El lujo de amar

De ludmi_ailiin

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Anoche pensé en él. Recordé las palabras que me dedicó alguna vez "Tú eres todo lo que necesito para estar bi... Mais

Prólogo
Personajes
Capítulo 1: Mi historia
Capítulo 2: Su historia
Capítulo 3: Nuestra infancia
Capítulo 4: Las cuestiones
Capítulo 5: Conocimos el insomnio
Capítulo 6: Debíamos mentir
Capítulo 7: El comienzo de las ruinas
Capítulo 8: Primeras inseguridades
Capítulo 9: Nuestro contacto con la valentía
Capítulo 10: No sabíamos cómo lidiar con ello
Capítulo 11: Lo escuché
Capítulo 12: La incertidumbre
Capítulo 13: Desmentí algunos fraudes
Capítulo 15: Peleé por primera vez
Capítulo 16: Perdí la esperanza
Capítulo 17: Entendí sus acciones
Capítulo 18: Conocimos el lugar y yo la inmensa tristeza
Capítulo 19: Conseguí amigas
Capítulo 20: Me arriesgué
Capítulo 21: Bienvenidos sean los celos
Capítulo 22: Aprendí de cocina
Capítulo 23: No teníamos muchas posibilidades
Capítulo 24: Maduramos
Capítulo 25: Lo vi quebrarse
Capítulo 26: Nuestro pasado volvió
Capítulo 27: Hola Andrés
Capítulo 28: Formamos una rutina diaria
Capítulo 29: Comimos de un... ¿Qué?
Capítulo 30: La curiosidad nos cegó
Capítulo 31: Me enfermé
Capítulo 32: Eso es lo que necesitaba
Capítulo 33: Cumplí 16
Capítulo 34: Preparé muchas cosas
Capítulo 35: Final
Epílogo

Capítulo 14: Quisieron castigarme

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De ludmi_ailiin

El silencio atrae imponente al ruido, es como si ni siquiera él mismo pudiera mantenerse en equilibrio por mucho tiempo. Ese día el portazo fue lo que quebró el sosiego y lo cambió por un vértigo insaciable.

El mismo hombre de la apuesta se hallaba en la puerta de la habitación. En la parte de arriba de su cabeza era calvo y en los costados le caían cabellos grises hasta los hombros. Su contextura ancha me resultaba temible, tenía un par de arrugas y dientes sumamente chuecos que al sonreír le daban crédito a la tétrica situación.

De inmediato me puse de pie y corrí a la esquina contraria, me aferré a las paredes buscando una forma de escapar. A él parecía divertirle mi actuar, pues caminaba despacio deleitándose de mi temblor y cara petrificada. Sentía que iba a morir, que quería vomitar o incluso pegarle con algo. No me considero una persona violenta, sólo quería salvarme de ese martirio.

—Chiquita... —murmuró con una voz ronca y apacible mientras con sus cortos pasos se acercaba más a mí— No te pongas así, no la vas a pasar mal.

Sentía dolor en mi estómago, semejante a que me arrojaran piedras contra él. No podía controlar mi respiración agitada por el susto y mis pensamientos ahogándome a cada segundo. Estaba acorralada.

Cuando comenzó a tocar mis brazos mi cerebro se apagó al instante. Me puse en alerta, no me importaba nada más en el mundo que quitar sus sucias y grandes manos de mi puro y débil cuerpo. Me tiró a la cama y sostuvo mis manos sobre mi cabeza, pateé sus piernas, panza y me liberé. Su peso se volvió a colocar sobre mí, le arañé la cara. Mis gritos dolían al pasar por mi garganta, estaba forzando mis cuerdas vocales más de lo que alguna vez lo hice.

—¡Sal! ¡Sal! ¡Quítate! ¡No quiero hacerlo! ¡Vete! ¡Sal! —gritaba entre sonidos poco agradables para la audición.

El hombre se tornó violento, no le gustaba que me opusiera. Me moví como un gusano para que no me tocase, para que no me besara o quisiera someterme a la fuerza. Le estampé unos cuantos manotazos hasta que me tomó por el cuello y tuve que detenerme.

—Yo pagué por ti y tendrás que cumplir —susurró en mi oído haciendo presión con sus dedos—. Eres muy pequeña para morir, por esta hora eres mía y puedo hacer lo que me plazca contigo, incluso matarte. ¿Entiendes?

