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The Little Kiss
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«Detrás de cada cosa hermosa,
hay algún tipo de dolor»
—Bien, ahora es tu turno.
—Pero ya me aburrí.
—Oye, dentro de un rato papá atravesará esa puerta y nos obligará a entrenar. Hay que aprovechar el poco tiempo que nos queda.
—Allison tiene razón, querida Everest. Además, no hay nada más divertido que verte pasar vergüenza realizando un reto.
—Muy divertido, Klaus.
Everest suspiró y miró el reloj en la pared para luego posar la mirada en Allison. Habían pasado cuatro meses desde el cumpleaños número once de los Hargreeves y todo seguía exactamente... igual. No había pasado nada relevante en sus días como héroes. Algunas pocas misiones, pero ninguna muy relevante. Su padre solía decir que pronto tendrían una misión tan importante que los marcaría de por vida y debían estar preparados. Esa sería la primera misión real. Ahora los Hargreeves se encontraban en la biblioteca de la mansión tratando de aprovechar su tiempo libre hasta que su estricto padre los llamara a uno de sus típicos entrenamientos.
Luther se encontraba jugando una pequeña lucha de pulgares con Diego para ver quién era el mejor. Ben estaba recostado en un cómodo sofá apartado del grupo leyendo por cuarta vez su libro favorito. Cinco leía con suma atención un libro sobre física (un libro que ninguno de los otros Hargreeves se molestaría en hojear por no ser un tema llamativo). Vanya descansaba en el mismo sofá donde Cinco leía, recién terminaba de tocar una suave pieza en el violín para ambientar el lugar (su padre no tenía idea que ella se encontraba ahí, sino la castigaría); algunos de sus hermanos les molestaba su presencia, pero los muy cercanos a ella la defendían. Y por último, Everest, Klaus y Allison estaban sentados en el suelo formando un pequeño círculo. Jugaban Verdad o Reto (juego propuesto por número Cuatro).
—¿Verdad o reto? —inquirió dirigiéndose a Tres con un dejo de aburrimiento.
—Verdad.
—¿Es verdad que te comiste el sándwich con mermelada de Klaus la semana pasada?
—¡¿Qué?! —expresó Cuatro, sobresaltado.
—¡Te lo dije! —canturrearon Ben y Diego al mismo tiempo.
—¡Everest! —Allison exclamó, avergonzada.
—¿Entonces es verdad? —dijo Klaus—. Tú, Allison Hargreeves, eres la auténtica ladrona de sándwich con mermelada. ¡Fuiste tú todo este tiempo! Pasé días abriendo el refrigerador con la pequeña esperanza de que mi sándwich volviera a aparecer y que el despiadado ladrón admitiera su fechoría.
Allison y Everest rodaron los ojos ante tanto dramatismo. Luego Allison miró a Ocho.
—¿Cómo lo supiste?
—Bueno, la próxima vez deberías colocarte una servilleta en la falda —recomendó—. Así evitarías manchones de mermelada que te puedan delatar.
Klaus miró furibundo a Tres mientras esta se encogía de hombros.
—Deberías sentirte avergonzada, Allison. Ese sándwich era lo único bueno en mi corta vida —luego pensó un momento—. Bueno, eso y Everest y Ben.
—Como sea, continuemos —Allison hizo una pausa. Ahora se dirigía a Ocho—. ¿Verdad o reto?
—Verdad.
—¡No es justo! —exclamó Cuatro—. Siempre escogen verdad. La verdad le quita la diversión a todo.
—Ay, Klaus. Está bien, elijo reto.
Allison miró a Everest de una manera inusual. Algo en su rostro le decía que ya tenía en mente aquel reto que vagaba por su mente, y en cuanto levantó la vista Ocho comenzó a sospechar que no se trataba de algo muy agradable.
—Te reto —comenzó— a que te levantes y le des un pequeño beso en la mejilla —aquello no iba por buen camino— a Cinco.
El silencio sepulcral que se instaló en la biblioteca fue sorprendente.
En alguna parte de su cerebro Ocho sabía que Tres había propuesto eso como venganza. Todos estaban conscientes de que Everest y Cinco juntos no era el mejor dúo que podía verse. Ambos se llevaban realmente mal.
