Perfectamente equivocados

By GellySweetDreamlike

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Atraídos como imanes, Candy y Lex se unirán para continuar siendo los mejores estudiantes del colegio sin ren... More

Introducción
Prólogo
1. Apariencias que engañan
2. Una clase ideal
3. Una clase ideal II
4. En equipo
5. Expectativas
6. Jugada inesperada
7. Primer acuerdo
8. ¿Sueño o visita?
9. Conociéndote
10. Debate cultural
11. Puntos de vista
12. Lo inimaginable
13. Sorpresas
14. Apostando por ello
15. Trato hecho
16. Detalles inadvertidos
17. Noche de sorpresas
18. Noche de sorpresas II
19. Familia
20. ¿Qué ocurrió?
21. Buenos estudiantes, buenos hijos
22. Buenos estudiantes, buenos hijos II
23. Sospechoso
24. Verdades
25. Extraña declaración
26. Amigos
27. Confianza ciega
28. Intrigas a medias
29. Mi lugar
31. Complicaciones
32. Volverte a ver
33. Experiencias distintas, ideas distintas
34. Experiencias distintas, ideas distintas II
35. Reunión navideña
36. Fiestas novedosas
37. Fiestas novedosas II
38. Hechos intrigantes
39. Confesiones inesperadas
40. Dudas e ilusiones
41. Encuentros repentinos
42. Desarrollando competencias
43. Comentarios peligrosos
44. Bola de nieve
45. Esenciales explicaciones
46. Descubrimientos emocionantes
47. Misterios a la vista
48. Ideas ingeniosas
49. Riesgo y confianza
50. Cuestiones sobre amor
51. Exploraciones
52. Exploraciones II
53. Rumbos imprevisibles
54. Eficiencia y avances
55. Emociones opuestas
56. ¿Vendrás?
57. Incertidumbre
58. (Des)confianzas
59. (Des)confianzas II
60. Pequeños incidentes
61. Posibles discordancias
62. Posibles discordancias II
63. Reversos
64. Mensajes ocultos
65. Vías de escape
66. Traspasar los límites
67. Traspasar los límites II
68. Secretos que hieren
69. Buscando respuestas
70. Revelaciones y castigos
71. Revelaciones y castigos II
72. Soluciones sobre la mesa
73. Inspecciones incómodas
74. Juicio
75. Grietas
76. Telaraña
77. Supuesta enfermedad
78. Porvenir incierto
79. Elecciones desgarradoras
80. Nuevo panorama
81. Reflexiones I
82. Reflexiones II
83. Momentos de confusión

30. Nuevas rutas

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By GellySweetDreamlike


—Yo diría que soy una mezcla —manifestó—. Por una parte, quiero ir a esa universidad porque de todos los grados similares que me ofrecen las de por aquí, el de Cambridge me interesa más. Y dos, porque no pienso dejarme explotar por el sistema laboral sin una paga justa.

—¿Cómo es eso?

A la vez que Candy enunció la pregunta, Greg a sus espaldas chasqueó.

—La cruda verdad es que con un título me puedo garantizar un trabajo, prestigio y un buen sueldo —le explicó Ethan—. Tampoco aspiro a mucho, vamos, pero sí quiero superarme. No voy a irme por la vía de conseguir trabajo rápido y ahorrarme algo de estudio para luego arrepentirme al acabar como una chica que conozco, que cobra la mitad de su compañera por haber optado por VET en lugar que lo otro.

—¡Eso ya no pasa! —se quejó Greg—. Tanto el The Guardian como otros periódicos señalan lo valorados que están empezando a ser los VET. Es más, ya no solo consigues trabajo antes aplicando por allí sino que ganas mucho más que los recién egresados de la Universidad.

