Posdata [Emiliaco]

By KarArmas

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Emilio es un joven de diecisiete años, que está cursando su último semestre de preparatoria mientras se prepa... More

Prefacio.
Capítulo 1. Las cartas.
Capítulo 2. El chico.
Capítulo 3. Música.
Capítulo 4. Secreto.
Capítulo 5. Castigo.
Capítulo 6. ¿Cómo se siente?
Capítulo 7. Un día frío.
Capítulo 8. Lasaña, uvas y preguntas.
Capítulo 9. Brillo.
Capítulo 10. ¡Sorpresa!
Capítulo 11. Un grupo diverso.
Capítulo 12. Antes.
Capítulo 13. De historias y confesiones.
Capítulo 14. ¿Fue un sueño?
Cartas 1. 1929.
Capítulo 15. Otras vidas, otras épocas.
Cartas 2. 1930.
Capítulo 16. Primera cita.
Capítulo 17. El príncipe y el dragón.
Cartas 3. 1931.
Capítulo 18. De libros, películas y canciones.
Cartas 4. 1932.
Capítulo 19. Pensamientos y discursos.
Taquito.
Capítulo 20. Una pizca de valentía.
Capítulo 21. Cuatro minutos, treinta segundos.
Cartas 5. 1933.
Cartas 6. 1934.
Capítulo 22. Nervios, muchos nervios.
Cartas 7. 1935.
Capítulo 23. De bolos y citas dobles.
Cartas 8. 1936.
Cartas 9. 1937.
Capítulo 24. Un momento a solas.
Cartas 10. 1938.
Capítulo 25. Cosas de familia.
Cartas 11. 1939.
Capítulo 26. Vámonos de aquí.
Cartas 12. 1940.
Capítulo 27. Reuniones y revelaciones.
Cartas 13. 1941.
Capítulo 28. Buenas noticias.
Cartas 14. 1942.
Capítulo 29. Un pequeño contratiempo.
Cartas 15. 1943.
Cartas 16. 1944.
Capítulo 30. Italiano y francés, sí, dormir juntos, no.
Cartas 17. 1945.
Cartas 18. 1946.
Capítulo 31. Un desayuno incómodo y un paseo.
Capítulo 32. Una pelea, un mes y una ruptura.
Cartas 19. 1948.
Capítulo 34. Encender una llama.
Capítulo 35. Creando recuerdos, revelando secretos.
Capítulo 36. Incluso contra el destino.
Capítulo 37. Encuentros y reencuentros.
Capítulo 38. Viajes y cumpleaños.
Capítulo 39. Verdades a la luz.
Capítulo 40. Sobre ardillas y diversidad sexual.
Capítulo 41. Pizzas y peleas.
Capítulo 42. La vie en rose.
Capítulo 43. Regalos, besos, y cuentos para dormir.
Capítulo 44. El mejor regalo.
Capítulo 45. Amor, amigos y karaoke.
Capítulo 46. Doce mil quinientas razones.
Día de San Valentín.
Capítulo 47. Desastres, pan y tráfico.
Capítulo 48. En la cafetería.
La pandilla + Q&A
Capítulo 49. Nada de que preocuparse.
Capítulo 50. Miedos, ensayos y dibujos.
Capítulo 51. Promesas, planes y preocupaciones.
Capítulo 52. ¿Dónde estás?
Capítulo 53. Una sensación de vacío.
Nubes y mariposas.
Capítulo 54. Una carta más.
Capítulo 55. El misterio de cómo seguir.
Capítulo 56. Pláticas inesperadas.
Capítulo 57. Un golpe de suerte.
Capítulo 58. Una esperanza hecha realidad.
Mejores amigos.
Capítulo 59. De vuelta a la ciudad.
Capítulo 60. Sobre merecer el cielo.
Capítulo 61. Familias por elección.
What if...?
Capítulo 62. Deudas saldadas.
Capítulo 63. Finales y principios.

Capítulo 33. Paso a pasito.

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By KarArmas

Toco el timbre de la casa de mis abuelos y me abrazo a mí mismo mientras Joaco y yo esperamos a que nos abran. Debí pedirles una copia de la llave en la mañana, pero lo olvidé.

Escucho una risita proveniente de Joaquín y volteo a verlo; sus ojos brillan con una expresión de lo más divertida, reflejando la luz de las lámparas de la calle que nos alumbran, pues ya son más de las ocho y hace un rato que anocheció.

