Era la mañana de más frío y nervios en la vida de Hugo Davidson. Todo lo que el futuro de su vida deparase, se decidiría en gran parte en ese día. Ya había coleccionado tres cofres, el mínimo oficial para que la comisión de evaluación pudiese aceptar el alistarlo a la organización, aunque raramente aquello había ocurrido, siendo necesario que el miembro en pruebas consiguiese al menos cuatro. Así que prácticamente, se jugaba el entrar o no en las SSF.
Había conseguido dominar el arte de no poner cara de enfermo en los momentos previos a la prueba. Eve lo estaba vistiendo. Su traje de hoy era diferente al de las demás veces. Nada de cuero elástico e impenetrable, sino una simple camisa de cuadros cuya única habilidad era la de detener hemorragias graves.
Logan era el encargado esta vez de describirle la prueba, algo que se había decidido en el último momento debido a los acontecimientos. El anciano con la habilidad de teletransportarse esperaba paciente a que el muchacho estuviese vestido y preparado para comenzar a explicarle lo que tenía que hacer.
Además de ellos tres, Jane observaba atenta y con nerviosismo los movimientos de su pareja.
-Estate quieto -se quejó Eve.
-Lo intento, pero es molesto que te estén clavando... cosas en la piel, ¿sabes? -contestó Hugo.
-Los pantalones te ayudarán a correr, pero la sujeción tiene que estar pegada a la piel.
-Espero que al menos tú lo entiendas...
Eve se volvió para coger una mochila de montañista que le ocupaba toda la espalda a Hugo, y se la colocó con los cierres imantados de una correa que le abrazaba la cintura.
-No es una mochila -indicó-. Si tocas aquí -dijo cogiéndole la mano y poniéndosela en un saliente de la mochila-, y estiras, cogerás el camaleón. Recuerda que debes de ser discreto.
-Pues pesa como si llevase cien camaleones.
-Forma parte de la prueba. Lo decidió Phil en su momento.
Ni Hugo ni Jane sabían nada de lo ocurrido el día anterior con la filtración al sistema de las SSF. Por ello, Eve estaba incluso más irascible. Si no era suficiente con que un loco se infiltrara en sus preciados ordenadores, ahora no podía dar rienda suelta a su imaginación creando nuevos insultos porque le habían prohibido hablar del tema delante de Hugo.
Tras unos minutos infinitos para Hugo, Eve le ajustó el cierre de la mochila para que estuviese lo más pegada posible al cuerpo. Logan dio un paso al frente, haciendo que Hugo se pusiese más en guardia y el sudor comenzara a correr por su frente.
-Bueno, chico, comencemos. La prueba no es difícil de explicar. -Llevaba la pulsera provisional telequinésica en la mano, y se la puso a Hugo mientras hablaba-. El cofre está escondido en Barcelona, la segunda ciudad más poblada de España. Estarás ayudado por la brújula, el camaleón y el superpoder. Recuerda que no debes de levantar escándalo porque podrías causar un problema diplomático. -Hizo una pausa para darle importancia a este consejo-. Tendrás robots que te dificultarán que alcances el objetivo, así que tienes que tener los cinco sentidos puestos en la prueba para conseguir el cofre. Esta vez la brújula vuelve a ser esférica, como la de la prueba voladora.
-Perfecto -asintió Hugo, queriendo disimular su taquicardia para que Jane no se preocupara.
-Solo queda explicarte cómo funciona el superpoder. Es sencillo. Solo tienes que concentrarte en un objeto y dirigir la orientación de la mano hacia el mismo, moviéndola hacia donde quieras llevar el objeto. Obviamente, tienes que centrarte en cosas que puedas mover. No podrás con edificios ni nada parecido.
-No tenía la intención, tranquilo.
En el momento en que iba a intentar mover la brújula que estaba en la mesa más cercana a Hugo, la puerta se abrió con un estrépito de alguien con mucha prisa. Nick Fairbanks apareció visiblemente agitado, con el sudor pegado en la camisa de la chaqueta, pero con el mismo semblante serio y solemne que lo caracterizaba. Llevaba un cinturón negro y grueso en la mano.
-Pensé que no llegaba. Necesitarás esto -dijo, encaminándose hacia Hugo y extendiendo el cinturón.
