ETHEL, El heredero.

By LaBrujaReina

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Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los... More

Saludo
1. El anuncio.
2. Las Candidatas.
3. Aguas Negras.
4. La familia.
5. El profesor de piano.
6. La cena de Navidad.
7. El primer secuestro.
9. Näthan.
10. Älvdalen
11. Sueño.
12. De regreso al Castillo del Terror.
13. La caja de las fotos.
14. Escuchas sigilosas.
15. Angus
16. La biblioteca.
17. Cornelia.
18. Condiciones.
19. Jurar el cargo.
20. La cripta.
21. El rebaño.
22. Cumpleaños ¿feliz?
23. Per
24. Organización.
25. Remota posibilidad.
26. El pastor
27. La encerrona
28. Descubrir el pastel
29. Despidos
30. Las cartas
31. La llamada
32. La niebla
33. Estocolmo
34. Calabozo
35. La gran evasión (The great escape)
36. El mapa
37. La Expedición
38. La antorcha
39. Buscando luz al final del túnel
40. Lars
41. El Frustrado asesino.
42. El manantial termal
43. Magnum
44. La Coartada.
45. El túnel
46. El huertecillo
47. Proyectos
48. La boda
49. El padrino
50. La poza
51. Fuera barba
52. La timba I
53. La timba II
54. Vacaciones de verano
55. La Torre
56. La Cartilla del banco
57. Vamos de excursión.
58. La Mudanza
59. Novalie
60. La tía Auralia.
61. Laureen Christine
62. Tage
63. El Condado de Tage
64. La Oveja negra
65. El escalofrío
66. Pelea
67. Visita inesperada
68. Caer en la tentación
69. El embarazo
70. El accidente
71. La visita del Rey
72. La investidura.
73. La fiesta paralela.
74. Recortes
75. El supermercado
76. Las revistas
77. La furgoneta negra.
78. Travesura.
79. Grecia
80. La Gala de Navidad
81. Ulf Stenkil: El Patriarca.
82. El juicio
83. La Fama
84. Petróleo
85. La vida de color negro
86. La de la Guadaña
87. Lula
88. Los cinco años.
89. Zombi
90. La carta
91. La primera candidata
92. La prueba de la cocina
93. Segunda candidata
94. Concertar cita
95. Tercera candidata
96. El noviazgo
97. Desfasar
98. Despedida de soltero
99. Planificando
100. El vuelo
101. Zaragoza
102. Las Soletes
103. El Millenium
104. La pianista
105. Sitiar la zona
106. LB?
107. M3NS4J3 C0D1F1C4D0
108. Jowy?
109. Persecución
110. El piano
111. En algún lugar de Zaragoza
112. Su trabajo
113. Tiempo
114. La oscuridad de los portales
115. Junto al Babilón
116. Lulú
117. La actuación
118. El encuentro

8. El maletín.

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By LaBrujaReina

Al acercarse más, observó que a los pies del más gordito había un maletín negro, de ejecutivo. No era sitio adecuado para llevar un maletín de ejecutivo. ¿Quiénes eran en realidad aquellos dos tipos y qué hacían allí parados? El bosque estaba un poco más alto que el camino, por lo que tenía mejor visibilidad. Al llegar casi a su altura descubrió que al otro lado de la pequeña cuesta había un vehículo. Un Mercedes negro, el típico coche de protocolo, con los cristales tintados, mal aparcado en la orilla del camino, rozando unos arbustos medio secos con su flanco derecho que, seguramente, le regalarían unos buenos arañazos en la pintura brillante y lustrosa, cuando se fuera.

No conseguía distinguir bien los rostros de los hombres, que parecían esperar algo, debido a la oscuridad reinante. Pero, por los movimientos y los ademanes, le resultaban un tanto familiares.

Se acercó un poco más para ver si lograba escuchar la conversación, aunque tenía el aire en su contra, por eso no los oía todavía a pesar de la cercanía y el oído tan fino que tenía.