Apenas mirarlo sé de qué se está riendo, y lo miro indignado, aunque no puedo evitar sonreírle.

—Deja de reírte de mí —murmuro. Lo único que consigo es que se ría aun con más fuerza.

—Es que no supero tu cara, perdón —me dice aun entre risas, y un poco de mala gana me río yo también—. Ni tus bailes.

Lo que le causa tanta gracia a mi novio es algo que ocurrió hace un rato.

Después de ir a comer, y de dar otra vuelta para visitar algunos lugares que nos faltaban —la Universidad, el Monumento a la Paz, la plaza del Baratillo y los teatros, todos bastante cerca entre sí—, decidimos comprar boletos para unirnos a una callejoneada.

En lo que consiste la callejoneada es en recorrer las calles y callejones principales del centro de la ciudad acompañados por la estudiantina, cuyos integrantes encabezan el recorrido interpretando distintas canciones populares, mientras son seguidos por un grupo de personas que corea las melodías animosamente.

O demasiado animosamente, como en mi caso.

Los músicos de la estudiantina estaban interpretando "Caminos de Guanajuato" cuando todo pasó. Yo me sé la canción prácticamente desde siempre porque mi abuelo solía escuchar la música de José Alfredo Jiménez, así que comencé a cantarla también, según yo en voz no muy alta, pero al parecer no era así.

En un momento unos de los integrantes de la estudiantina —el cual había hecho un par de chistes malísimos durante el recorrido, por cierto— me tomó por el brazo, y antes de que me diera cuenta estaba en el centro de un circulo formado por otros turistas y los demás músicos, quienes aplaudían vehementemente en tanto el que me había arrastrado hacía ahí me alentaba a cantar más fuerte.

Con todo y mi cara de pánico seguí cantando, mientras el chico de la estudiantina hacía movimientos muy teatrales y patéticos, semejantes a un baile, que por alguna razón empecé a imitar, y eso fue lo que le causó tanta risa a Joaquín, y a todos los presentes.

—El ridículo que hice no le ayuda a mi pánico escénico —mascullo.

Aunque vuelvo a traer puesta mi sudadera sigo con frío, así que no dejo de abrazarme.

—No hiciste el ridículo, amor —rebate. Se da cuenta de mi problema con el clima y se para detrás de mí, frotando mis brazos para infundirme calor—. Fue gracioso, pero no hiciste el ridículo.

Me abraza por la espalda y apoya su barbilla en mi hombro.

Allá en mi León Guanajuato, la vida no vale nada —comienza a tararear en tono dramático, haciéndome reír.

La puerta se abre por fin, y mi abuela sonríe cuando nos ve.

—Pásenle, niños —nos indica—. Perdón por tardarme en abrirles, andamos todos allá arriba —nos dice mientras entramos a la casa.

—No te preocupes, abue —le digo gentilmente.

Dejo de abrazarme a mí mismo y en cambio dirijo mi mano hacia la de Joaco, casi por instinto. Agradezco mentalmente por lo calientita que es la casa. No se puede decir que haga frío afuera, pero bueno, yo tenía frío.

—¿Ya te estaba dando frío? —inquiere mi abuela, pareciendo leer mi mente—. Todos los hombres de esta familia son una bola de friolentos —comenta.

Me río ligeramente, Joaco también y mi abuela nos sonríe.

—¿Quieren cenar? —nos pregunta ahora—. Nosotros ya cenamos, pero ahorita les preparo algo.

—Nosotros nos hacemos algo, abue, no te apures —me apresuro a decir.

—Sí, señora, muchas gracias, pero no queremos molestar —secunda Joaquín.

—No es ninguna molestia, Joaquín —asegura ella—. Además, creo que ustedes y yo tenemos una platica pendiente, vénganse.

Empieza a caminar hacia la cocina, y tras intercambiar una mirada esperanzada con mi novio, ambos la seguimos.

Joaquín deja su mochila en una de las sillas del comedor, guarda también su gorra y acerca al fregadero donde estoy lavándome las manos, mientras mi abue saca cosas del refrigerador.

—¿Quieren hot cakes? —consulta mi abuela. Ambos respondemos afirmativamente y empieza a trabajar de inmediato.

—¿En qué te ayudamos, abue? —le pregunto llegando a su lado. Joaco se me une un segundo más tarde, dispuesto a ayudar también.

