Dark Clak [✓]

By ComandantePrim

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02#Héroes. Peligroso, insensible, violento, interesado, maqueavélico, pedante, repudiado por su propia natur... More

Prólogo.
Booktrailer y personajes.
001| Irremediable.
002| Mirada.
003| Disparo.
004| Respirar.
005| Agresiones.
006| Amenazas.
007| Ahondar.
008| Encuentro.
009| Ilusiones.
010| Tarde lluviosa.
011| Normas.
012| Pesadillas.
013| Compañero.
014| Rostro.
015| Pintura fresca.
016| Psiquiátrico.
017| Lágrimas.
018| Escupitajo.
019| Promesas.
20| Amanecer.
021| Cine.
022|Baños.
023| Asesinos.
024|Caída libre.
025| Ascensor.
026| Restaurante.
027| Hueles a él.
028| Detalles espeluznantes.
029| Ahondando.
031| Cordura.
032|Conductas extrañas.
033| Tormenta.
034| Inevitable.
035| Asesino.
036| Facultad.
037|Revelaciones.
038| Decisión.
039| Pánico.
040| Despertar.
041| Final.
Proyecto Pardus
EXTRA 001|Reencuentros.
Epílogo.

030| Confianza.

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By ComandantePrim

Por problemas técnicos los tenéis hoy: disfrutad.

Toda mi vida, me sentí como un animal. Ignoré mis instintos. Ignoré lo que realmente soy. Y eso nunca volverá a suceder —Logan.

Igual que la vez anterior el mundo pareció desaparecer a mi alrededor. De pronto no tuve ni idea de donde me encontraba o quien, me sumí en un extraño cortocircuito que escaló desde lo más profundo de mi ser y se fui diseminando por mi sistema hasta acallar la parte racional y sensata de mi ser.

La mano que tenía enredada en mis cabello sujetó un buen puñado de éste, utilizándolo para tirar de mí. Se movió con la agilidad y sutileza que lo caracterizaba, echándome hacia atrás en el sofá hasta que mi espalda se presionó contra el respaldo y él se encaramó en el sillón, generado una proximidad peligrosa entre nuestros cuerpos.

Sus labios se abrían paso posesivamente en mi boca con un frenesí y pasión tan voraces que mi propio estómago se encogió ante la cruda necesidad que denotaba aquel beso vertiginoso. Mi cuerpo empezó a tomar conciencia propia, alzándose por su cuenta y riesgo hasta rodear su cuello con los brazos y pegarme más a él.

Liberé una gran cantidad de aire por las fosas nasales en el instante que se distanció, tan solo unos segundos, antes de retomarlo allí donde lo dejó. Su pulgar se deslizó con suma lentitud por mi mandíbula y fue descendiendo con cuidado por mi cuello. Su toque era delicado, contrastando con la violencia e intromisión de su lengua en mi cavidad bucal.

Su otra mano se arrastró por mi espalda y me guió hasta que quedé sentada a ahorcajas sobre él, con los muslos presionando sus delgadas caderas.

Un ruido ahogado sin apenas coherencia abandonó mis labios cuando se vieron desprovistos de aquel roce eléctrico que me arrastraba más y más hacia territorios inexplorados. Hundí los dedos en su tersa melena rubia y tiroteé de los mechones en el momento que su boca se detuvo sobre mi clavícula.

Ya no sabía lo que estaba bien o estaba mal y una parte, egoísta, oscura y traviesa, no quería planteárselo. Ya tendría tiempo para plantearme aquello más adelante. Su lengua se paseó por mi piel con suma lentitud e incluso empleó sus dientes consiguiendo que emitiese vergonzosos jadeos de vez en cuando.

Volvió a mis labios y mordió el mismo lugar que anteriormente había perforado con sus garras consiguiendo que volviese a manar sangre de la herida. Lamió con mesura aquel líquido rojizo y el beso se volvió más agresivo y entonces... entonces...

