El Príncipe que yo quiera [Co...

By Pidge-Reader

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Sandra Sheffer soñaba con ser una princesa, pero cuando creció, y terminó siendo una secretaria con vida monó... More

Sinopsis.
Príncipes.
Príncipe Malo.
Idiota.
Del odio al amor: Un solo paso.
Príncipe Bueno.
Intrusa.
Peregrina.
Estoy en su Juego.
Preguntas sin Respuestas.
El Hermano De Mi Príncipe.
Mi Primer Beso.
¿Quién Es Anónimo?
Bipolar.
Fiesta de Convenio.
Príncipe Bueno: Chico Malo.
Nada tiene sentido.
Ellos me tienen más loca.
Malas noticias.
Malas Noticias.
Príncipe Malo: Chico Bueno.
Celosa.
Esto es una locura.
Príncipe Anónimo.
La bruja del cuento.
Todo pasa por una razón.
Feliz Cumpleaños, P (PARTE I)
Feliz Cumpleaños, P (PARTE II)
Feliz Cumpleaños, P (PARTE III)
¿La Bella y la Bestia?
Princeso.
*Book Trailer*
Cebolla.
El protagonista.
La Decisión Final.
El Príncipe que Yo Quiera. (Final)
Epílogo.
Nota de la Autora.
Noticias/Sorpresas.
"Hermosa Pesadilla"
"Príncipe Plebeyo"
✨Nueva Portada ✨

Príncipe Bueno Y Príncipe Malo: «Juntos».

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By Pidge-Reader

Capítulo 11.

Cuando abrí los ojos me encontré a un doctor frente a mí. Miré de inmediato a mi alrededor para saber dónde estaba, y entonces vi a Andrew, y a su lado Theodoro. No estaba en un hospital, de hecho seguía en la empresa, en la oficina de la sra. Teresa; ella también estaba aquí. Y la sra. Abigail. ¿Qué? Apénas comenzaba a darle vueltas a mi cabeza cuando el perrazo Thomas habló a mi espalda.

—Bien, ya ha despertado —dijo apareciendo frente a mí. En cuanto lo vi, me quedé estupefacta. ¿A qué se debía esto? Todas estas personas reunidas y yo en medio, me causaba tanto vergüenza como escalofríos.

—Hola señorita —dijo el doctor frente a mí—. ¿Cómo te sientes?

—Bien —dije de inmediato, asintiendo con la cabeza. Quería huir ya de ahí.

—Eso es bueno. Has tenido una baja de tensión, ¿te ha pasado antes?

Nunca había visto al Príncipe bueno y Príncipe malo juntos, así que no.

—No.

—Bien, tienes que descansar ahora. Y, si esto vuelve a pasar, tienes que ponerte en contacto conmigo —me dio una tarjeta personal—. Eres una persona joven, y a esa edad es que comienzan a darse cuenta las personas que padecen de la tensión. Si algo sucede, llámame de inmediato para ponerte en control, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

El doctor se levantó, y el perrazo Thomas lo acompañó afuera.

—Teresa y Abigail, esperénme en la sala de reuniones —dijo antes de salir—. Theo, ven conmigo.

Así que, todos se fueron, y una vez más, éramos sólo Andrew y yo.

Mi corazón se agitó y quise llamar al doctor de nuevo, ¿tal vez iba a sufrir un infarto ahora? Andrew se acercó, y se me secó la garganta, tragué saliva mientras él se sentaba frente a mí. Su cara seria, casi molesto.

—¿Estás bien?

—No —dije, antes de pensarlo—. Es decir, sí... —corregí—. ¿Puedo irme ya?

—Había olvidado que estabas loca —soltó una pequeña carcajada amarga, y algo me dolió.

¿Significaba que me había olvidado, verdad? Haberme dicho que estaba loca no era porque le gustaba, era porque en serio le parecía falta de cordura. De repente me sentí llena de ira.

—Sí, estoy loca. Falta de juicio. Carente de cordura —farfullé, casi con rabia—. ¿Puedo irme ahora?

Él me miró como si me analizara por un momento, y después suspiró.

—Espera, papá ya dará las intrucciones, tienes que esperar, ¿vale? Tal vez te den algún día de reposo, o yo que sé.

—Claro, tú que sabes —seguí reprochando.

—Disculpa, ¿hay algo que me quieras decir? —reprochó él ésta vez.

—¿Qué te hace creer que siqiera quiero dirigirte la palabra?

Andrew pareció atónito. Me miró sorprendido por un momento y luego tragó grueso.

—Así que... me odias, ya veo. Pensé que habíamos quedado en buenos términos...

—No quedamos en nada —ni siquiera sabía por qué estaba intentando ser tan cruel, pero sentí cómo una mantita protegía mi corazón.

—Ya veo —rió un poco—. Tampoco pretendía que fuesemos amigos, aquí la que está falta de cordura eres tú, no yo —y entonces se levantó.

