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Si le preguntas a los cirujanos por qué eligieron serlo, suelen contestarte lo mismo.
Por la euforia, la emoción, y la exaltación que se siente al abrir a alguien y salvarle la vida.
En mi caso, fue distinto.
Quizá porque crecí con cuatro hermanas.
No, sin duda fue porque crecí con cuatro hermanas.
Porque la tranquilidad me trajo a la cirugía.
El quirófano es un lugar tranquilo y pacífico. Debe serlo para que estemos alertas y anticipemos complicaciones.
Cuando estás en el quirófano, y el paciente está abierto en la camilla, desaparecen todos los ruidos del mundo y las preocupaciones que esto trae.
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Jessica
Bostezo mientras me acerco a la pizarra, en la cual todos están reunidos.
Le estiro un café a Bailey y ella me agradece, camino hasta más al frente y Lexie se acomoda a mi lado.
—Los hospitales a lo largo del país han reportado ahorros considerables. —comienza Richard.
Minutos después Mark se le une a la explicación, pero entonces Derek interrumpe —: Jefe, esta cosa reorganizó mis horarios de la semana —el jefe lo mira— ¿No hemos tenido suficientes cambios? —pregunta girandose hacia nosotros.
—Los cambios son buenos —responde Webber— Acéptalo.
Me acerco a Derek cuando todos comienzan a retirarse, doy palmadas en su hombro.
—Ustedes dos deben dejar de pelear. No es atractivo.
Me mira mal, hago una mueca y salgo de ahí junto a Lex.
Recuerdo que cuando pequeños, Mark y Derek siempre se peleaban, dejándome entre la espada y la pared. Me rogaban porque los eligiera, pero terminaba yo enojándome con ellos y haciéndoles la ley del hielo.
Gracias a eso, las peleabas duraban unos cinco minutos.
Estoy indignada. No, eso es poco.
Acabo de enterarme por parte de mis internos, que Derek dejó a Avery entrar en su cirugía.
¡Un tumor peligroso!
Bajo las escaleras corriendo, me salto los últimos dos escalones, casi cayendo en el intento.
—¿Debo ofenderme? —me mira raro, pero divertido a la vez—. Trato de buscar una buena razón por la que llamaste a todos los médicos incluso internos, menos a mí, tu amiga —abre su boca fingiendo sorpresa, intercambiando miradas con el otro ser a su lado—. Tu mejor amiga, Derek.
—Estás en el servicio de Hunt. —contesta Mark mirando sus fichas.
—Jess, BFF —lo último lo dice en un tono burlón—. Pensaba invitarte, pero la Pequeña Grey llegó antes —entorno la mirada—. Lo siento.
Arrugó mi nariz, tomo las carpetas que anteriormente había dejado en el mesón y me voy, echando humo por las orejas.
Otro día en Seattle Grace Hospital.
Derek finalmente no terminó la cirugía, y al parecer, hoy la cancelaría gracias a que Richard no quería que la llevara a cabo.
—¡Lexie! —la llamo cuando pasa frente a mí.
—¿Sí? —se acerca.
—¿Harán de nuevo la cirugía? —pregunto mordiendo la punta del lapicero, pensando en que quizá sólo deba distraer a Richard.
—Así es. Estoy nerviosa, ¿tienes algún consejo?
—Sólo... no te preocupes.
Me lanza una sonrisa y se voltea dispuesta a irse.
Pero algo en su trasero llama mi atención.
—Lexie, ¿Tienes un...?
Me interrumpe, noto sus mejillas tomar color y sonríe avergonzada.
—Sí, tengo que irme.
Desaparece por el pasillo hacia los quirófanos, suelto una carcajada.
Qué inteligente de su parte
Escucho a Callie, Arizona y a Hunt por el otro lado del pasillo.
—Jefe...
Oh, shit
Corro para llegar antes que él.
—No, no, no. Alto
Pego mi espalda a la puerta, y no lo dejo pasar.
—Córrete. —dice de inmediato, serio.
—No.
—Dra. Adams.
Oh, oh... No me dijo McAdams
—Dije que no —contesto firme—. El Dr. Shepherd está operando un cordón espinal en este momento. La más pequeña perturbación podría hacerlo cometer un error. El paciente trabaja aquí y me gustaría ver al Dr. Shepherd salvarle la vida —noto como Robbins, Torres y Hunt se miran entre sí—. Así que no. No va a entrar para pelear. Hoy no, jefe. No en mi presencia.