Brett se separó de golpe.

Su pecho subía y bajaba con enorme rapidez al compás de su agitada respiración. Me encontré frente a dos ojos felinos de color ámbar casi dorado que relucían con un brillo salvaje y desenfrenado. Tenía el labio inferior impregnado con mi propia sangre y sus iris convulsionaron en un remolino de colores vibrantes hasta adquirir nuevamente sus dos iris dispares. Azul y marrón.

Tenía las pupilas enormes.

—Emma...

Mierda. Por todos los demonios del infierno.

Nadie jamás había pronunciado mi nombre en un susurro más provocador y morboso que dinamitó mi mente. Fue como una explosión de una central nuclear que lanzó por los aires mis ideas y firmes pensamientos.

¿Cómo podía anularme de semejante manera? ¿Por qué?

—Yo... —tartamudeé. Mi propia voz me sonó ajena, pastosa y demasiado torpe— yo...

Seguía subida sobre su regazo a una distancia que no tenía lo más mínimo de prudencial y mis posibilidades de escapatoria eran nulas si no quería saltar del sillón. Estar sobre sus piernas también me dejaba percatarme de un detalle que evitaba que el rubor de mis mejillas remitiese. Estaba sobre su... ¡y madre mía cómo estaba semejante bicho!

Quise aferrarme al control pero estaba en una situación tan delicada y resbalosa que me resultaba casi imposible hilar dos pensamientos seguidos.

—Yo...

¡Malditos monosílabos! ¿Acaso no sabía decir una palabra que no fuese ese maldito yo?

Me llevé los dedos a la boca donde la hemorragia ya se había detenido y dejé las yemas con suavidad sobre ese punto en concreto, ansiando que el dolor que me generaba fuese suficiente como para apelar a mi perdida cordura.

—No... no puedo, no... debo —Tarzán tenía más fluidez en el habla.

Con una descoordinación propia de un cervatillo recién nacido conseguí escurrirme hacia abajo hasta que mi trasero se acomodó de nuevo sobre los cojines. Todo mi organismo picó y se estremeció ante la falta de roce y me percaté de hasta que punto me había afectado ese beso. Estúpido Dark Claw, ese idiota había logrado mojarme las bragas.

Brett se mantuvo estoico unos segundos en completa quietud. Su respiración fue apaciguándose y el enorme bulto de sus pantalones remitió con los segundos.

Mi mente regresó a los derroteros anteriores, a la turbulenta tormenta de preguntas e incógnitas que llevaron al traste al momento.

—No —esta vez soné más firme—. No puedes hacerme esto. No puedes decir que Alexander es el asesino basándote en su olor. No puedes contarme tu desgraciada infancia y después besarme como lo has hecho yo... yo no te entiendo en absoluto.

Una sonrisa oscura tiró de las comisuras de sus labios. No era divertida, ni siquiera macabra ni sarcástica, más bien tenía un matiz triste y desolado que contrastaba con el simple hecho de sonreír. Pero Dark Claw era en sí mismo una mezcla constante de incongruencias.

—Ni yo mismo me entiendo.

Se incorporó con agilidad y rodeó el mueble. Sus manos se apoyaron en el respaldo y su rostro adquirió una suntuosidad extraña. Era ridículo la magnificencia y superioridad que conseguía derrochar por cada poro de su cuerpo con el mero hecho de respirar.

Empezaba a preguntarme si realmente toda su palabrería iba mucho más allá.

¿Hasta que punto era mejor que el resto? Y lo más importante, ¿a qué precio? ¿a cambio de qué sacrificios se obtenía semejante dotación genética?

Su historia anterior se sintió como asomarse a un abismo de insondable oscuridad, dolor, miedo y soledad. Pero apenas un vistazo. Había más, mucho más, que podía tratar de explicar la de por sí inexplicable personalidad del complejo híbrido que volvía a tener a pocos centímetros de mí.