—Los periódicos no analizan otra cosa que estadísticas, Greg —argumentó Ethan—. Hablan de una variable, no de un total. Puede que tengas razón y que haya habido una mejora en algunos sectores. ¿Pero acaso es en todos? La antigua manera de pensar persiste, y mientras sea así, muchos trabajadores seguirán seleccionándose por ese mismo criterio. Sin una concienciación social de la mayoría, no existirá un cambio visible y verdadero en ningún aspecto.

Él negó con la cabeza.

—Tanta tertulia política te está afectando —masculló.

—¿No tengo razón?

Greg le dirigió una mueca de disgusto.

—Chico, hay trabajos en los que saber currar es lo único que cuenta.

—Y los que implican cabeza y tener un nivel base de cultura siempre han sido mejor pagados que los que solo son físicos.

—¿Qué me dices del sueldo de un profesor y un albañil?

—¿Y el de un CEO y un juez qué, listo? —replicó—. Además, la universidad te permite tener las opciones abiertas. Especializarse hoy en día, con el cambio de parecer que tenemos todos los de nuestra edad, lo veo inseguro. Vamos, que pueden cogerse un trabajo rápido y bien pagado, pero enseguida se cansarán.

—Los cursos vocacionales también te ayudan a buscar qué papel quieres desempeñar en lo que hayas elegido —contraatacó Greg—. Además, un título no te asegura que no acabarás en el paro, y sin trabajo a saber quién te paga los préstamos de una carrera.

Ethan soltó una risa ahogada.

—Es irónico que desprecies la universidad habiendo entrado a ella.

—Solo he ido porque me salía rentable —comentó encogiéndose de hombros—. En informática, ambas sendas son igual de buenas.

—De todos modos, insisto. Nadie te quita la variedad de conocimientos que aprendes en la Universidad y lo que te pueden servir para un futuro del que no sabes qué esperar.

Candy no pudo hacer otra cosa que escuchar atenta la conversación, ya que a pesar de estar al tanto de la base de ambas opciones... No había tenido necesidad de indagar más allá al tener muy claro qué vía escoger. Sin embargo, después de la charla, una pregunta surgió en su cabeza.

—Sigo sin saber cómo lo han hecho.

—¿El qué?

Candy volvió a mirar de reojo las casas que dejaban atrás.

—Según lo que veo, los centros a los que habéis ido los tres no ofrecen ni la mitad de la preparación que los que he pisado yo —se lamentó.

—Ya, pero eso no me quita los pocos sobresalientes que he sacado en el GSCE —respondió Ethan como si nada.

—¡Es que a eso me refiero! —señaló ella—. ¿Significa eso que consiguiendo la misma nota que yo pero con la mitad de trabajo, podemos acceder al mismo sitio?

Ethan sacudió sus hombros, aunque con el gran abrigo que llevaba casi pasaba desapercibido.

—Así es —confirmó—. Aunque tampoco creo que entre por delante de ti, no soy tan bueno. Pero tal vez otros como Sarah si lo hagan.

—¡Es que es injusto!

Ethan bufó.

—Tú has decidido aprovechar las oportunidades de lo que se te ha dado y has tenido acceso —declaró—. Otro chico en peores condiciones se habrá esforzado lo mismo para un resultado menor al tuyo, y todo por condición de vida. Solo por eso, ¿no vas a valorar su esfuerzo?

Candy miró al cielo, cubierto por un espeso conjunto de nubes grises.

—Sí y no.

—¿Por qué?

Ella bajó la cabeza.

—Hay quienes son conscientes y buscan vías para lograr superarse, en lugar de quedarse de brazos cruzados y esperando a que las oportunidades lleguen a ellos.

—Entonces te quedas con esta parte, yo hago del punto cuatro al seis, y pasamos a Simon lo que queda, ¿está bien?

Pete asintió con ganas.

—Perfecto, sí.

Candy sonrió. Ambos estaban tratando de hacerse entender con el tono más bajo posible al estar en una mesa de la biblioteca del colegio, ambiente en el cual reinaba un silencio absoluto.

