— Estas quedando hermosa — Comentó Isabella arreglando el velo a Jimena.
Jimena no podía estar más contenta. Uno de sus sueños estaba a punto de cumplirse y esa felicidad que ella sentía al parecer algo de ella logró contagiársela a Isabella. Ese día era el primero en el que ella sonreía genuinamente desde aquella tragedia. Jimena llevaba puesto un hermoso vestido de novia entallado dejándole lucir sus curvas de manera sofisticada y elegante.
— ¿Ya has hablado con Alejandro?
— No aún no — Replicó tornando su sonrisa seria
— ¿Cuánto más vas a esperar?
— Pues no se si te soy sincera. Ya estamos divorciados, y he escuchado que ha comenzado a salir con una modelo. No hay mucho que hablar.
Jimena se sonrió sin poder evitar ver la situación un poco jocosa.
— ¿Y realmente crees que él está con esa modelo?
— No tendría porqué mentir. Además, con lo caliente que es se había tardado mucho.
— ¿Y a ti eso no te molesta?
Isabella encogió los hombros
— ¿Por qué tendría que molestarme? Ya no soy su esposa
— Te mueres de celos
— No siento celos Jimena.
— Bueno pues eso lo veremos ahora en la recepción cuando lo veas del brazo de esa modelo.
Esa recepción sería un auténtico juego de ajedrez en los sentimientos de ambos. Alejandro lo estaba intentando, quería ver si era capaz de rehacer su vida pero hasta el momento no había podido lograr acostarse con la modelo con la que estaba saliendo. Buscaba mil pretextos para justiciar su falta de deseo por ella. Él no había visto en semanas a Isabella y en esa tarde la volvería a ver y eso lo tenía nervioso. Ella lucía radiante, sin quererlo estaba robando las miradas de todos los allí presentes. Había llegado el momento y Alejandro logró divisarla a lo lejos quedando rendido ante su belleza. Ella lo miró y en el momento en que le sonreiria vio como una mujer muy sensual y hermosa lo tomó de la mano. En ese instante se convenció de que había perdido el amor para siempre.
— ¿Cómo estás?— Preguntó Anabel.
— Supongo que bien.
— Pues yo quisiera decir lo mismo. Pero la verdad es que a veces tengo pesadillas.
— Con el tiempo se irán. Todo es cuestión de tiempo.
Anabel mirando a Alejandro charlar con los invitados junto a la que parecía ser su nueva conquista arqueó una ceja.
— A veces no todo tiene que ver con tiempo. Es extraño y hasta incómodo yo decirte esto pues, además de ser mi madre a penas te conozco. Pero lo único que sé de ti es que amas a Alejandro y lo estás dejando ir por orgullo. Se que si hablas con el...
— Ya he tomado una decisión y no la voy a cambiar.
Isabella se levantó de la mesa y caminó hasta alejarse un poco del bullicio. Agarró una copa de champaña, luego otra hasta que nuevamente había perdido la cuenta de cuántas copas había tomado. Aunque quería fingir que no le importaba, Alejandro terminó yendo tras de ella para evitar que siguiera bebiendo.
— Ni una copa más
— No eres quien para decirme que tomar o que no.
— Tal vez tengas razón, pero al menos piensa en tu mejor amiga. Es el día de su boda y lo menos que necesita es una escena desagradable.
Mirando a la pareja de Alejandro, Isabella preguntó curiosa.
— Dime algo, ¿Cómo haces para superar tan rápido las cosas?
— La vida sigue Isabella. Estoy haciendo justo lo que tú me has pedido, seguir mi vida. Y qué mejor que una mujer hermosa y joven como ella.
Agarrando otra copa se fue a los tocadores buscando estar sola. Tomó un trago de champaña y mirándose al espejo de lo único que tenía ganas era de dejar de ser ella. Por otro lado Anabel quería dejar de sentir esa culpa y compensar de alguna manera el daño que le había causado a su madre. Harta de los secretos que se escondían uno al otro, Anabel se levantó de la mesa que compartía junto a Isabella y otros invitados y acercándose a la de Alejandro miró a la mujer y sonriéndole con sarcasmo.
— Cariño, ¿te importa si te robo un segundo a Alejandro?
La mujer algo grosera responde
— ¿Y tú quién eres?
— No te importa
Alejandro le pidió a la mujer que lo dejara a solas con Anabel y ella estaba que trinaba del enojo.
— ¿Que ocurre Anabel?