—¿Cuánto más vamos a esperar? Me estoy muriendo de frío —dijo el que parecía más joven, encogido y bailoteando para entrar en calor, mirando en todas direcciones, impaciente.

—Lo que haga falta —respondió escuetamente el otro, el más gordito y más alto, con pinta de ser más mayor también y más calmado.

Cuando se giró para otear el final del camino pudo distinguir la silueta de su rostro.

¡Lo conocía! ¡Era el mayordomo personal de su abuela! 

¿Qué hacía allí? El otro tipo seguramente sería el chófer, y el maletín tal vez fuese para... ¿pagar su rescate? ¿Estaban esperando a los secuestradores? ¿Habían quedado allí con ellos? Enseguida su mente empezó a darle vueltas a todas las posibilidades. A lo mejor incluso formaban parte de ellos y el secuestro se había fraguado desde dentro. ¿Cómo podía saberlo? Había demasiada gente trabajando en aquella casa que conocían al detalle los ir y venir de todo el mundo. Pero enseguida descartó esa posibilidad porque en tal caso no estarían allí esperándolos, ya que tendrían otro medio de contactar más efectivo y menos incómodo. Decidió escuchar un poco más para ver si obtenía las pistas que le ayudaran a elaborar un plan de fuga.

—Seguramente lo hayan matado ya. Les vamos a entregar el dinero para nada. Como pasó la ultima vez —protestaba el chófer, paseando de un lado a otro del camino.

—Posiblemente —admitió el mayordomo, con toda la calma del mundo, como si hiciera aquello todos los días—. Pero las ordenes son las ordenes.

—Si, claro, las ordenes —refunfuñó un poco más—. ¿Sabes lo que tendríamos que hacer? ¿Lo sabes?

—Sorpréndeme —contestó desganado, frotándose la base de la nariz, como si estuviera harto de escuchar sus tonterías.

—Coger el maldito dinero y repartírnoslo. Aquí no aparece nadie y llevamos más de media hora esperando. ¿Qué formalidad es esta? ¿Quieren el dinero o no? ¿Quién se va a enterar de lo que hagamos con él? La vieja ni siquiera ha dado parte a la policía.

—¿Y si está vivo todavía?

—Imposible. Te lo digo yo. A ese se lo han cargado directamente en la furgoneta en la que se lo llevaron. Fijo. ¿Para qué lo iban a mantener con vida?

—Para que les demos el dinero, por ejemplo. Las ordenes son claras, si no hay señales de vida del condesito; no hay dinero. Y ellos lo saben porque es lo que se ha pactado.

—¿Y entonces porque no han venido aún? Lo habrán matado y ahora no saben qué hacer para hacernos creer que está vivo y llevarse la pasta.

El mayordomo suspiró sonoramente demostrando su hastío hacia el chófer impaciente y deshonrado.

¿Cómo iban a aparecer los secuestradores si no había secuestrado? ¿Qué señal de vida les iban a mostrar si no lo tenían en su poder? Los secuestradores no aparecerían. No parecían profesionales. Y por supuesto no eran de los Stenkils, ni los Verik, porque, en ese caso, ya haría rato que habría estirado la pata, con dinero o sin él.

Escuchar aquella conversación lo tranquilizó un poco. Ya se sentía a salvo, sólo tenía que dar la cara y decirles que se había escapado y que posiblemente lo estuvieran buscando. Lo mejor era coger el Mercedes y salir pitando.

Pero... por otra parte... un maletín lleno de dinero era algo muy suculento como para dejarlo escapar. En la mansión estaba tan controlado que no había tenido tiempo de hacer de las suyas y tenía unas ganas tremendas.

Enseguida se le encendió la lucecita.

Se haría pasar por uno de ellos y les pediría el dinero.

Pero... ¿Cómo esconderlo luego en un lugar seguro sin que lo vieran? Y peor aún ¿Cómo volver después a recogerlo si no le dejaban salir de la mansión y no tenía ni pajolera idea de donde se encontraba?