—Así cada uno puede hacer su parte en casa y, a la vez, si alguien no cumple con lo suyo los demás no nos comemos el marrón —prosiguió ella—. Queda claro lo que tiene cada uno. Ante cualquier problema, se informa al profesor.

Él no pudo hacer otra cosa que darle la razón.

—Por eso me encanta hacer trabajos contigo, Candy.

A ella no le podía dar más ternura.

—Ay, gracias.

—Es que eres súper inteligente, y siento que siempre me das la posibilidad de conseguir buena nota —añadió él—. Sin ti, no sé si yo me atrevería a organizar a todo el mundo.

Sí, para ello se necesitaban agallas —pensó Candy.

—Entiendo —admitió—. Aunque digo lo mismo, da gusto trabajar también con quienes se esfuerzan como tú.

—Lo necesito —respondió con ganas—. Desde pequeño ir a las grandes universidades fue... un sueño para mí. Mis padres trabajan muchísimo para poder pagar lo que la beca escolar no me cubre, que aún sigue siendo un dineral. Si no fuera hijo único, venir aquí hubiese sido imposible.

Candy entendía la complejidad, pero se sentía bien porque para su fortuna había logrado pisar ese colegio.

—Pero estás aquí, y desde hace mucho.

—Sé que este sitio me va a abrir oportunidades que otros sitios no —aseguró—. Es muy exigente, no puedo superar la B en notas, pero va a merecer la pena cuando salga de aquí.

Candy no podía estar más de acuerdo.

—Claro que sí, recuerda que una nota de estas aquí equivale a un sobresaliente en cualquier otra institución escolar.

Y sabía que sus objetivos, se lograrían.

—Candy, algunos no tienen de otra —insistió Ethan.

—Sí que la tienen.

Él rodó los ojos.

—Estás ciega, eh.

—No, no lo estoy porque lo he visto —aseguró convencida.

—¿Qué has visto?

Ella se detuvo a enfrentarle de forma seria.

—Casos de personas que deciden superarse, Ethan, sin siquiera tener recursos.

—No todos tienen oportunidad de hacerlo.

—Ya, vale —consideró—. Pero ten en cuenta que en una entrevista de trabajo, a nadie le importará si uno de los candidatos solo sabe dos idiomas porque por su situación no ha podido aprender cinco más como el siguiente aspirante al mismo puesto.

—Por eso mismo, al menos deja que para acceder a la universidad tengan preferencia. —Ethan hizo hincapié en la idea—. El mundo no es justo, es cierto, pero date cuenta que miles de personas matarían por solo tener las injusticias en las que vives tú.

A Candy el comentario le sentó de dos modos distintos. Por un lado, lo entendía, pero por el otro... Era necesario dejar algo claro.

—Créeme, mi vida tampoco es que sea un camino de rosas.

—No es tan difícil como la de otros —remarcó.

—¿Y tú que sabes?

Estaba bien que ella fuese consciente de sus condiciones, pero el nivel de presión que se llevaba a la espalda no lo aguantaba cualquiera.

—Puedo demostrarlo.

Ella adquirió una postura desafiante.

—¿Ah sí? ¿Cómo?

Él sacó su móvil del bolsillo y le echó un vistazo.

—Son solo las seis. —Volvió a subir la cabeza—. ¿Aún tienes tiempo?

Ella entrecerró los ojos sin entender nada.

Sin embargo, muy pronto lo haría...

Candy jamás se había subido a una bicicleta. Sin embargo, Ethan le transmitió ganas de aprender en cuanto la acompañó montado en ella en su lento trayecto. Había decidido ir caminando a su lado después de que él señalase que no estaban muy lejos de donde quería llevarla. Se fueron en línea paralela. Pasaron de estar rodeados de edificios, tiendas, y un lugar transcurrido a seguir el recorrido a través de un el sendero rodeado de arbustos de un verde intenso que se tornaba un poco más marchito en la siguiente calle que avanzaban. Las casas triangulares de la anterior avenida, pequeñas y bien cuidadas, pasaron a ser unas rojas muy vivas entre otras que perdían el color, otras medio blancas, y la entrada cuidada con coches pasaba a ser una que tenía bolsas de basura al lado de la puerta y cercas de madera desgastadas.