— Es que eres imbécil. ¿Crees que saliendo con esa..., con esa..., con esa barbie vas a hacer que se solucione algo entre Isabella y tú? ¿O piensas que vas a darle celos con esa?
— No pretendo ni la una ni la otra.
Mirándola a su madre a lo lejos sentada entre copas mirándolas con la mente perdida apretó los dientes — Mírala..., hazlo y dime si realmente ves en ella una mujer infiel que está feliz con su nuevo amante.
— Anabel ella eligió, yo también elegí. Por mucho tiempo estuve ahí intentando entenderla, intentando apoyarla pero ella despreció todo eso.
— Hay veces que para que las desgracias cedan de una buena vez hay que hacer cosas que quizá sean drásticas. ¿Quieres saber porque realmente ella se ha divorciado de ti? Bien, pues te lo diré aunque luego ella no me dirija la palabra. No estuvimos en ningún viaje. Estuvimos secuestradas por dos semanas y..., por salvarme a mi, Isabella fue violada por cinco hombres mientras a mi me obligaron a ver como lo hacían. Ninguna de las dos volvimos a ser las mismas. Yo apenas puedo dormir, no hay momento en el que no recuerde ese momento. Y si para mi no ha sido fácil superarlo, no quiero ni siquiera imaginar el infierno que debe estar pasando ella. Si te dejó lo hizo pensando que era lo mejor. Sabe que no podrá complacerte como hombre y ha preferido renunciar a ti. Ella lo que necesita es que estés a su lado, pero es muy orgullosa para aceptarlo. Y ahora te ha visto con otra mujer y creo que ese ya sido la estocada final para ella. Ahora que sabes la verdad que tanto has querido saber, espero que sepas utilizarla y hacer lo correcto.
Anabel se levantó de la mesa dejándolo con un mal sabor en la boca y sin saber ahora cómo demonios hacer para acercarse a la mujer que ama. Estuvo varios minutos en trance sin reaccionar. La miró a lo lejos aislada de los invitados con una copa media vacía mirándola perdida, con la mente en otro lugar que no era aquel. Se puso de pie y no sabía si ir a donde ella o que rayos hacer. El día se le había tornado gris y culposo. Pero algo quería sin dudarlo, y era ir y llevarse de aquel lugar a Isabella.
— ¿Podemos hablar?
— No creo que tengamos nada de que hablar.
— Por favor
Isabella lo miró y poniendo los ojos en blanco respondió.
— Mira..., ya me cansa. Me cansa mucho todo esto. ¿Ya dejame si? Me alegra de que estés rehaciendo tu vida pero por favor, ya no me busques más. No me lo hagas más difícil.
— No te estoy pidiendo algo difícil. Hay un jardín cerca de aquí donde podemos estar con menos bullicio.
— No se que pretendes.
— Pretendo hablar con la mujer que amo. Porque aunque intento parecer un hijo de puta que ya te olvide y puedo follarme a otra no puedo, simplemente no puedo Isabella.
Alejandro se sentó a su lado mirándola con ternura y al mismo tiempo con pesar por lo que le había sucedido. Su mente ya comenzaba a maquinar la mejor forma de buscar a esos hombres y hacerlos pagar por haber trastocado la vida de su mujer.
— Alejandro ya dije que...
— No aceptó "no" por respuesta.
Isabella algo temerosa aceptó ya que no tenía opción alguna de negarse. Pero más temerosa y confundida estaba al ver el humor de Alejandro. Se veía turbio, enojado y hasta airado aunque trataba de disimularlo. Alejándose un poco preguntó.
— ¿Estas bien?
— Lo estoy
— No parece.
Alejandro se detuvo y sentándose en una de las bancas de jardín se cubrió el rostro lleno de frustración. Pocas veces lloraba, pero en aquella ocasión aunque intentó por todos los medios de no mostrarle a ella cuánto le dolía saber lo que había sufrido, sus ojos comenzaron a sollozar. Isabella se sentó algo distanciada de él y preocupada preguntó.
— ¿Qué ocurre? ¿Por qué lloras?
Estuvo a punto de preguntarle porque había callado. Porque había preferido alejarlo antes de confiar en el. Quería hacerle tantas preguntas, pero sabía que de muchas simplemente no tendría respuesta. Preguntarle sobre ese suceso sería como echarle más sal a su herida. Pero no conseguía cómo acercarse a ella sin que Isabella lo evitara.
