pagados de la televisión no podían: genuino terror.
Por un instante, comienzo a creer que eso fue todo; que las luces van a volver a encenderse y que la película se trataba de un corto video bastante escalofriante. Sin embargo, todo permanece a oscuras hasta que una escena diferente vuelve a resplandecer en el proyector, enfocando al mismo chico probablemente de un par de días antes, porque su rostro se veía resplandeciente en lugar de hundido en el horror.
—¡Reportaje del día uno de nuestro divertidísimo viaje familiar! —habla con radiante entusiasmo —. Soy Sean Becket, su fiel servidor, y estoy con la cosa uno y la cosa dos por aquí.
A continuación, la cámara enfoca a un par de chicas, las mismas del inicio, quienes parecían tener aproximadamente quince años y que, hasta ahora, no me había percatado de que eran gemelas idénticas.
—No vas a andar con esa maldita cosa en todo el viaje, ¿o sí? —se quejó una de ellas, la que tenía el cabello más oscuro.
Sean rueda los ojos.
—Sí, esa es mi hermana, Sienna Becket, quien cree que mi carrera como creador de contenido para internet es una completa pérdida de tiempo.
—¿Eso siquiera es una carrera? —cuestiona burlona.
—Sí, Sean —responde la otra —. Sólo admite que eres demasiado estúpido para ingresar a cualquier universidad.
Me toma un segundo para asimilar el nombre que Sean acababa de pronunciar.
—Dijo Sienna Becket, ¿cierto? —le pregunté a Austin, quien tenía la vista fija en la película.
—Sí, eso creo.
—Me suena familiar.
Eso captó su atención.
—¿La conocías? —me preguntó.
La miro de nuevo para detallarla: cabello castaño oscuro hasta el pecho, ojos verdes grandes y nariz pronunciada. Su tez era tan clara como la porcelana y su estatura bastante alta para la edad que probablemente tenía. Entre mi memoria, su rostro no parecía uno que hubiese visto antes.
—No lo creo —dije resignada —. Pero... estoy casi segura de que he escuchado ese nombre antes.
Austin asintió.
—Avísame si lo recuerdas.
Lo siguiente en el filme transcurre con normalidad. Tres hermanos que parecen emprender un viaje a las afueras de la ciudad deciden grabarlo todo para el futuro disfrute de sus padres, quienes se habían quedado en casa preocupados por sus hijos. En el camino, se encontraron con otras cinco personas, que fueron integrándose uno a uno a la vieja furgoneta de Sean, el único convencido en el que esa era una gloriosa idea. Los demás, parecían un poco renuentes al plan del chico, pues no paraban de intentar convencerlo de regresar.
Por todo ese tiempo, no logro entender la razón del conflicto, pero la cosa cobra sentido cuando la cámara de Sean enfoca un cartel cuyas palabras enunciaban claramente:
"Usted está abandonando Anaville.
Si viaja en noche de Todos los Santos, que Dios se apiade de su alma y le dé el descanso eterno"
Esto no era una película cualquiera.
Este era un documental de ocho personas que, probablemente, vivieron lo mismo que nosotros.
Casi pude sentir el corazón retumbándome en los oídos de correr desbocado a mil kilómetros por hora. Permanezco estupefacta, incapaz de masticar palomitas, respirando entrecortadamente mientras mis ojos no pretendían perderse ni un momento de la secuencia de imágenes que trascurrían frente a mí, con la esperanza palpable entre mis dedos.
Si estoy en lo cierto y ellos también han sido víctimas de lo que ocurre en Halloween dentro de Anaville, entonces, quizás esto nos dé alguna pista de cómo salir con vida de aquí.
Austin parece pensar lo mismo pues, a pesar de que no escucho nada salir de su boca, es inevitable sentir la tensión que emite su robusto cuerpo a mi lado.