Me miró un tiempo indefinido sin decir nada incrementando el nerviosismo que se fraguaba en mi interior. Me costaba respirar a un ritmo normal y el corazón me latía con brusquedad en el pecho. Tan rápido y fuerte que él podía escucharlo incluso sin su refino sentido de la audición.

—No te muevas.

Mi ceño se frunció con incredulidad un segundo después de que desapareciese por completo de mi vista. Fue tan rápido que apenas distinguí su sombra desapareciendo en algún lugar del apartamento. Me dejó de nuevo sola con mis pensamientos y dudas.

No sé cuanto tiempo estuvo fuera pero lo obedecí por pura incapacidad de levantarme. Me hundí aún más en aquel sofá y de nuevo mis ojos se cerraron como si la oscuridad que me brindasen colaborasen al funcionamiento errático de mi cerebro.

Alex podía ser el asesino de Louisa y tener en su poder a Josh.

¿Por qué? ¿Acaso no conocía a nadie en absoluto?

Un terror se apostó en mi pecho.

De pequeña creí conocer a mi madre, a la mujer que me dio la vida, llegué a quererla con el amor incuestionable de una hija. Y después... me estalló en la cara junto con los restos de sangre de su víctima. Quizás estuviese mi trauma estuviese mucho más arraigado de lo que pensaba.

No conocía a mi madre.

No conocía a Alexander.

No conocía a Dark Claw.

¿Me conocía a mí? ¿La Emma que creía ser se habría besado como lo había hecho con un peligroso híbrido con las manos manchadas? ¿Se habría sentido tan bien con sus dedos tanteando el borde de la camiseta?

Media tonelada de mierda.

Me encontraba sumida en aquel flujo imparable de preguntas cuando algo cayó sobre mi regazo. Me imaginé lo peor y de mi garganta salió un chillido espantado a la par que abría los ojos.

Brett tenía una férrea mueca de indiferencia en el rostro que no varió ni un ápice ante mi cara de espanto absoluto.

Miré el proyectil y no pude quedarme más confundida. Un gato muerto habría sido menos sorprendente y fuera de lugar.

—Póntela. Quieres pruebas, ¿no? Las encontraremos.

Pesqué con el dedo índice y pulgar la camiseta que me había lanzado. Era una de mis camisetas, una que debería encontrarse en el cajón de mi armario apilada junto al resto. Con ella había unos mallas gruesas grises que también me pertenecían y un jersey verde botella algo amplio que robé hace unos meses de la cómodo de mi padre.

—¿Te has colado en....? Da igual —me incorporé tomando la ropa entre mis brazos— ¿y los zapatos?

Dark Claw ladeó la cabeza con una pizca de la malicia divertida que iba remitiendo su rostro de hielo y sacó de su espalda unas deportivas oscuras que esta vez no reconocí.

—No son mías.

—Lo sé —contestó con simpleza y las dejó en el suelo—. Considéralo como una ofrenda de paz.

No pude evitar sonreír flacamente apenas sin fuerzas.

—¿Acaso quieres hacer las paces conmigo?

El rubio gruñó en voz baja.

—Tú ponte las putas zapatillas. Salimos en cinco minutos.

Se marchó dejándome nuevamente a solas. Suspiré con profundidad y me encaminé a la puerta que suponía que se trataba del baño. Por una vez en lo que llevaba de día logré mi objetivo y me encerré con rapidez. Me vestí en menos de tres minutos sin atreverme a mirarme en el espejo por miedo al reflejo que podía encontrar. Conseguí atarme los cabellos con una goma que conservaba en la muñeca para no tener todo el pelo en la cara. Me disponía a salir cuando la puerta se abrió con brusquedad a mis espaldas.

—¿Estás lista ya?

Me llevé una mano al pecho que se agitó ante su repentina entrada.

—¡Oye! ¡Podrías haberme pillado desnuda! —farfullé con lo primero que se me ocurrió.

