Ojos verdes

By -potter

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James S. Potter, el chico más codiciado de Hogwarts. Elena Williams, la exótica estudiante francesa que ha en... More

Ojos verdes
Hogwarts... Y Beauxbatons
Inglaterra
Una pelirroja más
De pruebas, llegadas y retos
5 galeones, 7 sickles y 9 knuts
¿Co-capitana?
Fuegos artificiales
Capítulo Especial: Las flechas de Cupido I
En lo más hondo del bosque
El arco del centauro
"Cuando nieve en el infierno"
El Maratón (nos vemos el 30 de Enero)
Capítulo Especial: Rosa y escorpión
Peticiones
Voulez-vous danser avec moi?
Un arc-en-ciel dans notre chambre
Navidad
Merodeadores, el mapa y amortentia
Encuentros y desencuentros
Nota de la autora
El primer beso del seductor
A masquerade
Capítulo Especial: Las flechas de Cupido II
¿Mini-Maratón?
La segunda prueba
Madame la reine
Nieve en el infierno
Est-ce que tu m'aimes encore?
Adelanto (y Elmo es la clave)
La promesa
Venganza merodeadora
Diecisiete primaveras
Con los pelos de punta
La familia Potter... y la Weasley
"Je t'aime aussi"
Encuesta [IMPORTANTE]
La gran boda
Limando asperezas
Aclaraciones
Capítulo Especial: Cuando todo va a comenzar I
El laberinto de los miedos
Capítulo Especial: Cuando todo va a comenzar II
Adelanto
El campeón de campeones
Una promesa que cumplir
Epílogo: "I think I wanna marry you"
Agradecimientos (pero no es el final)

"Nunca apuestes con el favorito de Fortuna"

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By -potter

Un rato después de que Albus terminara, ninguno de ellos tenía muy claro que decir aún. Era un asunto verdaderamente extraño, algo como probablemente no había pasado antes en Hogwarts. Aunque entre los muros de ese castillo habían pasado cosas verdaderamente extrañas, la verdad. Pero aquella se llevaba la palma

Finalmente, acordaron que no se lo dirían a nadie de momento, puesto que lo peor que les podía pasar era que se corriera la voz, pero que Albus trataría de hacer discretas averiguaciones escribiendo a su padre, que, al ser el jefe del departamento de aurores del ministerio de magia inglés, era casi el único que podría saber de un asunto como aquel. Rose acordó que también ella escribiría a su madre, pues aunque ella se dedicaba principalmente a las leyes mágicas, era una entendida en todo tipo de temas extraños, de esos que la mayoría de la gente jamás había oído siquiera mentar, y a lo mejor sabía algo que los iluminase un poco.

Cuando al final Elena alcanzó su habitación, se sentía como si una apisonadora la hubiera pasado por encima varias veces, con ensañamiento. Abrió la cama y se desnudó, tirando la ropa encima de una silla sin el menor cuidado.

Echaba de menos el clima Mediterráneo de la zona de Beauxbatons, siempre tan cálido y agradable, incluso en los meses de invierno, y sus amigas estaban hartas de oírla quejarse de los días nublados y del frío característicos de toda Gran Bretaña. Además, solían reírse de ella por los pijamas tan gordos que se ponía, que parecían típicos del Polo Norte más que de Escocia. Pero Elena seguía en sus trece, y hasta había puesto unas sábanas de franela en su cama para estar más calentita.

De todos modos, ese día no le importó lo más mínimo, y se echó  en la cama tal cual estaba, en ropa interior. Arrebujándose entre las mantas, se durmió casi al instante.

-Angelito… Cuando duerme parece que fuera buena -comento una voz cerca de ella.

Elena, que tenía el sueño muy ligero, se despertó inmediatamente y pegó un brinco.

-¿Pero qué…?  -Preguntó con la voz aún pastosa por el sueño.

Entonces vio a Rose y Dominique sentadas cada una a un lado de su cama, sonriendo.