Los chicos no hacen más que juguetear en la furgoneta. Comienzan a relatar historias de terror para niños uno por uno a modo de broma, calificándose cada entre ellos por la más estúpida en lugar de la más terrorífica. Lo único que yo notaba, era el sol escondiéndose por alguna colina elevada, provocando que el interior del auto se hiciese cada vez más oscuro y difícil de ver. Ellos parecieron darse cuenta de lo mismo y, después de rebuscar entre el equipaje a mano, sacan una linterna y se alumbran los rostros mientras recitan las historias.
Y así de la nada, sin previo aviso, es cuando se desata la locura.
El reflejo de las luces de otro auto parece alumbrar los rostros de todos, y a pesar de que Sean se las ingenia para maniobrar el volante y evitar chocar con el otro vehículo, percibo el sonido de uno los neumáticos estallar gracias a cualquier cosa fuera de mi campo de visión, provocando que la furgoneta pierda el control y se estrelle contra algo sólido.
La imagen se pierde a partir de entonces, y es un momento crucial en el que no tengo idea de lo que ocurre detrás de cámaras. Permanezco inquieta sobre el acolchado cojín sobre el suelo, increíblemente incómoda y tensa para este punto. Siento que pasa una eternidad antes de que la imagen cobre vida de nuevo, y es justo para cuando escucho a Austin musitar a mi lado:
—Es lo mismo que nos pasó a nosotros.
No se lo dije, pero concordé en su presunción.
Y no pude concordar aún más cuando, al volver la película a la vida, me doy cuenta de que todos estaban en la entrada del Hotel Bronze.
Parpadeo atónita ante lo que presenciaba. ¡Exactamente lo mismo que a nosotros! Casi comencé a pensar que era un chiste de mal gusto, unos actores pagados que sólo estaban reviviendo nuestros propios acontecimientos, pero eso no tendría sentido alguno. Me obligo a limitarme a seguir observando, incluso aunque me hago una idea de cómo terminará todo.
—¿Qué está pasando, Austin? —susurré angustiada.
La misma canción, las mismas reglas, el mismo hombre perturbador de la recepción. Todo era exacto a como lo habíamos vivido nosotros días atrás.
—No lo sé —admitió —. Pero no me gusta nada.
Aunque Sean no cayó dentro de la trampa del elevador la primera noche, el resto de los acontecimientos sucedieron tan parecido a mis recuerdos que comencé a sentir verdadero terror. La fiesta de Halloween, el supuesto envenenamiento con ese raro líquido azul, las memorias borradas de todos al día siguiente. Era casi reconfortante ver que, Sienna Becker, parecía ser la única cuerda del grupo y la que era capaz de recordar los acontecimientos como realmente transcurrieron. El resto, permanecía ignorante ante los sucesos terroríficos.
Y todo se comenzó a ir a la mierda cuando comenzaron a quedar encerrados en los bucles. Igual que nosotros.
El que Sienna tocase a sus hermanos no parecía funcionar para hacerlos recordar como Austin lo hacía conmigo, y en vista de que Sean era incapaz de relatar las cosas como en realidad ocurrían, ella tomó el mando de la cámara, narrando cada acontecimiento como realmente sucedió.
Pasan minutos agonizantes en el que vemos a los amigos de Sean quedar atrapados en los bucles para siempre, como si no hubiese sido suficiente con los nuestros. Me quedo quieta, a la espera de presenciar lo que ocurrirá a continuación. Ya sé que el siguiente entre ellos es Sean, pero, aun así, permanezco a la expectativa de observar cómo fue capaz de darse cuenta de la verdad detrás de todo.
Sin embargo, Sienna me sorprende cuando dice:
—He estado merodeando por el hotel en la madrugada, justo después de la hora de la muerte. No hay peligro una vez transcurridas esas horas —comienza a explicar en susurros. Parece estar en su habitación, alumbrada por la tenue luz de una lámpara. Su expresión se ve cansada, aunque no haya bolsas bajo los ojos que la delatasen —. Creo que hay una manera de sacarlos a todos de los bucles. Mientras recuerdes los sucesos, probablemente pueda ayudar a los que están encerrados a salir.
