Sempiterno || Albalia

By loston_

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"-Nat, ¿tú crees en el destino?-Alba gira su cabeza, apoyada en mis piernas, hacia mí. -¿Y esa pregunta? -No... More

Introducción
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By loston_

Las hojas crujen con violencia bajo mis pisadas mientras esquivo las ramas como puedo. Este bosque no es el lugar perfecto para una persecución.

-¡Por aquí!-escucho una voz lejana a mi espalda.

Mierda, estaba corriendo en la dirección equivocada. Freno en seco y hago una pausa de dos segundos para controlar la respiración antes de volver a la carrera, intentando afinar el oído en busca de cualquier sonido que me diga hacia dónde debo ir. No estoy nada de acuerdo con esto que estamos haciendo, pero es mi trabajo y soy muy consciente de que nos pueden estar vigilando ahora mismo. Y prefiero parecer implicada a sufrir las consecuencias de no estarlo.

Un grito ahogado interrumpe mis pensamientos, seguido de otros cuantos muy distintos: estos suenan a celebración.

-¡La tengo! ¡La tengo!-esta vez reconozco la voz de Héctor, está mucho más cerca-¡Jódete, cabrona!

Con la respiración agitada, consigo encontrar a los protagonistas de la caza de hoy entre los árboles del bosque al que nos han traído. Ahí ya está casi toda la patrulla, celebrando, y dos oficiales llegan a paso ligero justo detrás mía. Héctor suelta los brazos de la chica, que está tirada en el suelo boca abajo, para cederles el espacio a los oficiales. Ahora son ellos quienes la esposarán y se la llevan arrestada.

Hace más de cinco años que me dedico a esto, al principio te cuentan que estás ayudando a tu gobierno, que eres un héroe, que vas a ayudar a que la ciudad sea un poco mejor. Y yo al principio me lo creí, al principio era de los que celebran cuando atrapamos al sospechoso. "Sospechoso" es la palabra formal, la que se usa de cara a los ciudadanos. Para ellos hacemos "redadas". De lo que no tienen ni idea es de que esto no son redadas, ni arrestamos a "sospechosos"; lo que hacemos es dar caza a presas que intentan huir sin saber que les va a resultar imposible. Se me revuelve el estómago, pero pongo mi mejor sonrisa para disimularlo.

-¿Estás bien?-me pregunta Javi, que sabe perfectamente que cada vez me cuesta más esto.

Asiento con una sonrisa bien falsa y dejo que me rodee con su brazo y me aprisione contra su pecho. Javi es mi mejor amigo aquí, lo es desde los 16 años, edad a la que entramos en la residencia para que empiecen a valorar nuestras aptitudes y puedan decidir cuál será nuestra función en la sociedad a partir de los 21 años.

Entramos en la furgoneta que nos trajo hasta aquí, y apoyo la cabeza en la ventanilla, cerrando los ojos. 

-¡Eh, Natalia! ¿Se puede saber qué te pasa?-me llama Héctor, dando voces aunque solo está un asiento por delante mía- ¡Celebra, coño! ¡Un apestoso menos!
-Ojalá tuviera la misma energía que tú-le respondo sonriente-, pero me duele muchísimo la cabeza. Igual estoy demasiado vieja para esto de correr tanto.

Me mira poco convencido, pero no le da mayor importancia, ahora mismo lo único que le interesa es contar cada detalle de la persecución para que toda la atención esté puesta en él. Vuelvo a cerrar los ojos y finjo quedarme dormida durante el resto del trayecto. Lo de que me duele la cabeza no es mentira del todo, me palpita como si pretendiese salir de mi cráneo a toda costa. Es por eso que intento apagar mi mente completamente y aislarla de todo el júbilo que hay a mi alrededor, hasta que la presión de una mano sobre mi rodilla me trae de vuelta a la realidad.

-Nat, ya estamos aquí.-me dice Javi.

Cuando abro los ojos, el sol del atardecer me da de lleno en la cara y, aunque no brilla con demasiada fuerza, sí lo hace con la suficiente para que tenga que volver a cerrarlos rápidamente. A mi lado, Javi se ríe de la cara que he puesto, y yo le doy un codazo mientras espero con impaciencia a que todos mis compañeros bajen de la furgoneta. En total somos seis en la patrulla: Javi, Héctor, Joan, Marta, Lucía y yo; y dependiendo del número de sospechosos, vamos una sola patrulla o más. Hoy solo hemos ido nosotros, ya que únicamente teníamos que arrestar a una chica; pero si hubiésemos sabido de más sospechosos, seguramente nos habría acompañado otra patrulla.

