Recomendación: Si esperabas actualización, deberías leer el final del capítulo anterior para que recuerdes el contexto.
Cristal: Metanfetamina; Droga altamente adictiva y peligrosa por sus efectos secundarios.
Jeca:
Ni siquiera le respondí, las nóminas habían quedado desde un día atrás. Pasamos una incómoda hora en donde Damián intentaba establecer una plática casual y de mí no salía otra cosa que monosílabos. Por fortuna Edgar y su equipo llegaron antes que la tensión nos asfixiara.
Edgar saludó con normalidad, Damián le prestó su ordenador para que empezara a descargar la información de la tienda mientras ambos hablaban sobre el trabajo. El resto del grupo empezó a entrar a tomar agua, ir al baño o simplemente esperar antes de ir a sus casas. Nadie me dirigió la palabra como en otras ocasiones, al contrario, me miraban con desdén. Inmediatamente pensé en Pablo y sus comentarios repugnantes.
«Puto día de mierda. Apenas va a ser abril y yo ya quiero que se acabe el año, o el mundo» pensé mientras veía la fecha en la esquina de la pantalla.
Me hundía en mi miseria mientras el mundo seguía dando vueltas y mis compañeros hablaban mal de mí en voz alta para que pudiera escuchar sus indirectas. Pensé en Adam, recordé su olor a cigarro y desodorante, su sonrisa tierna poco descuidada a pesar de sus malos hábitos y sus ojos aceitunados. Quise saber de él, esperaba que la estuviera pasando mejor yo. Tenía un pequeño grado de preocupación porque dejó de hablarme de un día a otro, pero sabía que si algo malo le sucedía, yo me enteraría por los chismes del barrio.
Faltaban treinta minutos para la hora de salida, los compañeros ya se habían ido, excepto Edgar que apenas terminaba de validar la información.
—Por fin a mi casa —exclamó poniéndose de pie y estirando el cuerpo—. Ahora sí los dejo solos, ya debes estar desesperado —rio dirigiéndose a Damián, que soltó una carcajada mas no desmintió nada.
—¿Hay algo más que tenga que sacar hoy? En media hora no alcanzo a hacer mucho y quiero ir a retirar al cajero —me apresuré.
—¿Te urge irte? Quería que adelantaras trabajo porque ayer te fuiste temprano —recordó mi jefe. Asentí desanimada—. Igual ve a sacar dinero y vuelve para que hagas horas extras, tal vez eso te motive.
Tomé mi bolso, sabía que regresar a la oficina terminaría en humillación otra vez. Iba poniéndome de pie cuando Edgar me detuvo.
—Voy contigo... y de ahí agarro camino mi casa. Lo prometo, jefazo.
—Quédate a hacer horas extras —intenté bromear.
—Paso, no traje rodilleras.
Entendí su chiste de mal gusto, pero me hice la que no escuchó aquellas respuestas cada vez me molestaba más. Cruzamos las calles solitarias en silencio hasta llegar al boulevard que quedaba a unas cuatro cuadras de la oficina. Vi la parada donde tomaba el camión y quise quedarme ahí sentada para irme a casa.
Edgar iba mandando mensajes en su teléfono cuando pasábamos una zona donde había varios bares cerrados. Paredes negras, puertas metálicas, terrazas con pintas bonitas, colores chillones; Yo deseé alguna vez entrar, pero estaba segura que nunca conocería la sensación de ir divertirse con amigos; incluso la idea me resultaba más lejana cada día.
—¿Tú tomas? —preguntó de pronto.
«Solo malas decisiones» iba a responder, pero no tenía humor.
—No.
—Yo sí. Me gusta mucho beber en mi casa, con música y buena compañía. Cuando quieras te invito.
—Gracias —mascullé para no insultarlo.
Por fin cruzamos la gasolinera donde estaba el bendito cajero. Edgar pasó primero mientras me hablaba de como eran las fiestas en su casa y lo bien que se la pasaban sus invitados. Yo asentía sin parar deseando ponerle mute.
—Listo. Mil ochocientos, nada mal para una semana baja de tiendas pequeñas.
—Te fue muy bien —me sinceré a la par que tomaba su lugar en la máquina. Para mí sorpresa me tenía más paga de lo normal, incluso cerca de lo que Edgar había ganado.
—Uy, a ti te fue mejor.
—Debe ser un error —negué con la cabeza viendo la pantalla. Edgar se acercó y aplastó el botón de retirar dinero—. Esper...
