Sálvame...

Par calaverasyflores

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Una chica luego de terminar con un infierno vuelve a retomar su vida con pasión y muchas equivocaciones. Plus

Comenzando a vivir
Volver
Y quién sabe...
Te dejo ir...
pero que hice para merecer esto!!!

El espejo

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Par calaverasyflores

Miro al espejo y lo que me devuelve no es mi rostro, sino el reflejo de una mujer rota. La piel amoratada bajo mi ojo derecho late como si tuviera vida propia; el párpado inflamado arde al mínimo roce de mis dedos. Trato de pasar suavemente la yema por encima, como si ese gesto pudiera borrar el puño que dejó su marca en mí.

Quisiera tener magia. O al menos un maquillaje milagroso, de esos que convierten el desastre en perfección. Pero yo nunca aprendí a maquillarme bien, y ahora me siento una idiota tratando de cubrir con corrector lo que debería gritarse a los cuatro vientos: esto no es mi culpa.

Me repito en voz baja:
—Vamos, Pascuala. Haz un esfuerzo.

Pero las lágrimas caen antes de que termine la frase. La piel húmeda no deja que el polvo se adhiera, y cada trazo termina convertido en un manchón sucio que me delata todavía más.

—¡A la mierda! —escupo con rabia, lanzando la esponja al suelo.

El eco de mis propias palabras me retumba en la cabeza: “¿En qué momento te convertiste en lo que más odiabas?”. No tengo respuesta. Solo rabia. Rabia hacia él, hacia mí, hacia la vida que se me escapó de las manos.

Cierro los ojos y me obligo a prometerme algo: no volverá a ocurrir. Nunca más.

Respiro hondo, pero la promesa sabe a mentira.

Bryce… tres años de pareja, tres años de infierno. Todo comenzó como un trato sucio: mis padres, ahogados en deudas, me empujaron hacia él como si yo fuera la moneda de cambio. “Conquístalo, Pascuala. Haz que se fije en ti. Es nuestra única salida”.

Él no era un hombre fácil de mirar ni de tratar: piel morena curtida, nariz grande, ojos hundidos y oscuros, pómulos afilados como cuchillas. Un cuerpo fornido que imponía respeto, o miedo. Y yo, tan desesperada como mis padres, decidí arriesgarme. Jugué a enamorarlo para salvarlos… y me encadené yo misma.

Antes de Bryce, mi vida era otra. Una vida llena de risas, de amigos que me rodeaban como una segunda familia: siete personas maravillosas con las que sentía que podía conquistar el mundo. Entre ellos estaba Alexander… mi amor secreto, mi imposible.

Lo conocí apenas dos meses antes de hundirme en el trato con Bryce. Era todo lo contrario: alto, atractivo, con un rostro que parecía esculpido y un cuerpo marcado, pero lo que más me atraía era su forma de estar, atento, siempre preocupado por los demás. Yo sabía que él también me miraba de otra manera, que había algo en sus ojos cuando coincidíamos. Pero ¿qué importaba? Yo misma había sellado mi destino.

Cada vez que su nombre aparece en la pantalla de mi celular siento que me desgarro. Él me llama casi a diario. Y cada llamada es como una herida abierta, porque intuyo que lo sabe. Sabe que algo me pasa. Tal vez sospeche la verdad. Tal vez su insistencia sea su forma de salvarme sin decirlo.

El celular vibra sobre la mesa. Miro la pantalla. Videollamada de Alexander.

Un nudo me aprieta la garganta. No puedo contestar. No así. No con la cara golpeada, con los ojos hinchados de tanto llorar. Me avergüenza que me vea así, me aterra que me haga la pregunta que no sabría responder.

Dejo sonar hasta que corta. Respiro aliviada… por dos segundos. Vuelve a insistir. Otra llamada.

—¡Mierda, mierdaaaa! —me aprieto la frente con las dos manos—. No me puede ver así.

Corto otra vez. El silencio del cuarto me envuelve. Y entonces, suena el timbre de la casa.

Mi corazón se detiene. Nadie avisó que vendría. Mis amigos siempre llaman antes de venir. Si es mi madre, me culpará a mí. Si es mi padre, mirará hacia otro lado como siempre. Nadie toca ese timbre sin aviso.

Suenan otra vez. Un segundo timbrazo.

Me limpio la cara con las manos temblorosas, pero las marcas siguen ahí, intactas, burlándose de mí. Camino hacia la puerta, insegura, el corazón golpeando fuerte. Pongo la mano sobre la manija y respiro hondo.

¿Abrir o no abrir?

