Dulcedinem Irae ©

By Marcy-S

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Uno, dos, tres Su nombre es Andrés Tus ojos el verá Y el miedo te sucumbirá Ahora cuenta otra vez. En una no... More

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Agradecimientos

Capítulo 8

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By Marcy-S

El cuchillo bajaba y subía repetidas veces, cortando la carne en trozos desiguales. Jeison veía su reflejo por la hoja del cuchillo. No se había esperado nunca que su mamá estuviese en ese sitio donde su papá mandaba a sus pacientes más difíciles de controlar. Jeison tenía escasos recuerdos de visitas a hospitales así, pero de los pocos, nunca le habían gustado. Su padre decía que las personas que estaban allí, en su mayoría, carecían de una buena función del cerebro, y veían y decían cosas absurdas. Otros cometían actos que ellos pensaban, nunca habían hecho. Destabilizados mentalmente, le llamaba su padre, por no decir locos.

Los pies de Jeison se movían al ritmo del cuchillo, pero haciendo un recorrido diferente, cómo si se meciera en una hamaca de las que le hacía su padre. Tantas veces subido en un pedazo de dura madera, con dos sogas entre unos huecos, y amarradas a la rama de un árbol, que era difícil aceptar que posiblemente su padre jamás volviera a hacer esas hamacas improvisadas. Le dolía reconocer la verdad. Margarita trataba de evitar que él supiera lo que realmente sucedía, pero el amigo de Jeison constantemente le explicaba lo que ocurría en realidad.

Margarita notaba la frustración de Jeison. Aún viniendo de donde ella venía, en ningún tiempo tuvo que vivir una infancia tan triste. Ella reconocía que su sobrino era más inteligente de lo que juzgaba. Cómo le apenaba el momento en que él pasaba, sabiendo que Mary se hallaba en un hospital psiquiátrico, y cómo le apenaba a ella pensar que su bebé corría peligro. Abrigaba la esperanza de que su bebé continuara con vida, o en proceso de ella.

Echó la carne en la cacerola, y el humo se le adhirió en el cabello. El fuego quemando la leña y la parte inferior de la cacerola entretuvo a Jeison lo suficiente para no darse cuenta de que su tía ya no estaba.

El carro se estacionó enfrente de la gran mansión. Detrás de esta, se notaba una columna de humo. Una anciana, de cabello marrón y grandes arrugas, se bajó del carro, llevaba una boina morada, y un vestido del mismo color. De los asientos delanteros, salió un hombre de barba reciente, y ojos almendrados, más una joven de al menos, veinte años, con el cabello amarrado en una alta coleta, una blusa de rayas y metida dentro de una falda esplendorosa y larga, color rosa salmón. Otro carro más grande se aparcó en la entrada, con un caballo de pelaje oscuro en la parte de atrás.

— ¡Jeison! ¡Mueve la carne para que no se queme! —gritaba Margarita desde arriba

El espejo de cuerpo entero en la pared le daba una buena imagen de cómo lucía: el vestido de tela vintage y color negro enmarcaba su piel tostada, el vestido le llegaba por debajo de las rodillas con una falda voluptuosa, en la cintura poseía dos enormes rosas cómo cinturón, en la parte del corpiño una cinta ancha recorría su busto, más dos cintas que formando una "v" servían de mangas. Se puso los zapatos de tacón, y terminó de arreglarse el pelo, que caía en bucles hasta los hombros. Llevaba el pelo sedoso y una enorme sonrisa en el rostro.

Jeison sacó los trozos de carne de la cacerola, y apagó el fuego con agua. Caminó dentro de la casa y dejó la carne en la cocina. Jeison limpió el traje que llevaba puesto y salió de la cocina con un trapo mojado. Levantó la vista para avisarle a su tía sobre la carne, y encontró a tres personas paradas en la puerta, y ninguna era Margarita. Una sombra cruzó de una pared a otra, hasta llegar al lado de Jeison. La sombra le acarició la mejilla con cariño, y lo guió hacia las personas, que distraídas en la terrorífica decoración, no avistaron la sombra, ni al niño. La sombra aventó las manos encima de los invitados, y una corriente de aire sacudió sus cabelleras. Margarita bajó corriendo las escaleras y jaló a Jeison detrás de ella, de manera protectora. Los invitados la miraron con interés y luego la saludaron.

—Hija, estás...flaca. ¿Dónde está la panza? ¿A caso no estás embarazada?

—No mamá, sólo llevo tres meses, no hay que anticiparse.

— ¿Este es mi otro nieto? —preguntó la anciana con cariño. Jeison sonrío y abrazó a su abuela, sin importar que su amigo estuviera atrás, sabía que no le importaría una mujer de ochenta años—. Jeison, él es tu tío, se llama Fernando —la anciana señaló al hombre postrado detrás suyo, que no dejaba de mirar a Margarita—. Y ella es Daniela, la hermana de Fernando.

