Los latidos acelerados, resuenan en la habitación del chico de tez pálida, su mirada está en el techo, es completamente negro, pero parece haber unos ojos brillantes que también lo observan.
—YoonGi...— lo llaman los ojos, su corazón casi se detiene —YoonGi...
—Dios... ¿Acaso... Eres tú?— contesta finalmente, tragándose su propio miedo.
Los ojos se ríen.
—Para nada, YoonGi... ¿En qué piensas?—
El chico se sienta en su cama y cierra sus ojos, jadea por la emoción, y los ojos vuelven a reír, armoniosamente, parece casi un canto, su risa parecía propia de un niño. Y de la nada, unos brazos se estiran desde la sombra, baja por la pared de la habitación, es una figura masculina, con cabello largo rubio y unos grandes labios carnosos.
Sus largas uñas negras, que parecían más garras, se clavaron en la cobija del azabache, YoonGi comenzaba a ponerse nervioso, suda y tiembla mientras escucha al demonio acercarse a él. Pone su mentón en el hombro del chico y lo mira de reojo. Esos ojos, esos brillantes ojos, parecen dos brillantes zafiros llenos de maldad.
—Mi nombre es JiMin, es un gusto conocerlo, amo— vuelve a reír.
Es una hermosa risa.