—¿Esperabas más o qué? —interrumpió en tono áspero.
—No, al contrario, solo mi paga normal.
—Las horas extras que te están metiendo también valen —soltó una risa burlesca—. Vámonos ya.
—¿A qué te refieres? —lo confronté por fin.
—Ay, por favor Jeca... todos saben que te estás raspando las rodillas en vez de trabajar. Está bien, no te juzgo, algunas lo hacen gratis, tú al menos cobras bien.
—¡No es así! —levanté la voz con la visita clavada al suelo—. Yo no quería eso. Yo no quería esto.
—No te hagas la víctima: Una joven, abarcando el puesto de secretaria sin tener experiencia, ni mayoría de edad, ¿qué esperabas? Tampoco es como que seas la primera, Damián trabaja así. Si tú no querías que te agarraran de acompañante, pues no hubieras aceptado el dinero en primer lugar. No seas mojigata.
—¡Yo no pedí que me diera ese dinero! —reafirmé levantando el rostro. Podía sentir el cuerpo tenso y la cara ardiendo de ira. Seguíamos en el cajero, por fortuna no había nadie esperando turno.
—Entonces solo di gracias —soltó con despreocupación, dando la vuelta para marcharse solo.
Llevé a las manos a mí cabeza, y me mordí el labio para no gritar, hasta sentir el sabor a hierro en la boca. Me había convertido en lo que nunca deseé, cayendo más bajo de lo que pensaba, había terminado prostituyéndome sin astucia por unas palabras bonitas. Quise llorar, pero lo único que conseguí fue una arcada tan profunda que me lastimó el tórax ya que no tenía comida en el estómago.
Guardé el dinero, caminé sin ánimos, sin fijarme siquiera si empujaba a alguien o un carro venía al cruzar las calles, no me importaba, ya nada me importaba. Regresé a esperar al camión a mí casa, de lo único que estaba consciente era de que no volvería a poner un pie en esa oficina, muchos menos estar cerca de Damián.
El sol aún dejaba ver claramente la ciudad, los bares con sus extravagantes decoraciones le daban un toque animado a esa parte del boulevard, los carros emitían ruidos, se escuchaba alguna canción de rock tenue cerca y pocas personas caminaban por la acera; quizá iban a sus casas, o salían de trabajar o de estudiar. Yo deseaba ser ellos, caminar de la misma forma despreocupada que parecían gozar. Sabía que lo que aparentaban quizá no era la realidad, pero eso era lo que deseaba cambiar, mi realidad, mi existencia. Anhelar era lo único que me quedaba.
Tomé la ruta que me llevaba mi casa y para mi mala fortuna, ese día que quería tardar viendo el paisaje, el camión iba más rápido de lo normal. Decidí bajarme a varias calles de mi destino, porque no quería encerrarme aún, deseaba ver un poco más a las personas que paseaban por ahí.
Fui hasta el parque de mi colonia, busqué alguna banca alejada de la calle transitada y me senté a observar: No había pasto, solo tierra. El área de juegos estaba llena de niños que se divertían imaginado sin más preocupación que no ser llamados por sus familias para regresar a casa. Había una cancha vacía de fútbol y otra de básquet con un grupo de jóvenes, ellos estaban centrados en el balón, seguro teníamos la misma edad, aunque ellos aparentaban más vida. En una esquina había unas gradas con varias parejas de pubertos enamorados; no pude evitar preguntarme si en verdad era amor o sus ansias de crecer. En la otra esquina estaba un pequeño escenario de concreto donde a veces hacían eventos, pero en esa ocasión solo tenía algunas personas sacándose selfies.
El mundo seguía su rumbo, pero yo ya no tenía interés en seguir el mío. Cerré los ojos intentando guardar la imagen de cada persona feliz que se había cruzado por mi vista en ese lapso de tiempo.
—¿Jeca?
Mi corazón empezó a latir con mucha fuerza, como si de pronto me hubieran encontrado haciendo algo malo; Las palmas me sudaron, el estómago me dio un vuelco: Una voz en extremo conocida me hizo despegarme de mis pensamientos. Estaba segura que mi cara se deformó por la sorpresa, a pesar de que vivíamos cerca, yo no esperaba hablar con él otra vez.
Adam:
Desperté mareado, el sol entraba por la ventana y me quemaba la cara; no sabía qué hora era, tampoco que día; me dolían las costillas, sentía la boca hinchada. No tenía celular, mi cuarto estaba muy desordenado, había un sabor a hiel en la lengua que me asqueaba.
