MARCAS EN LA PIEL © - Scorbus

By notabyabyaby

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VERSION MEJORADA DE "ANSIEDAD". . Morí un martes. O al menos, todo empezó ese día. No me mires así, no es dra... More

ANTES DE LEER.
CÁPITULO UNO.
CÁPITULO DOS.
CÁPITULOS TRES.
CÁPITULO CUATRO.
CÁPITULO CINCO.
CÁPITULO SEIS.
CÁPITULO SIETE.
CÁPITULO OCHO.
CÁPITULO NUEVE.
CÁPITULO DIEZ.
CÁPITULO ONCE.
CÁPITULO DOCE.
CÁPITULO TRECE.
CÁPITULO CATORCE.
CÁPITULO QUINCE.
CÁPITULO DIECISIETE.
CÁPITULO DIECIOCHO.
CÁPITULO DIECINUEVE.
CÁPITULO VEINTE.
EPÍLOGO.
NOTA FINAL.

CÁPITULO DIECISÉIS.

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By notabyabyaby

La primera advertencia de que algo malo sucederia la recibi unos dias despues.

Scorp habia planeado una cita en el bosque y estaba muy emocionado por ella. Para mi sorpresa, involucraba romper una de las reglas: No ir al bosque prohibido. Ademas, era de noche.

Ese día el cielo parecía haber sido cubierto por un manto de terciopelo oscuro, y las estrellas eran diminutos cristales dormidos, apenas parpadeaban. La nieve se habia terminado de derretir unos días antes, y la tierra del bosque exhalaba ese olor a musgo húmedo que a Scorpius le gustaba.

Me había dicho que era una sorpresa, asi que por una vez no me quejé. 

—¿Estás seguro de que no nos castigaran por esto? —le pregunté, bajando una rama que me golpeaba la frente mientras avanzábamos por el sendero iluminado por su lumos.

—Oh, por supuesto que lo harán —respondió, con una sonrisa torcida—. Pero lo hago con fines románticos.

—¿Romántico, en el Bosque Prohibido? Suena más a "te voy a enterrar bajo este tronco".

—No seas dramático, Potter. A menos que eso te guste —dijo en tono burlón, girándose para mirarme por encima del hombro.

Reí, sacudiendo la cabeza, y lo seguí. Caminamos unos minutos más, hasta que llegamos a un claro que parecía sacado de otro mundo.

Había un círculo de árboles altos y plateados, cubiertos por una especie de rocío que brillaba como si cada gota escondiera un hechizo. Y en el centro, justo donde la hierba era más espesa y viva, nos esperaba algo que no esperaba ver jamás: hadas.

Eran diminutas, hermosas, de alas alargadas como pétalos de lirio y una luz amarilla que parecía nacer desde su piel. Brillaban con un resplandor cálido. Su presencia era suave. Casi sagrada.

—¿Tú  hiciste esto? —susurré, sin poder apartar la mirada.

Scorpius asintió, mordiéndose el labio.

—Les pedí que hicieran un pequeño espectáculo. Nada demasiado complicado. Dijeron que sí, a cambio de azúcar y un poco de poesía.

—¿Les diste poesía?

—Les recité un texto de Baudelaire y una canción de Celestina Warbeck. No supieron cuál era cuál. Fue perfecto.

Reí bajo, sin poder evitar sentir ese pinchazo dulce en el pecho.

Scorpius Malfoy estaba loco. Y era hermoso.

Una música delicada comenzó a flotar en el aire, como si las propias hojas la tocaran. Las hadas danzaban, formando espirales de luz, y con sus manos pequeñas comenzaron a crear destellos que se elevaban como luciérnagas encantadas.

—¿Quieres...? —Scorpius me tendió la mano.

La tomé.

—Siempre quiero, si se trata de ti.

Nos sentamos en el suelo, juntos bajo una manta que él había traído en su mochila encantada. De entre las sombras, una de las hadas más grandes se acercó volando, y en un gesto delicado, nos colocó coronas de flores a cada uno. La mía era de margaritas silvestres. La suya, de violetas.

—Estás... ridículamente bonito con eso —le dije, observándolo bajo la luz dorada. Su perfil parecía tallado en oro.

Él sonrió.

—Tú también, pero no quiero decírtelo muy seguido. Se te sube a la cabeza.

—¿Podrías decírmelo esta vez?—Murmure, inclinandome hacia él.

—Estás precioso —dijo, con esa voz que usaba solo cuando nadie más podía oírlo—. Pero no tanto como cuando te concentras. O cuando te enojas. O cuando hablas con las manos.

Mi garganta se cerró un poco.

—No sigas o me obligaras a besarte.

—¿Qué te detiene?

Y lo besé. Lento. Dulce. Como si estuviéramos inventando una nueva forma de tocar el alma del otro.

Cuando me separé, una de las hadas —la más brillante, más grande, como si fuera su reina— voló hasta mí. Se detuvo frente a mi rostro, mirándome con ojos redondos que parecían contener galaxias.