Ahogo un jadeo involuntario de sorpresa. Mi cuerpo se inclina hacia adelante con mi completa atención.
—Hace días que hice algo que nadie más ha hecho, y fue el de involucrarme con otras personas. Con otros huéspedes. Mas grupos encerrados aquí como nosotros —su vista se pasea por la habitación, como temerosa de que alguien pudiese escucharla —. Uno de ellos estuvo encerrado en un bucle, en el elevador, y subió hasta el cansancio. Fue capaz de contarme que sólo le bastó con tener una chispa de la verdad, lo que realmente nos trajo a este maldito hotel, y por eso fue capaz de salir. ¡Sólo tienes que saber la verdad!
Y ahí estaba, el antídoto que necesitaba para poder ayudar a los demás. La esperanza comenzó a arremolinarse dentro de mí, porque el hecho de poder volver a ver a Maggie, Jake, Erik y Rena me ponía los pelos de punta, de la buena manera. Sin embargo, tenía que saber esta supuesta verdad antes de poder involucrarme dentro de esto. Tenía que convencer a Austin de que me la dijese.
—El único problema... —continúa Sienna, suspirando entre líneas —, es que no puedes salir de un bucle si ya conoces la verdad. Me refiero a que, si ya sabes todo y te involucras dentro de un bucle, es cuando no hay manera de salir. No habrá intentos que valgan. ¡Quedaras ahí por toda la eternidad!
Suelto un suspiro. Bueno, yo no sé la verdad aún. Quizás si pueda encontrar la manera de ayudar a los otros, sin enterarme de los supuestos acontecimientos verídicos que esconde este lugar, sea capaz de sacarlos sin correr demasiado riesgo. Quiero decir, siempre puedo descubrir la verdad si quedo encerrada y salir ilesa, ¿cierto?
Como si Austin pudiese leer mis pensamientos, escucho que dice fuerte y claro detrás de mí:
—No.
Lo miro con recelo.
—¡Austin, tenemos que hacerlo! —chillé en voz baja —. ¡Es la única manera de que todos regresen!
Pero él sigue negando con la cabeza.
—Es demasiado arriesgado, Paigey. No te he cuidado hasta aquí para que te vayas directo a la boca del lobo. Me importas demasiado.
Lo miro con ternura. A veces, y sólo a veces, me costaba creer que, con ese tamaño y esa picardía digna de un jugador, fuese portador de un corazón tan noble y gentil. Estiro mi mano para apartar un mechón rubio que caía rebelde sobre su frente, divisando cómo suspiraba con resignación, como si ese mero gesto lo hubiese hecho cambiar de opinión. De imprevisto, toma mi mano entre las suyas y lleva el dorso hasta sus labios para dejar un suave beso sobre mi piel. Es inevitable sentir el cosquilleo en mis mejillas.
—Eres una manipuladora. —Dice juguetón.
—¡Pero si no hice nada!
—Ajá, sabes exactamente lo que hiciste —rueda los ojos, divertido. A continuación, se pone de pie y estira un brazo para ayudarme a levantarme de un brinco —. Te voy a ayudar, pero con mis condiciones.
Entrecerré mis ojos hacia él.
—¿Y cuáles son? ¿Que te dé un beso?
—¡¿Qué comes que adivinas?! —bromeó. ¿O quizás no estaba bromeando? —. Harás todo como te lo diga, y cuando presienta el mínimo indicio de peligro, nos iremos. ¿De acuerdo? Sin rechistar.
Asentí en acuerdo.
—Sí, está bien.
Sin terminar de ver el filme, nos fuimos de la habitación. Los grandes ventanales indicaban que ya había oscurecido afuera, pero no tenía una idea clara de la hora exacta. De todas maneras, estaríamos a salvo mientras no permaneciésemos fuera de nuestras habitaciones para la hora de la muerte.
