Por los siguientes días no hablamos del tema, él lo intentó los primeros tres y ya desistió después. No quiero sentirme débil delante de él, quiero que vea que soy fuerte y aunque lo que me pasó fue un golpe de gran calibre a mi salud mental no quiero compartirlo con nadie. Los dos días siguientes a esos su actitud hacia mí cambió, con suerte me dirigía la mirada, y cada vez que topábamos nuestros ojos rehuía como si estuviese avergonzado o enfadado. Aquí algo pasaba y yo no me estaba enterando.
Al ver que As no me prestaba atención Nac se acercó a mí, para preguntar el porqué de mi estado de ánimo, que no me había dado cuenta tener hasta ahora.
Sentada en una pequeña banca del jardín trasero me encontraba, con un libro en las manos, uno que solían leerme cuando niña y que encontré en un mueble de la sala, lleno de polvo y sin usar.
—Creí que ese libro ya no existía en esta casa. —Dice Nac acercándose a paso lento pero seguro, vestido con colores cafés y grises, algo más alegre a lo que llevaba aquella noche, lo contrario a su aspecto más impresionante. —Mi tío solía leernos eso a Marie y a mí cuando pequeños, vigorizante, pero algo surrealista. —Entonces con su mano apuntó a un lado de donde estoy sentada. —¿Puedo?
—Claro, puedes acompañarme. —Le doy una sonrisa sincera. —También me lo leían en casa, me criaron para ser como la protagonista de este libro, aunque tal parece que fracasaron.
—Yo veo que sí se le parece, excepto que la protagonista no se me hace tan... llamativa, sus modales iguales a una princesa y su prestancia es digna de una reina.
Me sonrojo inevitablemente, ya que no estaba costumbrada a piropos con tal creatividad. —Gracias, pero no me hace sentir orgullosa, quisiera ser una mujer normal. Nunca fue mi sueño esperar al príncipe de brillante armadura que me rescataría de la torre, me escapé sola, era eso o me obligarían a casarme con el dragón.
—Lo siento por eso, quizás hubiese servido habernos conocido antes, y con esto no quiero faltar el respeto, sólo creo que en otras circunstancias pudiésemos haber sido muy buenos amigos, y quién sabe quizás algo más.
Lo contemplo seria mientras me dice todas esas palabras que sin darme cuenta producen un leve nerviosismo en mi ser. Sus facciones son tan hermosas como las de As, pero con sus cejas más pobladas y el cabello corto, y esos ojos azules como cielo. Atractivo era sin duda alguna.
—No sabría decir eso, son cosas que no pasaron y por ende no es correcto hacer suposiciones. Espero que ahora que nos conocemos podamos llevarnos bien y quizás convertirnos en buenos amigos, aunque sigo resentida por cómo trató a As. Él no se merece nada malo.
Entonces él hace una mueca con su boca, como si quisiera reír de una manera irónica. —Mis disculpas por eso. Comprendo lo que quiere decir, espero que podamos ser amigos, los dos estamos en esto sin querer. —Me regala una sonrisa. —Por cierto, quería hablar contigo sobre algo en concreto, Lena. Quisiera saber si te encuentras bien luego de lo que...
Inmediatamente me pongo pálida. —Estoy mejor. El daño no fue físico, nunca habían estado tan cerca de...
—Es decir que ya había sucedido algo similar antes. ¿O me equivoco? —Al ver que asiento, suspira y toma el libro de mis manos, tocándonos un momento de manera incomoda. —Tenías razón en que no eres como la princesa del libro, porque esa princesa esperó a ser salvada, y la princesa que tengo a mi lado no necesitará ayuda de nadie para cuidarse. No quiero que pases de nuevo por algo como eso, así que humildemente ofrezco mi ayuda para que aprendas a utilizar algún arma, una daga de tamaño preciso sería buena para tu pequeña mano, y pasaría inadvertida en tu ropa. De esa manera podrás cuidarte y que no te sorprendan desprevenida.
Guiada por la gratitud tomo su mano y la aprieto entre las mías. —Mi padre me enseñó algo sobre armas, pero casi nada. Muchas gracias, no sabes cuánto lo agradezco.
—De nada. —Sus ojos no dejan de estudiar los míos, ni de mirar mi rostro hasta que me sonrojo, lo cual no me incomoda totalmente.