— No... no pasa nada. Bueno si..., pasa que a veces siento que por más que quiera, jamás lograría protegerte de todo y de todos.
— Nadie puede hacerlo Alejandro.
— ¿Puedes responderme algo?
Isabella asintió con la cabeza
— ¿En algún momento te he lastimado? Te he hecho sentir en peligro, o quizá amenazada.
Algo confundida, ella negó con la cabeza
— No, pero tampoco entiendo a qué viene tu pregunta.
Alejandro buscaba la manera de que fuera ella quien se abriera. Que no tuviera que ser él quien le dejara saber que sabe lo que ha pasado y aún así no la ha dejado de amar.
— Empezamos mal desde el principio; yo te obligué a ser mi esposa. No empezamos como una pareja normal. Y por ahí dicen que lo que empieza mal, mal acaba. Pero, si te soy sincero me hubiera gustado que hubiera sido distinto.
— ¿Por qué estás hablando de esto?
— ¿Confías en mí?
Isabella bajó la mirada indecisa en su respuesta. Sabía que Alejandro era una caja de sorpresas y cualquier cosa podría ocurrirle en su mente. Pero de una cosa estaba convencida; no solo lo amaba, confiaba plenamente en el.
— Si, confió en ti.
— Vale pues entonces lo primero que haremos será ir a bailar con los otros invitados.
— Pero nada, ah y vas a dejar la champaña. — Dijo quitándole la copa — Luego de eso, te llevaré a un lugar que se que te va a encantar.
Isabella lo miró y algo desconcertada argumentó.
— ¿Alejandro ir a donde? Ya estamos divorciados, tú..., tú has empezado a rehacer tu vida y eso no debe cambiar.
— Sabes que soy medio dramático a veces. A esa mujer con la que vine la realidad es que no me interesa. Es que ya no se como hacer para convencerme de que en realidad ya no sientes nada. Nadie deja de amar a nadie de un día para otro.
Isabella intentado cambiar el tema se puso en pie y sonriendo algo evasiva preguntó.
— ¿No íbamos a bailar?
Al menos había dado un paso adelante de todos los que tenía acumulados en su contra. Volvieron a la recepción y Jimena al verlos al menos hablándose le había terminado de completar la noche. Isabella había accedido a bailar, pero aún el miedo que había desarrollado ante los hombres no le permitían confiar plenamente, ni siquiera en Alejandro. Él intentó agarrar su cintura pero ella se tornó algo rígida.
— Si no te toco, ¿Como se supone que se baila en pareja?
— Disculpa es que yo...
— No tienes que disculparte. Pero ahora solo relájate y no te preocupes por nada. Jamás te haría daño — Mirándola con una sonrisa dibujada en su rostro preguntó. — ¿Puedo acercarme?
Isabella asintió con la cabeza permitiendo que por primera vez desde que había pasado por aquel trágico momento, un hombre la tocara. El miedo se había disipado por aquel instante y ambos sintieron efímeramente que volvían a ser los mismos. Miraba a Alejandro viendo en él su felicidad y al mismo tiempo su martirio. Le dolía no solo no poder entregarse a él completamente, el saber que pronto moriría sin haber realizado su felicidad le tornaron los ojos llorosos. Lo único que extrañaría sería a él, y la vida que pudo haber tenido junto a Daniel y ese bebé que nunca llegó a nacer. Derramando una lágrima salió casi corriendo de la pista de baile sin saber a donde ir en donde pudiera expresar esa tristeza que llevaba por dentro y empeñaba en ocultar. Alejandro corrió tras de ella e intentó detenerla pero ella a gritos le pidió.
— ¡Ya! ¡Ya por favor! No sigas insistiendo en algo que no podrá ser. No puedo, por más que quiera no puedo cambiar la realidad, ¡Mi realidad!
— Yo solo deseo ayudarte Isabella, jamás querría hacerte ningún mal.
— ¿Ayudarme? ¡Nadie puede hacerlo! Nadie puede hacer nada. Ya no se que mas hacer para que entiendas eso.
Como si el cielo se hubiera puesto en empatía con los sentimientos de Isabella, un torrente comenzó a caer haciendo que ambos quedaran rápidamente empapados. Harta de tener que seguir fingiendo ante los demás y sobre todo ante Alejandro añadió.
— Hay cosas que nada ni nadie puede borrar ni cambiar. Voy a morir, perdí a mi hija y..., y ya no soy ni una pequeña parte de lo que era antes. No sigas perdiendo el tiempo intentando cambiar lo que no tiene arreglo. Déjame en paz.