-Nick, no creo que... -titubeó Logan. Eve también hizo el ademán de hablar pero se contuvo.
-Es una orden -zanjó.
Le puso el cinturón en las manos al chico, para que se lo pusiera. Hugo se percató de que justo en la parte del cinturón que le tocaba la columna, había un cilindro de cuero pegado al mismo. Era un bolsillo, con un botón como cierre. El interior estaba duro.
-Chico, cuando estés en problemas serios, cógelo. Sabrás lo que hacer, solo tienes que recordar. Por cierto, tienes dos horas para volver.
-¿Eh? -replicó Hugo, confuso.
-Logan, procede.
Dos segundos después estaba solo en Barcelona, con la brújula en la mano que le había dado Logan para teletransportarlo. ¿Qué habría querido decirle Nick? Serios problemas... Así que estaba en serios problemas. La furia le recorrió el cuerpo. No le dejaron siquiera despedirse de Jane. Cuando volviera Nick Fairbanks tendría que cambiar de métodos, o dejar de contar con él para sus proyectos. Por un momento pensó en negarse a realizar la prueba, pero ese pensamiento se desechó al recordar que si no conseguía el cofre, no tendría modo alguno de volver a la sede.
Suspiró profundamente, intentando concentrarse en la prueba para acabarla lo más rápido posible. El ruido de los coches y las personas entró de repente en su cerebro, recordándole la prueba en New York. Rotó sobre sus talones, y ante sus ojos se alzaba ahora la Sagrada Familia. Hugo la había visto en fotos, y reconoció que en persona era mucho más imponente.
El chico se quedó absorto contemplando cada detalle de la fachada que veía, perdiendo el estado de alerta en un momento que después supo que era crucial. Un adolescente de unos doce años, muy delgado y con el pelo corto chocó violentamente con Hugo. Al chico se le cayó el maletín que llevaba en la mano. Hugo se llevó la mano rápidamente al camaleón, saliendo de su estado ausente.
-Perdón -dijo el chico, con una voz más aguda de lo habitual para su edad-. No miraba por donde iba y...
-No te preocupes -respondió Hugo.
Al segundo siguiente, se dio cuenta de su error. El joven le había hablado en inglés, sin saber de dónde era. Aquello no era casualidad, el chico sabía de dónde venía Hugo, y probablemente a qué. Pero para ese momento ya era tarde. Cuando quiso reaccionar, tenía al chaval encaramado a la espalda. Con un rápido movimiento, Hugo intentó deshacerse de él, pero el tronco del chico bloqueaba la salida del camaleón. Hugo sintió como el dedo índice de su contrincante se introducía en su ojo.
-¡Ah! -gritó Hugo, mientras el otro se bajaba de su espalda.
En su ojo se produjo un cortocircuito provocado por la iris-cam que le acababa de poner Eve. Cayó de rodillas, intentando sacársela para evitar otro calambrazo. Afortunadamente, lo consiguió a la primera.
-Bueno, así estarás más atento la próxima vez -dijo el adolescente-. Me presento, mi nombre es Matteo, pero puedes llamarme...
Hugo saltó desde su posición con las manos dispuestas para agarrar a Matteo del cuello, pero el contraataque fue más rápido, y las muñecas de Hugo fueron aprisionadas rápidamente por las del chico.
-Tranquilo -dijo sonriendo, divertido-. Si quisiera hacerte daño, está claro que ya podría habértelo hecho, machote.
-¡Suéltame!
-Vas a conseguir que venga la policía, Hugo. Escúchame.
La gente los miraba, pero nadie decidió actuar. Los viandantes, por fortuna para Hugo, no se inmiscuyeron en la pelea.
-¿Quién eres? -preguntó Hugo, chillando.
-Pues precisamente eso es lo que intento decirte. Si me escuchases un poquito más...
-Déjate de tonterías y suéltame.
Matteo obedeció, aunque seguía estando en guardia.
-¿Me permite su santidad dos minutos de su tiempo? -su tono era siempre irónico, como el bufón de una obra de teatro.
-¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?
-Esto va a ser más difícil de lo que creía -suspiró Matteo-. Déjame hablar, solo eso. Mientras, caminemos.
