Me desperté con la misma sensación de dolor en el pecho. Habían pasado diez años desde que ella se había marchado, pero todavía seguía doliéndome como el primer día. Pensé que con el paso del tiempo acabaría olvidándome de ella, pero no fue así. Todavía tenía un espacio en mi mente para ella; no había día que no me preguntara cómo estaba, si se acordaba de mí.
Negué con la cabeza y me levanté de la cama con un suspiro.
Caminaba hacia el baño cuando mi teléfono empezó a sonar. Gemí con cansancio y cogí el teléfono para ver quién llamaba: Phoebe. Mi pequeña y querida hermana. Volví a suspirar y descolgué:
-Aquí Grey.
Escuché como resoplaba. Sonreí.
-Buenos días a ti también, Teddy.-puse los ojos en blanco. No me gustaba que me llamase así, me traía recuerdos de una pequeña niña de pelo castaño y ojos como la miel, aunque esto jamás se lo diría-. Tengo una grata sorpresa para ti…
Su cantarina voz me hizo estremecer. No puede ser nada bueno, oh, claro que no.
-Me asustas, Phoe.-la escuché reír ante mi tono asustado.
-Te espero en casa, tráete el coche, tenemos que recoger a alguien.
Fruncí el ceño. ¿Por qué no le pedía al chófer que la llevase él?
-No soy tu chófer, Phoebe.
-Pero eres mi hermano, y tengo que presentarte a alguien, ¿sí? –Gruñí por lo bajo. No había nada que hacer, estaba a los pies de ella.
-Bien, estaré allí en media hora, quizá menos. Cuando llegue quiero que estés preparada, ¿entendido? Odio esperar.
Bufó, y en ese instante supe que había puesto los ojos en blanco.
-A sus órdenes, amo.
Me reí y me despedí de ella antes de colgar.
Salí de la ducha diez minutos después; me puse unos vaqueros y una camisa negra de manga corta. Me guardé el móvil, las llaves de la casa y las del coche en el bolsillo, y caminé hacia el ascensor con paso ligero. La verdad, Phoebe me iba a desquiciar con sus asuntos. ¿De quién estaría hablando? Hice una mueca.
Saludé con un ligero movimiento de cabeza a Mikel Taylor, el hijo menor del empleado más fiel de mi padre, Jason Taylor, que había servido de guarda espaldas para mi padre como ahora su hijo se encargaba de mi seguridad.
- Buenos días, Ted..., quiero decir… señor Grey.
Me reí.
-Nos conocemos desde niños Mikel, ¿por qué te empeñas en llamarme señor? Sólo eres varios años menor que yo.
Observé como Mikel sonreía.
-Ya, pero tengo que parecer un profesional…
Me reí entre dientes y asentí.
-Voy a casa de mis padres a recoger a Phoebe, puedes tomar la tarde libre, si quieres.
-¿No quiere que le acompañe, señor?
Negué sonriente.
-Nos vemos, Mikel.
Él asintió y yo me monté en el Saab 9.3 plateado de mi madre. Llevaba varios días utilizándolo, y creo que ya era hora de devolvérselo.
Toqué el timbre, e inmediatamente después la puerta se abrió. Unos claros ojos azules me miraron con tremendo cariño. Abrió sus brazos y me acogió en un cálido abrazo maternal.
-Buenos días, mamá.-le susurré al oído mientras olía el champú de flores que usaba.
-Hola, cariño.-me dio un beso en la mejilla y me dejó pasar a la sala de estar-. Tu hermana todavía no está lista.
Puse los ojos en blanco y ella se rió.
-Anastasia, ¿sabes dónde…? –Mi padre atravesó la puerta con un café en la mano. Llevaba un pantalón gris y una camisa de botones blanca: quedaba poco para que se fuese a trabajar-. Hola Ted, ¿cómo estás?
-Hola, papá. Bien, gracias.-le di un rápido abrazo y miré hacia las escaleras-. ¿Por qué Phoebe tiene que tardar tanto? –Me quejé mientras me sentaba en el mullido sofá-. Le dije que estuviese preparada y mira…
Ellos rieron y mamá se sentó a mi lado. Me miró con un brillo especial en los ojos.
-¿Vosotros sabéis a quién tenemos que recoger?
Ellos volvieron a reír y asintieron a la vez. Escalofriante.
-¡No se os ocurra decir nada! –gritó Phoebe a la vez que entraba corriendo al comedor. Llevaba una falda negra, una camisa blanca y unos enormes tacones. Tenía el pelo negro, como mamá, pero sus ojos eran grises como los de mi padre-. Llevo meses planeando esto.
-No pensarás salir así, ¿verdad? –preguntamos papá y yo a la vez. Fruncí el ceño.
Mamá puso los ojos en blanco y se acercó a Phoebe, alabando lo guapa que estaba.
-No le animes, Anastasia -gruñó papá cruzándose de brazos-, apenas es una niña.
Yo asentí, y Phoebe puso los ojos en blanco.
-Tengo 19 años, papá.