Luther mantuvo su pulgar sobre el de Diego, pero a Dos no le importaba mucho ya que solo mantenía su mirada sobre Ocho, esperando a que ella no lo hiciera (Diego no soportaría ver a la chica que le gustaba besando a otro). Ben detuvo su lectura en un capítulo realmente interesante. Klaus veía la escena con los ojos abiertos como platos, cuando había dicho que eligiera reto aquello no era lo que tenía en mente. Allison sonreía de satisfacción al ver el estado de estupefacción de Ocho. Vanya bajó la mirada algo incómoda (al igual que Diego esperaba que Ocho no lo hiciera, sentía algo por Cinco y no sería de su agrado presenciar una escena así). Y por último, Cinco. Bueno, el veía la escena neutro. Bajó su libro y esperó algún movimiento de la tecnopata.
—¿Es en serio, Allison?
—Oh sí, muy en serio.
—Pero, Allison —intervino Klaus—, tú sabes que Everest y Cinco...
—¿No se llevan bien? Claro que lo sé. Eso es lo que hace de este reto interesante. Es lo que hace del reto un reto.
—Creo que prefiero no hacerlo—comentó Everest, levantándose para retirarse.
—Sabía que eras muy cobarde y por eso nunca escogías retos. Ni siquiera sé por qué estás jugando.
Everest se volvió disgustada.
—Sí, es muy cobarde —rió Cinco, disfrutando la escena.
Ocho ahora lo miraba con los brazos cruzados. Ambos sabían que ella no se atrevería a hacer una cosa así y eso le parecía divertido a él.
—¿Algún problema, entonces?
—No, ninguno —y luego susurró—: Solo presenciamos tu vergüenza.
De repente, se plantó frente al chico, el cual también se levantó. Estaban cara a cara.
—Sabes perfectamente que tampoco te gustaría eso —soltó la tecnopata.
—Obvio no. Sin embargo, disfruto mucho tu gran escena—rió irritantemente.
—¿Harás o no el reto, gallina? —intervino Uno por primera vez.
Ambos se miraban expectantes, aunque Cinco mantenía su arrogante mirada como siempre. Everest miró a su lado donde Vanya tenía la mirada agachada. Luego suspiró.
—Olvidenlo.
Y salió rápidamente de la habitación antes de que alguien pudiera decir algo. Casi se pudo escuchar el gran suspiro de alivio de Diego mientras que Siete mostraba una pequeña sonrisita. Cinco volvió a sentarse y retomó su lectura, pero ahora un poco desconcentrado. Por un momento la física le pareció complicada.
Y todos retomaron sus actividades como si nada hubiera pasado.
Evie Hargreeves cerró con cuidado el librito personal de Everest y lo dejó justo donde lo había encontrado, como si no lo hubiera tocado en ningún momento. Luego salió de el cuarto de Ocho hasta la enfermería de la mansión. Le faltaba unas cuantas páginas más para terminar de leer completamente el diario personal de Ocho (incluyendo lo último nuevo que escribió). Sabía que estaba haciendo mal hurgando en las cosas de los demás pero eso no le importaba en absoluto. Habían cosas mucho más importantes de las que ocuparse.
Cuando llegó, se posicionó en el marco de la entrada y pudo observar a Everest acostada sobre la camilla con el rostro pálido y sereno. Su mano izquierda se encontraba extendida y entrelazada con la de alguien más, Cinco Hargreeves tenía la mirada perdida sin soltar la suave y fría mano de ella. En cuanto sintió la presencia de la nueva Hargreeves posó su vista en el marco de la puerta.
—¿No se ha movido aún?
Cinco suspiró —Nada. Pero al menos respira, es lo importante.
—Lo importante es que despierte.
—Claramente —se mordió el labio inferior—. No entiendo por qué no dijo nada...
—Ya sabes cómo es ella. Es muy terca.
—Eso sin duda. Pero eso a veces eso la pone en peligro.
—Y sin embargo, ha sabido salir de aprietos —afirmó Evie, apoyándose del marco de la puerta.