-Chicos, voy a intentar dormir un rato, la cabeza me está matando-les digo, porque sé que ahora irán a celebrar nuestro logro y la verdad es que es lo último que me apetece.
-¿Te acompaño?-me dice Javi, preocupado.
-No te preocupes, tú quédate y celebra. ¡Bebed por mí!-me giro con una sonrisa, para tomar camino hacia mi habitación.
-Joder, Javi, pero no te arrastres así.-escucho a Héctor a mi espalda- ¿No ves que a las tías les mola que pasen de ellas?
-Héctor, cariño-me vuelvo a girar-. El día que aceptes que puede haber amistad entre un tío y una tía, la vida te irá mucho mejor. De verdad, ¿eh?
-No lo intentes-me dice Javi-, este ya es un caso perdido.

Hago un gesto con la mano para despedirme, y me percato de la sonrisa de Marta, a quien sé que le divierte tanto como a mí esto de que de vez en cuando se le dé una contestación a Héctor. Ante mí, las puertas de la residencia se abren, dejándome paso hacia el gran hall de la entrada. Lo llamamos residencia, pero más bien parece un pequeño pueblo dentro de un solo recinto. Consta de tres edificios: uno de ellos, el de entrenamiento, es en el que vives entre los 16 y 21 años. Allí observan tus capacidades, te hacen hacer una serie de pruebas, y deciden cuál será tu trabajo el resto de tu vida. Es verdad que puedes solicitar un cambio, pero no suelen concebirlo. Una vez lo deciden, comienza tu formación. Recibes clases tanto teóricas como prácticas que ayudarán a que acabes siendo el aspirante perfecto al trabajo que te hayan asignado. Yo sigo preguntándome qué es lo que vieron en mí para darme este: además de las redadas, cuando no hay sospechosos que perseguir, soy vigilante en la residencia. Eso quiere decir básicamente que me encargo de que se cumplan las normas. Es verdad que estoy en buena forma, pero estoy convencida de que es gracias a los cinco años de formación, y no algo que ya tenía conmigo cuando entré aquí. En fin, supongo que ellos sabrían por qué lo hicieron.

El otro edificio de residencia es donde nos mudamos a partir de los 21 años, es el más grande de todos porque tiene que servir de hogar a unas cuantas miles de personas. Además, cuenta con distintas instalaciones, tanto de ocio como de trabajo. Aquí, por ejemplo, es donde se llevan a cabo los juicios a los sospechosos, ya que son de audiencia abierta: cualquiera puede asistir a disfrutar del espectáculo. Una vez tomada una decisión, los trasladan a la prisión, que está fuera del recinto de la Residencia. El tercer edificio es en el que vivimos de niños, allí crecemos y recibimos clases más básicas y menos orientadas a un trabajo específico. Desde los cuatro años, los niños viven allí, aunque pueden recibir visitas diarias de sus padres.

-¡Natalia!-la voz de Víctor, mi jefe, hace que interrumpa mi camino a los ascensores.-¡Enhorabuena por la de hoy!-me dice con una sonrisa cuando me giro para mirarle.
-¡Gracias! Aunque he de decir que la victoria ha sido de Héctor.
-De la patrulla, Natalia, de la patrulla-insiste, cansado de repetirnos esas palabras.-Oye, el juicio es mañana a primera hora, os iba a pedir que lo cubrierais Marta y tú, ¿podréis?
-Claro, sin problema. ¿A las nueve?
-Exacto, como de costumbre. No estoy muy seguro de en qué sala será, pero ya os concretará alguien mejor, cuando vayáis. ¿Se lo comentas tú a Marta?
-Eso está hecho.
-Gracias, ¡nos vemos!