No podía hacerse pasar por uno de ellos porque el mayordomo y el chófer lo conocían. Conocían sus ropas, conocían su manera de andar, y allí no tenía con qué disfrazarse, ni había nadie para intercambiarle las ropas.

Tendría que pensar en otra cosa.

Cuanto echaba de menos en esos momentos el cerebro cuadriculado de Jowy. A ella ya haría años luz que se le habría ocurrido la mejor manera de tenerlo todo, dinero, libertad y estar a salvo. Tendría que empezar a pensar como ella. Haciendo trampas, echándole imaginación. Pero tampoco tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo, debía darse prisa porque los secuestradores tal vez no se rindieran y se presentaran igualmente, aunque no tuvieran rehén, aunque sólo fuese por probar. A lo mejor le estaban siguiendo el rastro y tarde o temprano podría encontrárselos a sus espaldas.

Al final se le ocurrió un plan muy poco elaborado pero con el que decidió arriesgarse.

Retrocedió bosque a través, deshaciendo sus pasos con el mismo sigilo de antes y, cuando estuvo lo bastante alejado de ellos como para que no pudieran reconocerlo a simple vista, mezclándose con la niebla, saltó al camino a trompicones, haciendo un poco de teatro, como si alguien lo hubiera empujado a salir. Luego levantó las manos y empezó a caminar cansinamente hacia el mayordomo, que lo vio enseguida acercarse.

La distancia y la niebla era suficiente como para no poder oír lo que decían, pero tampoco estaban conversando en esos momentos, estaban sorprendidos, y el chófer un poco decepcionado. Se detuvo a unos cinco metros, actuando, mirando al bosque con temor. El mayordomo hizo ademán de acercarse.

—¡Quieto! —le ordenó—. Hay un francotirador en el bosque que me está apuntando —dijo, tratando de poner voz temblorosa, para parecer asustado.

—¿Está bien, señor? ¿Le han torturado? —preguntó el chófer, que al parecer había visto muchas películas.

No terminaba de acostumbrarse a que le hablaran de usted, y menos aún cuando él era más joven, pero su abuela tenía muy bien amaestrado a su personal como para permitir ciertos tuteos.

—Calla, idiota —le regañó el mayordomo, en voz baja para que él no lo oyera—. ¿Qué quieren? —preguntó dirigiéndose esta vez a Rüdiguer.

—El maletín. Tengo que llevárselo —dijo sin bajar las manos.

—Con todos mis respetos, señor, pero ¿Qué me garantiza a mí que cuando tengan el dinero no le van a matar? —sugirió el mayordomo.

—Tengo que caminar con el maletín hasta la curva —Y señaló hacia atrás, por donde había venido andando. La curva además hacía un poco de pendiente por lo que desde allí, no se veía lo que había al otro lado y bien podría haber un camión entero lleno de secuestradores que ellos no lo sabrían—. Ellos están allí escondidos. Les lanzaré el maletín, ellos lo recogerán, comprobarán que está el dinero que han pedido y luego, si todo sale bien, me dejarán marchar. No me sigáis. No pienso alejarme demasiado para que no me perdáis de vista. ¿Vale?

—Está bien —dijo el mayordomo muy poco convencido, tendiéndole el maletín con el brazo extendido.

—Tíramelo. No me dejan acercarme más —Y miró al bosque con temor, como si realmente supiera la posición exacta del francotirador.

—¿Porqué? —preguntó el chófer, mirando también al bosque, entrecerrando los ojos como para poder buscar mejor al francotirador con la vista.

—Por si acaso me dais algún arma o algo con lo que los pueda fastidiar. No sé. Sólo sigo sus instrucciones.

—De acuerdo —contestó el mayordomo, lanzando el maletín en su dirección, yendo a parar a sus pies.