-Pues una niña -sentencié yo.
-Ay, cállate Theodore y vámonos. Cuando sepas a quién vamos a recoger vas a hacerme una estatua.
Bufé y me levanté.
-Sigo pensando que unos pantalones largos te quedarían mucho mejor.
-Vaaaamos…-dijo arrastrándome del brazo hacia la salida-. ¡Adiós papá! ¡Adiós mamá! ¡Les quiero!
Me despedí de ellos a gritos, mientras Phoebe me arrastraba a la fuerza. ¿De dónde sacará tanta fuerza? ¡Pero si es diminuta!
En el coche, seguíamos discutiendo que debería haberse puesto un pantalón vaquero, pero la discusión terminó cuando ella gritó que ya no era una niña, y que sabía tomar sus propias decisiones. Apreté los dientes y asentí, dejando el tema zanjado.
-¿A hacia dónde vamos, Phoe? –Pregunté con una ceja levantada.
-Hacia el aeropuerto.-se rió ella.
La miré fijamente, y ella me correspondió. Sus ojos grises conectaban con los míos, azules. Sonreímos.
-Como desee, señora Grey.
-Uh, señorita, si no le importa.
Me reí.
Llegamos al aeropuerto diez minutos después. Phoebe me arrastró agarrada de mi brazo mientras me quejaba.
-No entiendo por qué tengo que hacer de tu chófer… Si al menos me dijeses a quién tenemos que buscar, pues…
-¡Ya! ¡Silencio, Grey! –Gritó ella, parándose en medio de la multitud de personas que arrastraban maletas y se abrazaban con sus familiares-. En cuanto la veas sabrás…
Sentí como se creaba un enorme nudo en mi garganta en cuanto la vi. No podía ser ella, no. Entre todas las personas que caminaban por el aeropuerto, no podía ser que ella hubiese vuelto. Casi no la reconocí: tenía el pelo mucho más largo que cuando era pequeña; sus caderas y cintura eran estrechas y aquel vestido vaporoso amarillo y sin mangas me hacía recordar a la pequeña niña que ella ya no era. Parpadeé sorprendido cuando me seguí el recorrido de sus interminables piernas. Nuestros ojos conectaron y me quedé sin respiración. Sus ojos eran igual de impresionantes que siempre, pero ahora resplandecían húmedos de la emoción.
Tragué saliva varias veces cuando ella se acercó a nosotros con timidez. Cuando se paró delante de mí, sonrió. Su sonrisa seguía siendo la misma y, joder, todavía seguía teniendo aquel par de hoyuelos que tanto me gustaban.
-¿Ted? –Su voz tembló- ¿Mi Teddy? –Jadeé cuando oí cómo me llamaba. Habían pasado diez años desde la última vez que ella me había llamado así. Una ola de recuerdos me invadió, dejándome momentáneamente paralizado. Ladeé la cabeza cuando sus ojos se humedecieron todavía más, como el día que tuvimos que despedirnos.
-Joder, Aria, ven aquí.-gruñí desesperado y con la voz ronca por la emoción.
Agarré su brazo y tiré de él hacia mí. Ella dejó escapar un gemido y me rodeó la cintura con los brazos, ocultando su rostro en mi pecho. Me sentí protector al verla tan pequeña entre mis brazos y estreché el abrazo.
-¡Ey! ¿Y yo qué? –Miramos a Phoebe que estaba haciendo pucheros y Aria rió, liberándome. Cerré los ojos y disfruté de su melódica risa.
Ellas se abrazaron y comenzaron a hablar de mil cosas mientras yo escuchaba en silencio. Recogimos sus maletas y al exterior. En la calle, Aria levantó la cara hacia el cielo y sonrió.
-Al fin en casa.
Phoebe rió y tiró de ella hacia los asientos traseros del coche. Arranqué y empecé a pensar que todo el tiempo que había pasado. Fruncí el ceño al recordar que nunca me llamó, ni siquiera para avisar que estaba bien. Esperé durante semanas, meses, años, pero nada. Ni una simple carta, ¿por qué?
De repente, Phoebe bajó el tono para que no la oyese, aunque fue en vano:
-Entonces… ¿cómo lo vas a hacer?
-¡Phoe! –Aria sonó alterada-. Hablaremos luego, ¿sí? Por favor.
Phoebe se quejó pero asintió. ¿De qué estarían hablando?
En ese instante, la enorme casa de mis padres apareció delante de mí. Sonreí. Allí había pasado los mejores momentos de mi vida.
Paré cerca de la enorme verja negra de entrada.
-Phoebe, bájate del coche.
Ella me miró confundida.
-Pero Aria se tiene que instalar aquí hasta que encuentre un departamento para vivir.
Negué con la cabeza.
-Ella se quedará conmigo en el Escala.
Phoebe se quejó, pero la interrumpí.
-Phoebe, Aria y yo tenemos que hablar de muchas cosas. Por favor, bájate.-Ella me miró con sus brillantes ojos grises y suspiré-. Está bien… esta noche cenaremos aquí, ¿de acuerdo?
