El silencio desde que salimos de casa se hace presente. En el ascensor solo se oye el repiqueteo de mis uñas contra la pantalla de mi móvil y solo soy capaz de mirar hacia la puerta de este ya que siento la mirada de Rubén clavada en mí. Madre mía. No termino de creer lo que está pasando y menos que esté con él en un ascensor. Si esto fuera una película, el ascensor se estropearía, y tendríamos sexo salvaje contra el espejo. Obviamente esto no sucede y el jodido ascensor funciona perfectamente.
Salimos a la calle en la que hace una temperatura bastante calurosa a pesar de ser Octubre. Me señala el final de la calle, donde un coche blanco destaca de todos los demás que son de colores oscuros. Mi Audi. Me dice que ha visto una cafetería mientras venia hacia aquí y le acepto la idea. Unos 50 metros mas allá de mi casa, han abierto una especie de cafetería moderna, toda de color blanco y negro, con muchas pantallas y muchos sofás. Nos adentramos al fondo del local, me alegro de que nadie le haya reconocido aquí dentro porque sería bastante incómodo, al menos para mí.
—¿Que vas a pedir? —me pregunta con curiosidad mientras se sienta en uno de los dos butacones que acompañan a una baja mesa de cristal.
—Un café gigantesco. —le respondo de inmediato. Me encanta el café. —y algo de bollería que engorde mucho. —añado para echarme a reír como una tonta. Por suerte él me acompaña con su risa. Y menuda risa.
Cuando llega el camarero, rápidamente toma nota, mientras percibo que intenta coquetear conmigo. La verdad es que el chico no está nada mal, en otra ocasión quizás me vería deslumbrada por esos ojos azules y esa sonrisa brillante, pero tengo la mejor compañía del mundo delante, así que, de manera muy fría, le pido un frappé grande y dos donuts.
Después de una leve y divertida discusión con Rubén respecto si los dos donuts me harían engordar como a una vaca o como a un hipopótamo. Sus ojos verdes se quedan fijos en los míos.
—No sé mucho de ti, Nora, aparte de que te gustan las cosas friquis y la música de los ochenta. —me dice él mirándome seriamente, pero con una pizca de picardía en la mirada. —Creo que merezco algo de información sobre la persona a la que le semi-robé el coche.
—Nadie te obligo a sentarte al volante de mi auto, chaval. —le respondo divertida mientras veo que el camarero deja sobre la mesa el pedido.
—Lo sé, solo era una forma de insistirte en que me contaras algo más de ti.
—¿Qué quieres saber? —pregunto con descaro haciéndole sonreír.
—Solo una pequeña introducción sobre ti, sobre cómo eres.
—No sé qué contarte, empieza tú. Cuéntame que se esconde detrás de este chico de más de 1’90. —respondo. Cojo el café de la mesa, y empiezo a beber mientras escucho atentamente lo que me empieza a contar.
—Pues para empezar, me llamo Rubén, aunque obviamente muchos me conocen como elRubius. Supongo que sabes que mi mejor amigo es Mangel. La verdad es que no sé qué contar ya que, debido a todo lo de Youtube, casi todo el mundo sabe más de mi vida que yo mismo. He vivido gran parte de mi tiempo en Noruega y quizás por eso me encanta la nieve. Mi mayor ídolo es Eminem, creo que es la máxima representación de lo que significa la música en mi vida. Me encantan los gatos, soy un friqui de los gatos. Quizás en unos años muero pobre y triste, pero al menos no lo haré solo, tendré miles de gatos. Me gusta la fiesta pero prefiero una buena juerga con los amigos que ir a una discoteca, aunque una discoteca me hizo conocerte así que ahora las odio un poquito menos. Me paso la gran parte del día entre videojuegos, grabando, trabajando o simplemente jugando por placer. A pesar de mi fama y de casi no poder salir a la calle porque me reconocen en todas partes, soy un chico bastante tímido y no me gusta conocer gente nueva.
—Guau, me parece que te has pasado. Solo te falta decirme tu número de pie y cuanto te mide la polla. —le respondo divertida y bastante sorprendida de que me haya contado tanto sobre él.
—Me cuesta abrirme con desconocidos pero cuando lo hago, lo hago a lo grande. Por cierto, un 43 de talla de zapato y un número gigante en lo otro. —añade con una mirada muy divertida de perversión.
—Que chistoso, nos ha salido gracioso el niño.
—Sí, es una de mis innumerables virtudes. Ahora dime ¿algo relevante que deba saber sobre la chica peligrosa?