—Pues sí. Solo temo que algún día...
—Ocurra algo —terminó por él.
—Y yo no esté.
Nueve frunció un poco el ceño y miró el cuerpo que descansaba en la camilla. La respiración de Ocho era tranquila y silenciosa.
—No has estado aquí los últimos años con ella —retomó calmadamente—. Y ella ha pasado por mucho, pero sigue aquí.
—No fue mi elección no estar.
—Por tu estupidez quedaste atrapado en el futuro.
—No fue mi culpa —se defendió, irritado.
—Reginald te lo dijo, pero como eres tan terco obviamente tenías que hacer una estupidez.
—Muy bien, ya puedes largarte y dejarme en paz, entrometida.
—Soy la entrometida que le salvó la vida a tu chica.
—No es mi chica —murmuró Cinco, mirándola.
—Como sea —Evie giró los ojos—, me avisas si despierta, odioso.
Nueve le echó una última mirada a Ocho y se separó del marco para marcharse.
—Evie —ella lo miró—. Supongo que... gracias por salvarla. Y por avisarme.
—Disculpa, creo que no escuché muy bien, ¿podrías repetirlo? —dijo con una sonrisa pícara. Cinco frunció los labios.
—Dije que gracias —masculló.
—Tal vez si lo dices más alto...
—¡Agh! En serio eres demasiado irritante. ¿Cómo Everest te soporta a su lado?
Ivana rió, disfrutando la situación mientras que el pelinegro la fulminada con la mirada, irritado.
—La próxima vez grabaré ese "gracias". No es algo que se escuche todos los días —afirmó, luego carraspeó—. Pero hablando en serio, no es nada. Fue algo difícil, ¿sabes? La herida cada vez se ponía más grave. Y, por raro que te parezca, sus plaquetas no funcionan con normalidad. Eso hizo que me costara más curarla.
—Sé que hay algo que ella no me dice —susurró Cinco, acariciando la mano de Ocho—. Y sé que tú lo sabes.
—Cinco, no es mi responsabilidad decírtelo. Es algo que deben hablarlo entre ustedes —y de esa manera se retiró.
Pasó un rato en el cual Cinco se vio envuelto por un gran silencio. Probablemente dentro de un rato volvería Diego, pues él se había quedado toda la noche junto a Everest, sabía que no la dejaría sola. Cinco había llegado después de la salida del sol. Fue directamente hacia al cuarto que se usaba desde siempre como enfermería, ahí encontró a un Diego con unas notorias ojeras y su mano aferrada al de la chica. Luego llegó el turno de cuidarla Cinco. Cuidarla como no lo había echo aquellos años.
En un momento dado, le pareció ver una rara cicatriz en el brazo de ella, y luego otra. Con el ceño fruncido levantó un poquito la manga de su camisa solo para encontrase con otras, no tan notorias, cicatrices. Estaba a punto de subir más su manga cuando notó que la expresión de Everest cambiaba. Luego su mano dio unos leves movimientos seguido de un pequeño gemido.
«Está soñando», pensó él, «Es una pesadilla, probablemente».
Murmuraba ciertas cosas que no se entendían muy bien. Así que Cinco acercó un poco su cabeza.
Doctor Ford... Once... Ayuda...
Se acercó un poco más.
Asesinan... TecnoFord es el infierno... Ayúdame... Todos están muertos...
Nate... no te vayas.
—¡La explosión!
Si no hubiera sido por los habilidosos reflejos del chico, la cabeza de Everest hubiera impactado contra la suya. Había despertado y miraba a su alrededor desconcertada. Su mano apretaba con mucha fuerza la de Cinco y no lo soltaba. Cuando por fin se percató de su presencia, Everest aflojó su agarre. Su frente estaba perlada de su sudor, por esa razón su pelo estaba pegado a su cara.
—¿Everest? ¿Estás bien? —preguntó con alivio Cinco porque había despertado.
Ocho se tomó un momento para tragar y luego lo miró con el ceño fruncido.
—Sí, eso creo. ¿Qué haces aquí? Creí que estabas en algo importante.