Austin se detuvo cuando llegamos al vestíbulo, posando sus manos sobre sus caderas antes de girarse a mí con las cejas levantadas.
—Bien, mujer maravilla, ¿a quién quieres salvar primero?
Lo medité por un momento, pero decidí hacerlo en voz alta para que él me ayudase con la decisión.
—Erik desapareció en el pasillo frente a nuestras habitaciones y no tenemos idea de dónde está ni cómo llegar a él.
—Quizás podíamos averiguar algo en la película. —Comenta, y en seguida me arrepiento de haberme ido.
—Quizás, aunque a juzgar por el principio, ya sabemos cómo termina todo —hago una mueca —. No creo que Sienna haya podido salvar a nadie.
—Buen punto —concordó —. Sin embargo, debe haber un lugar al que todos van luego de quedar encerrados, al menos, los que no permanecen dentro del mismo bucle, como Maggie o Jake.
—O Rena —agregué —. Pudiésemos empezar con ella. Aunque... me aterra un poco volver a esos pasillos horribles.
—Ah, no te preocupes, lo peor que puede pasar es que quedes ahí encerrada para siempre —curva su boca hacia abajo y encoje los hombros —. Nada de lo que tengas que preocuparte.
Le di un manotazo en el brazo como respuesta. Eso lo hizo reír. Sé que sabe que me dolió más a mí que a él.
—¿Entonces? —insistió.
Esta vez, pensé dentro de mi cabeza. No sabía cómo sería capaz de lograrlo, pero tenía que encontrar la manera de sacar al menos a uno. Rena era mi mejor opción, pero, si Austin estaba en lo cierto, es probable que hubiese un lugar al que todos se transportaran después de quedar en el bucle. Un lugar en el que Erik estaría ahogándose aún con ese pastelillo.
Si ese lugar existía, yo lo quiero encontrar.
—Mira, creo que debemos buscar a Erik primero. Hay muchos lugares del hotel que aún no hemos explorado. Podemos encontrar algo que nos indique su paradero —respondí con seguridad —. Si me equivoco, si no encontramos nada, entonces mañana idearemos un plan para salvar a Rena. ¿De acuerdo?
Evalué su rostro. Sus guapas facciones me indicaron que no estaba convencido del todo, que le parecía mala idea. Lo conocía lo suficientemente bien para estar segura de lo que pensaba con tan solo una mirada a esos ojos azules. Sin embargo, era demasiado complaciente para decírmelo, y demasiado bondadoso para decirme que no.
—De acuerdo, Paigey, pero no olvides mis condiciones.
Sonreí.
—Sí, te daré ese beso.
Vagamos por las instalaciones por lo que pareció una eternidad, subiendo escaleras, traspasando puertas, explorando salones a los que no habíamos entrado jamás. Incluso, caminamos por las afueras, como dos almas en pena, buscando alguna manifestación inusual que indicase el paradero de Erik, pero nada parecía ser lo suficientemente llamativo o insólito para captar nuestra atención.
Al cabo de un rato, temo por rendirme. Nos encontrábamos en un pasillo de habitaciones comunes en la planta baja. Austin parloteaba sin cesar alguna historia de la secundaria que, extrañamente, involucraba la muerte de una ardilla. No estaba prestando demasiado atención.
—¡Debiste ver su cara en ese momento! Lily casi pierde la cordura —exclamó, con una voz entremezclada entre la tristeza y la diversión —. Es una cosa extraña la manera en la que nos educan sobre la muerte, ¿sabes? Nos dicen que todos vamos a morir, pero no nos enseñan a enfrentarla con madurez —replica con fastidio —. ¡Sobre todo la muerte de otros! Lloramos por la ausencia porque nos enseñan que todo nos pertenece cuando, claramente, todo es efímero y temporal. Nada es nuestro. ¡Mucho menos una estúpida ardilla! —por el rabillo del ojo, lo veo negar con la cabeza —. Una tontería. Si tan sólo creciéramos con la idea de que nada nos durará de por vida, apreciaríamos más las pequeñas cosas y las dejaríamos ir con madurez en su momento. Digo... nunca lloras porque te comiste un helado cuando se acaba, porque sabías que se acabaría. Lo disfrutaste, y eso es todo. Debería ser igual con los seres humanos.
