-Pipipi, pipipi-
Las 09:00. Puto despertador, como lo odio. Hoy, sino me equivoco es 15 de marzo, mi cumple. Esto de ser fiesta me descoloca del todo, casi ni me acuerdo de esta fecha.
Me levanto tranquilamente; apoyo primero una pierna, la izquierda para ser concretos, después la derecha; me estiro todo lo que puedo, haciendo que crujan todas mis articulaciones, desde las vertebras hasta la punta de cada falange de los dedos.
Bajo a desayunar y ahí está esperándome mi padre, como si no se diese cuenta de mi presencia. Al lado de su taza, hay una larga y estrecha caja, envuelta con un papel brillante, cuyo destello se refleja en mis ojos y me deja ciega.
-Buenos días hija, felicidades- Me dice mirando el periódico de la mesa. Su calma abrumadora a veces me pone de los nervios. - Te he traído esto por tu cumpleaños.-
-Oh gracias, pero no hacia falta que te molestaras.- Bostezo
-Abrelo anda, que se que te va a gustar- Me anima esbozando una gran sonrisa.
Desenvuelvo el regalo con cuidado, sin romper el papel. Al acabar de retirarlo, observo la caja un minuto, imaginándome su interior, ¿qué habrá?. La destapo y mis ojos se abren como platos y empiezo a sonreír como si fuera la niña más afortunada del mundo. Mi padre se ríe de mi expresión, aunque ya sabía que iba a ser esa. Ante mi hay un precioso arco de madera oscura, casi negra, como el ébano, decorada con motivos florales que le da un aspecto de cuento élfico. Seguramente mida metro y medio de altura. Lo examino durante un buen rato, y me doy cuenta de que en un costa lleva gravado mi nombre con una caligrafía tan perfecta que no soy capaz de describir.
-¡Es lo mejor del mundo! Gracias mejor papá del mundo.- Le doy un beso en la mejilla y subo corriendo a mi habitación.
-Ya voy, no desesperes.- Le digo a Vilkas que ya me espera en la puerta. Salgo en dirección norte. Hoy hace un buen día de sol y a penas sopla viento, por lo que seguro que cazo algo. Me desplazo sigilosamente entre los árboles, aplastando cuidadosamente las hojas secas de finales de primavera. Llevo el arco cargado, medio tensado por si se da la oportunidad de disparar contra algo. Pasan varios minutos, quizá media hora hasta que veo un conejo agazapado entre las hierbas de un pequeño claro. Me coloco en buena posición, de lado, guardando aire mientras tenso la cuerda y apundo al animal, para matarlo de un solo tiro si puede ser. Espiro, inspiro, espiro, inspiro y.... Suelto la flecha y la veo recorrer su trayectoria correcta, sin desviarse. Se abre paso entre el aire hasta llegar a la cabeza del pobre conejo, que ya no respira por que ha sido un tiro certero. Saco la flecha y me la guardo en el carcaj. Recorro un trecho más de camino sin prestar atención, por lo que no consigo cazar nada más. Sin embargo, me doy una vuelta con mi lobo por los campos colindantes al camino, con árboles llenos de almendras a punto de ser cosechadas. Las voy recogiendo en un saco que me encuentro en mi mochila, y algunas de ellas acaban en mi estómago. Tengo un hambre terrible.
Al llegar a casa me tiro al sofá y le cuento mi mañana de caza con el arco nuevo, y el me mira con satisfacción. Después, no mucho más tarde, comemos y me voy a mi cuarto. Me echo en la cama y pienso sobre el sueño extraño; ojalá vuelva a soñar porque lo adoraba. Por fin me quedo dorminada.