Las cejas rubias del muchacho se alzaron con una mueca que dejaba clara la frase implícita de ¿en serio, Emma? No pude evitar sonrojarme y farfullar un improperio sin sentido antes de salir rumiando del cuarto de baño.

—Estoy lista, ¿ahora vamos a jugar a detectives para acusar a mi novio de asesinato y secuestro? —traté de sonar jocosa pero me salió de forma extraño.

Brett pasó su cazadora de cuero por los hombros y sus cejas se hundieron ligeramente.

—¿Novio? —masticó la palabra con retintín.

—Ya sabes a lo que me refiero, pero eso no ha respondido a mi pregunta —me crucé de brazos con la poca dignidad que me quedaba. Los dedos de la mano me temblaban— ¿Qué pretendes hacer para demostrar tu teoría?

Me sonrió pero no respondió y antes de que pudiese reaccionar sus dedos se cerraron entorno a mi muñeca. Tiró de mi cuerpo hasta que nuestros pechos chocaron y en un confuso instante tuve uno de sus brazos presionado contra mis corvas. Me alzó contra él y segundos después echó a correr en dirección al balcón. No tuve tiempo a chillar antes de que saltase al vacío llevándome consigo.

Me aferré con fuerza a su cuello mientras padecía una sensación similar a la de la caída en una montaña rusa pero mucho más intensa y real. La ciudad vibraba y se convertía en un borrón gris bajo mis pies. El viento nos azotaba y se escuchaban los ecos de los coches lejanos.

Caímos con una ligereza sorprendente para el impulso que teníamos. Aterrizó cual pluma sobre el asfalto del patio trasero de Alexander Geller. Me alegré de tener una coleta o en el caso contrario en aquellos momentos sería lo más parecido al actor secundario Bob en la historia de Seattle.

—No me mires con esa cara de susto, reina —Brett sonrió aún sin dejarme de nuevo sobre las plantas de los pies— Los gatos siempre caen de pie.

Me removí hasta que de nuevo estuve en pie y lo fulminé con la mirada.

—¿A qué viene este buen humor? —me mordí el labio inferior y sacudí la cabeza— ¿Allanamiento de nuevo? Que sorpresa.

Para variar en la extraña dinámica que se había instaurado entre ambos me tomó de la muñeca y me arrastró al interior de la vivienda tras lograr abrir la puerta sin el más mínimo esfuerzo. Me preguntaba donde había adquirido esa habilidad y cuantas veces la había puesto en práctica.

—No vamos a encontrar nada aquí —razoné poniendo un pie en el interior—. He estado en esta casa un centenar de veces.

—¿Buscando pruebas de un delito? —inquirió Brett con voz monótona, casi podría decirse que aburrida— ¿O demasiado ocupada en otros asuntos? Es astuto, no las habrá dejado a la vista. Pero por mucho que te esfuerces en borrar un rastro, si tienes las manos manchadas de sangre, apesta.

Sin dirigirme una mirada se lanzó hacia delante para iniciar su escudriño sin contar conmigo. Las piernas me habían abandonado en aquella posición.

—Gato estúpido...

Me moví por el salón en completo silencio. Me preguntaba cual habría sido la reacción de Alex al no encontrarme en la cama, teniendo en cuenta que mi ropa seguía allí. Nada parecía fuera de lugar en aquella instancia pero aún así me encargué de revisar los libros y pasar las páginas en busca de cualquier cosa. Era una exploradora concienzuda y mi padre me había enseñado un par de trucos pero no había ninguna tabla suelta, ninguna nota oculta en los gruesos tomos: nada extraño o sospechoso.

Pasé al estudio ignorando donde se encontraba Brett en aquellos momentos. El olor a pintura era agradable. Alex era meticuloso y todo se encontraba en un orden riguroso. Paseé los dedos por encima de los pinceles perfectamente limpios y peinados. Las pinturas estaban organizadas por tonalidades y uso.