El chico empezó a andar, y Hugo le siguió, con la mano apoyada en el borde del camaleón, por si la cosa se ponía fea. Aquello era demasiado extraño. Logan no le había dicho que contaba con ayuda, y en el caso de que la tuviera, no se habría presentado así. Matteo le pegó una patada al maletín, escondiéndolo debajo de un banco. Sin duda, el maletín era pura escenografía.
-Soy de la división fundamentalista de las SSF. Nacimos hace relativamente muy poco, con el objetivo de que las SSF vuelvan a ser como antaño. -Su tono irónico fue interrumpido. Lo que decía se lo tomaba en serio-. Tras todo lo que ha ocurrido con Phil Lewis y tal, creímos conveniente formalizar la división, con jerarquías y tal. Antes solo éramos unos simples opositores. Nuestro propósito es refundar las SSF, para que vuelvan a estar al servicio de las personas, y no que se retroalimente. Sé que no llevas mucho tiempo aquí, pero te aseguro una cosa desde la experiencia: todos los problemas que ha solucionado las SSF desde que formo parte de ella, se crearon desde dentro.
Hugo decidió darle un voto de confianza, aunque no quería fiarse del todo. Asintió para que prosiguiera.
-El ejemplo más cercano que tienes es el ruso. Nadie discute que es un frustrado de las SSF. Es decir, estamos gastando recursos materiales y humanos para solucionar un problema creado por la misma organización. No sé si me pillas.
-Sí -mintió. No sabía nada acerca de aquél ruso, pero había una pregunta a la que le dio preferencia-. ¿Y dónde entro yo en todo esto?
-¿Estás de broma? Debes de ser la única persona sin superpoderes innatos que no tiene supervisión especializada. Es de risa. No te ofendas, pero quizás eres la persona más vulnerable de todas las SSF por la poca formación recibida y no tienes guardaespaldas...
-¿Pero no se supone que esa es la cuestión? Si tuviese guardaespaldas no tendría sentido que me pusieran pruebas para conseguir el Brazalete de la Paz por mí mismo.
-Las SSF están cambiando, Hugo. Hace tiempo que la organización es más un peligro que se mantiene por historia, que un instrumento que sirve por necesidad. Las SSF tal y como existen ahora, son un peligro para los Estados Unidos. Créeme que tienes muchas papeletas para convertirte en un rehén muy valioso para alguna causa muy poco... cómo decirlo... segura.
Hugo trabajaba rápido en buscar puntos débiles en los argumentos de aquel adolescente, pero no encontró ninguno.
-¿Qué tengo que hacer?
-Seguirme. Sé dónde está la pulsera. La cogemos y nos vamos. Cuando llegues a la sede, dices que la iris-cam te la quitó un robot, pero te deshiciste de él rápido. Te creerán por tus pulsaciones y porque la camisa no ha enviado señales de hemorragias.
Siguieron caminando durante un rato. Hugo no vio otra opción. Además, la brújula indicaba que iban por el camino correcto. Al menos en eso no mentía Matteo. La gente con las que se cruzaban los miraba. Hacían una pareja muy peculiar. Un montañista con barba de tres días y un preadolescente con camisa y corbata.
-¡Cuidado!
Matteo gritó, señalando hacia la esquina contraria de la calle, y poniendo el brazo en el pecho de Hugo para empujarlo hacia atrás.
-¿Qué? -Hugo sacó el camaleón de inmediato.
-Nada, creí que era otra cosa -contestó, soltando una carcajada.
-Podría haber asesinado a todas las personas que hay ahora mismo aquí, niñato.
-No te creas tan fuerte, grandullón -todavía riéndose, le dio un golpe con el nudillo en el hombro, que le produjo un calambre que intentó ocultar tras una expresión lo más seria que pudo. Guardó el camaleón.
Las personas que los veían pasar los tomarían como turistas extraños o algo parecido.
-Bueno, cuéntame eso de la división fundamentalista. Ponme al día.
-Demasiado te he dicho ya. Decidimos no hablar tan siquiera de la existencia de la división, así que date por afortunado.
Hugo dio un golpe a la pared furioso.
-Todos los que estáis en las SSF sois iguales. ¿Qué os costará hablar?