-¡Tápate un poco descocada! -Se  rió Dominique, y Rose la acompañó.

Elena se dio cuenta entonces de que se había dormido en ropa interior. Engriéndose de hombros, sin darle importancia, alcanzó una sudadera y se la puso por encima.

-De Gabachilandia tenías que ser… -bromeó Rose.

-¿Gabachilandia[1]? -Preguntaron Elena y Dominique a la vez.

-Gabachilandia -explicó Rose, poniendo voz de anuncio-: lugar de nacimiento de los gabachos y del puterío. Bueno, igual no, pero hay mucha descocada. He aquí la prueba.

-¡Eh, eh, eh! Menos con las francesas que la tenemos, ¿eh? -Exclamaron Elena y Dominique a la vez, pero enseguida todas se echaron a reír como si hubiera sido la cosa más divertida del mundo. Eso les pasaba a menudo, como en realidad pasa en todas las grandes amistades: te puedes reír mucho de las bromas buenas, pero en realidad con lo que más te ríes son con las pequeñas paridas de tus amigas, y más aún aquellas que solamente se pueden entender dentro del grupo. Rose, Elena y Dominique tenían una especie de broma privada con los franceses.

Cuando al fin dejaron de reír, Rose se explicó:

-Has estado durmiendo un buen rato, pero ya es casi la hora de cenar y bueno, Albus se estaba subiendo por las paredes…

-Sí, ya sabes cómo es -la cortó Dominique-. No puede entender que alguien pueda dormir más de cinco horas seguidas sin estar enfermo.

Las otras dos asintieron con una sonrisa. Albus dormía muy poco, siempre con demasiadas cosas que hacer en mente. Para él, todo el tiempo que no estuviera haciendo o planeando algo, era tiempo perdido. Realmente ese chico era un caso perdido, pero le querían tal como era.

-Sí -continuó Rose-. La cosa es que pensamos que querrías cenar algo. Además mañana tienes partido y pues te vendría bien normalizar tus horarios.

-¡¡OSPE EL PARTIDO!! -Gritó Elena golpeándose la frente.

Era increíble que lo hubiera olvidado: ella siempre estaba atenta a todos los partidos y tenía un calendario muy estricto. Era una capitana exigente con sus jugadores sólo porque era aún más exigente consigo misma, y ellos lo sabían. Por eso siempre obtenía tantos resultados.

Dominique y Rose contemplaron divertidas a su amiga, que estaba dando vueltas por la habitación en busca de su ropa.

-¿Se lo decimos ya o mejor dejamos que sufra un poco más? -Susurró Dominique en el oído de Rose.

Esta soltó una risita.

-No seas mala, Nique -respondió-. Vamos a decírselo.

-¿Decirme qué? -Preguntó Elena, haciendo una pausa.

-Hablamos con James antes y nos dijo que hoy al final no había entrenamiento -la contó Dominique-. Al final los de Hufflepuff consiguieron un permiso especial para entrenar o no sé qué. La cosa es que no estaba nada contento.

Elena soltó una maldición en francés por lo bajinis.

-Bueno, da lo mismo -comentó Rose poniéndose en pie y quitándose la chaqueta, que tenía una pequeña mancha en el codo, por otra limpio-. Si total eso está ganado…

-¡Un partido nunca está ganado! ¡Yendo con esa mentalidad es con la que se pierde! -Rebatió Elena, apasionadamente.

Rose y Dominique cruzaron una mirada y una media sonrisa. Elena siempre era así siempre que se trataba de quidditch, y ellas se divertían mucho picándola cariñosamente.

-Vale, vale, capi -sonrió Nique-. Pero, ¿bajamos a cenar o no?

-A veces eres peor que mi hermano, Dominique -suspiró Rose-. Sólo pensáis en comida.