Ya no tenía el sofacama, no había televisiones, todo olía mal, había ropa en el suelo, no recordaba cuando tomé una ducha por última vez porque no sabía ni siquiera en qué momento había aparecido en mi casa.
Me puse de pie, eché un vistazo rápido al ropero para confirmar si quedaba algún recordatorio de mi noche anterior. Vi una laptop, por supuesto no era mía y tampoco me interesaba saber de quién, yo solo estaba pensando en ir a venderla para conseguir lo suficiente y pagarle a mi proveedor.
Todo se me había ido de las manos, me pasaba el día entero consumiendo, estaba hundido por completo en el vicio porque empecé a experimentar con el cristal sin saber en qué demonios me metía.
En menos de un mes había perdido todo, caí tan bajo que empecé a robar para poder costear mi adicción y para animarme a hacerlo tenía que estar dopado, lo cual se volvió un círculo.
Daniel, el que alguna vez fue mi proveedor, dejó de venderme porque ya no le era de confianza, así que tuve que buscar un nuevo jefe; no sin antes haberme roto los vidrios de mi casa y robado la sala como recordatorio de que no salí bien.
Me había consumido parte de la venta y si no lo pagaba esa misma tarde, en el mejor de los casos, me iban a pegar una golpiza que me mandaría al hospital.
Empecé a desesperarme, ya tenía golpes en el rostro debido a un malentendido días atrás: Esperaba a una persona en una colonia lejos de donde vivía. Había una casa color crema, sin cerca, con un par de bicicletas afuera. Por estar rondando en busca de esa persona, pensaron que iba a robar. Un hombre salió directo a darme un puñetazo en la cara mientras me insultaba. Me partió el labio y me dejó una marca amoratada en el pómulo. Sumando mi delgadez, solo conseguí verme como alguien intimidante, de esos que no tienen respeto por la vida humana y matarían por drogarse.
Aún no caía tan bajo, pero estaba consciente de que mucho no me faltaba. Había empezado a asaltar; tenía un par de semanas así, donde me drogaba a tal punto que olvidaba lo que hacía o simplemente no me interesaba y despertaba con objetos que no eran míos. Me metía en problemas muy seguido, la policía me detenía apenas me veía caminando en la calle; me revisaban, robaban pertenencias y golpeaban. No era más que un cúmulo de dependencia, ansiedad, insensatez y paranoia.
Quería cambiar, deseaba salir del pozo, pero me era imposible. Cuando consumía cristal, me sentía fuerte, enérgico, feliz. Pero apenas se pasaba el efecto, terminaba meditando cosas, no podía dormir, escuchaba ruidos, pensaba demasiado. Estaba en una espiral que iba acabando conmigo y era tan obvio como la desconfianza que infundía al caminar por la calle, dándome cuenta como las personas cambiaban de acera o aceleraban el paso para mantenerse alejados de mí.
Deseaba tanto poder regresar el tiempo al momento en el que experimenté con esa mierda y jamás tocarlo, porque el vicio era terrible. Anhelaba dejar de sentirme tan vacío, que incluso el suicidio parecía una salida viable para esa desesperación que me embargaba. Total, nadie extrañaría a un adicto, la mayoría pensaría que mi muerte era un favor al mundo.
Me puse de pie, cansado de meditar lo mismo cada día, tomé la laptop, la metí en una mochila y cuando iba saliendo, un auto se estacionó fuera de mi casa. Era un sedán de cuatro puertas, de un color verde muy oscuro y vidrios polarizados. Sudé frío, lo primero que pensé fue que venían a cobrarme y sabía que si no entregaba efectivo, no aceptarían nada más. El miedo se convirtió en vergüenza al ver a mi madre bajando de ese carro y como su rostro se transformaba al verme.
—¿Adam? Estaba preocupada, te he llamado, mandado mensajes y no respondes —advirtió caminando hacia mí. Iba toda vestida de color negro.
—No tengo teléfono. Lo perdí.
—¿Qué te pasó? —cuestionó examinándome el rostro con detenimiento.
—Nada. Estoy bien, ma'.
—¿Bien? Estás todo flaco, ojeroso, te ves cansado y... ¿En qué estás metido?
Levanté los hombros. Mi madre empezaba a dejar la preocupación para dar paso a la ira. Masculló algunas cosas mientras regresaba al auto por unas bolsas de súper con despensa que había llevado para mí.
—Ma', no hace falta que me traigas cosas.
