Hombre desnudo

By marceloeva

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Como hombre desnudo, expongo mis carencias y errores, mis experiencias vividas. El milagro que a mis años rec... More

Pérdida

Pobreza

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By marceloeva

"Cómo se empobrece, todavía más, aquel hombre que se niega a sí mismo a recibir milagros, aquel que ya no se deja encantar, revolucionar y hasta enamorar, por algo que le sorprenda en medio de todas sus carencias y penurias".

Tengo mis años ya, casi 45... Y he sufrido, por Dios que lo he hecho desde que era un nene y poco teníamos en casa para comer. Y bueno, que a estas alturas de mi vida, ya siento no merecer nada ni necesitar más que un abrazo del tiempo y un consuelo para todo cuanto sembré y hoy cosecho.

Sé que muchos dirán que todavía soy joven, pero no es así... La vida para mí ya ha pasado, solo me queda cierto regusto en la boca y en la piel, un afanado cariño por la costumbre y lo que ya es y no puedo cambiar.

Estoy muerto, soy hombre muerto. Y en mi lecho he dejado ir lo que a mi parecer ya no puedo tener ni merezco, sin dejar de mirar antiguas fotos de mi juventud, o buscando en mis viajes a la Argentina, una que otra caricia, en la mujer que decidió compartir sus años conmigo, mas no amarme como se debe, como yo esperaba...

Por eso me siento pobre.

Admiro al joven que todavía puede gozar libre y dejarse hechizar por los placeres y gozos de la vida. A veces también lo envidio. No puedo negarlo. Quisiera sentir ese mismo viento fresco y dejarlo todo, mandarlo todo al carajo, por disfrutar un instante y sentirme libre de ataduras.

Más en mi pobreza una luz ha llegado. Una a la que le temo... Una luz hermosa y chispeante, mi milagro.

Francesca es mi milagro... Y no, no es mi mujer. Ya pueden cogerme a piedrazos, que yo siendo un hijo de Dios, muy creyente y Evangelista, ya lo he hecho. Esto es un pecado, lo sé. Pero cada vez que la miro a sus ojos celestes, tan prendidos y claros como el cielo de Río de Janeiro, siento que me muero a gusto quemado.

Quemado, pero hasta las manos por ella...

Francesca es hermosa, joven, risueña, amante del carnaval y de la vida nocturna. Y se ríe... ¡Joder! Su risa me trae loco. Estoy enamorado de ella. Estoy enamorado de Francesca, a sabiendas de que soy un hombre pobre, que ya no tengo nada que ofrecerle a mis años, cuando ya nadie me desea.

Soy mayor que ella por 10...

A Francesca la edad no le importa. Ella no me ve como un hombre pobre. Pero mi cansancio habitual, cotidiano, después de arduas horas laborales o de discutirle a la vida mis desgracias, el recuerdo constante de que soy un hombre NO libre, me pasan factura al llegar la noche.

Sobre todo cuando leo los mensajes de Marissa... Marissa no me quiere, pero los años nos han hecho grandes amigos. No sé. Marissa está, y que esté es lo correcto. Además ella tiene a mi hijo.

Marissa es especial y yo la quiero. La quiero, pero no la amo.

Ella también es pobre como yo. Se ha apagado como mujer. Aunque, no crean, Marissa también tiene algo por ahí con alguien más...

Pero volvamos a lo mío, a mí relato de vivencia.

Han pasado algunas semanas desde que Francesca me ha dicho el primer Te amo. Un Te amo en portugués, en su lengua materna.

La he dejado literalmente hablando sola, exponiendo todas mis carencias y desnudos de hombre pobre, de hombre que no merece nada a sus años. Soy un hijo de puta, un miserable. Y no lo soy por huir de ella y el sentimiento. Lo soy porque me he atrevido a decirle en español, con un acento argentino, que yo también la amo. Y ya luego me fui a caminar por la playa.

Al regresar ella me esperaba y me miro triste.

- No tengo nada que ofrecerte. No ahora - le dije. Es cierto, no ahora. Quizá si hubiese llegado a mi vida antes...

Pero ella no me oyó, no quiso hacerse de mi rechazo y me tomó de ambas manos y las besó.

Y entonces yo besé también su  boca...

En ese instante supe que quería esto, aunque no fuese lo correcto.

Y no sé en qué irá resultar todo esto, este amor disparejo, mi pobreza atándose a las caderas de una buena mujer brasileña, que no sé qué ha visto en mí. No, no lo sé. Pero al menos sé que necesito esto, de ella, de lo que me está ofreciendo sin buscarlo. También sé que pretendo tener todo el cuidado del mundo para no negarme a mis años el milagro de tenerla y hacerla feliz.

Ella me hace sentir que vivo...

Ella merece sentirse viva conmigo...

Y me puede... me puede el que quizá Francesca solo sea para mí un último respiro. El último respiro de amor que me permita poner en llamas a este cuerpo agotado, tan pobre. Pero por qué no tomarlo. Por qué negarme a beber un poco de su riqueza y volverme a enamorar.

Mi nombre es Marcelo. Y esta es mi historia...

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