Dominique se encogió de hombros con una sonrisita de disculpa. La buena comida -entre la cual la de su madre no se podía incluir exactamente, para ser sinceros- la perdía. Pero, ¿y a quién no? Hogwarts tenía los mejores elfos domésticos del país, y la comida era tan buena…

Efectivamente, los elfos no fallaron. Incluso se superaron a sí mismos con una tarta de tres chocolates espolvoreada con virutas de chocolate blanco mejor que cualquiera que Elena hubiera probado antes. Salvo, quizá, la que hacía su padre.

-Tengo complejo de domingo -comentó Dominique mientras se zampaba su segundo trozo.

-Pues ya somos dos -suspiró Rose-. Con lo de que el viernes no hubo clase por la primera prueba llevo un descontrol…

-No me hables de descontroles que yo no sé ni en que día vivo -Elena sacudió la cabeza-. Santas ganas de navidad que tengo.

-Y que lo digas -respondieron a coro sus dos amigas.

El domingo amaneció nublado, amenazando a lluvia. Como el día anterior no habían podido entrenar, James había convocado a sus jugadores dos horas y media antes de que comenzara el partido.

Elena se levantó y se vistió con cuidado de no hacer ruido para no molestar a sus amigas, que seguían por el séptimo sueño. Con el pelo recogido en una coleta alta, decidió pasarse por la enfermería antes de ir al Comedor, para ver como estaba su mejor amigo.

Alec estaba curándose muy rápidamente, pero aún así Madame Pomfrey no pensaba dejarle salir de la enfermería hasta como mínimo el día siguiente, ni siquiera para ir a ver a jugar a su mejor amiga. Había sido muy clara al respecto, así que Elena aconsejó a Alec que si quería enterarse abriera la ventana cerca de su cama, porque según Alice le había contado una vez, era posible oír los comentarios desde allí, y también le prometió que aquella tarde se pasaría a verle y se lo contaría todo al detalle.

Después, bajó a desayunar.

Se había entretenido demasiado charlando con Alec, así que aunque se había levantado con tiempo de sobra, llegó muy justa, cuando gran parte del equipo se había ido ya hacia el campo. Daniel Thomas era el único que estaba allí, terminándose el zumo.

-¿Tan tarde llego que sólo quedas tú aquí? -Preguntó Elena, haciendo una mueca y cogiendo una tostada de mermelada-. Sin ánimo a ofender.

Daniel esbozó una sonrisa. Era famoso  por ir siempre tarde y lo sabía, pero no le importaba. Opinaba que la vida era mejor tomarla con calma, se disfrutaba más. Albus y él tenían probablemente la amistad más extraña de todos los tiempos, pero la cosa es que funcionaba a las mil maravillas.

-Sólo un poco tarde -sonrió Daniel, tomando otra magdalena-. La verdad es que nos extrañaba que no bajaras.

-Ya, es que me he pasado a ver cómo estaba Alec y me he entretenido...

-¿Y cómo anda? -Daniel no conocía de nada al Campeón francés, y la verdad es que le daba un poco igual, pero le había cogido cariño a Elena y sabía lo importante que era ella.

-Pues está mucho mejor… Madame Pomfrey dice que a lo mejor para mañana ya le da el alta.

-¿Sabes? -Comentó Daniel con una sonrisa-. Me encanta como pronuncias madame…

-¿Y cómo pronuncio madame?

-Oh, ya sabes. Con ese acento… francés.

Elena se echó a reír, casi atragantándose con el café que acababa de tomar.

-¿En serio se me nota tanto?

-Un poco, pero no te preocupes, es encantador.

Elena se sonrojó y siguió comiendo sin decir palabra. Sabía que hablaba inglés de una forma un tanto peculiar, ya que aunque siempre lo había hablado desde que tenía uso de razón, el francés seguía siendo  su lengua materna. Pero no era consciente de cómo los demás percibían su acento.

-Oye, va a quedar un poco raro que yo diga esto, pero la verdad es que tenemos que darnos prisa o James nos mata -comentó Daniel al cabo de un rato, mirando el reloj con el ceño fruncido.