—¿Cómo no? Ve nomas como estás, hasta tienes los dientes más amarillos. Ay, Adam... nomas me salgas con tus cosas otra vez, tan bien que estabas —reprendió mientras yo volvía a abrir la puerta. Sabía que eso era apenas la punta del iceberg, ella se pondría muy mal cuando se diera cuenta cómo vivía.
—Ama'... es que yo no esperaba que vinieras —intenté justificar. Negó con la cabeza, me pasó las bolsas porque ni siquiera le ayudé a bajarlas.
—¿Qué le hiciste a mi casa? —preguntó horrorizada mientras pasaba por la sala. Dejé las cosas cerca de la puerta para explicar:
—Nada, es que...
—¿Nada? Las paredes están rayadas, los sillones no están, ni el microondas... Mira la estufa, ¿qué pasó con el refrigerador? Adam, ¿vendiste mis cosas?
—No... no todas... algunas me las robaron —mascullé caminando tras ella.
Mi madre traía unos tacones que a cada paso resonaban por el suelo. De pronto el único sonido que se escuchó fue el de su mano estampándose en mi mejilla izquierda.
—¡¿Con qué derecho? ¿Tú crees que yo compré todo para que te lo fumaras?! Esta casa no es tuya y no tienes motivos para usarla de esta forma. ¡Te he tolerado demasiado, Adam, pero ya no. Estoy harta, siempre dices que vas a mejorar, pero esta vez te has superado a ti mismo, esto es la gota que derramó el vaso! Mira que huevos, el señorito vende cosas que no le costaron para pagarse sus vicios. ¡Vergüenza debería darte, ya estás viejo para que andes con tus tonterías! Veinticinco años de tu vida que no han servido porque no haces nada por ti.
—Perdón —pronuncié frotándome la cara para que no me viera llorar. Entendía su coraje y frustración.
—¿Perdón? ¿Otra vez? ¿Es lo único que tienes? No, ya me cansé de perdonarte y ver que sigues empeorando. He sido demasiado tolerante contigo, al punto que creo que ese es el problema. Te he ayudado de distintas formas y tú vives en tu burbuja de egoísmo, confiado en que siempre te saldrás con la tuya, pero ya no más, Adam. Yo no sé cómo le vas a hacer, pero yo, ya no te quiero aquí. Tienes un mes para recoger tus cosas y buscar donde vivir, porque esta casa la voy a rentar. Ya estuvo bueno de que seas así, es momento de que te des cuenta que la vida es más que ir por ahí consumiendo las porquerías que te ofrecen...
—¡Yo sé que es más que eso! De verdad, mamá, quiero salir de esto —sollocé, mi madre relajó el semblante.
—¿Y qué piensas hacer?
—No sé..
—¿Irás a rehabilitación?
—No. Eso no sirve de nada.
—¿Entonces qué chingados, Adam? ¿Quieres que te siga dando casa, muebles, comida para que sigas matándote así? Mira, yo no sé, pero tienes un mes para regresarme la casa y espero al menos tengas la decencia de dejar de destrozarla hasta entonces... Adam, no sé en qué me equivoque contigo o que hice mal, solo quiero verte bien o de plano, ya no seré capaz de verte otra vez —sentenció dando la vuelta para salir. Su voz se quebró en la última frase y una parte de mí también.
—No fue tu culpa. Tú siempre has sido la mejor mamá, soy yo el que tomó malas decisiones.
Me acerqué para abrazarla y ella correspondió. Me hacía falta sentir esa humanidad, el calor que solo mamá me podía transmitir, el amor inmenso que me tenía y que yo no sabía apreciar.
—Solo quiero que estés bien. Eres mi bebé, no sabes cómo me duele verte así de acabado. Puedo pagarte la rehabilitación, puedo ayudarte con eso si prometes no volver a caer, porque es lo último que haré por ti —reiteró llorando y a la par tratando de contenerse.
—Yo vivo a mi manera, esto es lo que elegí. —Ella me soltó.
—Si esa es tu decisión... Espero que me entregues la casa. O cambias tu camino, o te haces una nueva vida —advirtió cruzándose la mano izquierda sobre su pecho, mientras se limpiaba las lágrimas con la derecha.
Asentí frustrado. Quería cambiar, pero no deseaba hacer gastos innecesarios en rehabilitación, tampoco que los demás se metieran u opinaran sobre mi vida. Tenía miedo de fracasar, de que mi familia pagara mucho dinero para que al final yo no pudiera cambiar y volver a romper sus esperanzas. Ellos creían en mí, me tenían mucha fé, pero yo ya estaba tan decepcionado que no me sentía capaz de ser fuerte. Al menos lejos de ellos podía intentar y fracasar sin decepcionar a nadie.
