Al final consiguió dormir un poco. O tal vez fuese gracias al Nolotil que le había dado Ulrich, que le había calmado el dolor de cabeza y le había bajado la fiebre. Pero, aún así, se despertó temprano. Como en aquella época casi siempre era de noche, pues le resultaba muy difícil calcular la hora, pero escuchó ajetreo en la cocina y se levantó a ver quién era.
Emma estaba preparando el desayuno. No tardaron mucho en levantarse los demás y desayunaron todos juntos aprovechando que estaban de vacaciones. Rüdiguer seguía con mala cara, más pálido de lo normal, con sudores fríos, dolor de cabeza y de garganta, y notaba como se le estaba yendo la voz. Al parecer se había resfriado con tanto caminar por la nieve con aquellos zapatitos de mierda y los calcetines mojados.
Ulrich se dio cuenta enseguida, y se ofreció a llevarlo hasta la puerta de su casa, ahora que sabía donde vivía. Pero a él no le hacía mucha gracia porque alguien podría verlo y no le interesaba que lo conocieran, porque si le hacían preguntas podría contestar algo que a él no le conviniera. Sin embargo, se encontraba realmente mal, así que al final accedió. Näthan le dio una tarjeta suya al despedirse, donde figuraba su dirección y teléfono, por si algún día necesitaban sus servicios en la mansión de su abuela. Nunca venía mal hacerse clientes.
Cogieron el modesto monovolumen de Emma y, por el camino, Ulrich le fue contando cómo era la vida allí. Las costumbres que tenían, las fiestas que celebraban, como funcionaban los colegios e institutos, las salidas laborales de tal o cual carrera, lo que hacían los jóvenes para divertirse, y un poco de todo. No era tan diferente de lo que él conocía. Pero aquellos datos le ayudaban bastante a hacerse una idea de las condiciones que le iba a proponer a su abuela. No pensaba seguir de brazos cruzados cuando lo que estaba en juego era su vida. Necesitaba protección y conocimientos. Y él estaba ansioso por saberlo todo, por absorber cualquier información referente a sus enemigos como si fuera una esponja en el desierto.
Ulrich le contó también que su sueño era montar una granja para autoabastecerse y no necesitar el dinero para sobrevivir. Era su utopía. Era su forma de revelarse contra un gobierno demasiado controlador que los asfixiaba a impuestos, según él. Tenía las ideas claras y los conocimientos necesarios pero le faltaba el dinero para llevarla a cabo. Enseguida a Rüdiguer se le ocurrió que podría hacer lo mismo, era una buena manera de invertir el dinero, pero además pondría un huertecillo donde poder plantar ricos tomates y lechugas para hacerse esas ensaladas que tanto echaba de menos, con árboles frutales, naranjos, nispereros, perales, manzanos, etc.
La fruta que había probado desde que llegó le sabía a plástico.
La mejor comida fue la que le ofreció Emma mientras estuvo en su casa. La comida de la mansión era una auténtica bazofia, y casi siempre le llegaba fría a la mesa porque la cocina estaba a tomar por saco del comedor y por el camino se enfriaba todo. Le parecía mentira que, con tantos adelantos y tanta tecnología de la que presumían por allí, aún no hubieran inventado la manera de comerse la sopa caliente. Además el menú era muy repetitivo, mucha carne de caza que le regalaban los amigos de su abuela para obtener sus favores, que casi siempre venía aliñada con algunos perdigones que aparecían sueltos por el plato o se le metían entre las muelas cuando pegaba un bocado. Todo aliñado con setas, de varios tipos y cocinadas de varias maneras, pero setas al fin y al cabo. También abundaba la carne de granja industrializada, donde los animales comen pienso todo el rato y no tienen ni medio metro cuadrado para estirar las patas. Y mucho pescado: arenques, bacalao, salmón. Condimentado de cuarenta mil formas y acompañado de guarniciones varias, pero por muy bonito que lo pintaran seguía siendo pescado, y seguía teniendo raspas y espinas por doquier.
Hablando, hablando, el camino se les hizo corto y cuando quiso darse cuenta se hallaban frente a la verja que delimitaba el recinto de la mansión de su abuela. Había evitado por todos los medios que supieran quién era y, al final, lo habían llevado hasta su misma puerta. Pero Ulrich era listo y como no le gustaba mucho el aspecto de la mansión prefirió parar en la puerta, no quiso entrar porque presentía que Rüdiguer no quería que lo vieran con él, y porque era un muchacho precavido y no sabía cómo se lo tomarían, o si sospecharían que él tenía algo que ver con los secuestradores.
—Bueno, ¿Cómo te encuentras? ¿Podrás continuar a pié hasta la casa?
—Creo que sí —contestó bastante agradecido por no llevarlo hasta dentro, donde seguramente lo someterían a un interrogatorio para averiguarle la vida.