—Tú también eres importante. Por eso estoy aquí.
—Nada es más importante que detener el fin del mundo, Cinco —comentó ella, acomodándose en la camilla.
—No seas tonta, Ev —apartó un mechón que se encontraba pegado cerca de su ojo, Everest se sacudió ante su tacto—. Si estás grave, créeme que me verás por aquí.
Ella asintió lentamente mirándolo, luego inhaló sonoramente.
—¿Cómo sigue tu pierna?
—Ya no me duele —dijo—. Es decir, si la muevo demasiado debe de molestarme un poco —se inclinó y tocó su vendaje.
—Sabes que pudo ser peor, ¿verdad?
—Sí.
—Y no dijiste nada.
—Ni siquiera me había dado cuenta que estaba herida —repuso—. Con todo lo que pasó anoche eso era lo de menos.
—Ya te dije que tu salud no es de menos —comentó firmemente.
—Escucha, Cinco —empezó la tecnopata cambiando de tema—. Esos tipos estuvieron aquí, ¡aquí en la mansión! No se detendrán hasta encontrarte.
—Y verme muerto.
—¿Evie ya te lo contó?
—Absolutamente todo. Lamento que hayan tenido que pasar por todo eso. No creí que supieran de este lugar.
—Sé que tu intención no es ponernos en peligro, pero quién sabe hasta donde puede llegar La Comisión —la tecnopata soltó la mano de el chico para levantar su mentón y obligarlo a mirarla directamente—. Cinco, debes tener mucho cuidado, en serio. Yo no soportaría saber que... que te fueras otra vez —hizo una pausa—. Solo... prométeme que tendrás cuidado.
Cinco no respondió, en cambio, se perdió en su mirada. Y fue cuando sintió ese algo. Había alguien que se preocupaba realmente por él y lo tenía en frente. Notaba en su cansada mirada que ella rezaba por su protección. Podrían estar hablando de su herida en la pierna y tal vez sobre sus cicatrices, pero ella solo quería que Cinco estuviera bien. En ese momento sintió que sus defensas bajaron por ella. Tomó la mano de ella y le dejó un cálido beso como en las películas cuando el caballero deposita un beso en la mano de la dama.
—Te lo prometo, Ev.
Y eso era lo que ella esperaba de él. Claro que esperaba aún más, no sabía cómo decirlo, pero esperaba algo más del chico. Sin embargo, en ese momento esa pequeña promesa le pareció suficiente.
Luego de eso discutieron otros asuntos sobre el fin del mundo, el cual se encontraba cada vez más y más cerca.
******
—Tal vez si... No, definitivamente no. Tal vez deba probar con el azul.
Debían ser como las ocho de la noche cuando Everest se propuso a terminar una pintura en su habitación. Su tarde había consistido en despejar su mente en practicar una rutina de danza que inventaron Allison y ella, pero se encontraba enfadada con Tres así que bailó ella sola. En cuanto llegó la noche, miró su pintura en una esquina de la habitación gritando por ser terminada. No había mucho que hacer, podía hacer eso y luego, antes de dormir, escribir en su diario su día.
—Besar a Cinco —murmuró, mientras mojaba el pincel en la pintura azul—, sí claro. Obvio que no haría algo así. Prefiero pasarme la noche en el cementerio.
Tan solo pensar aquello le causaba escalofríos. No le gustaba Cinco, ¿y besarlo? Aunque solo fuera en la mejilla ya era el colmo. La venganza de Allison resultó exitosa si quería avergonzarla.
Hace unas horas Diego visitó a Ev porque no se había atrevido a salir de su habitación después del entrenamiento. Ella le confesó que había sido un gesto muy amable de su parte preocuparse por ella y él le confesó, sonrojado, que estaba agradecido con ella por no haber echo el reto.
—No te hubiera gustado presenciar eso, ¿no? —le había dicho ella.
—Definitivamente hubiera s-sido algo que me habría d-disgustado —admitió tartamudeando. Luego Ocho lo acompañó hasta la puerta porque ya debía irse.
Así ella quedó en su habitación pintando. Muy en el fondo se preguntaba en qué habrá pensado Cinco cuando Allison propuso el reto. Él también había guardado silencio junto a los demás.