No me hubiera importado morir en ese momento, de verdad que me daba igual. Pero recordé a Moli y a los chicos del orfanato, necesitábamos estar unidos, buscar cómo escapar. Más allá de las mentiras de Elián que me destruyeron, había niños que necesitaban vivir más. Necesitaba ayudarlos a encontrar un camino. Después de todo, todos estábamos perdidos allí.

Me obligué a relajarme y dejar mi rostro neutral. Él soltó mi cuello y di una bocanada de aire para luego permanecer quieta. Se paró sobre sus rodillas, abrió la hebilla de su cinturón y se lo sacó.

La puerta se volvió a abrir, uno de los uniformados que desconocía se adentró y atrapó al hombre que tenía al frente para sacarlo con premura de la habitación.

—¿Qué hacen? Pagué por ella, no pueden sacarme de esta forma —reprochaba el canoso furioso.

—Lo siento, señor, una persona hizo una apuesta mayor por esta muchacha y la quiere virgen. Le devolverán el dinero que pagó o podrá elegir a otra niña. Así son las reglas —elucidó el guardia olvidándose de cerrar la puerta. Los espié por la abertura que dejaron.

—Bien. Elegiré a otra porque esta es desobediente. Yo vengo aquí para pasarla bien, no para recibir golpes. ¡Deberían ponerla en su lugar y decirle el rol que cumple aquí! ¿O acaso no sabe que está para complacernos? Ella no es nada más que eso, una puta que debe acatar todo lo que le pedimos.

—Está bien, lo arreglaremos —concedió en un tono más rudo. Hizo el amago de entrar.

—¡No! Yo soy el encargado de atender las quejas, adoro esta parte —comentó una voz forzada que, por mucho que la intentara disfrazar, podía reconocerla sin pensar.

—Claro, ve.

El guardia asintió y se llevó al viejo que seguía despotricando contra mí. La abertura se hizo más grande, el portazo más fuerte, los gritos más altos. Elián avanzaba a la cama en la que estaba sentada, llevaba el ceño fruncido y los labios en una línea.

—¡Ahora verás por desobediente lo que ganas! ¡Espero que sea la última vez que te comportes así! —vociferó.

Mi mirada se tornó desconcertante, ¿cómo ese era él?

Gateó en el colchón, esperó unos segundos. Sus ojos subieron a los míos y se suavizaron notablemente, sus labios se hincharon, su mentón tembló. Sabía lo que significaba, lo conocía bien.

—Zari... —titubeó despacio en un hilo de voz. Se apegó muy fuerte a mi pecho abrazándome con un cariño ostensible. Las lágrimas rodaron por sus mejillas hasta mojar mi cuello—Dime que estás bien, dime que no te hicieron nada, por favor, dímelo.

Entonces lo entendí, lo que vi afuera fue actuación, estaba allí con un propósito. No me había mentido, no se había olvidado de mí.

—No me pasó nada grave, Eli —susurré sintiendo unas fuertes ganas de llorar.

Lo tomé por la espalda y el simple contacto con su conocida piel me hizo sentir cómoda. Ese sí era el Elián que conocía.

—No soporto estar lejos de ti, fingir que no me importas para poder escaparnos. Quiero mantenerte a salvo, aunque también te quiero a mi lado. Cada segundo que no te veo siento que estoy a punto de morir.

—Creí que Rebeca y tú...

—No, Zari. Rebeca es sólo una forma de infiltrarme y salir de aquí. Te quiero a ti, te quiero muchísimo y no podría lidiar con mi propia vida si tú no estás en ella —confesó al tomar mi rostro, el suyo emanaba sinceridad.

Me permití llorar, sollocé y me limpié la nariz con mi brazo.

—Me pasa lo mismo contigo.

No podíamos despegarnos, necesitábamos sentirnos para corroborar que en realidad estábamos juntos. Aguardamos unos minutos así, abrazados, llorando, ansiando que el dolor y las lágrimas mermaran para poder escuchar nuestras voces sin alteraciones.

Cuando ese momento llegó se sentó al frente de mí en el colchón con las piernas cruzadas y tomó mis manos.

—Tengo que pedirte algo que va a sonar egoísta, no nos podemos arriesgar una segunda vez.

—¿Qué?

—No le puedes decir a nadie nuestro plan, quiero salvarte a ti.

—¿Solamente a mí? —inquirí escéptica.

Se lo pensó unos segundos.