Los ojos del chico se clavaron en los de Hugo. No se le veía preocupado, sino todo lo contrario. Tenía la convicción de aquél que sabe que está haciendo lo correcto, y además está disfrutando.
-Quédate con que llevamos mucho tiempo en decaída. Probablemente desde que pusieron a Peter en la presidencia nacional. Y la división cree que esto del secuestro de Phil va a ser el detonante que incline la balanza hacia uno de los dos lados.
-Hacia uno de los dos lados... -repitió Hugo-. Un lado sois vosotros, los fundamentalistas. ¿Y el otro?
Matteo abrió la boca para responder, pero no salió ningún sonido. Por detrás, un robot con la banda amarilla en el pecho, al igual que los de la primera prueba, le había propinado un golpe seco en el cuello al chico, tirándolo al suelo, inconsciente. Hugo saltó hacia atrás para ganar tiempo. La calle se había estrechado, y solo había un señor mayor al fondo, alejándose. Así que sacó su camaleón, y lo convirtió en un tridente.
El robot agarró la punta del arma en cuanto la tuvo a su alcance, y se la arrebató de las manos a Hugo, arrojándola a la carretera.
-Cuerpo a cuerpo, entonces -murmuró Hugo, con la adrenalina por las nubes.
El robot estaba a dos metros de donde se encontraba Hugo, justo al lado de Matteo. Hugo aprovechó el momento en el que el robot estaba saboreando el miedo del chico para coger carrerilla y saltar hacia delante con las piernas por delante. Golpeó fuertemente en el pecho metálico de la máquina, tirándola al suelo, retorciéndose. Hugo se puso de pie lo más rápido que pudo, y evitando que el robot también se reincorporara, le pegó una fuerte patada en el oído.
El cuello del robot se había roto. Hugo estaba jadeando, y tuvo la precaución de comprobar que seguía sin haber nadie en la calle.
-Matteo, ¿estás bien? -dijo agachándose en cuclillas junto a su cara. Tenía un corte en el pómulo derecho.
Abrió los ojos lentamente, parpadeando con dificultad.
-¿Eh? ¿Estás bien? -El chico repitió las palabras de Hugo.
-Yo sí, señor "no te creas tan fuerte".
-No seas estúpido. Me ha cogido de improviso. Cuando quieras nos subimos a un ring.
Matteo consiguió reincorporarse, y poco a poco recobró la normalidad. Hugo recuperó su camaleón, y se lo introdujo en la mochila de nuevo.
-Sigamos. Cuanto antes consigamos la pulsera, antes estaremos a salvo -dijo Hugo.
-Esconde al robot ese, delincuente -le aconsejó, tocándose el cuello por donde había sufrido el golpe.
Hugo lo cogió por los brazos, con la intención de meterlo debajo de un coche con aspecto de que no se usase mucho.
-Grandullón -llamó Matteo a Hugo.
-Me llamo Hugo Davidson -respondió Hugo, con el sentido del humor enmascarado por la situación de tensión que sufría.
-Tienes un superpoder provisional. No sé si lo recuerdas.
Hugo se sintió estúpido en aquel momento. Podría haber cogido al robot y enviarlo a algún techo, y así evitarse problemas. Sin responderle, colocó al robot con cierto esfuerzo en un balcón muy descuidado, con la esperanza de que estuviera deshabitado.
Matteo tosió.
-¿Seguro que estás bien? -insistió Hugo.
-Nací volando, Hugo Davidson. Mi primera palabra fue "ay" porque me choqué con el techo de la habitación donde nací. ¡Adiós, guapas!
Un coche con cinco chicas acababa de pasar por la calle.
-Casi te mueres y te pones a saludar a mujeres diez años mayor que tú por la calle. Estás chiflado.
-¡Chico, qué humos! Creí que serías más divertido.
Giraron hacia la izquierda bordeando un pequeño campo de fútbol. Cada paso que daban ponía más nervioso a Hugo. No terminaba de fiarse del chico, aunque sin duda conocía el paradero del Brazalete.
Llegaron a una calle con más movimiento de gente. Ahora Barcelona hizo acto de presencia, la calle solitaria que habían dejado atrás dio paso a una amplia avenida de edificios altos y multitud de coches como hormigas intentando llegar a su destino. El olor a automóvil y el ruido a ciudad envolvió a Hugo, ayudándolo a concentrarse.