Parpadeo considerablemente ante su historia. Tuve que obligarme a mí misma a prestarle atención cuando su relato se convirtió en un análisis de vida extraordinario. Lo miré, surcando mis cejas en sorpresa.
—¿De dónde salió esa extraña inspiración repentina? —le pregunto con genuina curiosidad.
Austin se encoge de hombros, luciendo avergonzado.
—Creo que las palomitas tenían algo raro.
Reí por lo bajo, pero me interrumpo a mí misma cuando, de la nada, mis ojos captan la puerta entreabierta de una de las habitaciones del pasillo. La curiosidad comenzó a picarme en el exterior, y no tardé en señalar a Austin el lugar para acercarnos.
Cuando empujo más la puerta, la habitación revela unas extrañas escaleras que daban hasta un piso subterráneo inexplorado.
Miro a mi amigo con una amplia sonrisa.
—No. —Dice él inmediatamente.
—¡Austin!
—¡Este es el momento de esas películas de terror de bajo presupuesto en el que consideras a la protagonista como una gran estúpida! —vociferó, sus ojos azules tan grandes que parecían salir de sus cuencas —. Es una terrible idea.
—Es una buenísima idea —contradije —. No hemos ido ahí antes.
—Y por algo es.
Rodé los ojos.
—Anda, Austin —supliqué, pronunciando un puchero con mis labios —. Además, tiene luz.
No era mentira. No parecía una escalera que llevase a un infierno inminente, sino como algo normal, iluminada por bombillas que se extendían a lo largo de la pared tapizada que brindaban un asomo de seguridad.
—Oye, cuánto confort —canturreó con ironía —. Seguro un par de bombillas encendidas hará de nuestra miseria más sencilla.
—¡Por favor! —insistí.
Él inclina su cabeza hacia atrás, expresando su derrota.
—Te juro que si nos morimos, te mato.
Reí ante su comentario y comienzo a bajar los escalones con Austin pisándome los talones. No tenía un mal presentimiento, pero, a decir verdad, cualquier cosa podía sorprenderme dentro del hotel.
—¿Qué crees que haya allá abajo? —le pregunté.
—Satanás esperándonos.
—¡No seas así!
—¡¿Y cómo voy a saber, Paigey?! —se mofó entre risas —. Si tenemos suerte, será un sótano lleno de mobiliario viejo y lo peor que puede pasar es que nos dé alergia toda la noche.
—Una serie de eventos desafortunados, sin dudas.
—Sí. Me he preocupado en protegerte más de los muertos, que del polvo —dice —. Y sé que eres muy alérgica.
—Yo soy alérgica a cualquier cosa. —Admití.
—Y parece que a mis besos también, porque nada que me lo das.
Solté una risa, poniendo mis ojos en blanco al mismo tiempo.
De pronto, me doy cuenta de que parecía que los escalones nunca terminaban. Aunque hubiesen pasado pocos minutos, no podía evitar percatarme de la cantidad innecesaria de escalones que dirigían a un supuesto sótano.
Justo cuando estoy por comentarle algo a Austin, las luces se apagan.
Nos detuvimos en seco.
—¿Paige?
—¿Qué?
—¿Tú has apagado las luces?
—No.
—Entonces creo que tenemos un problema.
Tragué grueso, acercándome a la presencia de Austin a mis espaldas. Inconscientemente, busco su mano en la oscuridad, y no tardo en entrelazarla con la mía para sentirme más segura.
—Creo... Creo que mejor nos regresamos. —Tartamudeo, comenzando a sentirme nerviosa.
