Se miraron el uno a la otra por unos segundos. El pulso de Vicky se aceleró aún más, pero luego se relajó. Ya no quería ir a ninguna parte.
—¿Estás bien? —preguntó Jace.
—Sí, estoy... estoy bien —respondió ella, aún algo aturdida, sin apartar la mirada de sus ojos dorados.
—Estás llorando —observó el muchacho rubio, secándole una lágrima de la mejilla con una caricia. Vicky se percató de que tenía el rostro mojado.
—No es nada —dijo ella apartándose un poco. Sin embargo, esbozó una pequeña sonrisa tímida. —Perdón si te desperté.
—No te preocupes, nunca estuve más despierto —respondió Jace, devolviéndole el gesto.
—Pero nosotros no —los interrumpió Alec. Estaba de brazos cruzados con una bata de dormir, indudablemente furioso. A su lado se encontraba Lau, que esbozaba una sonrisa pícara al tiempo que parecía guardar algo en el bolsillo de su bata. Alec fulminó con la mirada a Vicky y se volvió hacia Laura.
—Dijiste que nunca gritaba. Jamás —replicó parado en el umbral.
—¿Vas a quedarte ahí hasta que me vaya? —inquirió Jace burlón—. Creo que cumplí con mi toque de queda.
Alec no le respondió nada, se limitó a contemplarlo con censura. Acto seguido, se dio media vuelta y desapareció por los pasillos del Instituto mascullando algo por lo bajo. Jace lanzó una pequeña carcajada, como si estuviera acostumbrado a exasperar a su parabatai. Luego se volvió hacia Vicky.
—¿Estás segura de que estarás bien?
Vicky asintió, empezando a recuperar su compostura.
—Sí, puedo cuidarme sola —replicó, intentando no sonar desagradecida.
—De acuerdo. —Jace se encogió de hombros. —Si cambias de opinión y necesitas algo bello para contemplar que evite tus pesadillas, mi habitación está a la vuelta.
Las mejillas de Vicky se tornaron de un color rosado.
—Lo tendré en cuenta —repuso por lo bajo.
Jace se esbozó una media sonrisa y luego se retiró, como si saliera de su propia habitación. Después de verlo marchar, Lau entró al cuarto de su parabatai y cerró la puerta detrás de ella. Se sentó dónde estaba Jace, en frente de Vicky.
—¿Qué fue eso? —inquirió en murmullos. Sus ojos brillaban de emoción.
—No fue nada —le respondió encogiéndose de hombros—. Me escuchó gritar y vino a ver si estaba bien.
—Claro, estaba casualmente caminando a las tres de la mañana justo al lado de tu cuarto sólo para saber si estabas bien.
—Tal vez sólo quería caminar porque tenía insomnio y entró cuando me escuchó gritar —especuló dando tirones en su sábana—. No pienses cualquier cosa.
—También puedo ignorar el hecho de que te invitó a su habitación.
—¡Él no me...! —Sus mejillas ardían y Lau se regocijaba entre risas. —¡Lau!
Lau dejó de reírse cuando la examinó más de cerca. Cambio su sonrisa de satisfacción por una mirada afligida.
—Estuviste llorando, ¿no? ¿Por qué gritaste?
—Estoy bien —le aseguró—. No sé por qué grité, no me acuerdo de haber soñado nada.
Lau se acomodó en la cama de su parabatai, llevándose las rodillas al pecho.
—Supongo que es normal, estamos todos muy nerviosos últimamente. Aunque no tenías tantas pesadillas desde que...
—Desde que mamá murió y nos fuimos a vivir con ustedes —terminó la frase Vicky con una sonrisa triste—. Y dormíamos en el mismo cuarto, lo que era una tortura porque te despertaba todo el tiempo con mis gritos.
—Imposible olvidarlo —dijo transformando su rostro en uno más alegre.
—Pensé que en cualquier momento ibas a asfixiarme con una almohada.
—Te confieso que lo pensé un par de veces —bromeó.
Se escucharon unos golpes en la puerta, provenientes del pacillo.
—Soy Evan.
Vicky fue a abrirle y Evan entró. No era raro que la viera en pijama o que estuviera en su habitación porque era como su segundo hermano mayor. Habían vivido muchos años juntos y se conocían desde que ella y Lau tenían ocho años y éste diez. Pero con Jace apenas había tratado el día anterior y le había visto la parte de arriba de su ropa de dormir. Al recordarlo, volvió a sonrojarse.
—¿También te desperté? —quiso saber Vicky.
Ev asintió, y se deslizó dentro de la nueva habitación de Vicky.
—Sabía que no te ibas a volver a dormir en seguida así que fui a buscarte un par de libros.
Le pasó uno de ellos. La muchacha alzó las cejas al leer el título.
—¿Romeo y Julieta? ¿En serio Ev?