No aparecieron más robots en aquella calle, lo que Hugo tomó como una mala señal. «Deben de estar por alguna parte», pensó. Caminaban en silencio, con prisa. El cabello de Matteo era tan rubio que reflejaba la luz del sol en los ojos de su compañero, y rebotaba en su frente a cada zancada que daba.
-Por aquí -dijo el chico, girando bruscamente hacia la derecha.
-¿A dónde vamos? -preguntó Hugo.
-Al Parque Güel. ¿Lo conoces?
-Creo haberlo visto en fotos en alguna ocasión.
Siguieron caminando por calles más estrechas ahora.
-La gente está volviendo a sus casas. Es la hora de comer aquí.
Matteo guiaba a Hugo. Comenzó a zigzaguear por calles bañadas por el color del sol de una tarde que acababa de comenzar. Iban deprisa. Tanto, que casi chocan con la bandada de robots que caminaban en formación por una de las calles más estrechas. Ahí ni siquiera el sol parecía quererse asomar, provocando una siniestra imagen de quince hombres vestidos igual y con la misma cara corriendo hacia Matteo y Hugo.
-¡Yo los distraigo! -dijo Matteo.
-¡No! -Hugo lo cogió por el cuello trasero de la camisa. Matteo casi perdió el equilibrio-. Los estrellaré contra las paredes. Tú corre a un lugar seguro.
Los robots estaban a diez metros, y fue cuando Hugo levantó del suelo a uno de los robots el momento en el que Matteo comenzó a correr. Los demás se sintieron aturdidos, intentando salvar a su compañero algunos, y otros continuando su emboscada contra el chico. Estaban a tres metros cuando el sonido del metal rompiéndose con el impacto indicaba que le quedaban catorce robots.
Comenzó a correr calle abajo, y giró hacia un callejón estrecho. Tenía un plan. Dándose la vuelta, dirigió la mano hacia un robot, y lo alzó del suelo. Lo puso en frente suya, mientras pataleaba con furia. Lo lanzó con fuerza hacia su espalda, derribando a tres que iban detrás de él. Ya eran cinco menos.
Seguían corriendo, y a oídos de Hugo llegaron gritos asustados de peatones confusos. Sacó el camaleón con dificultad, y lo convirtió en un escudo lo más grande que pudo con una característica especial: los bordes estaban afilados. Giró en una esquina cerrada, y se quedó esperando a que llegaran las diez máquinas programadas para herirle en el mejor de los casos.
Cuando estaban cerca, tiró el escudo al aire, y los robots frenaron en seco antes de cruzar la esquina. Hugo puso el escudo en horizontal, y empezó a girarlo sobre su eje central. Los robots estaban programados para atacar, pero también para saber cuándo estaban en peligro, así que se dieron la vuelta lo más rápido que pudieron y empezaron a correr, aunque ya no tenían escapatoria. Con un movimiento de muñeca, Hugo envió el escudo a romper por la mitad a los robots que quedaban. De repente, el silencio volvió a la calle, solo roto por el chisporroteo de los cortocircuitos de la electricidad que salía a morir de aquellos cuerpos mecánicos.
Contó los cuerpos para ver si alguno había conseguido escabullirse mientras volvía a guardar el camaleón en su mochila.
-Oh... mierda.
Le quedaba uno, y se temía lo peor.
-¡Matteo!
El sudor empapaba las ropas de Hugo, que tenía que correr lo más rápido que podía con aquel tanque atado a la espalda. Deshizo sus pasos sintiendo náuseas del esfuerzo, buscando algún atisbo de algo que le sirviera como indicio para encontrar al chico. La ansiedad le iba comiendo lentamente la garganta, y la columna sufría a cada sacudida que daba la mochila contra sí.
Jadeando, vio a su compañero encaramado a una furgoneta hippie abandonada, huyendo del último robot que le quedaba. Suspiró. Casi sin esfuerzo, la palma de la mano de Hugo se dirigió hacia la banda amarilla del robot, que había estado muy cerca de coger por el tobillo a Matteo. Lo alzó en el aire y lo lanzó con toda la fuerza y rapidez que pudo hacia arriba, para que cayera en algún techo.
-¿Estás bien? -dijeron los dos a la vez.