Nos dedica una mirada inquisitiva y asiente casi de forma imperceptible.

—Hagan ustedes los hot cakes, yo les voy a preparar un chocolate caliente —nos señala. Hago un ruidito de alegría ante la expectativa del chocolate—. ¿O tu quieres otra cosa, Joaquín? Por lo que veo no eres igual de friolento que Emilio. —Le habla a mi novio en un tono amable, casi cariñoso, y a él no le pasa desapercibido, por lo que ya está sonriendo ampliamente cuando responde.

—No, yo no tengo frío —le dice—, pero sí quiero chocolate, gracias.

—Bueno. —Mi abuela sonríe ante la respuesta, y se concentra en lo que tiene que hacer.

Joaquín y yo la imitamos, y nos las arreglamos bastante bien para prepararnos los hot cakes. Ninguno de los tres vuelve a hablar hasta que todo está listo y los tres estamos sentados al pequeño comedor de la cocina. Mi abue nos acompaña también con una taza de chocolate, y nos observa sonriendo mientras comemos.

Nos pregunta por nuestro día, y le relatamos nuestro largo paseo, omitiendo nuestra pelea y todo lo de Natalia y su exnovio. Joaco le cuenta entre risas lo que pasó con la estudiantina, logrando que mi abuela también se ría de mí.

Cuando acabamos con los hot cakes nos quedamos en silencio. Joaco le da pequeños sorbitos a su taza, y entre uno y otro le sopla para que se enfríe. Yo también me enfoco en mi chocolate, sin saber si debería ser yo quien inicie la conversación o si solo debo esperar a que mi abuela hable.

Escucho que mi abue suelta un suspiro y levanto mi mirada de mi taza hacia ella. Mi novio también se endereza en su asiento.

—No sé cómo empezar a decir esto —mi abuela habla en voz baja—. Pero creo que lo primero que debo decir es que les debo una disculpa. —Nos mira a ambos—. No les di ni de cerca la bienvenida que se merecían, y peor aún, los hice sentir mal a los dos, y para colmo invité a desayunar a Esteban, sabiendo cómo es él —dice—. Perdónenme, muchachos.

Mi primera intención es decirle a mi abuela que la perdono sin más, pero las palabras no me salen.

—Por mi parte no tengo nada qué perdonarle, señora. —Joaco se me adelanta a responder. Su tono es serio pero cuidadoso y sus palabras parecen sinceras—. No le niego que fue un tanto... incómodo para mí, pero para quien fue más duro fue para Emi —toma mi mano por sobre la mesa mientras habla—, porque siempre es muy feo sentir que alguien de tu familia no te acepta.

Alcanzo a percibir un deje de tristeza en su voz al decir esto último, y acaricio el dorso de su mano con mi pulgar. Voltea a verme y me dedica una pequeña sonrisa. Mi abuela observa a mi Joaquín con una expresión que deja claro que tampoco le pasó inadvertido su tono de voz, y asiente muy despacio.

—Y eso es en lo que debí pensar, no en mis tontos prejuicios —asevera mi abuela, mirándome directamente—. Debí pensar en ti, mi vida.

Le sostengo la mirada y noto que mis ojos se llenan de lágrimas, pero aun no logro encontrar qué decir.

Es mi abuela y la adoro, pero es claro que la actitud que tuvo ayer conmigo me dolió más de lo que imaginaba que lo haría. Abro mi boca para hablar, sin embargo, lo único que sale es un pequeño lamento, y ni siquiera me esfuerzo en intentar no llorar, pues sé que es imposible.

Joaco ahora sostiene mi mano con las dos suyas, mientras me mira con una expresión de ligera preocupación.

Mi abue se levanta de su silla y se acerca a mi lado para abrazarme. La devuelvo el gesto solo con mi brazo libre, negándome a soltarme de Joaquín, que de algún modo me transmite algo de paz y de fuerza con su simple contacto.

—Lo siento mucho, mi niño —repite mi abuela. Me acurruco contra ella y cierro los ojos.

Hay algo en el perfume de mi abue que siempre me ha parecido tranquilizante, desde que cuando era niño ella me consolaba por alguna caída, o por algún regaño de mis padres que me había parecido injusto. Y esta vez no es la excepción.

—Está bien, abue —logro decir por fin—. Estoy bien —murmuro.

Deja de abrazarme y toma mi rostro entre sus manos para estudiar mi expresión. Seca mis lágrimas mientras me observa con ternura y sonríe levemente.