—Bueno, a las chicas les gusta...y es de Shakespeare —se excusó.
—No es cierto, es una historia ridícula —protestó su hermana.
—Absurda. Creo que prefiero mis pesadillas, son más entretenidas —replicó Vicky.
—Temía que dijeras eso y te traje otro libro.
—¡Orgullo y Prejuicio! —exclamó emocionada—. Es un clásico de la literatura y siempre quise leerlo. Eres el mejor, Ev.
Ev soltó una risita y se sentó en la cama. Vicky se sentó frente a él y su hermana, sin sacar los ojos del libro.
—La mayoría de los libros que hablan sobre la época victoriana son dentro de todo actuales, pero este fue escrito en esa época, lo que lo hace más interesante —explicó Lau—. Préstamelo cuando lo termines.
—O cuando tengas pesadillas y grites —bromeó Vicky.
—Bueno, me estoy durmiendo —dijo Ev, incorporándose—. Nos vemos en unas horas.
—Yo también, Vics —dijo Lau. Se despidió y cerró la puerta.
—Bueno, sólo quedamos los dos —le dijo al libro que estaba en sus manos, y después de unos capítulos, pudo descansar.
***
Al día siguiente se despertó y fueron a su residencia anterior en busca de su ropa. Los Fairwood les habían dejado dinero para alquilar una casa hasta que ellos volvieran de la reunión del Consejo en Idris pero, como eran obesos de alma, gastaron una gran parte en comida y se tuvieron que mudar a un departamento de un edificio viejo y lleno de mundanos raros, como María: una mujer que decía que era vidente y vivía hablando del cosmos, de la alineación de los planetas y otras cosas extrañas. También había un par de ancianas amargadas con ochenta gatos cada una, seres que no tenían nada que hacer más que interrogar a cada pobre víctima que se cruzaba con ellas. En parte era un alivio no estar viviendo allí. Desayunaron en Starbucks y compraron algo de comer para llevar al Instituto.
Vicky y Lau pasaron gran parte del día leyendo juntas y hablando sobre los personajes de sus libros. Muchas de sus conversaciones eran sobre libros: de lo perfectos que eran algunos personajes, de los crueles que podían llegar a ser otros, de los personajes que les hacían reír o llorar, o ambas cosas. Amaban los libros porque tenían el poder de llevarles a otros mundos, a otras épocas y hacerles vivir mil vidas.
Eran como las seis de la tarde cuando Vicky se despertó con la cara en Orgullo y Prejuicio; se había quedado dormida hace una hora. Estaba algo cansada por la mala noche que había pasado, despertándose una y otra vez pero afortunadamente, sin volver a gritar. <<Aunque no fue tan mala>> le dijo una voz en su cabeza y Jace sujetándola y observándola apareció en su memoria. Recordó el gran poder con el que logró paralizarla en un instante y acelerarle el corazón a tal punto que parecía que iba a salirse de su pecho. En un momento pensó que podía escuchar sus latidos como en "Corazón delator" de Edgar Allan Poe, pero eso era imposible, sólo pasaba en los cuentos. Luego recordó a Jace secándole las lágrimas de su mejilla, cómo la había mirado, clavándole esas monedas de oro otra vez. Eso también sólo pasaba en los libros.
Jace parecía haber salido de un libro: un ángel sin alas que corrió a rescatarla del infierno de sus pesadillas. Que Evan y Laura se preocuparan por ella era natural ya que eran prácticamente su familia. Vicky los amaba y ellos a ella y eso no era ningún secreto. ¿Pero Jace? ¿Por qué se había molestado en ir a verla? No fue a molestar, como Alec. Podría haberse dado la vuelta y seguir durmiendo, aunque él le había dicho que no estaba durmiendo. Vicky decidió que no tenía sentido buscarle la quinta pata al gato. <<Me escuchó gritar y fue a ver si estaba bien. Eso fue todo. Cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo. Sólo estaba siendo amable>>, se dijo. Aunque Jace no era del tipo de gente amable...al menos no en general.
Además, no tenía sentido que se interesase particularmente en ella. Jace era tan increíblemente hermoso que podría tener a la que quisiera. Chicas con el mismo nivel de hermosura, como Isabelle.
Intentó continuar con la lectura pero no sucedió esa conexión entre ella y las palabras; no podía captar esa magia de aquellas páginas que podían hacer que se sintiera como la protagonista y sentir lo que ella sentía. Veía esas hojas como un montón de letras, sin poder concentrarse. Resignada, se levantó de su cama para alejarse de esos pensamientos sin sentido y salió a caminar por el Instituto. Sólo a caminar ya que Lau estaba en su cuarto y Evan en alguna otra parte. No se hablaba con Isabelle o Alec y aunque fuera así ¿de qué iba a hablarles? Últimamente no tenía ganas de conversar con nadie. Después de todo lo que había pasado en estos últimos meses...<<Basta. Tengo que ser fuerte>>, se dijo mientras recorría los pasillos.