Víctor es buen tipo, no creo a llegue a los 35 años, y eso juega a su favor en cuanto a lo que relaciones con la patrulla se refiere, porque conectamos mejor. Es alto y bastante grande, lo cual contrasta de una manera un tanto cómica con los rasgos tan infantiles de su cara. No sabría decir por qué, pero tiene cara de niño incluso aunque se deja crecer un poco la barba. Con un suspiro, pulso el botón del ascensor y apoyo el hombro en la pared mientras lo espero. No tengo ninguna gana de ir al juicio, pero es lo que hay. Cuando un pitido agudo indica que el ascensor ya está aquí y se abren las puertas, arrastro los pies hasta la pared del fondo, donde me apoyo mientras espero a que suba las 15 plantas que hay hasta mi habitación. Realmente estoy cansada: la caza de hoy ha sido casi una hora, sin dejar de correr, en mitad de un bosque. Y eso supone esquivar ramas, piedras, raíces e incluso boquetes en el suelo a toda velocidad.
Una voz femenina robótica indica que hemos llegado a la decimoquinta planta, así que rodeo a un par de personas que hay entre la puerta y yo y me dirijo a la habitación. Este maldito edificio es tan grande que no es llegar y topar, tengo que atravesar todo el hall y rodear las habitaciones del ala izquierda. El pasillo que las rodea es larguísimo y tiene cristaleras por un lado, mientras que el otro lado es una sucesión de puertas iguales una tras otra, cada una con su respectivo número. Observo el paisaje mientras ando y consigo ver las furgonetas de la patrulla alejándose por el terreno seco hacia la salida del recinto. Los oficiales viven en otro recinto, uno creado específicamente para ellos; y supongo que estarán yendo hacia allá. El ruido de una puerta cerrándose me devuelve al pasillo parcialmente acristalado justo a tiempo, porque estoy a punto de chocarme con una de las macetas que lo decoran y tengo que parar en seco para no darme.
En cuanto llego a la habitación, resisto con todas mis fuerzas las ganas de tumbarme en la cama y me voy a la ducha, porque sé que si me tumbo no va a haber quién me levante de ahí. Me desvisto con rapidez mientras dejo el agua caer para que vaya tomando la temperatura perfecta; es decir, hasta que está tan caliente que una nube de vaho empieza a rodear el chorro de agua, y entonces me meto. Cierro los ojos, dejando que cada centímetro de mi cuerpo se empape de agua ardiente, notando cómo mis músculos se relajan ante tal contacto. Mañana será un día duro; no me gusta cubrir los juicios porque digamos que utilizan un nivel de violencia del que yo no soy partidaria, y tiene pinta de que en este particularmente van a recurrir a ello. La chica a la que hemos arrestado estaba tan bien escondida que el gobierno se enteró de su existencia hace tan sólo unos días, y eso les cabrea muchísimo.
Me enjabono con parsimonia, sin ningún tipo de prisa y disfrutando del masaje sin apenas apartarme del chorro de agua, hasta que me doy cuenta de que mi ducha se ha terminado y no tengo excusa para alargarla más. Cierro el grifo y paso unas yemas de los dedos bastante arrugadas por mi pelo, para estrujarlo y quitar el exceso de agua antes de colocarme la toalla. Me enrollo el cuerpo en otra más grande, y salgo del baño. Ahora sí, me dejo caer sobre el colchón como si me fuera la vida en ello, sin importarme estar aún medio empapada. Un pájaro se posa sobre la barandilla del pequeño balcón de la habitación, y avanza sobre la misma dando pequeños saltos mientras pía melódicamente. Joder, esto sí que es vida. Si fuera por mí, no me movería más, pero tengo que levantarme, resignada, a vestirme. Si no lo hago ya, estoy segura de que me quedaré dormida en pelotas. El dolor de cabeza no ha cesado con la ducha, y un pinchazo agudo atraviesa mi cráneo cuando me levanto, y hace que me pare unos segundos a apretar mi sien con fuerza con la yema de los dedos, suspirando. Me seco el pelo muy por encima y me pongo el pijama, lista para abandonarme al sueño y dejar que el dolor desaparezca. Pero antes tengo que hacer una cosa: cojo un papel y un boli del escritorio doble que ocupa toda la pared lateral del dormitorio, y escribo una nota para Marta, indicándole que mañana tendremos que cubrir el juicio. La dejo sobre su cama y ahora sí, por fin, puedo meterme en la mía. Marta y yo compartimos habitación desde la primera noche que pasamos aquí, y eso la ha convertido en otra de mis grandes amigas. Además, está como una cabra. Es la persona más intensa que he conocido nunca, pero también de las más buenas. 
Con un suspiro, me meto bajo el edredón, cubriéndome hasta la cabeza, y por fin cierro los ojos, huyendo de todas las fuentes de luz que pueden empeorar los pinchazos de mi cabeza.

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