Elena asintió y cogió una tostada.

-Pues vamos.

-Mujer, tampoco te quedes sin desayunar…

-Deja, deja, que ya bastante tarde vamos.

Daniel asintió y los dos salieron del castillo en dirección al campo de quidditch, donde ya oían a sus compañeros de equipo.

-Oye, muchas gracias por esperarme -comentó Elena cuando ya llegaban, después de un rato de caminar en silencio.

-Nada, si a mí me da lo mismo y hubiera quedado bastante mal si te hubiera dejado ahí sola.

-Vaya, no sabía que aún quedaran auténticos caballeros ingleses…

-Alguno que otro, aunque estamos en peligro de extinción -replicó el chico guiñando un ojo y extendiendo un brazo ceremoniosamente para que ella se apoyara.

Con una  risita, Elena aceptó la invitación y se apoyó en él como si fuera una dama medieval.

-¡Mira la parejita que contentos vienen y con qué parsimonia! -Exclamó la voz de James, y ambos pudieron ver al capitán frente a ellos con cara de malas pulgas-. ¿Es que vosotros no tenéis los mismos horarios que el resto del equipo o cómo?

Con una mueca de fastidio, Elena se apartó de Daniel y encaró a James.

-Relaja esos humos, Potter. Sólo llegamos diez minutos tarde, no hay que hacer un drama.

-Me dan lo mismo diez minutos que media hora. ¿Llegáis tarde y encima venís como si tuvierais todo el tiempo del mundo? -Dijo James con voz cortante.

Elena puso los brazos en jarras y le miró fijamente a los ojos.

-Te recuerdo que aquí tengo tanto poder como tú, Potter. He llegado tarde y asumo toda la responsabilidad, pero no ha sido tanto como para ser irreparable, así que cállate, deja que vayamos a cambiarnos y empecemos de una puñetera vez.

James refunfuñó algo caminó, sin mirar atrás, hacia donde el resto del equipo seguía con el calentamiento.

Odiaba que lo desafiaran, incluso si era Elena quien lo hacía. Y, ciertamente él no era un gran amante de la disciplina, pero cuando se trataba de quidditch los horarios eran sagrados. ¿Es que la gente no podía entender eso? ¿Tanto costaba?

Por otra parte, le había fastidiado ver a Elena reír de aquella manera con Daniel. ¿Desde cuándo tenían esas confianzas?

Nunca lo admitiría, pero en el fondo James Potter era un celoso. Y no le importaba el hecho de que Elena tuviera amigos chicos ni que se lo pasara bien con ellos, pero no quería que ella se fuera con otro.

Elena salió casi inmediatamente, y al poco lo hizo Daniel.

-¿Qué piensas hacer? -Inquirió Elena, colocándose junto a él con el bate de golpeadora sobre el hombro.

-Vaya, ¿ya estás aquí?

-James, como sigas en ese plan te prometo que haré y desharé yo a mi antojo sin hacerte el menor caso.

Ante el uso inesperado de su nombre de pila, James se volvió hacia Elena y su "enfado" se esfumó inmediatamente. Estaba muy guapa con el pelo recogido en un moño apretado, los labios fruncidos y un brillo de determinación en la mirada. Era un encanto.

-Vale, vale -respondió el chico con una carcajada.

Elena sacudió la cabeza, James siempre igual, con sus cambios de humor…

-Pues venga, cuéntame.

Él asintió y rápidamente la puso al corriente.

Media hora antes del partido, todos se habían puesto los uniformes del equipo ya y estaban escuchando los pormenores de la táctica.

-Te apuesto lo que quieras a que antes de Andrew coja la snitch habremos marcado más de 320 puntos -fanfarroneó James, en dirección a Elena.

-No seas fantasma, Potter -respondió ella, aunque igualmente se sentía bastante optimista aquel día-. Te digo yo que no pasamos de los 250.