Y, como si lo hubiera invocado mentalmente, se escuchó un pequeño sonido seguido de una suave brisa junto a ella. Sin soltar el pincel, ella dio media vuelta para observar como de una luz azul aparecía el ojiverde. Estaban frente a frente.
—Odio que entren en mi cuarto sin permiso —comentó ella retomando su trabajo, haciendo caso omiso a la presencia invasora del chico.
—No necesito pedir permiso.
—Te encuentras en territorio privado. Unos toques en la puerta hubieran bastado.
—¿Y me hubieras dejado pasar —inquirió irónicamente, cruzándose de brazos.
Una pequeña sonrisa fugaz apareció en los labios de ella —No.
Cinco observó con detalle la obra de Ocho. La última vez que había estado en su cuarto (por muy poco tiempo) todo era insípido y aburrido a diferencia de la habitación de Tres. Ahora se veía diferente, con más vida. No importaba donde miraras, en cada pared se encontraba un dibujo.
—¿Ahora pintas? —preguntó desinteresado—. Creí que solo dibujabas y perdías tu tiempo bailando.
Ocho rodó los ojos.
—Pues sí, ahora pinto —confirmó—. Mamá dijo que tal vez podría ser un método para relajarme. Papá sigue creyendo que soy muy inestable. Por eso deben mantenerme así relajada con mis poderes.
—¿Y qué se supone que es esa cosa? —inquirió señalando su pintura.
—Oh cállate, Cinco. No es algo que entenderías. Tú solo vives para tus torpes números aburridos.
—Al menos es más útil que invertir el tiempo gastando pintura en eso que, supuestamente, llamas arte. Aunque yo diría que no se acerca ni siquiera a eso.
Entonces Ocho soltó el pincel y giró sobre sus talones para enfrentar al chico. En la noche sentía que sus ojos verdes relucían de un modo peculiar, pero eso no dejó que la desconcentrara.
—¿Es que acaso no podemos dejar de pelear? De echo, ¿será que puedes dejar de molestarme? —luego susurró mientras se dirigía hacia la ventana para contemplar el cielo—: Y después yo soy la inmadura, ¿no?
Everest jamás había percibido una noche tan silenciosa como esa. No escuchaba ningún auto pasar ni los ruidosos grillos. La ciudad estaba callada y el único sonido que llegaba hasta sus oídos era el latir de su corazón, luego los suaves pasos del pelinegro acercándose hasta instalarse junto a ella para poder contemplar el cielo.
—Es una persona sufriendo —dijo, rompiendo el ruidoso silencio—. Tu pintura es una mujer llorando.
Ella dejó de mirar por la ventana para posar su vista en él.
—Sí...
—¿Qué es lo que quieres decir? —inquirió, su voz se escuchaba más grave y serena—. Eres tú, ¿no? La de la pintura —ahora él la miraba—. Y supongo que así te sientes, pero nunca lo dices. Eso es lo que callas, pero tus pinturas lo gritan desesperadamente.
Y fue cuando el ojiverde llegó al punto más profundo e íntimo de la chica. Pensaba que, como nadie en la mansión se tomaba el tiempo para analizar y comprender las cosas, nadie le diría algo así. Pero no pensaba hablar de algo tan delicado con alguien que no le caía bien y sin embargo la entendía.
—No se puede ser feliz en un lugar como este —dijo Everest—. No puedo sentirme satisfecha sabiendo que soy como soy y que papá nos trata de esa manera tan fría. ¿Sabes qué? Ya es tarde y deberías irte, ni siquiera te invité a pasar.
—Vine para disculparme —dijo de repente.
—¿Qué?
—Sé que piensas que estoy aquí para molestarte porque no me besaste esta mañana —explicó—. No es así, solo... perdón por haberte llamado cobarde y hacerte pasar vergüenza.
—Es la primera vez que escucho que tú, Cinco Hargreeves, te disculpas con alguien.
—Y será la última, probablemente.
Entonces él se sentó en la cama de ella mientras Ocho retomaba su trabajo.