—Al fin se te ocurre algo bueno.
Tornamos nuestros cuerpos para regresar por donde vinimos. En ese preciso instante, comienzo a arrepentirme por haber tomado la decisión de bajar; y peor, por haber insistido a mi amigo que se involucrase conmigo, porque cuando los dos queríamos disponernos a subir los escalones, nos dimos cuenta de algo importante.
La escalera ya no estaba.
¡No estaba!
—Paige, dime que de repente soy esquizofrénico. —Dijo Austin en un hilo de voz.
¡No, no, no! ¡Esto no podía estar pasando!
Giro mi cabeza en todas las direcciones en búsqueda de las escaleras, pero ni siquiera podía seguir bajando. ¡No estaban! ¡Se habían esfumado!
—Es un bucle —susurré, pero el pánico en mi interior me hizo repetir en un grito —: ¡Es un bucle, Austin!
—¡Hubiese preferido a Satanás!
—¡¿Qué hacemos?!
Súbitamente, una luz se enciende, y otro tramo de escaleras aparecen justo a nuestra derecha, luciendo como el mismo lugar por donde vinimos, con escalones alfombrados de rojo y bombillas iluminando un feo papel tapiz floreado.
—¡¿Qué es esto?! —grita Austin —. ¡¿Hogwarts de bajo presupuesto?!
Lo ignoro e intento correr en esa dirección, viendo las escaleras como una esperanza latente, pero mi amigo me retiene de la mano y tira de mí hacia él.
—Puede ser una trampa. —Dice temeroso.
Era cierto, y no teníamos demasiadas opciones. No podíamos salir de aquí sin tomar la decisión de arriesgarnos.
Y es cuando lo recordé:
—¡Jude!
Aquello me llegó repentinamente a mi cabeza, golpeándome con un poco de razonamiento dentro del caos. No obstante, permanezco quieta, esperando el familiar susurro de Jude contra mi oreja, instruyéndome en dirección a la salida más confiable.
Pero no llega.
—¡Jude! —llamé nuevamente con desesperación.
—¿Quién es Jude? —inquirió Austin, angustiado —. ¿Jude Ivory? ¿A él te refieres?
—¡Sí! ¡Tiene que aparecer!
Nada. No había respuesta.
—¡¿Y por qué habría de hacerlo, Paige?!
—¡Es lo que debí decirte! —respondo, comenzando a llorar inevitablemente —. Jude ha estado ayudándome a salir de los bucles, a tomar las decisiones correctas. Por él no he quedado encerrada como los otros. Hace esta cosa... ¡No sé lo que es ni cómo lo hace! ¡Susurra en mi oído, justo como debería hacerlo ahora!
La desesperación comienza a comerme viva, sobre todo cuando la escalera volvió a desaparecer, y nos sumimos en la oscuridad de nuevo.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué, Paige?
Aunque no podía ver su rostro, no descarté la mirada decepcionada en aquellos preciosos ojos azules, pues su voz resonó en toda la habitación con la suficiente aflicción para demostrarme su desilusión.
—¡Porque él seguía repitiendo toda esa cosa de que la salvación es individual! ¡No sabía si podía hacerlo! ¡No sabía!
De nuevo, las escaleras vuelven a aparecer, esta vez, detrás de mí, con la única diferencia de que las luces eran más tenues, el papel tapiz se veía desgastado, y la alfombra bastante sucia y dañada.
—No creo que él esté tratando de ayudarte.
Su comentario me hizo volver la vista hacia él.
—¿Qué?
—Debiste decírmelo, Paigey. Debiste... —cierra los ojos con fuerza, y pude notar todo el arrepentimiento en su expresión —. Todavía hay una manera de que puedas salir de aquí.
Por un momento, no lo entendí, pero cuando mis ojos se abren como platos ante la comprensión de lo que sugería, negué con la cabeza rotundamente, humedeciendo mis mejillas aún más con gordas lágrimas.