James enarcó las cejas e inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, aceptando el desafío.

No fue un partido complicado. Hufflepuff tenía un buen trío de cazadores, pero su guardián tenía más bien pocos reflejos, y su buscador podría haber estado buscando la snitch o setas.

Jaime y Elena se lo pasaron en bomba lanzando bludgers a diestro y siniestro sin tener apenas competencia. Ambos eran muy competitivos y les gustaba dar el máximo de sí mismos, pero tampoco estaba mal tener las bludgers casi para ellos solos por una vez.

Los que si que no estuvieron ociosos fueron los cazadores, que a los veinte minutos de partido ya habían anotado 350 puntos. Y probablemente hubieran seguido, pero aquel fue el momento en que Andrew cogió la snitch, que revoloteaba en la parte baja de las gradas, casi a ras de suelo. 500-120. Victoria aplastante de Gryffindor.

Elena y Lily Luna volvían al túnel de vestuarios bromeando sobre el aspecto del buscador de Hufflepuff en la pista y como él mismo, sin querer, había golpeado la quaffle y casi marcado.

-Creo que voy a acordarme de ese momento para siempre -dijo Elena entre risas.

-Lo mismo digo… Pobre chico, no sé cómo lo eligieron.

Elena asintió, conforme.

-¿Y qué vas a hacer hoy? ¿Vas a Hogsmeade? -Preguntó Lily.

-Creo que sí. Por lo menos he quedado con Nique, Rose y Albus para ir… Espero que no llueva. ¿Y tú?

-No sé. Es que había pensado ir con un par de amigas, pero… En fin, tuvieron la poco inteligente idea de ponerse a hablar sobre el estilo de vestir de McGonagall mientras teníamos una clase de preparación a los TIMOs con ella y no se dieron cuenta de que estaba detrás.

Elena asintió. El estilo de vestir de McGonagall era uno de los temas preferidos para comentar entre las estudiantes de Hogwarts, porque daba para rato.

-La túnica morada, no me digas más.

-Y los pendientes amarillos -asintió Lily.

Las dos se echaron a reír al recordar ese atuendo que tanto parecía gustar a la directora de su colegio, pero que no le hacía ningún favor.

-¿Y al final qué vas a hacer?

-Pues como ellas están castigadas pensé que podría ir a ver a mi prima Molly, ya sabes, la que vive en Hogsmeade -explicó Lily-, porque además esta semana ha venido su hermana Lucy con su novio y quería verlas.

Elena asintió. Había ido al local de Molly con sus amigos hacía un par de semanas, y la chica le había parecido un encanto. Estaba pagándose ella misma la carrera de Encantamientos con el dinero que sacaba de su tiendecita, y esperaba acabar aquel año y, a ser posible, hacer prácticas para magisterio en Hogwarts el curso siguiente.

La enésima pelirroja Weasley le había parecido un amor de chica, y a pesar de lo poco que habían estado juntas, habían congeniado muy bien, y Elena había prometido volver por allí.

-Oye, ¿os importará si bajo con vosotros? -Preguntó Lily-. Es  que no sé, mis amigos no van hoy y me da cosa ir sola en carruaje.

-¡Pero cómo nos va a importar! Si no tienes que entrar para nada, me esperas y vamos juntas a la entrada, que hemos quedado allí.

-Perfecto.

Las dos pelirrojas entraron en las duchas de chicas y salieron un rato después, Elena con una sudadera sin capucha de Gryffindor, vaqueros ajustados, sus converse y el pelo recogido en una coleta alta, y Lily con unos leggins grises, una camiseta de su grupo favorito y el pelo en dos trencitas.

-¿Lista? -Preguntó Elena, echándose la mochila al hombro.

-Vamos -convino Lily, cogiendo su propia bolsa. 

-Espero que no vayas a corromper a mi hermanita por ahí, pelirroja -comentó James a sus espaldas, cuando ellas salían ya.