Algo la distrajo cerca de una puerta doble: la melodía de un piano. Entró y se encontró con el salón de música, con toda clase de instrumentos y justo en el medio se encontraba Jace tocando un piano de cola, tan concentrado que ni siquiera la había escuchado entrar. Vestía unos vaqueros, una camisa gris y su cabello dorado despeinado, como si estuviera recién levantado. Vicky lo observó por un rato hasta que, de repente, se equivocó en una nota y empezó a golpear las teclas con fuerza. Ella no pudo evitar echar una risita.
—Ey, ¿qué te hizo el piano?
Jace levantó la vista. Victoria Darktail, la chica nueva, ahora vestía su propia ropa: unos jeans, unas botas, una remera bordó de manga larga con el hombro derecho descubierto, donde se mostraba el inicio de una runa, no tan visible para identificar cuál era. Tenía el cabello castaño ondulado con algunos mechones que se tornaban de un marrón rojizo con el sol. Unas leves ojeras marcaban su rostro, disimuladas gracias al delineador negro que resaltaba sus ojos del mismo color que su pelo. Se ruborizó apenas ante la contestación nula de Jace; parecía arrepentirse de haber entrado.
—No quiere obedecerlas —contestó Jace alzando sus manos—. Cosa que no entiendo ya que son encantadoras.
Vicky se animó a aproximarse y se fijó en sus manos de dedos largos y finos; en uno de ellos llevaba puesto un anillo con una "W" grabada.
—Son manos de pianista —afirmó. Los dedos de Jace eran largos y finos, como los de ella. Luego miró el cuadro que estaba en la pared de en frente con incredulidad. —¿En serio Bach fue un cazador de sombras?
—Sí. El descubrió que los demonios reaccionan a la música —explicó con su característico aire presuntuoso—. ¿No lo sabías?
—Lau me lo había dicho, pero pensé que era una broma. No puedo imaginarme a ese tipo matando a un demonio. Es como una albóndiga.
Jace rio entre dientes. Tenía una mirada enigmática.
—Yo soy bastante bromista. ¿Por qué confías en mí?
—No lo hago. Puedo ver el extremo de una runa justo en su clavícula —dijo señalando el cuadro.
Jace entrecerró los ojos, para examinarlo con más atención.
—Sí, es verdad. —Se giró hacia la nueva huésped. —¿Querías tocar el piano?
Vicky se encogió de hombros.
—No, no sé tocar el piano.
—¿Absolutamente nada?
Jace se corrió un poco para que se sentara a su lado. Vicky vaciló, pero decidió aceptar su invitación. Casi se cayó al sentarse, ya que el banco era algo estrecho y ella tenía caderas anchas, pero Jace la sujetó a tiempo. Fue como un abrazo extraño y corto. Pese a que la soltó de inmediato, su brazo derecho y el brazo izquierdo de Vicky permanecieron totalmente pegados. Parecían siameses.
—Depende —respondió la muchacha—. ¿El "feliz cumpleaños" y el estribillo de "El canto de la alegría" cuentan como nada?
Jace compuso una media sonrisa, invitándola y Vicky empezó a tocar. Luego él se le unió e interpretaron juntos la segunda canción, sonando como una sola persona. Vicky tocaba con su mano derecha que tenía la runa de la Visión, una runa permanente que tomaba forma en un ojo negro, en la mano hábil, por lo que Jace la tenía en la izquierda. Los dedos de ella eran largos, aunque no tanto como los de Jace y en el dedo anular mostraba un anillo con una "D" y dos lunas en cuarto creciente.
—Bueno, cuando cumpla años voy a llamarte para que toques el piano —dijo él cuando terminaron. Vicky sonrió, a su pesar. No podía evitar sonreír cuando Jace estaba cerca.
De repente, la puerta se abrió e Iglesia entró en el salón, seguida de Hodge y de Hugo en su hombro.
—Ahí estás, Victoria. Estaba buscándote.
—¿A mí? —preguntó sorprendida.
—Así es. Sé que ya estás mejor, pero me quedaría más tranquilo si te vieran los Hermanos. Me comuniqué con ellos y me dijeron que enviaron un carruaje con el Hermano Jeremiah para buscarte. Llegará en cualquier momento y te llevará a la Ciudad de Hueso.
Vicky lo miró fijamente por un momento. Luego asintió y se levantó. Extrañamente no tenía demasiado problema al ver a los Hermanos Silenciosos, ya se había acostumbrado. Lo que no le gustaba era La Ciudad Silenciosa.
—Jace, veo que no estás demasiado ocupado. ¿Por qué no la acompañas?