En la mesa había un boceto a medio empezar de un atardecer en San Francisco.

Encontré un blog sepultado entre muchos otros y algo en su apariencia logró captar mi atención. Mi sorpresa fue mayúscula en cuando revisé todas y cada una de las páginas repletas de dibujos míos. Era yo en todos los ángulos imaginables. Mis ojos. Mi boca. O mi cuerpo al completo. Ya sea vestido o desnudo. Eran muchos. Demasiados. El número de horas invertido era elevado y las fechas anotadas debajo sorprendentes. Al principio de los esbozos tan siquiera habíamos iniciado nuestra... relación.

Este descubrimiento despertó una incómoda sensación en la boca de mi estómago.

—Vaya —silbó una voz familiar muy próxima a mi oído— eso es ser un poco obsesivo y perturbador. Incluso para mí.

Cerré de golpe el blog.

—¿Has encontrado algo interesante?

—¿Aparte de estos dibujos tan interesantes? ¿Puedo mirarlos? —extendió un brazo pero me apremié a apartarlo. Se rindió, ya que ambos sabíamos que había podido arrebatármelo en un segundo— Tengo un punto por el cual empezar.

Me giré intrigada y me entregó un marco que me resultaba familiar. Era el mismo por el cual le había preguntado hace unos días. El cristal seguía roto pero los rostros aún podían distinguirse.

—No lo entiendo —aunque tampoco era una novedad.

—Presta más atención, Emma —posó un dedo sobre el rostro del compañero de facultad de mi profesor— ¿no te resulta conocido?

Me centré. Juro que me centré al máximo para encontrar algo en el registro de caras que debía tener almacenado en mi sistema. La verdad era que sí me resultaba vagamente familiar... pero era incapaz de definir a que se debía aquel escaso reconocimiento.

—Un poco —admití— aunque no sé donde quieres llegar.

—Ten paciencia. Verás —extrajo su móvil de los vaqueros y buscó algo durante un par de segundos. Me mostró una imagen que me dejó impactada. Fue como si alguien me robase hasta la última gota de oxígeno de los pulmones— este es el ex marido de Louisa.

Lo que tenía frente a mí era una foto del mismo hombro y más debajo el resto del informe del accidente, incluyendo el estado en el que fue hallado.

La cabeza me empezó a dar vueltas.

—Alex... él... —volví a desaprender el arte del hablar— él me contó que no se hablaban.

Brett pareció muy interesado en eso. Una mano se posó sobre mi hombro en un ademan tranquilizador y sus ojos bicolores me examinaron en silencio.

—¿Por qué no se hablaban, Emma?

—Porque... se acostó con su prometida, ¡pero no lo entiendo! ¡No entiendo nada!

El rubio apartó al vista de mí para centrarla en la pantalla de su teléfono.

—Venganza.

Entreabrí los labios de la impresión.

—¿Venganza?

Brett volvió a posar ambas manos en mis hombros y me miró con un toque de benevolencia. Mi ceño se frunció de forma inmediata y el corazón se disparó en el interior de mi pecho como haciéndose a la idea de lo que estaba por soltar. Una parte de mí deseaba saberlo mientras que la otra se negaba a dar crédito a cualquier cosa que saliese de sus labios.

—Es comprensible que no lo comprendas. Iremos despacio por respeto a ti pero a partir de este punto te he de pedir una cosa —se aproximó aún más y su nariz acarició la mía— Mantén la mente abierta y si en algún momento de la investigación quieres parar, dímelo. Vamos a adentrarnos en terreno peligroso.

—¿Desde cuándo te preocupas por mí?

Brett se aproximó aún más y sus labios quedaron a apenas unos milímetros de los míos. Estos me ardieron con intensidad ante la tentativa y una voz interna me instó a romper esa dichosa separación.

—No lo sé, reina. La cuestión es que lo hago y ahora es importante que confíes en mí. ¿Serás capaz?

¿Será capaz?

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