—Bueno, a Moli también, pero tienes que tener claro que la prioridad eres tú, ¿sí?

—¿Por qué a los demás no?

—Porque ellos nos delataron, no estaríamos aquí si no hubieran abierto la boca. Sé que eres muy solidaria y deseas que todos nos vayamos, tendrás que dejar ese pensamiento a un lado porque es imposible. ¿Puedes hacerlo?

—Creo que sí —accedí un tanto dubitativa.

—Lo primero que debes tener en cuenta es que no nos pueden ver juntos. Ellos creen que soy el novio de Rebeca, aparento que lo soy y que me encanta esta parte de trata de personas. Sabes que no es así. Supongo que elevaríamos las sospechas después de que te defendí en el orfanato —había algo en su tono, quizás espontaneidad y calma.

Tal vez resulte irónico que por el tema del que hablábamos nos sintiéramos en paz, pero estábamos juntos y eso traía un extraño sosiego que nos hacía sentir algo más allá de lo que estuviéramos pasando.

—¿Así que sí son novios? —indagué aún confundida.

—Ella lo cree, yo no lo siento de esa manera. No la besé —aclaró bajando la cabeza para recalcarlo. Escucharlo logró que una chispa dentro de mí se encendiera, no desconfiaba de él, ni siquiera me sentía celosa por ella, lo juro—. Le dije que no estaba preparado para ese paso todavía, le pareció adorable, no sé por cuánto tiempo lo haga. Y no es que no esté listo, es una excusa, sí lo estoy, sólo que no con ella.

Él mismo se enredaba con sus palabras, quería contarme su plan, aunque también hacerme entender que a la única que quería era a mí.

Capté la indirecta, aunque a ninguno de los dos se nos cruzó por la cabeza que era propicio besarnos justo cuando terminó su oración. Era inapropiado. No era bonito, romántico o mágico, sino trágico. Por esa razón ambos permanecimos en nuestros lugares.

—Está bien. ¿Y qué información conseguiste?

—Estamos en Jalisco, México, muy cerca de Puerto Vallarta —él hablaba de geografía y yo me ponía tonta, nunca fui buena acomodándome en el espacio. Supongo que mi rostro se lo transmitió—. Nuestro país, Darkmont, está debajo de México y arriba de las Islas Galápagos. Por eso no estamos tan lejos.

Darkmont no es demasiado grande, de hecho, no sé por qué es considerado un país cuando tiene las medidas de una isla. No sé quién controla eso. No me quejo, que sea pequeño beneficia a mi memoria a recordar las cuatro ciudades de las que consta. Del lado izquierdo se encuentra Bermade, de donde provienen los difuntos padres de Elián y donde pasó parte de su niñez, justo al lado la ciudad en la que estábamos: Solstais, con una forma ovalada y la zona más visitada por la cantidad de tiendas o atracciones, en la mitad derecha están Mitswar y Tanred dividas por una forma parecida a una "S". Es fácil.

—Ya —asentí tras al rápido repaso del mapa en mi cabeza.

—Tienen varios prostíbulos a lo ancho del mundo y todos son disfrazados con lugares usuales. Este es un bar, pero también hay dulcerías, centros de estética, mercados y de lo que sea que te imagines. Sólo hay dos puertas, una es la principal, por la que tú entraste y la otra se halla en la habitación de Reinaldo por si algo sale mal pueda escapar con facilidad —elucida sin dejar de acariciar mis nudillos. Se relame los labios cada tanto y trata que su tono se torne dulce para no asustarme—. En este lugar hay alrededor de veinte guardias y más de cincuenta niños. Los guardias van rotando de países cada mes para ver en dónde se acomodan mejor o para reclutar a más personas, excepto por Jorge, el calvo que te inyectó es la mano derecha de Reinaldo, lo acompaña a todos lados.

—¿Y qué hay de Rebeca?

—Rebeca es la que piensa dónde cautivar a los niños. Sí es la hija de Reinaldo, pero su madre no existe, ella me confesó que la mataron cuando amenazó con contarle a la policía lo que hacían. Está en el negocio desde los ocho, supongo que es el ambiente en donde se crió. Ama a su padre, siempre busca su admiración y atención. Ella planeó entrar en el orfanato, revisó si había cámaras, por eso me pidió un tour, trató de ganarse nuestra confianza y mató a Olga para que su padre pudiera hacerse cargo del resto. A veces lo hace así, otras busca amigos virtuales, los ve una vez y la segunda los lleva al prostíbulo. La semana entrante iremos a Colombia para ver en dónde pueden atrapar a más personas.