Rüdiguer se agachó lentamente, con las manos visibles todo el rato, recogió el maletín y se dio la vuelta con cuidado, echando una mirada de suplica, lástima y socorro a sus pagadores, interpretando su papel de víctima desvalida. Después empezó a caminar de nuevo hacia la curva por la que había venido, cansinamente pero algo más rápido porque sabía que había alguna posibilidad de que los verdaderos secuestradores apareciesen tras aquella curva y le interesaba terminar cuanto antes su interpretación ahora que ya tenía el maletín en su poder.

Al llegar a la curva lanzó el maletín cuesta abajo, hacia la derecha, a los pies de unos matorrales que había en el linde del bosque. Luego volvió a poner las manos en alto, quieto, como si esperase órdenes, girándose de vez en cuando para no perder de vista al mayordomo y al chófer, que estaban muy atentos siguiendo sus movimientos.

Ahora venía la parte difícil de explicar.

De repente echó a correr, hacia la izquierda, metiéndose de nuevo en el bosque, como si intentara huir de los secuestradores en una carrera desesperada. Tenía que ser más rápido que el mayordomo, pero sobre todo que el chófer, que era más joven y estaba más ágil. Ambos echaron a correr hacia la curva por donde lo habían perdido de vista. Él, rápidamente dio un rodeo, bajó la pendiente por el linde del bosque, cruzó el camino una vez pasada la curva y en plena cuesta, desde donde todavía no podían verlo, cogió el maletín que estaba bajo el matorral y se volvió a internar en el bosque, sin dejar de correr, pero silencioso como una gacela, por el lado contrario al que había lanzado el maletín, para que no lo buscasen por allí. Cuando escuchó los pasos del mayordomo y el chófer en la cima de la curva, se detuvo en seco y se ocultó tras una roca. Ellos se pararon, desconcertados, mirando en todas direcciones.

No había rastro de él, ni de los secuestradores, tampoco se veían coches huir a lo largo del sinuoso camino y, por supuesto, no habían oído arrancar ningún motor. ¿Qué había pasado?

—¿Y ahora qué? —preguntó el chófer algo fatigado por la carrera.

—Déjame pensar —contestó el mayordomo, atando cabos, y buscando con la mirada algo que pudiera darle alguna pista de lo que acababa de ocurrir.

—No hay nada que pensar. Se han llevado el dinero y el condesito se ha fugado.

—¿Y porqué no lo vemos correr? ¿Porqué no hay nadie y el maletín no está? Se han llevado el dinero, eso está claro, pero no venían en coche, se han ido andando, o corriendo, o en algún vehículo sin motor, no deben andar muy lejos. Mira las huellas. La nieve está removida, hay varios pasos —dijo señalando el barro del camino—. Y aquí están las del francotirador —Intuyó erróneamente al ver las huellas que salían del bosque, jugando a ser detective.

—¿Y el condesito? ¿Porqué no ha echado a correr hacia nosotros?

—Pues si se ha fugado peor para él. Vamos a por el coche y peinaremos la zona. Debe haber alguna casa, alguna furgoneta, alguien esperando para recogerlos a las afueras del bosque. Tenemos que interceptar ese maletín.

Y se fueron corriendo de nuevo hacia el Mercedes.

Decidió esperar ahí escondido, puesto que no lo habían visto y era un buen escondite, a que estos cogieran el coche y pasaran de largo, siguiendo el camino en busca del maletín.

No se sintió decepcionado al descubrir que él les importaba una mierda en realidad, porque ya se lo demostraban todos los días en la mansión. Él era el condesito, un intruso, un usurpador, y nadie sentía el más mínimo afecto por él porque se suponía que no iba a durar mucho por allí, que lo liquidarían a la menor ocasión. Y casi se cumple. Pero hacía tanto tiempo que no se sentía libre... que le dieron ganas de ponerse a saltar y gritar. Aunque se contuvo. En aquellos momentos su prioridad era dar con algún pueblo, una aldea, o algún tipo de civilización, sin olvidar a los verdaderos secuestradores, que podrían estar buscándolo.


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