—Vale, pues entonces prefiero despedirnos aquí —dijo Ulrich, mirando la mansión con aprensión, allá a lo lejos, a través del bosque que se interponía entre la casa y ellos, como si no le gustase lo que veía.
Realmente tenía un aspecto fantasmal. Los árboles desnudos y la nieve cubriéndolo todo hacían que el paisaje fuera monocromático y triste.
—Gracias por todo —le dijo Rüdiguer, bajando del coche como si no quisiera irse—. Es mejor así. Lo entiendes ¿no? —le sabía mal que se quedara en la puerta y no poder ofrecerle una recompensa como agradecimiento por haberlo llevado.
—Me puedo hacer una idea después de todo lo que nos has contado —contestó Ulrich, sonriente y cordial—. Pareces buen chaval, espero que nos volvamos a ver en mejores circunstancias.
—Yo también —Y sonrió levemente cerrando la puerta para que diera la vuelta y se alejara cuanto antes tras despedirse con la mano.
Él tomó aire y se dirigió a la verja donde enseguida lo vieron por las cámaras de seguridad y se la abrieron. Resignado empezó a caminar a paso lento por el camino sinuoso que conducía a la casa a través de aquel bosque desnudo y nevado, como los presos que recorren el pasillo que conduce a la silla eléctrica. No tenía ninguna prisa en llegar porque sabía que entrando bajo aquel techo se anularía totalmente su libertad y eso era algo a lo que no estaba dispuesto a renunciar.
Cuando llegó hasta las escaleras de mármol, la enorme puerta de la casa se abrió y apareció el mayordomo personal de la abuela, Mágnum. Ni ella, ni sus tías, ni sus primas, se dignaron a bajar a recibirlo. Demasiado frío para sus delicados cutis.
—¿Cómo está señor? —dijo el mayordomo, cortés pero fríamente.
—Bien, gracias —contestó de igual modo.
—Su abuela lo espera en la sala de recepciones —le comunicó enseguida.
—Pues que espere —Se atrevió a decirle secamente—. Primero voy a darme una ducha caliente y a cambiarme de ropa –dijo pasando por su lado. Dejándolo atrás.
El mayordomo sopesó unos instantes la situación, sorprendido por aquellas palabras hoscas saliendo de sus labios siempre sellados.
—Claro, claro —Y cerró la puerta como si de repente se acordara de que entraba frío—. Pero... permitidme una pregunta —Añadió después, mientras lo acompañaba hacia el ascensor—. ¿Qué pasó? —le susurró prácticamente, como si hubiera oídos ocultos tras las paredes y le fuese a revelar algún secreto de estado—. Quiero decir, allí, en el bosque. ¿Por qué le vimos echar a correr y luego desapareció sin dejar rastro?
Era la pregunta del millón. La que él más se esperaba y para la que, por supuesto, tenía una buena respuesta más que estudiada.
—Cogieron el maletín. Contaron el dinero por encima y sacaron una pistola. Como puedes comprobar no me esperé a ver qué iban a hacer con ella.
—Ah, vaya —dijo falsamente sorprendido—. ¿Y cómo huyó de ellos?
Pero él sabía que en realidad quería decir: ¿Cómo se esfumaron con el maletín sin dejar rastro?
—Pues corriendo en zig—zag por si disparaban. Y no me preguntes qué hicieron ellos después porque no lo sé, no miré para atrás.
—Podría haber corrido en dirección al coche —sugirió Mágnum, acompañándolo hasta el ascensor.
—No podía. Había dos francotiradores escondidos en el bosque, controlando el camino. Hubiera sido un suicidio. Y... si no te importa prefiero no hablar más del tema. Lo importante es que he vuelto ¿no? —dijo para que no siguiera haciendo las mismas preguntas que le haría después su abuela también—. Ah, me gustaría que me viera un médico, creo que me he resfriado y necesito tomarme algo para el dolor de cabeza. Estaré en mi habitación hasta que me mejore —y pulsando el segundo piso en el ascensor, éste empezó a cerrar sus puertas cuando se acordó de algo y las detuvo poniendo la mano en la fotocélula—. Dale a mi abuela las gracias por pagar el rescate, aunque no saliera del todo bien —Y ante el rostro inalterable del mayordomo, las puertas del ascensor se cerraron definitivamente, dejándolo fuera.
De bien nacido es ser agradecido. No contaba con que nadie diera un duro por él y aunque, la cantidad no era exagerada para lo que podían haberle pedido a su abuela, hacía que se sintiera en deuda con ella por eso.
Aquella vez había tenido suerte. Sus secuestradores, además de principiantes o aficionados, no sabían documentarse de los bienes de sus pagadores. Lo más probable sería que ni siquiera supieran quien era en realidad. Seguramente lo habían secuestrado al azar, un rico como otro cualquiera, con una familia a la que poder extorsionar. La próxima vez tal vez no tuviera tanta suerte, por eso tenía que prepararse física y mentalmente para ello, y no bajar nunca la guardia.