Phoebe miró a Aria y sonrió. Asintió y salió del coche de un salto.
Miré a Aria que tenía el ceño levemente fruncido y me miraba con los ojos brillantes.
-Pásate aquí delante.-dije encendiendo el motor. Cuando se puso el cinturón, sentada a mi lado, aceleré alejándome con rapidez de mi antiguo hogar.
No podía dejar de mirarla de reojo. Tenía una expresión en el rostro que me hacía saber que estaba terriblemente cabreada. Sonreí. Tenía el ceño fruncido y se mordisqueaba el interior de la mejilla y el labio inferior. Oh joder. ¿Cómo es que no me había fijado lo sexy que se veía así? Agité la cabeza ante los extraños pensamientos.
Aparqué y ella se bajó de un salto del coche. Oh, estaba muy enfadada. Me aguanté la risa mientras la seguía. La alcancé cuando estaba esperando al ascensor; me coloqué a su espalda y observé sus hombros. No podía dejar de mirar la palidez de su piel y tuve que contenerme para no acariciarla.
Las puertas se cerraron a nuestras espaldas. El silencio se hizo tenso.
-¿Me vas a decir por qué estás enfadada, o tengo que sonsacártelo? –Pregunté mientras me apoyaba en la pared del ascensor.
Las puertas se abrieron y ella salió con paso airoso, ignorándome. Me reí. Echaba de menos sus pataletas. Miré a Mikel, que acababa de aparecer por la puerta y le pedí que subiese las maletas de Aria. Le lancé las llaves y las cogió en el aire.
Seguí a Aria por los pasillos; sabía que ella no tenía ni idea de dónde estaba, así que cuando me cansé de seguirla le cogí de la mano y caminé hacia mi habitación. Sentía los tirones de su mano, y oía sus quejas, pero no hice caso de ellas.
-¡Suéltame idiota! ¡Eres un obsesivo arrogante y engreído niñato! -Gritó ella a mis espaldas. Me reí a carcajadas y cerré la puerta de mi habitación con llave.
-Ahora sí que vas a tener que responder, quieras o no.-dije sonriente mientras me acostaba en mi cama y la veía caminar enfurruñada por mi habitación. Estaba cruzada de brazos y susurraba todo tipo de insultos.
-¡Pues aquí nos quedaremos, señor Grey! –Me fulminó con la mirada.
-Está bien… harás que me muera de hambre, entonces.
Me miró fijamente y vi como sus ojos se teñían de algo parecido a la preocupación.
-¿No has desayunado?
Me aguanté la risa ante su cambio de humor y negué lentamente. Sentí una especie de calidez instalándose en mi pecho ante su preocupación.
Puso los ojos en blanco y se quejó, acercándose a mí. Se acostó a mi lado, apoyada en el respaldo de la cama y cruzó sus tobillos, mirándome. Me alegré al saber que seguía siendo atrevida conmigo y no importaba el tiempo que hubiese pasado: la confianza seguía ahí.
-Estoy cabreada porque eres un maldito obsesivo controlador.
Sonreí.
-Lo soy.
-Y me has obligado a quedarme aquí sin pedir mi opinión.
Me encogí de hombros.
-Tenemos mucho de lo que hablar, Ari.
Ella se estremeció.
-Hacía mucho que no escuchaba ese apodo.-susurró con las mejillas encendidas.
-Me alegro de que nadie hubiese utilizado mí apodo para llamarte. Me habría cabreado mucho.-le acaricié la mejilla. Me premió con una media sonrisa.
-Eres horrible, Teddy… ¿Cómo lo haces?
-¿El qué? –Pregunté confundido. ¿Qué había hecho?
-¡Aplacarme! Odio esa forma que tienes de hacer que se me vaya el enfado.-hizo un puchero-. Había incluso rezado para que hubieses perdido ese… uhm… ‘don’.
Me reí y me lancé sobre ella, abrazándola y aplastándola contra la cama. Escuché su risa debajo de mí y sentí sus uñas clavándose levemente en mis costados. Miré sus ojos color miel; tenía las pupilas dilatadas y su sonrisa empezó a desvanecerse.
-Te he echado mucho de menos, Aria.-oí el dolor en mi voz-. Pensé que nunca volvería a verte.
Ella giró su rostro, dejándome observarla de perfil. En su pequeña oreja había dos pequeños aros negros. Deseé mordisquearlos.
-No fue mi decisión marcharme; siempre quise volver… y lo he hecho.
Le di un beso en la mejilla y me quedé de rodillas, con ella entre mis piernas. La vi sentarse y tirar de su vestido para que no pudiese admirar sus largas y pálidas piernas. Me lamí el labio inferior.
-Y me alegro de que lo hayas hecho.-sonreí-. Y para celebrarlo, vamos a tomar el mejor desayuno que jamás hayas probado.
Ella rió, feliz, y asintió. Salimos de la habitación cogidos de la mano, como siempre lo habíamos hecho. Al fin, una parte de mí había vuelto a su lugar.