—A ver si entendí —dijo lentamente Everest, frunciendo los labios molesta—. ¿Klaus está desaparecido desde anoche y no se habían dado cuenta hasta ahora?
Todos asistieron apenados.
—¿Y a parte mamá... murió?
Todos volvieron a asentir.
—Definitivamente siento que me va a dar algo.
—Everest lamentamos lo de mamá —expresó Allison—. No sé en qué momento esos tipos le hicieron eso.
—Imagino que debes estar contento, ¿no, Luther? Al fin y al cabo era lo que querías.
—No de esa manera, Everest.
Perder a una madre. Era algo demasiado doloroso... y raro. Justamente el día anterior charlaron como madre e hija y ahora simplemente no estaba. No había tenido el cariño de una madre desde hace años, y al haber vuelto y sentir uno de sus abrazos fue como sentir el cielo. Tal vez era un robot, pero la había acompañado durante su infancia y se había ganado el honor de ser la madre de los Hargreeves.
Everest y el resto de los Hargreeves se encontraban en la sala de la mansión. Con ayuda de Diego, que recién había llegado de nadie sabe dónde, pudo levantarse de la camilla y reunirse con sus hermanos. Cinco se había marchado debido a que debía continuar con la misión, presentía que ya se estaba acercando al culpable del apocalipsis.
Y luego estaba el asunto de el número cuatro de la familia. Ocho aún no podía creer que sus hermanos no se hubieran dado cuenta de su desaparición. Era el colmo. A parte de que nunca lo tomaban en serio tampoco notaron su presencia. Oh pobre, Klaus. Everest deseaba más que nada poder abrazarlo y traerlo de vuelta a casa.
—Lo vamos a encontrar, Ev —la consoló Diego—. Una amiga también nos está ayudando —ella asintió.
—Esos tipos están causando demasiados problemas —Nueve confirmó lo que todos ya sabían.
—El culpable de que todo esto ocurra es Cinco. Lo buscan a él y casi nos matan —comentó Dos—. Everest, de seguro sabes por qué lo buscan.
—Al igual que ustedes no sé mucho —mintió.
—Y tu pierna, ¿qué tal? —preguntó Evie.
—Estoy bien, ahora puedo caminar mejor. Aunque a veces siento molestia. Gracias por curarme —Nueve se encogió de hombros.
—La próxima vez procura decir que estás herida —mencionó Diego, mirando el vendaje en la pierna de Ocho.
—¿Ahora qué hacemos? —inquirió Allison.
—Creo que lo mejor ahora será hablar de una vez por toda con Cinco —expuso Uno—. Con lo de anoche ya fue suficiente. Ya es momento de que hable de una vez por todas.
—Luther, debemos hablar —Allison le dijo a número Uno rápidamente a lo que, inseguro, Luther asintió.
—Entonces yo me adelanto —dijo Diego.
—Quiero ir contigo —se apresuró a decir Ocho.
—Olvídalo, quédate aquí hasta que estés bien de la pierna.
—Ya puedo caminar —Ocho rodó los ojos—. Además, la enfermera Evie ya me dio de alta.
Ivana le guiñó un ojo a Everest y esta sonrió. Diego, luego de negar muchas veces, le dijo a Ev que sí podía acompañarlo. Era demasiado terca.
******
—Llevamos toda la tarde buscando. ¿Estás completamente segura que no te duele la pierna?
Diego y Everest entraron en la biblioteca en el momento en que ella soltaba un suspiro.
—Me lo llevas preguntando cada vez que pasamos una calle. Estoy bien, Diego.
—Solo me preocupo por ti, Ev.
—Lo sé y aprecio el gesto —hizo una pausa—. ¿Por qué crees que Cinco puede estar en la biblioteca?
—Ya hemos buscado en todas partes. Esta es mi última opción.
Ambos subieron las escaleras de la biblioteca en busca del pelinegro. Cinco no le había mencionado a Ev en donde estaría, por lo tanto, hacía más difícil la búsqueda. Cruzaron pasillos, observaron libros y preguntaron. Sin rastro del chico.
De repente, Dos murmuró algo inaudible seguido de una pequeña risa irónica.