Mi madre negó con la cabeza lentamente porque sabía de antemano cual era mi posición. Ni siquiera se despidió de mí, salió de casa aguantado el llanto, quizá segura de que ya me había perdido para siempre.
Me senté en el suelo con las manos en la cabeza, había tantas cosas malas dando vueltas en mi mente; imágenes de mis errores repitiéndose una y otra vez. Tenía muchas ganas de llorar, aunque intenté reprimirme no pude. Todo era desesperante, la abstinencia me hacía cada vez más inestable y a pesar de que debía pensar en solucionar mi vida, mi cuerpo exigía una dosis más.
Estuve en el piso hasta que me sentí entumecido, ni siquiera reparé en cuanto tiempo pasó porque recordé que debía conseguir quinientos pesos antes de que me buscaran. Asustado por no recordar donde dejé la mochila con la laptop, fui a revisar en el lugar donde había botado las bolsas que mamá me dejó con despensa y ahí la encontré. Suspiré pasándome las manos por la nuca y agradeciendo internamente no haberla dejado afuera.
No tenía reloj, pero por la ventana pude ver que ya el sol estaba por ocultarse. «Si los cerdos me revisan, me van a quitar la computadora y golpear. ¿A quién se le vendo seguro?» me preguntaba mientras me mordía el labio de forma insistente.
Tocaron la puerta, con solo escuchar los golpes, me inundó el miedo. Podía jurar que los testículos se me fueron a la garganta y las manos me empezaron a sudar. «Nah, no pueden ser ellos porque no tocan así de sensibles. Si vinieran a cobrarme ya estuvieran rompiendo ventanas» me tranquilicé dando pasos desconfiados para abrir.
Apena me asomé, me encontré con la mirada decepcionada de Malcom.
—Andas pero si valiendo mucha verga, pendejo —me reprendió. No respondí solo lo dejé pasar.
Él se puso de pie en medio de donde alguna vez estuvo la sala, mientras señalaba cada cosa que veía diferente a la última vez que me visitó.
—Febrero, marzo y pocos días de abril... No han pasado ni tres meses y tú ya arruinaste tu vida.
—¿En serio ya se acabó Marzo? Malcom, no estés mamando, ¿sí? Tengo muchas cosas que pensar y tengo además que salir, así que...
—¿Me estas corriendo? —preguntó ofendido falsamente.
—Creo que correr se escucha mal, diría más bien...
—¡Qué bueno porque no me pienso ir! —interrumpió tomando la única silla que me quedaba y acomodándose en ella.
—Mira, en serio... Necesito ir a vender una madre que traigo ahí... Necesito dinero, ¿sí? ¿Me acompañas a venderla? Si voy solo me va a revisar la policía y no me van a creer que es mía, pero tú eres estudiante y si te la perdonan.
—Primero, ¿vender qué? ¿Qué "madre traes ahí"?
—Una laptop.
—¿Y de dónde la sacaste?
—¿Qué chingados te importa? ¿Me vas a ayudar o no? Porque no tengo tiempo, pendejo. Si no consigo el dinero me van a putear —expliqué exaltado.
—¿Ahora sí quieres mi ayuda? Te busqué un chingo de veces y no me abriste la puerta... ¿Adam, estás robando? Qué más necesitas para darte cuenta que estás mal...
—Vete a la verga. No me vengas a mamar con tus sermones —reclamé caminando a la salida.
—¿Quinientos pesos? Los traigo, a ver esa computadora, que mi hermana quiere una.
Solté el aire de forma pesada. Tenía una mezcla de agradecimiento y vergüenza con Malcom. Él solo quería ayudarme a pesar de que lo había estado evitando. Le pasé la mochila con desgano, sin verme la abrió para revisar la computadora con desaprobación.
—Esta cosa sale bien cara. Te pasaste de verga, pobre persona a la que se la robaste, se nota que está nueva.
—¿En cuánto sale?
—Pícate la cola, ya me dijiste quinientos y te chingaste —rechistó sacando su cartera—. Y ten, doscientos más porque me das asco, vete a revisar pinche desnutrido.
—Ya, chinga tu madre... Gracias por ayudarme —mascullé tomando el dinero.