-Es la segunda vez que te salvo hoy, enano.
-No te flipes, grandullón. Si no fuera porque tengo que protegerte, ya habría salido volando.
-Venga ya.
El chico bajó volando de su escondite y se posó elegantemente en el suelo. Reanudaron su marcha, más pausadamente que antes.
-¿Tienes claro qué superpoder vas a elegir?
-¿Cómo? -preguntó Hugo, aunque tenía clara la pregunta. No se había parado a pensar en eso. No en aquellas circunstancias.
-Cuando te alisten definitivamente en las SSF. ¿Qué superpoder vas a elegir? -sus ojos se clavaban en Hugo con una mezcla entre curiosidad y admiración.
-No sé... Todavía no he probado la metamorfosis, aunque la prueba voladora se me dio bien.
-Volar mola. Cuando recuerdo lo de mis padres me escapo por cualquier abertura hacia el mundo y vuelo lo más lejos que puedo.
-¿Qué les pasó?
-Los mataron cuando tenía siete años. No lo recuerdo bien, solo una explosión, y después la sede de las SSF de New Jersey, que se convirtió en mi casa.
-Vaya, lo siento.
-Estoy bien, aunque me aburro mucho cuando vuelvo del instituto.
-Así que vives en la sede.
-Sí. Pocas habitaciones más abajo de donde has dormido tú hoy.
Hugo se percató del detalle de que Matteo había crecido solo. Con la compañía de alguno que otro miembro de las SSF, pero sin niños de su edad con los que relacionarse. Lo miró, y sintió cómo por su cuerpo corría una punzada de compasión. Una vida llena de problemas desde que nació, y sin embargo ahí estaba, luchando por la vida de otro casi sin conocerlo y luchando con convencimiento por una causa que consideraba la salvación de muchas vidas.
-Aquí estamos -informó Matteo.
Colocándose bien la mochila, Hugo subió la vista y vio el escenario donde lo había llevado el chico. Se encontraban en la parte baja de un parque con formas redondas e irregulares, llena de mosaicos de pequeños trozos de azulejo de colores muy diferentes. La gente los miraba por su apariencia agitada, y quizás también por el fino hilo de sangre que le caía a Matteo desde el antebrazo hasta la mano, derramando pequeñas gotas de sangre por el camino que iba dejando. Había mucha gente. Demasiada. Cualquiera que estuviese allí en aquel momento podía llamar a la policía si viese algo extraño, o mucho peor, quizás alguno de ellos fuera un robot.
La brújula señalaba un punto fijo en la dirección en la que estaban mirando.
-Está en la salamandra. Justo debajo. ¿La ves?
-Sí. La veo.
La salamandra a la que se refería el adolescente descansaba en los pasamanos de dos escaleras paralelas. La escultura, a ojos de Hugo, parecía cansada de hacerse fotos con los cientos de turistas que pasaban por su lado cada día, aunque probablemente su imaginación estuviera sesgada por su cansancio.
-No puedo llegar hasta ahí. La gente me vería. Además, hay un guarda de seguridad justo enfrente.
-A mí solo me han informado de dónde está el Brazalete, no cómo conseguirlo. Suerte compañero. Nos volveremos a ver -dijo, y se dio la vuelta. Hugo lo paró, agarrándole por el hombro.
-¿Qué? ¿Te vas, sin más?
-Ya sabes dónde está el Brazalete. Cógelo y vete. No puedo estar cuando vengan a por ti. He de volver antes.
En sus ojos la tristeza hizo acto de presencia enrojeciendo su esclerótica.
-Eh, vamos. Logan te llevará conmigo.
-¡No lo entiendes! -gritó, atrayendo las miradas de los curiosos-. No lo entiendes, Hugo -las lágrimas le empezaron a correr por sus sucias mejillas-. Este es mi trabajo. Esta es mi vida. Voy donde me dicen, hago lo que me dicen, y vuelvo donde me dicen. Ya está.
-Y nadie te pregunta lo que quieres hacer, ¿verdad? -Hugo lo soltó. Sabía que permanecería ahí al menos por unos instantes más-. Matteo, mírame. -Los ojos de ambos se sinceraron-. Cogeremos ese cofre. Te digo más. Cogeré todos los cofres del mundo para que esto termine lo más pronto posible. Y cuando eso ocurra, te irás a vivir conmigo. Vivirás tu vida como cualquier otro chico, Matteo, te lo prometo.
