Me dolía la cabeza, y no era esa clase de dolor que se pasa con tomarse una aspirina, no, multitud de pinchazos me la martillaban. Abrí los ojos, la habitación estaba oscura y olía a enfermedad y medicamentos. Intenté incorporarme lentamente, pero solo sirvió para aumentar el dolor. Como un acto reflejo, lleve mis manos a mi cabeza percatándome de la venda que me la envolvía.
¿Qué cojones hago en un hospital? Porque estaba claro que donde me encontraba era en la habitación de un hospital, paredes blancas, una cama llena de tubos y un pequeño armario repleto de camisones azules, sin duda estaba en un hospital. Y sin duda había tenido un accidente. Pero no recordaba el motivo y eso me aterrorizaba.
Escuché numerosos pasos y voces al otro lado de la puerta, discutían en susurros que no alcazaba a oir. Ignorando el dolor, me obligué a levantarme de la cama y acercarme a la puerta para intentar enterarme de mi supuesto accidente.
- No grite, la va a despertar.- Era la voz de una mujer, supuse que sería una enfermera.
- Eso nos sería de gran ayuda, necesitamos entrevistarla para la investigación. - ¿Investigación? ¿Qué investigación?
- Está muy débil comisario, no se cuando volverá a estar consciente.
- Creo que no entiende la importancia que tiene es chica para nosotros, y lo peligrosa que puede llegar a ser.
Las voces callaron y los pasos sonaban ya lejanos. ¿Era peligrosa? ¿Por qué estaba esperándome la policía? ¿De qué investigación hablaban? ¿Por qué mierda no me acordaba de nada?
La angustia aumentó cuando descubrí que no recordaba ni mi nombre, ni mi edad, nada, absolutamente nada. Empecé a plantearme la opción de tener amnesia, cosa que me horrorizaba. Movida por el miedo rebusqué en los cajones del armario en busca de información. Saqué una camiseta y unos vaquero y los arroje al suelo, luego, una pequeña mochila negra. Busque en este último objeto sacando un móvil y una cartera. Tomé una bocanada de aire y encendí el móvil rogado que no tuviera contraseña.
- Mierda.- musite al comprobar que, efectivamente, el móvil pedía una serie de números.
Movida por el instinto empecé a marcar los números que, curiosamente, aparecían en mi cabeza. El móvil se encendió.
- No recuerdo mi nombre, pero sí la contraseña de mi móvil, cojonudo.- volví a hablar en voz baja.
El fondo era azul, un aburrido fondo de pantalla que ya viene instalado con el móvil. La galería de fotos, vacía. Los contactos, vacíos. ¿Qué significaba todo esto? No tenía recuerdos ni en mi cabeza, ni en mi móvil. Es como si alguien se hubiera empeñado en borrar mi pasado.
Los pinchazos aumentaban, y se hacían cada vez más constantes, me nublaban la vista. Con las pocas fuerzas que me quedaban busqué en el buzón de llamadas. Repleto, repleto de llamadas hacia el mismo número, un número no registrado. Me quedé embelesada mirando la pantalla sin saber organizar el lío de mi mente. Luchando por recordar el destinatario de dicho número, que había pasado antes del supuesto accidente, por que me buscaba la policía. Mis ojos amenazaban con cerrarse, pero una melodía los espabiló. Descolgué rápidamente el teléfono sin mirar el número que llamaba, aunque no me hacía falta, sabía que era el mismo número que había en el buzón, el único que llamaba a mi móvil.
-Menos mal, pensaba que te habían cogido, ¿dónde coño estas?- Era la voz de una mujer, parecía alterada y aliviada al mismo tiempo. No supe responder, las palabras se quedaban atrapadas en mi mente, negándose a salir. -¿Eva? ¿Eva estas ahí?- Vaya, con que Eva es mi nombre. - Joder tia responde, no tenemos tiempo, vienen a por mí, ¿lo has escondido bien?
Tenía la boca seca, millones de preguntas se acumulaban en mi mente, todas sin respuesta alguna. La mujer volvió a repetir mi nombre rogando una respuesta que no llegaba. Yo, paralizada en el suelo de la habitación intentaba ignorar el amasijo de preguntas que no hacían nada más que aumentar el dolor.
-¡Eva! Esos capullos me van a cojer. Tienes que alejarte de la ciudad ¿Me escuchas? Desacte del cuerpo, pon los documentos a buen recaudo y sal de donde quiera que estes cagando leches. Si salgo de esta me pondré en contacto contigo.- Un golpe en seco sonó al otro lado de la línea.- Joder Eva, ni si quiera te escucho, tú haz lo que te he dicho.
Un disparo, un grito, el otro teléfono cortó la llamada.