—¿Te llevarán? —atrapé el aire en mis pulmones al saber la noticia.

—Se supone, pero nosotros debemos escapar antes que eso suceda.

—¿Cómo lo haremos?

—Por la puerta de emergencia. Reinaldo duerme de once a diecinueve porque son las horas con menos pedidos, por la mañana recolecta el dinero y por la noche hace presentaciones, charla con los clientes o acuerda viajes. Rebeca tiene una copia de las llaves, podría quitárselas y huir.

—No puede ser tan sencillo —puntualicé.

—Por supuesto que no, tenemos que acordar una hora y tú no tienes noción del tiempo, tampoco debes levantar sospechas cuando salgas de la habitación con Moli, yo me tengo que despegar de Rebeca... —dio un suspiro tratando de olvidarse de esos puntos estresantes— Sé que será complicado, pero también sé que te quiero viva y feliz, no encencerrada aquí cumpliendo las exigencias de tipos ricos sumamente asquerosos. Saldremos de esta juntos.

—¿Y si no lo logramos? —le di paso al negativismo al bajar la mirada— ¿Qué si nos descubren y deciden matarnos?

—No digas eso —murmuró adaptando la aflicción—. No me gusta pensar en eso —sus manos ascendieron a mis mejillas para acariciarlas. El aire entre nosotros era melancólico, como una despedida definitiva—. Ya hay otra cita agendada para ti, mañana vendrá para tenerte, así que hoy sería el día perfecto para huir.

—Bien.

—¿Tienes alguna ventana en tu habitación?

—Sí, una muy pequeña en la parte superior.

—Perfecto. Apenas veas los primeros colores del atardecer toma a Moli y di que la llevarás al baño o no sé, inventa una excusa. Yo te esperaré dentro y las llevaré al cuarto de Reinaldo.

Asentí.

Sabía que era tiempo de que se vaya y yo también, por ese motivo coloqué mis manos alrededor de su cuello y besé su mejilla. El labial lo marcó y tuve que borrarlo rápido. Reparé en su traje, él se veía apuesto, supuse que así se vestiría si sus padres no hubieran muerto, pues era ropa digna de gente con dinero.

En cambio, yo estaba vestida con la misma blusa corta y estrecha del día anterior y unos shorts demasiado pequeños, mi maquillaje de ojos debía ser un desastre y mis labios extraños con ese color antinatural.

—¿Quién te hizo el moño? —pregunté para que se quedara un rato más.

—Fui yo —alardeó con una sonrisita.

—Vaya, no me necesitas más para que te lo ate.

Tomó el extremo de la tela para deshacerlo, dejó la tira negra frente a mis ojos con el fin de que lo agarrara.

—Pero a mí me gusta que tú lo hagas. ¿Me ayudas, por favor? —una sonrisa bailó en sus labios, quería que me distrajera y volviera a las épocas del orfanato donde todo el tiempo yo me encargaba de la elegancia de su moño.

Despacio y con algunos movimientos ágiles acomodé el moño en su cuello.

—No quiero que te vayas —musité cerca de él.

—Yo tampoco, pero es hora, no quiero arruinarlo todo otra vez. Te prometo que estaremos bien, todo va a salir bien.

El positivismo es hermoso en frases y pensamientos repentinos, pero adaptarlos a la rutina es toda una odisea. Sabes que en parte te estás engañando, que afirmas cosas que posiblemente no sucedan, que todo eso es sólo una mentira o una falsa ilusión para no deprimirte.

Me observó, movió sus pupilas por todo mi rostro como si midiera cada parte que lo constituía. Sintió la condescendencia y dejó de escudriñarme. Se aproximó a mi rostro, se fijó en mis labios y luego guio los suyos hacia la izquierda. Dejó un beso suave y sonoro en mi mejilla, muy cerca de mi comisura.

Se incorporó y caminó hacia la salida, antes de cerrar la puerta me obsequió una sonrisa reconfortante.

Esa bonita sonrisa que te convencía de lo imposible, cubierta por una labia adictiva y decorada por la alegría espontánea. La podía usar cuantas veces quisiera y yo nunca iba a resistirme. Los sentimientos abrumadores al pensar en él me lo confirmaron, Elián también era más que mi debilidad.

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