Alejandro caminó hacia ella y sin poder contenerse sostuvo su rostro con sus manos y desesperado además de frustrado la miró y dejó que sus sentimientos hablaran por él.
— ¿Es que aún no lo entiendes? No hay día en que no viva un jodido infierno lejos de ti. ¿Aun no entiendes que nada de lo que pueda pasar haría que te deje de amar? Ya no sé cómo decirte, cómo convencerte de que me muero por ti. Que desde que decidiste dejarme no consigo darle sentido a mi vida. Isabella, nada podría hacer que dejara de amarte.
— Eso es lo que crees, pero yo ya no sirvo como mujer, como esposa, no sirvo para hacer feliz a nadie. Por favor, entiéndelo de una vez Alejandro. — Respondió a gritos llena de tristeza
— Te amo Isabella, más que a mi vida. No tengo manera de explicarlo. Eres mi hogar y no te dejare sola jamás aunque te hayas divorciado, aunque quieras alejarme no lo vas a conseguir.
Contra eso, Isabella no tenía escapatoria. Alejandro había decidido arriesgarse y besando sus labios con sutileza se había jurado a sí mismo morir antes de permitir volver a alejarse de ella. Isabella se quedó inmóvil, estaba aún en trance pero dejó que por aquel momento sus labios se entrelazaran con los suyos. Era la primera vez en semanas que sus labios volvían a reencontrarse y ella lo deseaba tanto como el. Alejandro besó su frente y abrazándola le susurró.
— Te llevare a un lugar donde estarás bien. Lejos de todo y de todos. Incluso de mi si es lo que te apetece.
Prometer eso le dolía más que nada en el mundo, pero lo único que deseaba era que Isabella pudiera sanar poco a poco. Tras buscar a Daniel, Alejandro los llevó hasta el areopuerto privado del que siempre solían viajar en su jet e Isabella al darse cuenta de los planes de Alejandro algo confundida preguntó.
— ¿Qué hacemos aquí? No dijiste que saldríamos de la ciudad.
— No saldremos de la ciudad, saldremos del país.
— ¿Que? No puedo ir porque...
— Dijiste que confiabas en mi. Todo estará bien
— Al menos dime a donde vamos.
— Me reservo el destino. Ahora solo tienes que relajarte y subir al avión junto con Daniel y descansar. Ya mañana todo será distinto, estarás mejor.
Mientras ella dormía con su hijo en brazos, Alejandro solo la observaba cuidando de sus sueños. La observaba con un nudo en la garganta. No había dinero en el mundo que pudiera comprar la vida de la mujer que amaba, mucho menos no había dinero que pudiera comprar su felicidad y paz. Pero al menos deseaba que cuando despertara, tuviera paz y serenidad. Al llegar al destino y ver el sol soleado y un clima totalmente distinto a Madrid, Isabella algo desesperada pregunto.
— Alejandro, creo que ya me puedes decir donde estamos.
Sonriendo subió las maletas al coche.
— Te dare una pista, solo puedo decirte que estamos en América.
— ¿América? ¿Estas loco? Tengo cosas que hacer en Madrid.
— Ahora tu única preocupación es relajarte y pasar tiempo con Daniel. El si se ve feliz de estar aquí.
No fue fácil para Alejandro soportar las preguntas de Isabella todo el camino. Al llegar a la preciosa mansión cálida y tropical donde por un largo tiempo se quedaría; boquiabierta bajó del coche. desde las enormes ventanas de la casa se podía ver la orilla del mar acariciando la arena. Alejandro entró a junto a Isabella y Daniel en brazos y al estar dentro y ver lo acogedor de aquel lugar ella no pudo evitar sonreír inconscientemente.
— El mar es la mejor terapia para casi todo. El mar, las olas y las estrellas en la noche recostado sobre la arena. Sin nadie que te abrume, sin nadie que te incomode. Te dije que haría lo que fuera por ayudarte a sanar y aquí en este lugar darás tu primer paso.
Con el rostro sorpresivamente alegre y esperanzado volvió a preguntar.
— Es..., todo es hermoso. ¿Dónde estamos?
Haciéndose el interesante, abrió la puerta corrediza trasera haciendo que la brisa con el olor del mar, impregnara toda la casa.
— Estamos en algún lugar de Hawaii, por un tiempo o quizá por siempre. Todo puede pasar.