Margarita le sonrió a Daniela, y la abrazó con fuerza, enrollando los brazos alrededor de su torso. Fernando esperó el abrazo de Margarita, que por supuesto nunca llegó, era de esperar que luego de la ida de Margarita, solo él seguiría esperando que se casaran, ni su antigua suegra lo creía posible. Margarita divisó el otro carro, con un caballo en su interior. Una enorme sonrisa se le formó en el rostro, alzó a Jeison y empujó a Fernando con violencia, para poder correr hacia el hermoso caballo. Los tacones se le clavaban en el césped, y salían sucios de barro húmedo, propagando más el dolor de su rodilla que por escasos instantes desaparecía. La sombra los siguió, escondiéndose entre los árboles del bosque tenebroso, y las mismas sombras de los mencionados. Al llegar al carro, el caballo relinchó, y sacudió la cola.

—Jeison, saluda a Tormy, era mi caballo cuando viví con, Fernando. Lo compré a un viejo amargado, lo iba a sacrificar porque no le servía para lo que quería para mí es un caballo fuerte, corre más rápido que cualquiera de los que haya montado alguna vez.

El chofer del carro sacó a Tormy, y lo llevó hasta un albergue de madera en el patio trasero, lo amarró con una cuerda larga y depositó todos los instrumentos para su limpieza y uso, en un rincón del albergue.

La sombra observó al caballo, no le parecía peligroso, era tranquilo pero fuerte. Entró a la casa, donde el perro de Jeison le ladró fuertemente, ignorándolo, sacudió las cortinas de las ventanas suavemente, nadie lo vería, ni Jeison, ahora sería sólo una energía flotando por la mansión.

Jeison intentaba sacar a su perro de un hueco en las gradas de madera, sin embargo al tocarlo, se escondía más. Las cortinas se movían ligeramente, y dejaban a la vista los últimos rayos de sol al llegar el atardecer. Una de las empleadas de el primer día de Margarita en la mansión, ayudaba en la cocina, contratada esa vez por Margarita, otras cuatro tres jóvenes socorrían a la empleada con lo que ella necesitara. El olor a comida se salía de la cocina, y causaba un suspiro profundo por parte de los presentes. Margarita no le había dirigido la palabra a Fernando, incluso cuando preguntó por su embarazo, hizo que no lo había oído.

El frío condensaba el interior de la casa, y se mezclaba con el olor a comida. Margarita miraba de soslayo los rincones de la mansión, vigilando que ninguna sombra voladora se atravesara en la velada con su madre y amiga. Margarita rechinaba los dientes, un tanto furiosa por ver que al final había tenido que invitar a alguien a su casa, la madre de Margarita había querido invitar más personas para alegrar la aburrida y monótona vida de su pobre hija embarazada, que si tan solo supiera que hace dos días había sido atacada por una sombra asesina en el sótano, y también por una niña de ojos blancos, no diría lo mismo.

Las cortinas siendo tan pesadas, lograron levantarse muy alto, y la luz de la luna menguante iluminó por unos segundos la sala, que poseía la única luz del fuego. El viento de afuera se adentró en la mansión y llegó al fuego del candelabro, moviéndolo hacia el lado izquierdo, pero sin apagarlo. Las empleadas salieron de la cocina, y comenzaron a llenar la mesa de platos, botellas de vino, cubiertos, refresco, postre... Todos se sentaron en las sillas que desearon, y empezaron con la cena. Hablaron tranquilamente, y por más que lo deseó Margarita, en su instante, tuvo que ponerle frente a sus problemas y hablar con Fernando, evitando cualquier discusión referente al embarazo, o a la huida de esta.

— ¿Cómo haces para mantener la casa sí no trabajas? —cuestionó Fernando.

—La herencia familiar, dinero ahorrado de mi hermano y dinero mío que he ahorrado durante largo tiempo —respondió Margarita bebiéndose de la copa un poco de agua.

La sombra recorrió la estancia de un lado a otro, produciendo una ventisca pequeña. Se acercó a los pies de Daniela y los raspó con sus dedos fríos e invisibles. Daniela sacudió los pies con nerviosismo, y bajó la mano para espantar a lo que la estuviera rozando. La sombra se movió de lugar y le sopló aire en la oreja a Fernando. Margarita notó el susto en ambos hermanos, y la respiración se le volvió agitada, el corazón le latió fuertemente y se levantó rápidamente. Jeison estaba al tanto de lo que ocurría, no obstante, no lograba vislumbrar nada. Otro rozamiento hizo que Daniela alzara los pies, y tragara la saliva atascada en su garganta. Jeison percibió como algo se le acercaba, y le tiraba el respaldar de la silla, llevándolo unos cuantos centímetros hacia atrás. La anciana ahogó un grito, pero Daniela no lo hizo, y corrió a la par de Margarita, pretendiendo que ella la protegiera.

Subió al techo y descendió directamente hacia Fernando, fue en ese segundo donde Jeison lo vio, y sin querer, se le escapó la canción de siempre, atemorizando más a Daniela, que rezaba con la cabeza metida en el cuello de Margarita, para no ver lo que sucedía. Fernando sintió un dolor indescriptible por todo el cuerpo, era un frío extremo que lo traspasaba. Miró una sonrisa perversa, y se dejó caer en el suelo de madera, los latidos de su corazón se hacían cada vez más escasos.

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