—Si tú estás bien, yo también lo estoy, mi cielo —asegura—. Y estar con Joaquín te hace bien, no me quedan dudas de eso. —Noto que mira nuestras manos entrelazadas sin dejar de sonreír.

—Sí —volteo a ver a mi novio—, me hace muy feliz.

Joaco me sonríe con dulzura, e interpreto el gesto como una silenciosa manera de decir que yo también lo hago feliz.

Vuelvo la vista hacia mi abuela y suspiro con pesadez. —Abue... ¿y mi abuelo? —decido preguntar.

—Tu abuelo es terco como un mula, y callado como una tumba. —Se acomoda en la silla más cercana a mí—. He hablado con él, tu tía Emma también, y creo que hasta tu mamá le llamó, pero seguimos sin estar seguras de qué piensa y qué siente —niega lentamente—. Quisiera poder leerlo mejor después de tantos años, pero no es así.

—¿Va a seguir sin hablarnos? —inquiero.

—No lo sé, mi niño —contesta—. Lo único que sé sin duda es que tu abuelo te adora, y que le pesa estarse portando así contigo. No queda más que...

—Darle tiempo —adivino lo que me va a decir. Mi abuela asiente en acuerdo.

Pienso que todo este asunto del tiempo es un tanto estúpido, con mi abuela al parecer funcionó, aunque la verdad pienso que la intervención de mi tía Emma, e incluso lo que ocurrió con Esteban en la mañana, tuvieron que ver más que el tiempo.

Pero no quiero tener que seguir esperando a que a mi abuelo se le pase el coraje o lo que sea que tenga conmigo, solo quiero que vuelva a ser mi abuelo, el de siempre, el primero que me acercó a la música enseñándome un poco en su viejo piano, el que siempre buscaba excusas para mis travesuras y me leía cuentos en las noches.

No digo nada de esto, porque me hace sentir como un niño pequeño, y porque seguro me pondré a llorar de nuevo. No es que piense que haya algo malo en llorar, pero siempre me duele la cabeza después.

—Está bien, abue —respondo en cambio. Ella me sonríe en forma consoladora.

—Emma dijo que pasaran a su cuarto cuando llegaran, ahorita que recuerdo —nos dice. El cambio de tema me resulta un poco chocante, pero no digo nada—. Hoy no se tomó sus pastillas para el dolor porque anduvo bien, así que seguro sigue despierta.

—Ok, lavamos los platos y vamos con ella —digo, apurando mi taza de chocolate, que ya solo está tibio. Joaco hace lo mismo.

—Yo los lavo, ustedes vayan con tu tía —nos ordena.

—Pero, abue...

—Mañana te dejo todos los trastes si tantas ganas tienes de lavarlos —me interrumpe—, pero no hagan esperar más a tu tía. Y obedezcan. —Suena autoritaria, pero sonríe afablemente.

—Vale —mascullo no muy conforme.

—Me iré a dormir después de esto, así que de una vez les deseo buenas noches.

—Buenas noches, señora —responde Joaquín cortésmente.

—Buenas noches, abue —me acerco a darle un beso en la mejilla, y luego me giro para seguir a Joaco hacia la salida.

Recuerdo entonces algo y decido que no pierdo nada con intentar.

—Abue... —volteo nuevamente hacia ella y me mira a la expectativa. Le echo un vistazo rápido a mi novio antes de hablar—. ¿Joaquín podría cambiarse a mi cuarto? Para dormir conmigo —le pregunto.

La expresión de mi abuela está llena de duda, pero no responde de inmediato.

—No es que queramos hacer nada más que dormir —me apresuro a aclarar—, es que...

Me callo al sentir la mano de Joaquín sobre mi hombro.

—Es que no me siento tranquilo durmiendo solo en lugares que no conozco —explica—. Me da... me pone muy nervioso. —Acaricio la mano que está sobre mi hombro, intentando decirle sin palabras que no tiene que dar más explicaciones, pero en lugar de eso parece que le infundiera fuerza para terminar de hablar—. Me trae muy malos recuerdos por algo que me pasó hace varios años —termina de decir.

Mi abuela lo observa con una expresión curiosa, pero un momento más tarde se acerca a él y le pone una mano en la mejilla.

Noto que los ojos de Joaquín están vidriosos y nace en mí el impulso de llevármelo de aquí y evitar que tenga que hablar de esto.