Lo que si me preocupa es cuando siento un escalofrío recorrer mi espalda y luego el brusco cambio de temperatura en mi cuerpo. Inmediatamente suelto su mano y vuelvo mi mirada hacia la puerta de la casa para encontrarme a un As con expresión indescifrable, pero bastante mala. Sus labios están finos en una línea y tiene la cabeza alta, altiva, mirando fijamente a Nac como si estuviese retándolo.
—As. —Le digo y me levanto para ir hacia él, pero éste se da media vuelta y se va por donde ha venido.
—Creo que le ha molestado nuestra cercanía. Será mejor dejarlo sólo con su mente. ¿Ustedes no son pareja o sí?
—No lo somos, sólo somos...—Hago una pausa y suspiro. —Amigos...
Me giro y lo veo con los codos apoyados en las piernas y su cabeza entre sus manos, observándome con burla. —Amigos. Sí, se nota.
—¿Por qué me miras así?
—Nada. —Se levanta y me pasa el libro en las manos, pasa por mi lado para entrar por aquella puerta. —Sólo creo que esas miradas transmiten muchos secretos que no son precisamente de amistad.
Me giro para responderle, pero ya no está. Lo busco por los alrededores y tampoco. Resoplo. Estos chicos me volverán loca con sus habilidades raras.
Entro en la casa buscando a As, pero no lo veo, subo a su habitación y antes de entrar siento que mi corazón comienza a palpitar a un ritmo distinto, los nervios me consumen.
Doy un par de toquecitos a su puerta y al no recibir respuesta la abro con cuidado. As está de espaldas a mí contemplando el cielo gris por la ventana, pero casi doy un grito cuando veo los mechones de su cabello claro caer por culpa de una tijera.
—¡¿Qué haces?! —Exclamo asustada al ver con la fuerza que se tironea las hebras de pelo, y sabiendo que puede lastimarse. —¡No lo hagas!
Deja las filosas hojas a medio camino y se gira para observarme, sus fosas nasales se agrandan al aspirar más aire del normal, como si estuviese conteniendo algo.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Pensé que no querías cortar tu cabello, me lo hubieses pedido, podría hacerlo. —Vuelve a darme la espalda y sigue con su ataque. —As, escucha, te puedes lastimar si lo haces con esa fuerza.
—¡Déjame en paz! No soy un inútil, puedo cortarlo yo mismo.
—¡No me hables así! ¿Qué hice para merecer tu desprecio? Sólo intentaba ser amable, además que me gusta tu cabello tal como está.
—No pensabas lo mismo hace un momento cuando hacían cosas de parejas con ese...con Nac. ¿O me dirás que él no intentaba tomar tus manos?
Suspiro y me acerco agotada. —¿De verdad crees que me gusta Nac? Sí, es atractivo, pero no me gusta.
—Claro que sí, lo vi en tus ojos. —Corta un trozo grande de cabello y casi pasa a llevar su oreja. —Vi y escuché, él fue tu salvador, como en el cuento de la princesa. ¿O qué quiso decir con eso de "en otra vida"?
Suspiro nuevamente y me apoyo en la pared al lado de la ventana para que así esté obligado a observarme. —No pienso eso As, fue algo que él me dijo, pero le dejé en claro que eso no iba a suceder, y que no me arrepiento de haber huido de casa porque, sino, no te hubiese conocido a ti. Estarías allí aun viviendo esa vida miserable.
Cuando termino aquella frase me doy cuenta de algo. ¿Por qué le estoy dando explicaciones sobre mis vínculos sociales?
Se queda callado y baja las tijeras. En el silencio le tomo el peso a la conversación y caigo en cuenta de que su actitud es posesiva, gritando celos por cada poro de su pálida piel, lo que me lleva a que las mariposas, abejas y todos los bichos voladores se junten en mi estómago.
—No sé cómo cortarme el cabello. —Dice derrotado y con voz baja.
Una sonrisa tierna adorna inmediatamente mi rostro y toco su brazo para bajar por éste y tomar la tijera de su mano. —Lo haré yo, pero debes sentarte, eres muy alto para mí.
Cogimos una silla puesta frente a su cama y la trasladamos a la ventana, para que el pelo cayese en el mismo sitio. Allí comencé a cortar de manera suave y dando masajes en su casco de vez en cuando.