Quería decir algo, pero ya no tenía nada qué decir, él ya había ganado la competencia de crueldad. Así que asentí con la cabeza antes de levantarme también y me comencé a ir, pero cuando abrí la puerta, me encontré con Theodoro. ¿Acaso no iba a poder huir tranquilamente?

—Peregrina —susurró, esbozando una pequeña sonrisa. Pero yo estaba mucho más molesta de lo que todos imaginábamos, así que sin detenerme a derretirme por él, le pasé por al lado, yendo directo al ascensor.

Y Andrew, mucho más molesto que yo, y con sus pasos más largos, me pasó por al lado, llegando primero al ascensor.

—Tenemos que ir a la sala de reuniones —dijo en voz alta, sin siquiera mirarme. Luego Theo me pasó por al lado también.

—Tienes que venir —dijo Theo con voz suave, mirándome con dulzura.

Comencé a temblar, más de impotencia que de nervios, y caminé hacia ellos mirando abajo.

Sólo bajamos un piso. Andrew salió a la delantera, eufórico, y Theo fue detrás de él. Yo los seguí en completo silencio hasta que entraron a una puerta, y nos encontramos con sus padres.

—Toma asiento, preciosa —me dijo la sra. Teresa, que estaba sentada al otro extremo de la sra. Abigail en la gran mesa que abarcaba la sala.

Me senté, y el perrazo Thomas que estaba en la punta de la mesa, con unos lentes de lectura, hojeando carpetas, me miró.

—Ah, aquí estás —se recostó de su silla, que era más alta que el resto, y cruzó las piernas—. Estaba justo hablando de ti, me he enterado cómo has pasado de una empresa a la otra sin intercambio —se rió un poco—. Es interesante, pero no es de lo que hablaré ahora. Lo que iba a decirte es que te tomes el día mañana, descansa, no queremos que nuestros empleados se enfermen —volvió a tomar una de las carpetas para leer, y añadió—: Uno de mis hijos va a llevarte.

Yo, aturdida, sin saber qué hacer ni decir, no me moví. Pero logré escuchar un par de voces a mi espalda hablar al unísono.

—Yo la llevo —dijeron Andrew y Theodoro.

De pronto entré en razón. Me levanté de inmediato, con firmeza.

—Muchas gracias, sr. Mckendree. Me encuentro bien, tomaré el camino a mi casa por mi cuenta, agradecida por su atención —dije antes de comenzar a retirarme sin esperar una respuesta de vuelta.

—De todas formas Andrew y Theodoro tienen que hacer algunas diligencias, llevarte no será ningún problema —dijo el perrazo cuando yo abría la puerta—. Así que muévanse, niños, que no tenemos todo el día.

Andrew no tardó en apresurarse a abrir la puerta, saliendo incluso antes que yo. Theodoro en cambio, se detuvo a mi lado, haciéndome una señal con la mano de que me adelantara. El camino fue totalmente incómodo, nadie dijo nada hasta que llegamos abajo, en donde estaban aparcados un par de audis, uno detrás de otro, rojo y azul; cada uno se dirigió al suyo.

—Yo conduciré, ven aquí —refunfuñó Andrew entrando al volante. Theo caminó entonces al audi rojo, y abrió la puerta de atrás antes de mirarme. Yo solté un gran suspiro, antes de ir allí, y él se sentó en el puesto copiloto—. No quiero arriesgar mi trasero yendo con el conductor irresponsable —dijo Andrew areancando.

¿Estaba refiriéndose al accidente que tuvo conmigo? ¿O Theo era un irresponsable siempre?

Él resopló con una sonrisa vencida.

—Es cierto, pero sólo fue una vez, ¿de acuerdo? Tampoco tengo el trasero a salvo con el mejor conductor, no fui yo quién tuvo que cambiar un vidrio roto.

Sí, definitivamente estaban hablando de mí, esto era mucho más incómodo que el silencio. ¿Sabían que ambos accidentes eran por mí?

—Ya conté que yo sí tenía la vista al camino, fue ella quién cruzó sin mirar. Luego el problema fue insultarla. Una mujer un poco loca, pero valiente, juro que no me esperaba que me fuera a lanzar aquel zapato.

Así que no lo sabían. ¿Podía estar tranquila? Porque no lo estaba, en cambio, me sentía llena de ira. ¿Cómo se atrevía a hablar de mí conmigo presente?

—Entiendo, los accidentes ocurren —opinó Theo—. Yo estaba cambiando una música y casi no me doy cuenta de una chica que había terminado con el zapato atorado a la alcantarilla —suspiró—. Hemos tenido suerte, Andrew... No quiero imaginarme lo que hubiese sido arruinarles la vida a esas mujeres.