—Me has puesto el listón muy alto, pero vamos a intentarlo. A ver, soy Nora, tengo 19 años y en Julio cumpliré los 20. Mi mejor amiga se llama Lucía y está un poco loca. Tengo un hermano mayor pero vive en Barcelona con toda mi familia, de donde yo también soy. Solo vivo en Madrid por la universidad. Estoy estudiando el segundo año de Ingeniería bioquímica. Aunque puedo pagarlo, tengo la beca de la Excelencia por temer el mejor historial de notas de Cataluña en mi promoción. Soy fumadora. Tengo un pequeño gato negro que se llama Anakin. Aunque yo no soy una loca de los gatos. Estoy muy interesada en el mundo del maquillaje y el cine, probablemente ese sea mi sueño frustrado. Si fuera por mí, solo llevaría Vans y zapatos de tacón. Me encanta soltar tacos, soy consciente de que digo muchas palabrotas pero me gusta. También me gusta todo aquello que es considerado políticamente incorrecto en la sociedad. Y adoro Star Wars.
—Madre mía… Básicamente eres una puta Einstein que esta forrada y encima esta buenísima. —me dice él, que parece bastante impresionado por lo que le he contado. La verdad es que visto desde fuera, mi currículo de estudios impone. Lo que a mi me impone es que mi mayor ídolo acabe de decir que estoy buenísima. Ahora mismo dentro de mi todo se ha deshecho. Pero intentado actuar con normalidad para que no note que estoy flipando, respondo a otra de las cosas que me ha dicho.
—Yo no estoy forrada.
—¿Entonces? Un apartamento enorme, la universidad privada, el Audi…
—Es algo bastante personal. —le contesto. Lo cierto es que no me gusta contarlo. Solo saben de ello los amigos más cercanos. Si lo digo, parece que presumo y en realidad no tengo ningún tipo de mérito.
—Venga, puedes confiar en mí, Nora. Ya me dejaste tu coche.
—Pff… ¿Conoces a Sergio Aymamí? —le digo mirando hacia el suelo mientras bebo de mi café.
—La verdad es que no me gusta mucho el futbol pero a él claro que le conozco. El jugador del Barcelona, ¿no? Es eso del trio de delanteros de oro: Messi, Aymamí, Neymar.
—Sí, ese es él. Pues yo soy Nora Aymamí. Si estoy supuestamente ‘forrada’ es porque Sergio es mi hermano mayor. —le explico avergonzada. No me malentendais, adoro a mi hermano y es lo mejor que tengo en este puto mundo pero, es extraño que tu hermano sea considerado una de las eminencias del deporte cuando hace unos años me chutaba penaltis a mí en el jardín de casa.
—¡Joder! ¿Lo dices enserio? Estoy desayunando con una famosa…—grita, bastante alucinado por mi confesión. Normal.
—Y eso lo dice el chico con casi 10 millones de suscriptores en su canal.
—Vale, de acuerdo. Somos famosos. ¿A qué haríamos una pareja de puta madre? —me pregunta gracioso. Un enorme y resplandeciente ‘Ojalá’ pasa por mi mente.
—Anda déjate de tonterías de novios…
—¿Novios? Dime Nora, ¿cuántos novios ha tenido la chica peligrosa?
—Ninguno, nunca en la vida. —le admito mientras bebo otro trago de café.
—Así que eres virgen. —concluye él. Me atraganto brutalmente con el café después de lo que ha dicho. Mi mirada lo dice todo. Estoy flipando. —¿Qué pasa? —termina preguntando él al ver mi reacción.
—Pasa que no creo que la palabra virgen me describa mucho. Vale, no he tenido novio formal nunca, pero no creo que no tener novio sea un impedimento. Tengo amigos que están muy buenos y me acuesto con ellos a veces, por ejemplo. Me gusta mucho el sexo, Rubén. Mucho. —le digo yo, ya más serena y con total tranquilidad.
—Joder, probablemente eres la tía más directa y con menos tapujos que he conocido en mi vida. —me contesta él, con los ojos muy abiertos y con una enorme sonrisa que le recorre su preciosa cara. Puta Nora, no divagues.
—Lo sé. Y la más lista, y la más guapa, y la más perfecta, y la más peligrosa…—añado para hacerle reír, cosa que consigo haciendo que suelte largas carcajadas.
—Me estoy divirtiendo, enserio. Pero tengo que ir a casa de Mangel, hemos quedado y ya llego tarde. —me dice, mientras mira la hora en su móvil.
—Bueno, pues ha sido un placer desayunar contigo, aunque sea casi la hora de comer.
—Un placer igualmente. —veo que saca dinero de su monedero y se lo acerca al camarero.
—Ni de broma vas a invitarme. No soy una damisela en apuros. Soy capaz de pagarme el café y los donuts yo sola. —le respondo, dando yo también un billete al camarero para que se cobre.
—Eres increíblemente rara. —me confiesa él, mirándome directamente a los ojos.
—Me lo tomo como un extraordinario cumplido.