Los bordes de las aceras estaban descuidados y las rayas del paseo de zebra estaban claramente despintadas a comparación de cuadras atrás. Aún así, si no hubiese estado observando tan a medida la diferencia durante ese pequeño viaje, ni siquiera habría notado la diferencia.

—¿Dónde estamos? —preguntó, y justo en eso Ethan dio la vuelta a la esquina para seguir por una pequeña subida.

—Dudo que conozcas la calle.

Bueno, podía ser cierto —reflexionó Candy.

—Pero cerca de Whitley.

La tensión le bajó de golpe.

—¿Whitley?

Él asintió, lo que causó que el miedo se apoderara de su cuerpo.

—Sácame de aquí —murmuró—. ¡Sácame ya!

El pánico la sacudió a la velocidad de una bala. De un segundo al otro sentía una bola en el estómago, escozor en su garganta, ganas de llorar... todo a la vez.

Ethan frenó bruscamente y se puso de pie a la vez que ella comenzaba a hiperventilar a su lado y se movía de un lado para el otro.

—¿Pero qué te pasa?

—¿Qué me va a pasar? ¡¿Acaso no sabes la cantidad de crímenes abominables que se cometen aquí?!

Ethan la cogió por los hombros para que se quedara quieta y lo mirase.

—Tranquilízate, ¿vale? —le dijo con seriedad.

—¡¿Cómo quieres que lo haga?! —exclamó con rabia.

—Porque no te va a pasar nada, joder.

—¡¿Y cómo lo vas a saber?!

—¡Porque vivo aquí! —le soltó—. No todas las zonas son igual de peligrosas, así que estás a salvo.

Ella respiraba con rapidez.

—¿Seguro?

Él suspiró.

—Este barrio me vio nacer. Y en todos estos años jamás me ha pasado nada grave, así que deja de gritar.

Ethan se subió de nuevo a la bicicleta fastidiado, y continuó así hasta que Candy acabó calmándose y pasando saliva.

—¿Y dónde es que hay peligro?

—Más abajo, hay determinados focos entre Whitley hasta Whitley Woods. Pero por aquí no hay nada.

Candy guardó silencio, y en unos instantes él volvió a evaluarla.

—¿Ya se te ha pasado el berrinche?

Ella le lanzó una mirada helada.

—Perdona por alterarme al darme cuenta de que estoy cerca de donde decenas de mujeres han sido acosadas, violadas, o atracadas de forma violenta.

Ethan bufó.

—Tú y Greg tenéis que empezar a ver más allá de las noticias. Entiende que a los medios no les interesa hablar sobre el panorama monótono de la vida cotidiana. Lo que dicen es cierto, pero la realidad es menos abrupta. —Enganchó sus pies a los pedales—. ¿Vienes?

Ella no lo pensó dos veces. Se dejó guiar por él para acabar de hacer el camino restante, hasta que no mucho más lejos, pararon.

—Debo recoger algo antes de irnos.

—Ehm, vale.

Candy fue tras sus pasos, indecisa, mientras él se dirigía con firmeza hacia la puerta. Una vez llegó a ella, se giró.

—Espérame aquí, no tardo nada.

Ella asintió y agradeció el que dejase la puerta medio abierta. Miró a los lados, aún con algo de temor. Pero en cuanto volvió a mirar al frente, Ethan reapareció con dos bolsas grandes de plástico.

—Ya podemos marcharnos.

Candy abrió la boca, pero la volvió a cerrar mirando la vivienda por fuera.

—¿Todo esto es tu casa?

Él se rio y se separó un poco más de la puerta.