Sentía náuseas. Aunque ellos no supieran mutuamente quién era la mujer de la historia, yo lo sabía, y me llenaba de impotencia. No quería tener nada que ver con ellos, no quería sentir nada, quería salir corriendo y borrar esos momentos de sus vidas y de la mía.

—Tal vez un poco de suerte, o tal vez un poco de destino, ¿quién sabe? Que fuese parte de la vida de todos vivir ese momento para aprender algunas cosas —dijo Andrew,y me miró por el retrovisor.

Mi cara ardía tanto que sentía que iba a explotar.

—¿Crees que sea una buena manera de conocer a una persona? Quiero decir... esas personas deberían odiarnos.

—A mí me odia, de hecho —corroboró Andrew.

¡Estaba tan enojada!

—Bueno, la insultaste, debía odiarte incluso antes de lanzarte el zapato. En mi caso ella me perdonó por el accidente. Pero también terminó odiándome... fue por otra cosa.

—A mí me odió antes, durante y después. Ahora mismo debe estar odiándome.

Theo rió.

—Calma, quizá sea como aquella profesora del colegio que creíamos que te odiaba y terminó estando enamorada de ti.

Andrew también rió entonces.

—¿Te imaginas? Sería una locura —y me volvió a mirar por el retrovisor. Yo aproveché de mirarlo con todo el odio que estaba sintiendo antes de voltear bruscamente a mirar por la ventana. Y suspiré. Luego alguien más suspiró. Y luego otro. Y de repente, el auto estaba lleno de suspiros que no se pudo llevar el viento, así que dieron vuelta alrededor de nosotros gritándonos todo lo que estabamos guardando.

Y entonces llegamos, frente a mi casa.

—Gracias —dije antes de bajarme, y cerré la puerta sin mirar atrás.

—¡Espera! —gritó Theo, bajándose detrás de mí.

Me detuve un poco antes de llegar a la puerta de mi casa, y volteé. Theo se detuvo frente a mí, y exhaló.

—Peregrina —susurró sin aliento—. Tengo tantas cosas qué decir... Y sé que no tengo ningún derecho de hacerlo, pero las palabras me ahogarían. Sé que estás odiándome, con toda la razón del mundo. Pero... no estaba preparado para decirte adiós. El hecho de que me gustaras, desde el primer momento que te vi, fue algo increíble, que jamás me había pasado, y estaba muy conmocionado, estaba deseándo conocerte más. No me perdones, pero por favor no creas que te mentí al decirte que me gustas. Y sé que seguimos siendo un par de desconocidos, pero me importa mucho lo que sientes, lo que piensas. Y no quiero que pienses que soy lo peor que te ha pasado, quiero que me tengas en un buen recuerdo, como yo te tendré. Tengo una vida en Inglaterra, pero, tengo una parte de mis sentimientos aquí ahora —exhaló—. Sólo quería que lo supieras —y comenzó a irse de vuelta.

Lo miré alejarse con un nudo en la garganta, deseándo decir algo, ¿pero qué podía decir? No tenía palabras. Él se subió al auto de nuevo, y yo terminé de caminar hasta la puerta. Pero entonces escuché otro portazo del auto, y me quedé estupefacta antes de abrir.

—¡Pájaro loco!

Volteé abruptamente al escuchar a Andrew, él se acercaba a mí con el ceño fruncido.

—No sabía que conocías a mi hermano —fue lo primero que dijo, con amargura—. No importa, no es lo que vengo a decirte ahora. Sólo quería disculparme. Por decirte que estabas falta de cordura, no es a lo que me refiero cuando digo que estás loca. Y por hablar de ti en el auto, sabía que me odiarías por eso, pero, si me estás odiando de todas formas, al menos estoy buscando que tengas alguna razón... —y de pronto se quedó callado, y sacudió la cabeza—. No debería estar haciendo esto —refunfuñó dándose la vuelta y comenzó a irse.

Yo me volví también, temblando, comenzando a abrir la puerta, pero las manos no me daban para calcular la llave en la cerradura. Me faltaba el aire, y de pronto escuché otra vez esos pasos corriendo hacia mí.

—¡Oye! —gritó Andrew, agitado. Yo me detuve, estupefacta—. Tal vez sí debería hacer esto... Porque aunque que te di razones para perdonarme, nunca dejaste de odiarme. Y está bien. Soy una persona detestable. Se me da más fácil causar odio. Así que odiame. Me retracto por querer disculparme. ¡Quiero que me odies toda tu vida!

Entonces volteé, tan agitada como él, con el corazón latiendo fuerte, y las venas temblando, eufórica, odiándolo, deseando que se callara, volteé para decirle que se fuera a la mierda. Pero no esperé encontrarlo a medio metro de mí, mirándome como un león hambriento queriendo comer su presa viva.

—Así que... por última vez—susurró, acercándose un poco más—, déjame darte otra razón para odiarme...

Y entonces me besó.

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