Se cruza de brazos, pero finalmente después de unos segundos se va. No sin antes darme una mirada de: "Agradece que no te puedo despedir" y se retira.
Apenas desaparece, Callie se acerca junto a la rubia y Owen.
—Creí que terminaría diferente. —suelta una risa.
Río con ella, luego mi mirada se dirige a Arizona. Su sonrisa orgullosa cambia drásticamente a una triste. Me da un abrazo de Pediatra mientras comienza a llorar.
Miro a Callie pidiendo ayuda.
—Sí, así está mejor.
—Maldición.
—¿Qué pasa?
—No sé cuál de estos vasos alimenta el cordón y cuál alimenta el tumor —contesta a la pregunta de Torres—. Tendré que cortar al azar.
—¿Como un cable?
—Si corto el equivocado, todo el cordón se queda sin sangre —suelta un suspiro pesado—. Lo veremos después.
—¿Después? ¿Para qué termines la cirugía, cortes el equivocado, y todo esto haya sido en vano? —pregunto.
—Exacto. Gracias por mencionarlo.
Pongo mis ojos en blanco.
—¿Cuántos centímetros quedan?—pregunta Arizona.
—Menos de cinco —responde Derek—. Así que según mis cuentas, tenemos cuatro o cinco horas más.
—Maldición, maldición. —Avery comienza a maldecir repetidas veces.
—¿Qué pasa? —pregunto frunciendo el ceño.
—Se me está acalambrando la mano.
—No te muevas.
—Baja la presión. —avisa Robbins.
—Estamos tocando el cordón. Si lo perturbamos más, corremos... —deja de hablar cuando la mano del ojiverde comienza a temblar.
—El pulso baja a 52.
—Está empeorando.
—Tranquilo, no... Está bien. No te muevas —Lexie intenta calmarlo—. Voy a acercarme —pone su mano arriba de la de Jackson—. Cierra los ojos y respira. Es solo un espasmo.
Este hace caso.
—La presión subió a 100 sobre 68. —Avisa Robbins.
Intercambio miradas con mi amigo, él alza las cejas como haciendo una pregunta, yo asiento sabiendo lo que intenta decir.
—¿Has bebido algo, Dr. Avery?
—¿Qué?
—El calambre es señal de deshidratación. No debiste líquido para que la Dra. Grey no toque el retractor, ¿es así?
Giro mi mirada hacia él.
—Sí —responde bajo—. Lo siento. —se disculpa.
—No te disculpes. Hazte a un lado. Dra. Grey, sigues tú —Lexie hace caso—. Despacio.
No puedo evitar sentirme decepcionada. Jackson parece buscar mi mirada, pero yo la mantengo en la pantalla, así que simplemente termina yéndose del quirófano.
Entro a la sala, y me acerco a Alex, quién está sentado en la camilla.
—Ya termine mi cirugía. La de Derek salió bien —hablo con normalidad—. ¿Qué pasa?
—Ella no vino —responde, su voz hace que me fija en sus ojos cristalizados—. No puede ser tan tonta —mira hacia otro lado y suelta una risa seca, soltando sus lágrimas—. El Interleukin le salvó vida. Y no vino. Ella... no vino —cubre su cara mientras suelta sollozos—. ¿Quién no lo haría?
Camino hasta él, y tomo asiento a su lado. Llevo mi mano lentamente a su espalda y doy palmadas.
Alex me toma por sorpresa, y me abraza. Después unos segundos asimilo todo, correspondiendo.
—Se suponía que debía ir a Joe's con Adamson.
—¿Sabe que no irás? —niega sin separar su rostro de mi cuello—. Entonces yo le diré, tranquilo.
Me separo y le sonrío cariñosamente, doy un beso en su mejilla y me levanto.
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La paz no es un estado permanente. Existe por momentos.
Es fugaz.
Desaparece antes de que sepamos que estuvo ahí.
Podemos experimentarla en cualquier momento.
En el acto de bondad de un extraño.
Una tarea que requiere concentración absoluta.
O simplemente la comodidad de una vieja rutina.
Todos los días, experimentamos esos momentos de paz.
El truco es saber cuándo suceden para poder asimilarlos. Y vivirlos.
Y finalmente dejarlos ir.
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