-Lo siento mucho, James, pero llegas tarde. Ya he convencido a Lily de que se una a mi aquelarre.

James, apoyado en la pared, sacudió la cabeza y rió suavemente.

-No olvides que me debes una apuesta, Elena -dijo, pronunciando su nombre como una caricia.

-¿Una apuesta?

-Sí, busca en tu memoria selectiva. Te dije que anotaríamos más de 320 puntos para cuando Andrew cogiera la snitch… Y efectivamente.

-No recuerdo haber aceptado esa apuesta…

-Tampoco dijiste que no.

-Bueno, me lo pensaré -respondió guiñando un ojo, y salió seguida por Lily Luna, que dirigió una sonrisa divertida como despedida a su hermano mayor. James nunca cambiaría.

-Si me permites el consejo, Elena, nunca vuelvas a apostar con James.

-¿Y eso?

-Porque nunca pierde. Es el favorito de Fortuna.

Elena sacudió la cabeza.

-¿En serio? ¿Por qué hasta la suerte se pone de parte de tu hermano? ¿Qué pasa con lo de favorecer a las jóvenes doncellas inocentes?

-Bueno, la verdad es que no sé si tú cuadras mucho en esa descripción -comentó Lily, divertida.

-Aún así, ¡no es justo!

Lily se echó a reír.

-Dímelo a mí, que llevo toda una vida viviendo con él.

***

Cuando se despidió de Elena, Albus, Rose y Dominique, que iban a Las Tres Escobas a tomar una cerveza de mantequilla, Lily Luna caminó hacia la calle principal de Hogsmeade, en el centro de la cual estaba el coqueto local en que Molly Weasley había montado su pastelería.

Aunque su tío preferido era, sin duda, Charlie, que además siempre la había tenido como la niña de sus ojos, Lucy y Molly siempre habían sido sus primas preferidas. Desde pequeña recordaba las navidades metida en la cocina, preparando todo tipo de recetas junto a las dos Mollys, aunque a menudo ella se viera relegada al papel de ayudante que traía y dejaba las cosas. También recordaba los juegos que Molly se inventaba para entretenerla y cómo siempre la había tratado como a una de sus amigas, sin ninguna reserva.

Y Lucy… Lucy era simplemente especial. Era muy sobreprotectora con toda su familia, pero más aún con Lily, que era la más pequeña. Y además, el hecho de ser la única Slytherin de la familia la hacía diferente de los demás. Una incomprendida, muchas veces. Lily, como vidente que era, podía entenderla mejor que cualquier otro. Por eso, al final siempre acababan juntas, haciendo frente común contra el mundo.

Como de costumbre, el local estaba abarrotado de jóvenes y no tan jóvenes charlando y comiendo todo tipo de dulces. Sólo que, ese día, no era Molly quien atendía las mesas con su eterna sonrisa, sino que, tras el mostrador había un chico alto, de pelo rubio oscuro y ojos grises. Lorcan Scamander, el novio de Lucy.

-Hola, Lily -saludó Lorcan cuando ella se acercó al mostrador.

-Hey Lorcan. ¿Te han encasquetado ya todo el trabajo?

-Ya ves. Ven a ver a Molly conmigo, decía Lucy. Lo pasaremos bien, decía. Tomémonos un respiro, me dijo -rezongó el chico-. Supongo que se refería a su hermana y a ella, porque en cuanto llegamos me pusieron detrás del mostrador y se fueron de compras.

Lily se echó al reír al ver al que casi era su primo con esos malos humos.

-Sí, tú ríete… Si es que al final también eres una Weasley -acusó Lorcan-. ¡No sois de fiar!

-Lo que tú digas, primito. Ay, yo que venía a verlas…

-Uf, pues si tienes suerte igual vienen pronto, pero vamos, que conociéndolas y teniéndome a mí aquí de sirviente no creo. Si quieres las dejo el recado y que Lucy se pase por Hogwarts o algo, que todavía nos vamos a quedar un par de días más en Hogsmeade y sé que querrá verte.