Más que eso, quisiera tener el poder de borrar esa parte de su pasado.

—Pobrecito, mi niño —musita mi abuela. Abre sus brazos y Joaquín no duda en abrazarla.

Fue maestra durante muchos años, y todos los que fueron sus alumnos la recuerdan con bastante aprecio, y lo dejan notar siempre que la encuentran por la calle.

A mí nunca me resulto raro eso, pues siempre vi a mi abuela, a esta mujer bajita y de expresión amable, como la mejor persona del mundo, pero en este momento, mientras la veo consolar a mi novio sin apenas saber lo que le ocurre, es cuando entiendo que su capacidad de dar amor y comprensión también se extendía a esos niños a quienes educaba, y de ahí que la estimaran tanto incluso tantos años después.

La veo susurrar varias cosas al oído de Joaquín, pero no alcanzo a distinguir más que un par de palabras que en realidad no me dicen nada, y decido dejarlo así porque lo que sea que le esté diciendo es solamente para él.

Sí, soy un metiche y un chismoso de primera, pero tengo claros mis limites, al menos la mayoría del tiempo.

Mi novio y mi abuela finalmente se separan de su abrazo, él regresa rápidamente a mi lado y me toma de nueva cuenta de la mano.

—Joaquín puede dormir donde se sienta más tranquilo —dictamina mi abue—, y si eso es durmiendo contigo pues adelante.

—Gracias, abue —sonrío aliviado—. Buenas noches —le digo una vez más.

—Buenas noches —dice también Joaco.

—Descansen, niños —nos despide.

***

Tras pasar a ver a mi tía, que solo quería informarnos de que encontró varias cosas que nos pueden resultar muy útiles para nuestra investigación, pero que nos mostrara hasta mañana, y de pasar al cuarto del final del pasillo a recoger las cosas de Joaquín, él y yo entramos en mi recámara —ahora nuestra— y nos dejamos caer en la cama.

—¿El tiempo transcurre más despacio en esta ciudad o solo a mí me lo pareció? —pregunta Joaco con aire divertido.

—No es una mala teoría, a mí también me pareció un día bastante largo —respondo.

—Pero fue un buen día, ¿no? —Gira su rostro para verme—. Hubo algunos momentos malos, pero en general...

—Sí, fue un buen día —le aseguro sonriéndole—. Los días siempre son buenos contigo, Quín.

—Lo mismo digo, Emi bonito.

Mi sonrisa crece aun un poco más.

—¿Crees que encontremos algo útil mañana? —le cuestiono un rato más tarde.

—Espero que sí —me contesta—. Al menos una foto, un nombre, algo tiene que haber.

—Fue una decepción que el hijo de H.C. quisiera ser sacerdote, ¿no? —recuerdo el contenido de la última carta—. Eso arruinó las posibilidades de que tú fueras su tataranieto.

Joaquín se ríe con fuerza. —A lo mejor se dedicó a otra cosa al final, ¿no crees?

—Puede —admito sin mucha convicción—. Deberíamos dormirnos, mañana otra vez nos tenemos que despertar temprano, no tanto como hoy, pero sí —le digo—. Y además estoy cansado.

—Sí, yo también quiero descansar ya —responde—. Lo bueno que me llevé tenis, si no me hubiera cansado más — comenta.

—Te dije que íbamos a caminar mucho —murmuro divertido.

—Ya sé. —Joaco se incorpora rápidamente—. Iré al baño a cambiarme —me dice mientras busca por su pijama.

Una parte de mí está muy tentada a decirle que se cambie aquí, que no hay problema, pero quizá si lo hay. No un problema como tal, pero sí demasiadas dudas y pensamientos de todo tipo que no me dejan en paz.

—Vale —accedo.

Sale de la recámara con su ropa entre los brazos y me quedo por un momento viendo la puerta sin moverme. Sacudo la cabeza para despabilarme y me levanto a buscar mi ropa de dormir para cambiarme antes de que Joaquín regrese.

Cierro la puerta mientras me visto y una vez que termino la abro de nueva cuenta para que Joaco sepa al instante que ya puede entrar.

Mientras lo espero me dedico a responder los mensajes de mis padres, les aseguro que estamos bien y les cuento que poco a poco las cosas van mejorando con mis abuelos.