-¿Me lo prometes? -los sollozos no le dejaban hablar con claridad.
-Te lo prometo -repitió Hugo.
Matteo se abrazó a él, y hundió los brazos en el hueco que dejaba la mochila y la espalda. Hugo le respondió, realizando una promesa más. Se prometió a sí mismo que mientras él estuviera en las SSF, la organización dejaría de tratar a las personas como si fuesen simples números que realizan misiones. No. No con él dentro.
-Cierra los ojos -dijo Matteo.
-¿Qué? -se extrañó Hugo. Al segundo siguiente aparecieron dos robots por una esquina a quinientos metros de donde se hallaban. Dedujo que Matteo también había visto otros dos por su lado.
-Que cierres los ojos. Tengo un plan. ¿Los tienes cerrados?
-Sí -contestó.
-No los abras hasta que pasen cinco segundos del clic. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo, preguntándose a qué se refería con el clic.
No tuvo que esperar mucho más para obtener una respuesta. Notó como el chico se desenlazaba de su cuerpo y escuchó el ruido de un botón. Automáticamente le siguieron los gritos de aproximadamente un centenar de personas. 3... Sonidos de preocupación desesperada llegaban hasta los oídos extrañados de Hugo.
1...
Cuando abrió los ojos, los robots estaban a unos cien metros, tirados en el suelo. Desde lejos veía cómo salía humo de sus cavidades oculares. «Eve...» pensó. Eve estaba detrás del aparato que había accionado Matteo, sin duda.
Pero lo más extraño no eran los robots, sino que las personas que estaban cerca habían perdido la visión, y andaban torpemente hasta la pared más cercana, o se abrazaban los unos a los otros.
-Buen traba... -comenzó a decir buscando los rizos sudosos de Matteo. No los encontró por ninguna parte-. jo...
Había huido. Pero le había allanado el camino. Subió los peldaños de la escalera que le faltaban para llegar hasta la escultura de la salamandra. Cuando ya podía tocarla, un sonido atrajo su atención, a la vez que algo lo golpeó en el pecho, haciendo que los segundos siguientes fueran eternos.
Cuando bajó cabeza, vio lo que había cortado el aire. Una lanza atravesaba su pecho, a unos siete centímetros de su clavícula derecha. La misma que la de Jane. La sangre caliente comenzó a salir a borbotones, mientras su corazón colaboraba latiendo cada vez más deprisa. La ciudad de Barcelona se empezó a nublar.
A lo lejos, un robot se le acercaba con el ritmo lento del que sabe que ya ha ganado. Pero aquello no iba a ser así.
Las personas de la plaza recuperaban lentamente la visión, y Hugo supo que si le veían atravesado por una lanza, cundiría el pánico. Tenía que hacer algo rápido. Cada segundo que pasaba era una derrota. ¿Sería su primer fracaso en las SSF? No. Y si lo era, tendrían que terminar de matarlo.
El subconsciente del chico pareció tomar el control de su cuerpo, y dio un tambaleante paso hacia delante para apoyarse en la salamandra. Con la mano izquierda alzó al robot, colgándolo en una rama saliente de un árbol. Con eso mataba dos pájaros de un tiro. Los viandantes que se recuperaron más rápido empezaron a señalarlo, y rápidamente el aturdimiento dejó paso a la curiosidad, formando un corro alrededor del pino. Incluso el guarda de seguridad que controlaba la salamandra fue corriendo a ver lo que ocurría.
Nadie pareció hacerle caso, y si alguien se lo hizo, pensó que sería una estatua viviente aturdida por el destello provocado por los robots de antes.
La camisa de Eve hacía su función de cortar hemorragias, pero no controlaba aquellas zonas donde no había tela, sino un cilindro de metal que se le introducía por el pecho y le salía por el omóplato derecho. La ciudad parecía cada vez más oscura. La respiración era cada vez más lenta. Tosió, manchando de sangre la cresta de la estatua.
El robot se retorcía en el árbol, amenazando con caerse en cualquier momento.
Perdió pie e hincó las rodillas en el áspero asfalto.