—¿Ves esa línea al medio?

Ella asintió.

—Ya, pues esta mitad es nuestra, la otra del vecino.

—Ah. —Y entonces todo ya le cuadraba.

Justo en eso, un perro metió el hocico por el pequeño hueco de la puerta entreabierta y salió.

Era un perro Golden enorme, con un pelaje dorado precioso y con la lengua hacia afuera.

—Rayo, para adentro —le mandó Ethan.

—¿Rayo?

A Candy le sonó bastante gracioso.

—Lo acogimos una noche en que llovía y tronaba. Eran de los típicos cachorros de raza que vendían en cajas de cartón, solo que a este lo abandonaron siendo ya un poco grandecito —le explicó Ethan—. Tal vez no tuvieron suerte. Y como justo cuando lo vimos había rayos y relámpagos, pues le pusimos ese nombre.

—¡Rayitos!

Una niña de rizos rubios apareció y abrazó al perro por detrás.

—¡Sussie! —gritaron a sus espaldas.

Un chico moreno de unos quince años, de ojos azules y con muchos lunares en la cara, fue tras la niña y al levantar la mirada chocó con la de Candy.

—Hola.

—Hola —saludó Candy riendo.

Él se disculpó con la mirada y agarró a Sussie por la tripa mientras ella chillaba.

—¡Aaaaahhhhhhh!

—¡Mark! ¡Ten cuidado con tu hermana!

—¡La estoy sujetando para que no salga a la calle, mamá!

Él suspiró y se giró hacia su hermano, quien permanecía tenso.

—¿Está en la cocina? —preguntó Ethan.

—No, está arriba.

Él respiró aliviado.

—¿Evitándola otra vez?

Le dirigió una mirada de advertencia y Mark asintió, como si se hubiesen comunicado telepáticamente.

—Date prisa, entonces.

—En eso estoy. —Ethan se giró hacia Candy, ceñudo—. Vamos.

—Vale.

Candy no hizo más preguntas sobre lo que escuchó. Pero sí le surgieron algunas otras, que fue formulando y contestando por dentro durante el camino.

A medida que ambos iban avanzando, Ethan se iba parando en las puertas de algunas casas que le abrían y le entregaban algo que él metía dentro de una de las bolsas de plástico que dejaba siempre en el lado izquierdo de la cesta de la bicicleta. La bolsa de la derecha, permaneció intacta sin tocarse para nada.

El misterio siguió ganando forma, cada vez más confusa, hasta que en algún punto la caminata les desvió por uno de los sitios que Candy temía más: los callejones.

—Tenemos que ir por ahí, Candy.

—No, claro que no —se negó en rotundo—. Estas callecitas sí que dan miedo, Ethan. Y no se te ocurra decir que no tienen la pinta de peligrosas porque no te la crees ni tú.

Él asintió en esa ocasión.

—Lo sé, pero confía en mí.

Candy dejó escapar una risita nerviosa.

—No me pides que haga eso cuando ni siquiera confío en mi propio padre en según qué cosas.

—Qué triste —señaló en voz baja—. Pero esta vez es necesario.

Sin hacerle mucho más caso, y viendo Candy que tenía que aguantarse le gustara o no, Ethan se sumergió aún más dentro de esos caminos sin salida, abandonados y rodeados de poca luminosidad.

Al llegar al cruce de caminos frenó, cogió la bolsa izquierda de la bicicleta de nuevo y la dejó en el suelo. A continuación la abrió y empezó a sacar pequeños táperes de plástico. Les quitó la tapa a cada uno, los colocó a una distancia prudente entre ellos y volvió al lado de Candy, que seguía confundida.

—¿Y ahora qué?

—Shh.

Y en cuestión de poco tiempo, dos perros negros salieron de su escondite. Dentro de unos segundos más, se vio otro, y luego otro. Todos se acercaron a la fuente de comida más cercana que olían y empezaban a probar bocado.