Lily sonrió como una niña.

-Muchísimas gracias. Y ahora, ¿me invitas a algo?

Lorcan, con los brazos sobre el mostrador, sonrió.

-Bueno, tenemos una política muy estricta respecto a eso, pero por ser tú tengo por ahí un pastel de…

Pero en ese momento exacto en que Lorcan iba a sacar la tarta de zanahoria recubierta de chocolate que era una de las especialidades de Molly, receta propia de la chica, la puerta se abrió de golpe y una voz muy similar a la suya, aunque quizá no tan grave, exclamó:

-¡¡Lysander Scamander al rescate!!

Lysander y Lorcan, únicos hijos de Luna Lovegood y Rolf Scamander, eran gemelos, y de pequeños eran tan parecidos que muy pocos conseguían distinguirlos. Ahora aún compartían los mismos ojos grisáceos de su madre y unos rasgos delicados, pero el pelo de Lorcan era totalmente rubio, mientras que el de Lysander tiraba al castaño claro. Además, este último era un par de centímetros más alto que su hermano, a pesar de ser dos minutos más joven que él.

-¿Lysander? -Preguntó Lorcan, sorprendido por la aparición de su gemelo-. ¿Cómo tú por aquí?

-He venido a pedirle a McGonagall unos papeles que necesito, y justo pasaba por la oficina de correos cuando he visto a Molly y Lucy dentro. Y he supuesto que te habrían dejado aquí.

-Pues has hecho pleno, aquí estoy, de sirviente.

-Deberías ponerte el delantal de flores de Molly, ¿sabes? Quedaría mucho más convincente.

Lorcan negó con la cabeza. Su hermano -y sobre todo su sentido del humor- no tenían remedio.

-A lo mejor podrías ponértelo tú. Creo que  te iría mejor.

Lysander estaba a punto de replicarle con otra broma cuando se fijó en Lily, que seguía junto al mostrador.

-¡Lily! -Saludó con una enorme sonrisa-. Cuanto tiempo sin verte, ¿qué tal te va?

De pequeña, Lily había estado completamente enamorada de Lysander, aunque eso era algo que sólo le había contado a su prima Molly. Por supuesto, ya hacía tiempo que no sentía nada por él, pero aún así no podía evitar sentirse un poco cortada en su presencia.

-Hola Lysander. Aquí andamos, bastante bien, ¿y tú?

Lysander bufó y se apartó el pelo de la cara.

-Estoy empezando en el departamento de cultura del ministerio, y con esto de las navidades inminentes está la cosa que… Mira, mejor ni te cuento porque es un auténtico desastre.

Lily sonrió y asintió tímidamente.

-Entonces, ¿habías venido para ver a Lucy me imagino?

-Sí, pero como Molly y ella se ha ido Lorcan me ha dicho que ya la dirá y vendrán a verme a Hogwarts o algo.

-¿Y te fías de mi hermano? -Lysander hizo un gesto a su hermano de que se callara antes incluso de que abriera la boca-. Yo antes me las encontré y creo  que iban hacia esa tienda nueva de túnicas que han abierto… Si quieres puedo acompañarte.

-Si no te importa…

-Claro que no. Vamos, Lily -dijo, ofreciéndola ceremoniosamente su brazo.

Los dos se despidieron de Lorcan y salieron a la calle.

Encontraron a Lucy y Molly justo donde Lysander había dicho que estarían, en la tienda de moda de las Hermanas Farlane.

-Bueno Lily Luna, aquí se acaba nuestro paseo juntos… Un placer, cuando quieras repetimos -y la besó, rozando la comisura de sus labios.

-Adiós -murmuró ella, sin saber qué más podía decir. Y entró en la tienda.

[1] ¡Esa Cris y sus definiciones!

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