—¿Qué ha pasado estos días? ¿Por qué rechazas mi presencia?
Baja un poco su cabeza y lanza un suspiro de aire caliente. —No quiero hablar de ello.
—No insistiría, pero siento que he hecho algo mal y no tengo noción de qué.
—No eres tú. Nunca haces nada mal, pero yo...
Detengo mi obra y lo rodeo, tomo su mano y lo hago ir hacia la cama en donde nos sentamos ambos. —¿Qué pasa As?
—Estoy soñando cosas. Cosas muy raras.
Frunzo el ceño.
—¿Qué cosas? ¿Otra vez con la pareja?
Muerde su labio y asiente levemente. —Sí, aunque no sólo con ellos. Es como si viera otro mundo a treves de los ojos de alguien más. Y tengo miedo, porque he sido testigo de cosas que no me gustaría vivir.
—¿Quieres contarme?
—N-no me siento... listo. Tengo la sensación que debo guardar eso, recordarlo, que hay algo dentro de mí que quiere decirme algo.
Entonces se me ocurre una idea. —¿Te gustaría aprender a escribir? Así podrás escribir todos tus sueños, y ya no tendrás que esforzarte en recordarlos, sino que estarán en un libro a tu disposición.
—Sí, eso sería genial.
—Excelente. —Acaricio su nuca. —Creo conocerte lo suficiente para saber que esa no es la única razón de que me evites. ¿Puedes decirme?
Baja su cabeza y da un suspiro, cansado. —Soy un inútil, eso pasa. —No me observa, sino que el suelo parece infinitamente más interesante que cualquier palabra. —No pude ayudarte antes, no pude acabar con ese demonio antes que pusiera sus manos en ti.
—As no te martirices con eso, yo no veo que la culpa sea tuya, debimos haber tomado otro camino, el destino quiso que así ocurriera. Quizás es una prueba para que muestres tu potencial.
—¿De qué me sirve ser un Rey si no puedo protegerte? Si no fuese diferente no te sucederían esas cosas.
Acaricio su espalda hasta llegar a su nuca despejada de cabello, y masajeo levemente moviendo mis dedos en círculos, a lo que él prácticamente ronronea en mis manos. —No necesito protección, debes preocuparte de ti, no girar en torno a mí, debes tener tu vida y hacer lo que quieras, lo que siempre has deseado, cumplir tus sueños. Yo no te culpo por lo que sucedió, fue un momento muy feo, pero no eres responsable de ello. No quiero volver a escuchar eso de tus labios, no lo mereces.
Lentamente gira su cabeza en mi dirección y me contempla con una adoración que creo ni mi propia madre en el parto me miró. —Si cumplo mis deseos, entonces quiero que estés ahí para verlo.
—Espero lo mismo.
Hubo un silencio y cuando me disponía nuevamente a cortar su cabello, me retuvo del brazo y se levantó junto conmigo.
—Quisiera... quisiera cumplir un deseo ahora. —Lo nervioso que se ve me pone alerta, pero sé que nada malo saldría de él.
—Puedes hacer lo que quieras, es tu derecho de libertad.
Entonces pone una mano en mi cintura logrando calentar mi piel, sintiendo como tiembla, la otra mano la sube por mi brazo y la posiciona en mi cuello justo con su pulgar bajo el mentón.
Mi boca se abre y cerra como un pez fuera del agua, mas no logro articular palabra, menos aún pensarla. Como hipnotizada veo que toma aire por sus labios y baja su cabeza para presionar su frente con la mía, tan cerca que siento el aire saliente de sus pulmones y el calor corporal que desprende.
Tanteando mi reacción continua su descenso, con los ojos abiertos y sin dejar de mirar los míos, llega hasta mi nariz y ladea un poco la cabeza a la vez que con el pulgar acaricia mi mentón y parte de mi labio inferior.
Para entonces mi mente y mi cuerpo están laxos, embriagados por la sensación y perdidos en un mundo del que no quiero salir.
—Q-quiero besarte. —Dice con su voz grave y aterciopelada que derrite cada parte de mi ser. Quiero que lo haga, deseo fervientemente que lo haga. Y cuando rosa nuestros labios me siento desfallecer, tan cálidos y suaves, varoniles. —Esto me lo ha enseñado Marie.