—Es un acto de caridad muy sencillo —indicó Ethan—. Colaboramos la mayoría de vecinos con los restos que dejamos y la comida que sobra cuando se cocina de más. Y ya que tengo un perro que pasó por esas condiciones, siento que debo de ayudar a los otros también. Aunque solo pueda hacerlo cada tres días.

Pero Candy no lo estaba escuchando. Su mente y sus emociones se mantenían enfocadas en esos pobres animales comiendo sin peleas y con ansias, aún con sus patas sucias y algunas partes de su piel lastimadas. Vio a uno blanco con manchas marrones temblando, y acercándose con timidez a uno de los frascos plásticos.

—Nunca he conocido a ninguna comunidad vecinal uniéndose para una causa como esta —susurró con dolor.

—Existe —afirmó él—. Nadie da la alerta para que se los lleven a la perrera, es nuestro trabajo que siga siendo así. Y aunque lamentamos no poder adoptarlos a todos, sí denominamos con un nombre conjunto a toda esta gran familia perruna.

—¿Y cuál es?

Él esbozó una sonrisa de orgullo.

—Estos son los perros de Berkshire.

Después de esa pequeña y sorpresiva parada, siguieron la marcha unos veinte minutos más, hasta llegar lo que parecía ser un edificio-casa de donde salió una mujer mayor de tez oscura que los recibió a ambos con una gran sonrisa.

Ethan dejó la bicicleta aparcada dentro del pasillo y cogió la bolsa de plástico restante y a la derecha por fin. Con una sonrisa enorme, apresuró el paso más que Candy.

Al cruzar el estrecho pasillo, dieron con una sala grande con música y llena de niños distintos.

—¡Ethan!

En cuestión de segundos, una niña Down y rubita se le pegó a la pierna, a lo que él respondió acariciándole la cabeza de forma amistosa. Seguida de ella, un aglomerado de niños distintos, todos con rasgos distintos y con algunas caras fuera de lo común saltaron entusiasmados.

Él sacó una caja de la bolsa, la abrió, y la puso a su altura para que cogiesen las galletas.

—Recordad, una para cada uno, ¿De acuerdo?

Todos asintieron y poco a poco fueron sacando, obedeciendo las normas. El último niño en recibir la caja, con gafas y morenito, fue medio cojeando hasta un niño de ruedas en la esquina. Cogió una galleta, y se la puso en la boca para que la recibiera.

Él sonrió cuando lo hizo, y solo entonces el cogió una para sí mismo. Como se quedó quieto, Candy aprovechó para fijarse en su pie. Por debajo del pantalón, se podía divisar la prótesis que llevaba.

Ella tragó duro, pero enseguida otra niña fue a su encuentro y lo arrastró rápido hacia una de las mesas, sin ninguna precaución o cuidado, como si fuese incapaz de notar su problema físico.

El niño, no obstante, no hizo signo de dolor o molestia. Parecía tranquilo y feliz de que lo hubiesen reunido con los otros niños.

—¡Pasteles!

Candy se giró y vio que Ethan guardaba la bolsa vacía una vez había puesto la última caja a su disposición.

Fue a reunirse con él, ojeando de vez en cuando como alguno se metía todo el pastel a la boca, otro solo iba comiendo por migajas, como si tuviera temor de que se le acabase, y otro comía su pedazo de manera normal.

—¿Qué es este sitio?

Ethan sonrió.

—Es un centro de ayuda para los niños. Sobre la tarde algunos padres sin suficientes recursos traen a sus hijos con para que les den un refuerzo en lo que necesiten; ya sea por motivo de discapacidad, por dificultad con algunas materias o simplemente para tenerlos en algún tipo de actividad aparte del colegio. Aquí encuentran un ambiente en el que sentirse cómodos y normales. Los asesoran en lo que les hace falta y  también los entretienen con juegos o similares.  

Candy los estudió.

—Veo que están muy felices con lo que les has traído.