La manija está fría bajo mi mano. Dudo, respiro hondo, y finalmente abro.

El aire se me corta en el pecho.
Alexander está de pie frente a mí. Su mirada cae directo sobre mi rostro, y lo veo endurecerse al instante. Su expresión pasa de sorpresa a un terror que no intenta disimular. Sus ojos recorren cada rincón de mis moretones como si quisiera borrarlos con la fuerza de su mirada.

—H-hola —atiné a decir, con la voz quebrada.

—¿Qué pasó? —su voz sonó como un trueno.

Me encogí de hombros, incapaz de sostenerle la mirada. —Me caí…

—No te creo. —Su tono no admitía discusión. Dio un paso al frente, invadiendo el espacio entre los dos—. Fue ese imbécil, ¿verdad? Fue él.

La rabia lo sacudía, lo sentía vibrar. —Lo mataré —escupió, y en su rostro se dibujó una furia que nunca le había visto.

—Alexander… —quise hablar, pero no me dejó.

—¡No! No me pidas calma, Pascuala. ¿Cómo se atrevió? ¿Cómo?

Sus palabras eran fuego, pero entonces su cuerpo cambió. La rabia se transformó en ternura cuando me miró de nuevo. Se acercó despacio y me abrazó. Mi cabeza encajó en su pecho, duro y cálido, y su respiración acelerada me envolvió. Su fuerza estaba ahí, pero me sostuvo con una delicadeza que me desarmó.

Se inclinó, acercando su rostro al mío. Su aliento rozó mis labios, y sentí que el mundo se detenía. Una mano firme en mi cintura, otra en mi cabeza. Mi piel erizó al sentirlo tan cerca, tan inevitable.

Y entonces, el sonido de la puerta irrumpió como un latigazo.

El chirrido de la cerradura me devolvió al infierno. Alexander me soltó de golpe, y en cuestión de segundos, Bryce apareció en el umbral.

Lo vi congelarse al reconocer a Alexander. Dio un paso atrás, la cobardía pintada en sus ojos. Sin decir palabra, corrió hacia la habitación.

Alexander no dudó. Fue tras él. Yo quedé paralizada, el corazón golpeándome en el pecho, incapaz de moverme.

Entonces, el mundo se quebró en mil pedazos.

Alexander retrocedía, las manos en alto, y detrás de él, Bryce emergía con un arma en la mano. El brillo metálico me dejó helada.

—No… —susurré, apenas audible.

La escena se volvió irreal. El arma apuntando, el sudor en la frente de Alexander, mis piernas temblando sin obedecerme. Todo era lento, espeso.

Y en un arranque que no pensé, mi cuerpo se lanzó contra Bryce. Un movimiento ciego, desesperado.

—¡No! —grité.

El disparo resonó, un estallido que hizo temblar las paredes. El proyectil impactó contra la pared, astillando la pintura. Bryce me miró con los ojos desorbitados, y de inmediato descargó su furia contra mí. Su puño golpeó mi cabeza con tal fuerza que el mundo se apagó.

Oscuridad.

Con un movimiento desesperado, Bryce giró el arma hacia sí mismo.

—¡No puedo… no puedo…! —susurró, con la voz rota—. Mejor esto… antes que enfrentar lo que hice…
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Un eco lejano de voces. Un dolor agudo que se desvanecía. La nada.

Cuando desperté, la luz me cegó. Una sensación de vacío me envolvía. Intenté moverme, pero los brazos se sentían pesados, como si no fueran míos.

Una enfermera apareció a mi lado, sorprendida. —¡Estás despierta! —me dijo con una sonrisa nerviosa—. Llevas veinte días en coma.

Veinte días.

La noticia me golpeó con más fuerza que los puños de Bryce. Sentí que había perdido un pedazo de mi vida.

Entonces la puerta de la habitación se abrió, y siete rostros familiares me recibieron. Mis amigos. Mis siete. Los que siempre habían estado ahí. Algunos lloraban, otros sonreían con alivio. Y entre todos ellos, Alexander.

Parecía más delgado, demacrado. La barba crecida, los ojos rojos de tantas noches sin dormir. Y aun así, su mirada era la misma: la que siempre me había hecho sentir a salvo.

Los demás se retiraron, dejándonos solos. El silencio entre nosotros era denso, lleno de todo lo que no habíamos dicho.

—Perdón por lo que pasaste —murmuré, con la voz quebrada.

Él no contestó con palabras. Se acercó, inclinándose sobre mí, y sus labios buscaron los míos. Fue un beso suave, lento, tierno… un beso que sabía a primera vez y también a destino.

Nuestro primer beso.

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