5 de noviembre de 2020
Para Daniela hoy era día de estudio. Tenía algunas canciones que ya había terminado y era hora de que las grabara en el despacho que quedaba a unas cuadras de casa.
Se la veía tan feliz con su música.
Para cualquier otro, sería un jueves normal, pero yo estaba llena de alegría. No solo sería la publicación del álbum debut de Calle, sino que también, hace exactamente un año, tuve el privilegio de poder llamarla mi novia. La sonrisa no se borraba de mi rostro y la alegría estaba escrita por todo mi rostro.
No permití que ni el trabajo, ni nadie, hiciera que este día fuera menos perfecto.
Tuve la fortuna de salir de la oficina temprano, por lo que decidí esperar afuera del estudio de grabación a que saliera mi novia. Después de todo, su sesión de hoy terminaría pronto y yo me moría de ganas de verla.
Al llegar al edificio, esperé sentada en una de las bancas en el exterior, repasando en mi mente los planes que teníamos para hoy, hasta que todo se volvió oscuro repentinamente.
Sentía piel fría apoyada contra mis ojos.
–Adivina quién.
Mi sonrisa se intensificó al identificar su voz.
–Hola, amor–, quité sus manos de mi rostro para girarme y plantar un beso en sus labios.
–Ay, gorda, pero así no se vale–, acompañó su frase con un puchero. –Eso es trampa, así no es el juego–, esbozó una sonrisa que hizo a mi corazón latir con fuerza. Yo solo reí.
La amo tanto.
–Vamos que hoy tenemos un largo día por delante–. Me levanté dedonde me había sentado a esperarla para mirarla a los ojos. –Feliz aniversario–, dije para plantar un beso corto en sus labios.
–Feliz aniversario, gordi–, dijo ella sonriendo.
Sin más, nos dirigimos al auto para llegar a casa. Allí nos recibió un ansioso Ramón que ladraba de felicidad. La sonrisa aún no dejaba mi rostro.
Después de un par de horas, volvimos a salir. Eran aproximadamente las seis de la tarde y el sol comenzaba a ocultarse. Esa tarde teníamos una reservación en nuestro restaurante favorito.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas y miradas. La comida estaba deliciosa, pero yo estaba aún más fascinada por la mujer que tenía frente a mis ojos. Cada vez que ella fijaba la mirada en su plato o en algún otro detalle del lugar, yo utilizaba la oportunidad para escanear sus gestos. Mi corazón se mantuvo con un ritmo rápido, y se aceleraba aún más cada vez que me dedicaba una sonrisa.
Me hacía sentirme como una adolescente locamente enamorada.
Cuando salimos de allí, ella quiso manejar. Yo no me negué. La música estaba a todo volumen y nosotras cantábamos la letra de cada canción a todo pulmón. No podría estar más feliz.
Noté como Calle cambiaba el rumbo. No supe por qué, pues el único plan que teníamos era la cena para luego regresar a casa y, quizá, quedarnos gran parte de la noche despiertas.
–¿A dónde vamos?– Pregunté incrédula intentando mirarla a los ojos.
–Es una sorpresa–, dijo sonriendo.
Pasaron los minutos en donde yo solo observaba el camino. No pasó mucho tiempo antes de darme cuenta a dónde nos dirigíamos. Sonreí, aunque en realidad nunca había dejado de hacerlo.
Aproximadamente media hora después estábamos en aquel mirador que tanto nos gustaba. Habíamos venido aquí muy pocas veces, pero aún así lo adorábamos. Era como nuestro lugar especial, donde nada ni nadie existía además de nosotras.
–¿Qué está tramando, señorita Calle?–, alcé una ceja acompañando mi pregunta.
–Solo creí que sería un lindo lugar para culminar nuestra cita, señorita Garzón–. Noté que imitó mi tono.
Nos bajamos del auto y, a los pocos segundos, ya estábamos sentadas en el pasto observando la ciudad. Nos quedamos unos minutos en un silencio acogedor, únicamente tomadas de la mano. Recosté mi cabeza en su hombro para minimizar el espacio entre nosotras.
No supe cuánto tiempo pasó antes de que ella comenzara a hablar.
–Tengo algo para ti.
–Gorda... no tenías que...
–Siempre dices eso–, se rio entre dientes. –Es solo que vi esto y no pude resistirme a comprarlo.
Noté como sacó una cajita pequeña de su bolsillo y me la entregó. La tomé entre mis manos para examinar su exterior. Estaba completa y perfectamente envuelta en papel de regalo, sin ningún moño o tarjeta. Pasaron pocos segundos antes de que rasgara el papel, liberando una cajita de joyería. Resistí el impulso de llevar la mano a mi boca, sorprendida, y en su lugar abrí la cajita.
Adentro había un anillo.
–Amor, es hermoso–, me sentí al borde de las lágrimas.
Era un anillo delgado y delicado. Aparentaba ser de plata y estaba decorado con pequeños corazones diminutos al rededor de la pequeña joya.
–Me parece que representa algo muy hermoso–, dijo sacándolo de la cajita blanca. Yo extendí mi mano para que me lo colocara. –Cuando tengas el de matrimonio este podría ser como la parejita–, rio, nerviosa, por lo bajo. Yo reí con ella.
–Aún no hemos hablado de eso, boba–, murmuré cerca de su rostro para plantar un corto beso en sus labios. –Me encanta, eres la mejor.