—¿Qué pasa?
—Es que —Diego la miró— es curioso, ¿sabes? Papá murió y mamá también. Volvemos a ser huérfanos.
—Bueno, al parecer desde los tres años soy huérfana. Al menos ustedes sí fueron adoptados.
Y se escogieron de hombros.
—Sé que de todos nosotros tú eres el más afectado por la muerte de mamá, Diego. Pero tal vez ocurra algo y ella vuelva. Lo presiento de algún modo. Ella tiene solución —Diego se tomó un momento antes de responderle. No se sentía preparado para confesarle que el culpable de la muerte de su madre era él.
—Sí...
—¿Y ese niño? ¡Por Dios! ¿Dónde están sus padres?
Ante la voz de aquella mujer Ocho y Dos no dudaron en ir. Sabían que ya habían encontrado a su chico. Es decir, lo más probable era que fuese Cinco. Lo habían encontrado por fin. Ahora lo llevarían a casa para discutir respecto a los dos enmascarados mientras él...
—Está borracho —afirmó Dos.
—Oh, no puede ser —Ev suspiró.
Y ahí estaba Cinco. Tirado en el suelo junto a Dolores el maniquí y una botella casi vacía.
—Cinco da demasiados problemas —comentó Diego acercándose a su hermano—. Vamos a llevarlo a mi casa.
Durante el trayecto, en el cual Diego cargaba en sus brazos al pelinegro, Ocho caminaba silenciosamente junto a ellos por las calles desoladas de la ciudad. Cualquier persona se hubiera quedado extrañada al ver la situación de ellos. Es decir, era un hombre de treinta años cargando a un niño borracho mientras una niña caminaba junto a ellos.
—Ev —murmuró el ojiverde—, pásame a Dolores, por favor.
—Es mejor que cargues con tus cosas —expresó mientras le entregaba el maniquí.
—¿Estás molesta porque estoy ebrio? —inquirió, abriendo un poco los ojos.
—Para nada.
—Te ves hermosa cuando estás enojada —comentó, soltando una pequeña risita adormilada—. Tu nariz se arruga y te hace ver tierna.
—Ni siquiera me estás mirando.
—No necesito verte para saber que eres preciosa. Tengo tu imagen en mi cabeza. Nunca abandonaste mi mente —Ocho no pudo evitar sonrojarse.
—Bueno, ya basta, Romeo —intervino número Dos—. Ya dinos quiénes eran esos tipos.
—Ah, cállate, Diego. ¿No ves que trato de coquetearle a Everest?
—¡Ya dilo, Cinco! —exclamó la tecnopata.
—¿Por qué tanto apuro si tú ya lo sabes? Te he dicho absolutamente todo —confesó, arrastrando las palabras.
—Dijiste que no sabías nada, Everest —escupió Dos.
—¿Sabes qué? Mejor cállate, Cinco.
—Upsi dupsi.
—Sí sabías, Ev —la fulminó con la mirada Diego.
—Bueno, ya, ya. Admito que sabía, pero por ciertas razones no puedo decirlas.
—Yo se lo prohibí —admitió el ojiverde, sonriendo.
—¿Por qué guardan tantos secretos?
Y antes de que la tecnopata pudiera defenderse, Cinco se inclinó y vomitó. Y vaya que vomitó, haciendo que se incrementara el enfado de Dos y el asco de Ocho.
En cuanto llegaron al hogar de Diego (que en realidad era un lugar para boxear) dejaron cuidadosamente sobre la cama a el chico. Ambos soltaron un suspiro agotado, Cinco ya estaba profundamente dormido.
—Estaré afuera un rato, necesito despejar la mente y limpiar de mi pantalón el vómito de Cinco —anunció Dos a Ev, y luego se retiró de la habitación.
De esa manera, quedaron a solas. No obstante, el ojiverde estaba dormido, así que Everest se sintió más sola todavía. Después de examinar un poco la habitación se sentó en una silla junto a la cama, mirando a el chico dormir. Las mejillas de él se veían tan suaves que ella sintió el deseo de tocarlas. Y su cabello, su negruzco cabello sedoso le caía sobre los ojos haciéndole ver más atractivo. Cinco era atractivo y Everest lo sabía perfectamente. Entonces se detuvo en sus labios. Se veían tan carnosos y suaves, era... perfecto.