El nudo de la garganta que tenía desde que me desperté se desató en forma de lágrimas, lloraba en silencio, para evitar que las enfermeras o el ejercito de policías que me esperaban tras la puerta me escucharan.
No entendía nada, las peores posibilidades y suposiciones rondaban por mi mente. ¿Realmente había matado una persona? ¿ De qué documentos hablaba la mujer del teléfono? Ni si quiera estaba segura de querer saber esas respuestas. Tenía miedo, estaba aterrada. Millones de escalofríos recorrían mi columna vertebral. La policía estaba tras la puerta y lo más seguro es que no fuera para algo bueno. Tenía que irme de ese hospital como bien me había dicho la mujer. Pero, ¿como?
Obligue a mis débiles piernas a levantarme del suelo, en ese estado no llegaría muy lejos. Me dirigí hasta la puerta del baño y me lavé rápidamente la cara. No pude evitar levantar la mirada para observar mi reflejo en el espejo. Pálida, pálida como un muerto. Mis ojos marrones ahora estaban rojos y cansados. El pelo, castaño, caía formando pequeñas ondulaciones sobre mis hombros. Una venda, recubría parte de mi cabeza hasta la altura de la frente. Tenia el rostro desencajado y la mirada confusa y asustada, muy asustada.
No se si fue el miedo por mi pasado relacionado con la policía y con un supuesto asesinato o el miedo por el bloqueo de mi mente lo que movió desesperadamente mis piernas hacia la puerta de la habitación. Estaba cerrada. Estaba claro que fuera lo que fuese lo que había hecho, no era nada bueno. Me cambié rápidamente de ropa y arrojé el camisón al suelo. Me calcé los zapatos y cogí la mochila, tras guardar el móvil y la cartera. Examiné el cuarto en busca de alguna salida. Al final me decidí por lo más obvio, la ventana. A diferencia de la puerta, esta estaba abierta. La luna llena iluminaba toda la habitación y una brisa me puso la piel de gallina. Por fortuna, la habitación se encontraba en un segundo piso y al lado del ventanal una tubería bajaba hasta el suelo. La adrenalina me distraía de los pinchazos que atacaban mi cabeza. Mi sentido común me pedía a gritos que me alejará de la ventana, que volviera a la cama y no arriesgará aún más mi vida. Pero las repercusiones que pudiera tener mi oscuro pasado me obligaron a bajar por la tubería. Con la mochila a la espalda y luchando por mantener mis piernas tensas conseguí llegar hasta la acera. Mechones de pelo, movidos por el viento, me dificultaban la vista. Me quite, con una mueca de dolor y los dientes apretados, la venda que me recorría la cabeza. Examiné el aparcamiento en el que me encontraba. Unos cuantos coches aparcados y nadie vigilándolos. Supuse que estaba en la parte trasera del edificio. Me acerqué sigilosamente a un coche negro, a juzgar por mi ignorancia hacia la marca del vehículo no sabía mucho de coches. Recogí del suelo un palo caído de un árbol cercano y golpeé con fuerza en el cristal. Entré, acelerada por la idea de que alguien hubiera escuchado el estallido de cristales o percatado de mi huida.
El coche se encendió sin necesidad de llaves y yo, guiada por el instinto, lo puse en marcha. No sabía mi edad, todavía no había examinado mi cartera, por lo que no sabía si realmente tenía permiso de conducir, pero era lo que menos importaba en ese momento. Conduje a duras penas hacia la salida del hospital, rezando para que nadie se fijará en un coche saliendo de madrugada del edificio a toda leche.
No sabía a donde ir, ya que ni si quiera sabía en que ciudad me encontraba. Deje que mi instinto me guiara hacía una carretera que parecía conducirte fuera de la ciudad.
Londres, indicaba el cartel que acababa de dejar atrás. Así que estaba en las afueras de Londres conduciendo a 180 por hora un coche robado. Huyendo de mi oscuro y oculto pasado hacia quien sabe donde. Parecía surrealista.
Tras dejar atrás la ciudad y comprobar que nadie me seguía, aparque el coche fuera de la carretera para intentar ordenar mis ideas. Cogí mi mochila sacando de ella la cartera, la cual abrí con las manos temblando.
Anna Collin. No Eva. El carnet era falso, como cabía esperar. Nacida un 25 de diciembre del 1993.
En la foto aparecía una joven más distinta de la que vi minutos antes en el espejo. Llevaba una coleta y una blusa verde. Estaba feliz, seguramente ignoraba el futuro confuso que le esperaba.
Cerré los ojos con fuerza y me concentré en el dolor que sentía en la zona que anteriormente había estado envuelta por una venda. Un fuerte pinchazo atravesó nuevamente mi cabeza y me hizo pegar un chillido. La vista se me nublaba y todo se tornó a negro.