Me dicen que hablaron con ellos durante el día, y me dan una vez más el consejo de darle tiempo a mi abuelo. Suspiro con resignación y dejo el celular en la cómoda, para luego tirarme de nueva cuenta en la cama.

Joaquín regresa por fin y lo hace mientras habla por teléfono. Cierra la puerta tras de sí y se recarga en ella. Me incorporo un poco sobre mis codos para verlo.

—Todo está bien, mamá, de verdad —lo escucho decir. Luce un poco exasperado, y recuerdo que su mamá también le marcó por la tarde, cuando todavía andábamos en la calle—. ¿Por qué te echaría mentiras? —pregunta extrañado—. Mamá, te juro que estamos bien, y que estamos en la casa ¿quieres que te pase a los abuelos de Emilio? ¿O a Emi?

Lo miro sobresaltado, pero niega rápidamente.

—Te prometo que cualquier cosa yo te marco —le asegura—. Yo te saludo a Emilio, sí —rueda levemente los ojos—. Sí, mamá, vale, te amo, ¿sí? Dale un beso a Renata de mi parte, por favor. Buenas noches —se despide y cuelga.

Suelta un resoplido y lo miro levantando una ceja.

—Mi mamá piensa que no me están dando de comer o no sé —se queja—. O que nos vamos a fugar a algún lado. —Se sienta a mi lado en la cama y me incorporo completamente.

—¿Y no nos vamos a fugar a ningún lado? —le cuestiono con fingida decepción y hago un puchero.

Joaco se ríe fuertemente. —No que yo sepa, pero si quieres pues nos fugamos —me dice con una sonrisa de lado.

—Ganas no me faltan, pero creo que nos linchan si se llegan a dar cuenta —contesto. Él sonríe y asiente, pero luego baja la mirada y su expresión se vuelve seria—. Eh, ¿qué pasa, amor?

Voltea a verme y duda antes de responderme.

—No sé, es que... a mi mamá no le gusta preocuparme, pero... sé que se angustia mucho cuando no estoy en la casa, más ahorita que estoy a unas buenas horas de distancia —me cuenta con tristeza—. Y no me gusta eso, no me gusta saber que está siempre preocupada por mí porque parece que nunca vamos a superar del todo lo que pasó. —Distingo la frustración en su tono—. Y eso que lo de la apelación de mi padre ni siquiera ha avanzado, sino todo estaría peor —añade.

Medito por un segundo sobre qué responderle y mientras tanto sostengo la mano que reposa sobre su rodilla.

—Es que no es algo sencillo, amor —comienzo a decirle—, pero sí lo están superando —aseguro. Joaco me mira con un deje de desconfianza—. Quizá tu mamá te marque varias veces al día para asegurarse que estás bien, pero te dejó venir —razono—. Y tú... —observo fijamente el marrón de sus ojos—. Tú eres increíblemente valiente, mi amor. Te admiro muchísimo —le aseguro—. Y si no me equivoco, cada vez te cuesta menos hablarlo, e imagino que eso es un gran avance.

Joaquín parece un poco más convencido con mis palabras.

—Sí —asiente—. No te había dicho, pero se lo conté a Angie. —Lo miro con genuina sorpresa—. Mi psicóloga, bueno, mis psicólogas, tanto la que tenía en Guadalajara como la de la Ciudad, siempre me dijeron que me rodeara de gente que me hiciera sentir seguro, y en quienes pudiera confiar, y que intentara hablarlo también con esas personas.

—Me hace muy feliz que hayas encontrado a personas que te hagan sentir así —le digo con total sinceridad.

—Tú eres el primero de esas personas, Emi. —Le sonrío con ternura y abro mis brazos para abrazarlo. Joaco rodea mi cintura y se recarga en mi pecho—. Y tienes razón, sí estoy superándolo, solo que a veces quisiera que no fuera un proceso tan largo, quisiera estar seguro de que no va a afectarme en ningún sentido en el futuro.

—Ya lo afrontaremos si eso pasa, Quín. Paso a pasito, mi amor —murmuro contra su cabello—. Paso a pasito. 






*****

Primero que nada, buenas tardes jsjsjs. Perdón por tardarme mil años en actualizar, pero para compensar, como ya vieron, esto será un maratón, ajua.

Espero que les haya gustado este capítulo, en un rato publico el siguiente, que se viene intenso, creo.

PD: A este Emilio sí le gusta que le digan Emi, ¿ok? Ok.

Kar :)

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