Abro inmediatamente mis ojos, que ya había cerrado por las sensaciones, y me separo con rapidez. —¿Te has besado con Marie? —Exclamo indignada con él, y conmigo por haber sido tan fácil de convencer.
Entonces en su cabeza algo reacciona y se pone tenso. —¿Eso no lo hacen los amigos?
—¡No! —Me cruzo de brazos y camino para salir de allí, siento una rabia crecer en mi interior, por el beso de Marie, dolor de que haya creído que lo de besarme era de amistad. Antes de que pueda avanzar dos pasos me toma de la cintura y me lleva a la ventana para sujetarme de los hombros contra la pared. —¡Suéltame As! No puedo creer que la hayas besado.
—Creí que era un beso de amigos.
—Los besos de amigos no son en la boca, son en la mejilla. ¡No puedo creerlo!
—¡Perdón! Lo siento, se me ha olvidado.
—Yo pensé que... pensé... —Me quedo muda al ver que me mira sorprendido al darse cuenta de las palabas que saldrían de mi boca. —Olvídalo. Esto nunca pasó.
—No dejaré que te vayas sin que me expliques. Además, aun mi cabello no se ve bien. —Su carácter ha cambiado a risueño sin razón aparente y eso me confunde. —Por favor no te vayas, hablaré con Marie y le diré que no quise besarla.
—Ella se aprovechó de tu ignorancia, pero ya la pondré en su lugar. —Pienso que seguramente ya le fue con el chisme a su padre, quien le creerá todo. Aunque no es mentira que la ha besado. —Te mintió, jugó contigo para aprovecharse. ¡Que niña más desagradable! Por favor dime que sólo fue una vez.
—Sólo una, y no me gustó. —Un silencio se crea. —¿Me ibas a besar? —Dice con la cabeza hacia un lado como cachorro, sus ojos me impactan el alma de lo intensos que son. —Si yo hubiese continuado, ¿me habrías besado?
Enfurruñada y avergonzada, también un poco humillada, giro mi cabeza y observo con desdén el pobre suelo. —Eso ya no importa. Además, no podría besar a alguien que le da esperanzas a otra persona.
Se queda quieto un momento y luego besa mi frente. —Una vez me dijiste que el beso en la frente era para apoyar y transmitir cariño. —Luego toma mi mano y posa sus labios en el dorso de ésta. —También que un beso en la mano significaba respeto. Y eso siento por ti, y quiero ser eso para ti, por eso hablaré con Marie y le diré que no me vuelva a besar nunca más.
Se me hace tan intenso el momento que puedo sentir como mis piernas tiemblan por la emoción de sus palabras. Se aleja de mí con cuidado sin despegar su mirada de la mía y se vuelve a sentar en la silla para que siga con su cabello. Luego de unos segundos salgo de mi ensimismamiento para coger la tijera con mano temblorosa y emparejar los mechones que han quedado. Ya cuando termino lo peino con mis dedos y dejo las tijeras a un lado.
—Ya estás listo.
Se levanta y me sonríe. —¿Me queda bien?
—Muy bien... —Aseguro susurrando y suspirando a la vez. Entonces aclaro la voz y me pongo más seria. —Digo... sí, te queda bien.
—Ya me veo como alguien normal.
Me pongo de puntitas y bajo unos mechones que se han despeinado. —Nunca serás normal As, y eso es bueno, le da aventura a tu vida. Además, me gusta que seas diferente al resto y que yo conozca esa parte, me hace sentir tan única como tú.
Me sonríe con ternura y me acaricia la mejilla. —Gracias.
—No es nada, me gustó cortar tu cabello. —Nuevamente hubo un momento incomodo, en donde me sonrojo por inercia. —Yo debo irme, tengo que hacer algo en mi habitación.
—Luego nos vemos entonces.
—Sí, luego nos vemos.
Ensimismadaen mis pensamientos salgo de la habitación sin mirarlo, pero al llegar alpasillo me apoyo en la puerta dejando salir todo el aire que contuve en mispulmones sin darme cuenta. Sin saber que del otro lado de ésta aquel demonio deenigmáticos ojos estaba en la misma posición, con la frente apoyada en aquellamadera siendo incapaz de darle sentido a los nuevos sentimientos que ambos yasentíamos y no lográbamos expresar.