—Sí, aunque lo importante no es darles comida o regalos —comentó—. Es transmitirles todo el cariño que les suele faltar. Por eso nos esforzamos para que se quieran como hermanos, a pesar de las peleas, a pesar de que algunos tengan algún problema, como síndrome de Asperger, hiperactividad o que sean Down. Los enseñamos a aceptarse y a compartir. Porque es lo único que necesitarán para poder sobrevivir el día de mañana. Apoyándose mutuamente.

Candy experimentó una sensación incómoda. Sentía que en ese aspecto, Ethan se manejaba mucho mejor que ella. Por su lado, se sentía impotente. Quería ayudar, pero no sabía muy bien cómo comportarse o qué hacer. Y siguió con la misma sensación mientras estaba en un grupo de niños al que la habían llamado para jugar y para que le explicaran un poco de su vida y lo que hacía.

—¿Y estudiar tanto no es aburrido? —preguntó una niña.

—Más bien, cansa —aclaró Candy—. Pero ahora el sistema quiere que estudiemos el doble que antes para poder conseguir un trabajo.

—¿Todos hacen lo mismo?

—Sí —afirmó—, todos los niños que quieren conseguir trabajar deben estudiar.

—¿Y cuándo se divierten?

A ella le entró la risa.

—Pues... supongo que en sus ratos libres.

—¿Cuando es eso?

Candy se encogió de hombros.

—No sé, en mi caso los viernes. Pero hay muchos chicos que tienen más tiempo.

—Es muy poco.

Ella suspiró rememorando su infancia.

—¿Sí, verdad? —Miró hacia abajo—. Es lo que hay.

—¿Y qué hacéis cuando tenéis tiempo libre? —preguntó otro niño con gafas.

—Pues... hablar, pasear...

—Pero eso no es divertido.

—¿Ah no?

—No, lo divertido es jugar, como cuando te vas al parque de atracciones o juegas a mamá y papá.

—Sí, supongo que hay cosas más divertidas que otras. —Pero justo después de decir eso, a Candy se le vino a la mente una reflexión muy valiosa.

Puede que fueran niños, pero tenían razón en algo esencial. La ocupación constante mataba la diversión, mataba el disfrute y, consecuentemente, mataba la posibilidad de vivir la vida.

Vocabulario

VET (Vocational Education and Training): Son un tipo de estudios que en principio te preparan para los trabajos técnicos, administrativos o manuales. Se caracterizan por ser mucho más prácticos que un grado universitario, más cortos y estar orientados a un sector muy específico.

¡Hola! 😍

💎 Sí, debo una disculpa por lo de no haber subido ayer.  Pero tuve problemas serios a última hora que a su vez afectarán a la actualización de la siguiente semana. Confirmo que DUDO mucho que pueda actualizar para entonces y por ese motivo el capítulo de hoy ha sido mucho más largo que los anteriores. Y a mi parecer, con un final digno de esta historia 😊❤️.  ¿Alguien más piensa como yo? 👀 Jeje

💎 También debo dar las gracias por algo que me olvidé de mencionar la última vez. ¡Gracias por haber superado ya los 2K de votos y llegar a tener visitas casi equitativas al número de capítulos por el que vamos! 💋💋💋💋💋

💎 Y sobre todo, gracias por toda la lluvia de comentarios de la semana pasada. A tod@s lque habéis comentado, que sepáis que habéis conseguido la mayor variedad de comentarios que he tenido en un cap de reciente actualización. Me habéis hecho muy feliz, y espero que os sigáis animando :')

💎 ¿Preguntas? ¿Comentarios? Mirad que en este cap hay cosas que sorprenden, eh. Muchísimas. Hay detalles que pueden considerarse pistas. 😜

Bueno, dicho esto, espero que os haya gustado :* Y hasta la próxima (que creo que será en 2 semanas, ya aviso). 

Kisses!!!  😘😘😘😘

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