—Ni en un millón de años voy a dejarte aquí —digo rotundamente —. Eso no es una opción.
—No te lo estoy preguntando.
—¡No voy a permitirlo! —grité con desesperación —. ¡Cualquier verdad que vayas a decirme, no voy a escuchar!
Él se queda callado, mirándome como si fuese lo último que sus ojos fuesen a enfocar. Da un paso hacia mí con decisión, llevando su mano hasta mi cabello para deslizarlo detrás de mi oreja; sus dedos hacen un recorrido por la piel de mi mejilla con dulzura, secando la humedad que empapaba mi piel, sin apartar ni un segundo sus ojos azules de los míos.
Por un instante, creo que va a besarme, y pienso permitirlo, pero cuando se inclina sobre mí, sus labios se posan sobre la comisura de mi boca, permitiéndome sentir apenas el leve cosquilleo de un beso fantasmal.
—Eres de las mejores cosas que me pasó en la vida, Paige Larson.
Niego con la cabeza, ahogada entre mis propias lágrimas. Quiero decirle que no tiene que despedirse, que encontraremos la manera de salir sin arriesgarnos a morir en el intento, que saldríamos juntos de este jodido hotel y que nada nos separaría a partir de entonces.
Quiero decirle que estaba loca de amor por él, y que nada iba a permitir que me lo arrebatase.
Pero justo cuando quiero abrir mi boca y recitar todas aquellas palabras, el espectro de una mujer demacrada aparece en mi campo de visión y, sin previo aviso, toma a Austin por el cuello y lo eleva por los aires con una fuerza antinatural.
—¡No! —grité ante el impacto.
Ella ni siquiera se inmuta, y yo me encuentro inmóvil. Su rostro es tan horrible que me tambaleo hacia atrás y caigo sobre el suelo. La piel de su cuerpo parecía en extraña descomposición, su cabello mugriento y enredado caía largo hasta la cintura, los ojos sin párpados permanecían abiertos y blancos como dos lunas en su rostro; los labios secos, podridos y cubiertos de un líquido vinotinto parecido a la sangre. Aunque sus brazos estaban hasta el hueso, no fue impedimento para arrastrar a Austin como si no pesara nada, y este no me apartaba la mirada llena de terror e incertidumbre, llevando sus manos hasta el cuello intentando apartar el agarre de la mujer.
Le apretaba tan fuerte que pude escuchar sus huesos resquebrajarse.
—¡Basta! ¡Ya basta! ¡Déjalo ir!
Comenzó a caminar a las escaleras sin detenerse a escuchar mis súplicas. Miré en todas las direcciones, intentando encontrar algo que me ayudase a retenerla, y cuando mi vista se enfoca de regreso al chico en problemas, soy capaz de entender las palabras que intentaba decirme con demasiado esfuerzo:
—Vete.
¿Pero cómo podía dejarlo? ¡¿Cómo?! ¡Todo esto era mi culpa! Debí hacerle caso. Debí escuchar cuando dijo que no era una buena idea bajar a explorar. O desde un principio, cuando se negó rotundamente a formar parte de un proyecto de búsqueda a nuestros amigos cuyos destinos ya habían estado escritos dentro de los bucles.
Y ahora el de Austin también.
Fue así como el murmuro de un recuerdo azotó mi mente, como un viento gélido en una madrugada invernal, pues fue tan repentino que me hizo entrar en la realidad: No podía hacer nada para salvarlo, y tenía que salir ya de aquí.
"Y esta noche, cuando comience la hora de la muerte a las doce, abrirás el guardapelo que te di, y mirarás fijamente a su interior."
Me toqué el pecho en búsqueda del guardapelo, tirando de la cadena para mirar directamente al dije.
Le doy una última mirada de completo arrepentimiento a Austin antes de decirle:
—Te amo, y lo siento.
Entonces, mis manos abren el medallón, y el mundo a mi alrededor se apaga.