–Te amo, Poché.
–Y yo te amo a ti, Calle.
Mis mejillas comenzaban a doler de tanto sonreír en las últimas doce horas.
Pasamos el resto del tiempo en el césped mirando el paisaje en silencio y, luego, acostadas mirando las estrellas. Yo todavía no soltaba su mano y ella acariciaba el dorso de la mía con su pulgar.
Pasó un largo tiempo en donde solo éramos nosotras y la naturaleza. El sonido de la noche inundaba mis oídos y me llenaba de paz. Eso, mezclado con mi felicidad y lo que me producía la mujer que tenía al lado, llenaba mi corazón de las mejores emociones. Voltee mi rostro hacia Calle para ver su perfil, topándome con una soñolienta Daniela. Volví a sonreír.
–Ya se está haciendo tarde–, hablé cerca suyo haciéndola sobresaltar un poco. –Deberíamos volver a casa antes que sea más de noche–. Ella solo asintió en respuesta antes de tallar sus ojos en medio de un bostezo.
Caminamos a paso lento hacia el auto. No pude evitar ver la cara de mi novia.
Se veía tan cansada.
Me adelanté a ella y le impedí el paso al asiento de conductor.
–¿Que haces, amor?– Dijo con una sonrisa cansada.
–Yo conduzco–, extendí mi mano pidiendo las llaves.
–No, no. Tranquila, yo puedo conducir–. Me negué. –Amor...
Mantuve mi mano extendida sin hacer caso a sus reproches. Yo sabía manejar y ya había perdido el miedo a hacerlo gracias a ella. Ella necesitaba descansar, y que fuera ella la que manejara poco más de media hora solo haría que se cansara más. Soltó un suspiro antes de entregarme las llaves.
–Bien, tu ganas–, y dio la vuelta al carro para entrar al puesto de copiloto. Quedó completamente dormida después de unos pocos segundos de recostar su cabeza en el respaldar.
Comencé a manejar decidida y con la música a un volumen casi inaudible. Me concentré en las curvas y rectas que tomaba con cuidado. Decidí que quería llegar a casa lo antes posible, así que salí de la poblada carretera principal para tomar un atajo con menos tráfico. Pasaron algunos minutos antes de escuchar una respiración pesada, dándome a entender que se había despertado. Aún faltaba la mitad del camino. Creí que dormiría un poco más.
–Poché, ¿y esta ruta?– Habló con voz ronca, evidenciando el cansancio que la dominaba. –Nunca habíamos pasado por aquí.
–¿Qué? ¿No confías en mí?– Dije sonriendo solo para molestarla.
–Por supuesto que confío en ti.
Miré de reojo hacia ella por pocos segundos y observé como acomodaba su cabello con la vista en la carretera. Pronto descubrí algo que no había notado en el primer trayecto del camino.
No tenía el cinturón de seguridad.
–Amor, no te pusiste el cinturón–; dije con voz más alterada de lo que planeaba.
Quizá sabía defenderme al volante, pero de todas formas mi ansiedad se disparó, llenando mi mente de los peores escenarios.
–No–, pareció desinteresada. –Confío en ti–. Mostró una sonrisa que solo noté desde mi vista periférica.
–Calle, amor, es peligroso. Por favor, ponte el cinturón.
En ese punto comencé a desesperarme.
Me ponía nerviosa.
Apreté el timón entre mis manos y tensé mi mandíbula. Probablemente no pasaría nada y llegaríamos a casa completamente bien. Además, muy poco se veían accidentes de tránsito en esa parte de la ciudad.
Eso no evitó que se me erizara la piel al pensamiento.
–Amo esta canción–, dijo subiéndole el volumen a la radio e ignorando mi comentario por completo.
Suspiré rendida. Por alguna razón no volví a insistir.
Era nuestro aniversario después de todo, no quería arruinarlo por una estúpida pelea.
Así permanecimos durante otros minutos. Miré el reloj de la pantalla para descubrir que ya eran las 9:03 PM. Nos mantuvimos conversando sobre temas sin sentido y compartiendo algunas miradas y sonrisas.
Estaba feliz: tenía al amor de mi vida a mi lado, por fin mis miedos ya no tenían el poder de controlarme y la carrera profesional de ambas estaba despegando de una manera maravillosa.
Los planes para el futuro era lo que ocupaban mi mente mientras ponía atención a la carretera y a no cometer ningún error al volante. Podía oír a Calle cantando la canción que sonaba de fondo con una sonrisa en su rostro, usando su celular como micrófono. Yo poco cantaba, pero siempre me ha encantado escuchar su melodiosa voz jugando con el tono y el volumen.
Acerqué mi mano derecha hacia ella buscando su zurda para sostenerla entre mis dedos. Sin pensarlo mucho, llevé el dorso de su mano izquierda a mis labios, depositando un corto beso.
–Te amo–, dije lo suficientemente alto como para que la música no opacara mis palabras mientras miraba el camino.
–Yo a ti.
Me permití distraerme por unos segundos para mirarla, perdiéndome en la profundidad de sus ojos. Me regaló una sonrisa amplia y llena de amor. Una sonrisa que se vio interrumpida por un grito.
–¡Poché!
Fue lo último que escuché. Lo último que llegó a mis oídos antes de ser cegada por una potente luz. Lo último que dijo su voz antes de que todo se volviera negro.