No saldría de aquella.
Una voz de entre la multitud chilló en dirección a Hugo.
-No... -volvió a toser.
En un intento desesperado y casi automático, elevó a la salamandra utilizando su poder. Con la mano izquierda, tanteó la superficie donde debía de estar el ansiado Brazalete.
La nariz estaba a pocos centímetros del suelo, señal de que en pocos segundos perdería la consciencia. La sangre se derramaba por el tronco de la lanza.
Agarró el cofre.
Despertó minutos después, semidesnudo y tumbado en una fría camilla.
-Mi héroe. ¿Estás bien?
La voz de Jane Olsen recorrió cada centímetro cuadrado del malherido cuerpo de Hugo Davidson, curando aquellos rasguños que ningún medicamento podía curar. Pese a todo, pese a que había estado a punto de morir varias veces, sonrió.
-Mejor que nunca.
El tacto de sus labios lo revitalizó, y su respiración lenta acariciando su mejilla acompasó los latidos del corazón todavía agitado. Estaría dispuesto a realizar cien misiones más, si en cada una de ellas le esperaba esa cálida recompensa.
-¿Qué tengo? -preguntó Hugo.
-Una valentía inusual -la voz de Emma llegó a los oídos confusos del chico-. Y una herida abierta en el hombro derecho. Por suerte ha sido limpia, y una vez te sacamos la lanza paró rápido de sangrar. Ahora tienes que esperar dos horas aquí, hasta que te vayas a la última prueba.
-¿Dos horas? -inquirió Jane, en tono de protesta.
-Eso me han dicho, preciosa.
-No te preocupes, estaré bien -dijo Hugo, para tranquilizarla aunque sabía que probablemente no era cierto.
Jane perdió su vista en los cabellos de su pareja, mientras los acariciaba.
-Oye, acércate -dijo Hugo-. ¿Conoces a Matteo? Un chico de doce años que vive donde dormimos esta noche.
Jane se extrañó de la pregunta.
-No, nunca lo había escuchado -susurró en el mismo tono que Hugo-. ¿Por qué?
-Ya te contaré. Es la respuesta a la desaparición de la iris-cam.
Las cejas de Jane se enarcaron, confusa.
En ese momento entró en la habitación Nick Fairbanks. Las ojeras cada vez eran más marcadas y oscuras.
A Hugo se le cambió la cara, y quiso recriminarle mil cosas a la vez, pero se retuvo porque estaban Emma y Jane delante.
-¿Cómo está, Emma?
-Estoy bien, gracias señor Fairbanks -contestó Hugo, sintiéndose ofendido por no ser él el destinatario de la pregunta. El hombre lo miró y quitó la mirada de él al instante, haciendo caso omiso de su comentario.
-Bien. Le hemos hecho una transfusión sanguínea y la herida cerrará en unos minutos. El suero funciona bien.
-Me alegra escucharlo, pero no dispondrá de esos minutos.
-Me niego -interrumpió Hugo.
Todos lo miraron en silencio. Esperando que volviese a hablar.
-Sé sus intenciones. Me llevará a la sala preparatoria y me enviará a la última prueba. Sin esperar. Y sin que me dé tiempo a despedirme de nadie, por supuesto. No, señor Fairbanks. No soy su juguete. Esperaré las dos horas que le han comunicado oficialmente a Emma.
-Me gustaría ceder ante sus peticiones, señor Davidson, créame, pero...
-No -lo volvió a interrumpir-. Dos horas.
Emma se dio la vuelta, ordenando sus enseres para pasar desapercibida. Jane observaba atenta a Nick, esperando un arrebato de poder.
-Que sea una. Está cerca de entenderlo todo, Davidson -dijo, y se fue por donde había venido.
-De nuevo dejando las conversaciones a la mitad.
-No le hagas caso. Está atacado. ¿Te has fijado en su cara?
-Apuesto a que él no se ha fijado en mi hombro. ¡He estado un palmo a la izquierda de la muerte hace solo media hora!
-Relájate, Hugo -le dijo en voz baja.
Intentó hacerle caso y cerró los ojos con las suficientes vivencias como para acabar el día, pero con el conocimiento de que este no había llegado ni a su ecuador.
-Te quiero -dijo, resumiendo sus pensamientos.