—No debería, no sé porque te ayudo. No me gusta verte así, yo sé que es tu vida pero... vale más de quinientos pesos, Adam, y por esa pequeña cantidad te pueden matar.
Nos quedamos en silencio, había mucha desesperación ante la inminente verdad y mis ansias de volver a consumir. Empecé a tener una batalla interna que me puso sensible.
—No sé como dejarlo, sí quiero, pero no puedo. La piedra me ha robado hasta las ganas de vivir. Vino mi mamá, ya no quiere que siga aquí y debo cambiar o entregarle la casa —confesé
—¿Y? ¿Qué piensas hacer? —cuestionó acomodándose.
Me encogí de hombros, Malcom bufó irritado.
—Creo que deberías empezar por bañarte y limpiar esta pocilga. —Asentí, me puse de pie para juntar los envoltorios de frituras que había en la mesa.
—¿Has hablado con Jeca? —preguntó de pronto.
—No. Ya tengo mucho sin saber de ella, y es mejor así. No quiero que me vea de esta forma —expliqué.
—Uy, que mal... ella va a venir mañana —soltó haciendo una mueca preocupada.
—No seas mamón, ¿a qué va a venir?
—Yo le dije que viniera.
—¿Qué hiciste qué? ¿Es en serio? —Malcom asintió con una risa nerviosa—. No seas pendejo, ¿para que la invitaste? Ve como esta esto, como estoy yo, no quiero que piense que esto es por ella.
—¿Y no es por ella? —indagó confundido. Tomé un pedazo de papa vieja que estaba sobre el fregadero y se la arrojé en el estómago.
—No. Al principio solo quería olvidarla, pero el vicio lo agarré por propio pie. La primera vez que fumé cristal, no me pegó nada porque no lo hice bien, así que fumé hasta agarrarle gusto... ¿Te das cuenta? Yo mismo me obligué a enviciarme.
—Ves que si estás bien pendejo.
—¿Pero cómo que va a venir? ¿Quién te dijo?
—Ella. Me la encontré en el parque... Estaba sentada,y pues no sé... Es que Adam, Jeca cambió. No solo se ve diferente por fuera, está rara, creo que volvió a lo que intentabas evitar —confesó.
—¿Crees que ella quiere suicidarse? —pregunté con miedo, él se encogió de hombros.
—Me preguntó por ti.
—¿De verdad? ¿Qué te dijo? ¿Me extraña? ¿Quiere verme?
—Hey, que no se note la desesperación... Solo me preguntó cómo estabas.
—¿Y qué le dijiste? —cuestioné asustado.
—La verdad.
—Vete pero mucho a la verga, inútil.
—Pues chinga tu madre. Si no te gusta la verdad, cámbiala dejando de drogarte en vez de evadirla, pedazo de mierda.
—Ya dime que te dijo.
—Que mañana viene a visitarte por la tarde. Así que tienes menos de un día para arreglar tu cagadero si quieres que te vean bien.
Caminé al baño dando pasos trémulos, apoyé los brazos en la pared y me vi a espejo después de días de evitarlo. Mi delgadez, mis ojeras, los golpes que aún dolían y me hacían sentir humillado; parecía mayor, me veía sucio; no era como me recordaba. Tuve un fuerte impacto mental en segundos al reconocer que me había convertido en lo que jamás quise, a tal punto que me producía ganas de llorar. Una mezcla de vergüenza, melancolía y miedo me aturdían junto a mi reflejo. Le había fallado a mi relación amorosa, a mi familia, a mis amigos y a mí mismo, a un nivel donde ya no podía reconocerme.
Y de nuevo tenía que enfrentar a la realidad: ¿Qué podía decirle a Jeca? ¿Cómo iba a apoyarla si ni siquiera me preocupaba por las cosas básicas de mi aspecto? ¿Qué podía hacer para cambiar si cada vez que pensaba que no podía ir peor, me hundía más?
¿Esperaban "ver" así a Adam o también están más decepcionado aunque pensaron que no podía ir peor?
Capítulo más largo de la habitual (este tiene más de 4000 palabras) espero lo hayan disfrutado <3 —Dentro de lo cabe jejeje—
Muchas gracias por su apoyo, ya estamos a nada de alcanzar las 70 mil lecturas 🖤 y me faltan menos de 10 seguidores para los 1300 así que infinitas gracias por tanto amor. 💓
Nos leemos en el próximo capítulo —El penúltimo—. Realmente no sé cuando actualizaré, le estimo una semana y media.
Imagen con la letra de la canción "Si te vas" de Extremoduro.