Apartó la mirada porque sentía que si lo seguía observando se lo comería con la mirada.
—Controlate, Everest —susurró para sí misma.
Los minutos pasaban y su mente se vio invadida por muchas preguntas. ¿Se encontrarían bien Once y Hopper? ¿Once la estaría extrañando? ¿Hopper la extrañaría? Porque ella los extrañaba a ambos y cada minuto que pasaba los añoraba con más fuerzas. Deseaba estar en su casa junto a Once y el amargado de Hopper, quien le salvó la vida en TecnoFord.
«¿Por qué somos tan tercos?», pensó, «Ninguno de los dos pensamos bien las cosas. Ahora estamos peleados. Pobre Once».
Giró un poco su cabeza al percibir que Cinco se movió en busca de una posición más cómoda. Ahora que lo tenía cerca e indefenso Everest pensó que tal vez era el momento adecuado para ejecutar el plan que vagaba en su mente desde que Cinco regresó. Hace mucho que no usaba su poder para observar los recuerdos de las personas, quizás era el momento para probarlo en Cinco y mirar todo por lo que había pasado. Y averiguar si oculta otras cosas.
Mientras estiraba su mano, un sentimiento de culpa la invadió porque sabía que lo que hacía estaba mal, mal, mal. Pero Cinco no se daría cuenta, quizás. Además, si ella buscaba entre sus recuerdos aprendería más y sería de mejor ayuda para él. Así que posicionó su mano cerca de la cabeza del chico dormido y esperó a que su poder se activara para entrar en los recuerdos de él, sin saber que los recuerdos de Cinco le causarían un dolor en su sensible corazón al descubrir ciertos secretos.
Aquí vamos.
******
—Terminé.
Cinco le echó un vistazo a la pintura de ella y asintió dándole su aprobación. La mujer deprimida por fin estaba acabada.
—No puedo creer que te hayas quedado aquí. Pudiste haberte ido hace rato, ya te disculpaste.
—Muy bien, Everest, ya sé que no me quieres aquí. Ya entendí.
Everest rió. No era que ahora se llevaran bien, pero por lo menos habían dejado de pelear. Cinco vaciló un momento antes de volver a teletransportarse hasta su habitación. Se giró para volver a observar la pintura de la chica.
—Está bien estar triste a veces, Ev. No tienes por qué ocultarlo.
Ocho lo miró sorprendida. Era muy raro ver al ojiverde expresarse de aquella manera, pero de todas formas le respondió.
—Es fácil decirlo —dijo—. Tú nunca estás triste. Solo estás ocupado tratando de ser el mejor.
—Soy humano, también siento tristeza y soledad aunque no lo creas. Tu pintura expresa un sentimiento muy fuerte.
Everest vaciló sin saber que decir. Había juzgado mal ojiverde, obviamente, pero no pensaba decirlo en voz alta.
—Supongo que ya debo irme —retomó—. Te dejaré en paz.
Y antes de que pudiera marcharse, ella corrió hasta él, el cual la miraba confundido. Entonces Ev se atrevió a hacer algo que ambos no imaginaban que fuera capaz: depositó un fugaz beso en la mejilla de él. Con la mirada agachada se separó de él y se despidió.
—Yo siempre cumplo mis retos —afirmó ella.
El chico, saliendo de su estupefacción, asintió. Luego la miró con una sonrisa arrogante.
—Podrá haberme agradado esa acción —confesó—, pero eso no quiere decir que tú me agrades.
—Oh, créeme que todavía me sigues cayendo muy mal. Nada ha cambiado.
Él asintió para luego teletransportarse, dejándola sola en su habitación.
Y mientras ella miraba una última vez su obra de arte, no pudo evitar que una pequeña sonrisa iluminara su rostro.
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N/A: Recuerden que las letras en cursiva son recuerdos.
¡Feliz Navidad, amigos! Los quiero ♥