Y entonces me habló.

Su voz no era del todo una. Era como un susurro que se escuchaba dentro del pecho.

—Tú eres el niño que vino de la luz, que regresará a ella —dijo, tan bajo que casi lo confundí con el viento—. Un gusto conocerte antes de eso, Albus Potter. Recuerda... disculparte con tu padre antes de que sea tarde. El bosque le debe mucho a Harry Potter.

Parpadeé. El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué... qué quieres decir? —pregunté, de pronto helado.

Pero el hada solo sonrió, dulce, y se alejó entre la bruma mágica, llevándose el misterio consigo.

—¿Todo bien? —preguntó Scorpius, notando el cambio en mi expresión.

Parpadee, confundido.

¿Él no pudo escucharlo?

Asentí despacio, pero no dije nada.

No quería preocuparlo. No en una noche tan perfecta. No cuando el amor me llenaba el pecho con tanta fuerza que dolía.

Y sin embargo, algo de ese susurro se me quedó grabado en la piel.

Como una advertencia que aún no sabía cómo entender.

Esa mañana me desperté con las palabras del hada aún resonando en algún rincón de mi cabeza. Como si no las hubiera soñado, como si se hubieran quedado flotando en el aire de la habitación, justo encima de mi cama.

"Disculpate con tu padre antes de que sea tarde."

Me quedé un rato sentado sobre las sábanas, con las manos apoyadas en las rodillas, mirando la ventana empañada por el frío. No podía dejar de pensar en eso. Todo era tan críptico. Y sin embargo... sonaba demasiado real como para ignorarlo.

Me levanté y fui al baño, pero el agua en la cara no me ayudo a sacarme esa sensación del pecho.

Pensé en papá.

En lo que era ser auror.

En todas las veces que se iba por semanas, incluso meses, sin poder decirnos a dónde ni por qué. En cómo llegaban a casa informes secretos, maletines sellados, pergaminos encantados para autodestruirse. Mamá solía actuar con normalidad, como si no fuera nada fuera de lo común, pero yo siempre lo notaba. La tensión en sus hombros. Los suspiros que se le escapaban cuando pensaba que no la veíamos. Incluso notaba hechizos de glamour, probablemente hechos para disimular los ojos hinchados por llorar.

A veces me parecía que no sabíamos nada de él. Que vivía en un mundo del que no podíamos formar parte. Y que ese mundo podía acabar con él en cualquier momento.

Me frustraba un poco.

Pasó toda su maldita adolescencia persiguiendo a un mago tenebroso, y el peligro no le fue suficiente ¿Acaso no podría haber sido profesor o algo así?

Las palabras de esa criatura mágica me ponían los pelos de punta.

Apreté la pileta del baño con las manos.

No es que creyera literalmente que algo terrible fuera a pasar. No soy tan supersticioso. Pero el simple hecho de pensarlo me estrujó algo adentro. Una angustia vieja, de esas que se instalan cuando eres niño y ves a tu padre irse por la chimenea sin prometer que volverá.

¿Qué pasaría si un día no regresará?

¿Qué si no tenía la oportunidad de decirle que... que en realidad que yo fuera un Potter diferente a él nunca fue su culpa?

Suspiré, obligándome a salir del baño.

Tenía que ir a desayunar. Scorp me esperaba.

Salimos hacia el comedor casi sin pensar, senti los dedos de mi pareja rozandome la espalda con suavidad.

—¿Estás bien? —preguntó con cuidado.—Estás algo pálido, pareces un Malfoy.

Negué.

—Solo dormí mal. Ya se me va a pasar.

No insistió. Solo me apretó el hombro y dijo:

—Dime si necesitas algo.

Le sonrei con dulzura.

Ese gesto fue todo lo que necesitaba.

La luz del Gran Comedor era tenue esa mañana, el humo de los tazones calientes se elevaba en espirales doradas, y me senté frente a una tarta de melaza que sabía a hogar y nostalgia. Le puse un vaso de jugo de frambuesa a Scorpius, sin palabras. Apenas respiré.

—¿Cómo crees se ve el cielo hoy? —pregunté solo para escuchar su voz.

Alzo la mirada, frunciendo un poco el ceño:

—No se ve muy bien. Va a llover fuerte. Hay tormenta en camino.

Intenté parecer relajado. Me incliné hacia él, susurrando:

—La nube a un lado del sol paree un perro negro, ¿no crees?

Él levantó una ceja.

—¿Acaso ahora te gusta la Adivinación?

Rodé los ojos.

—Eres un aguafiestas.

Lo vi sonreír por debajo de sus pestañas largas. Esa sonrisa suave llenó la habitación. Fue justo en ese instante, que llegó una lechuza con una nota sellada con cera roja. Era de la directora McGonagall.

Nos llamaba a los dos a su oficina.

Cuando llegamos, Harry estaba ahí.

Intente no pensar que se trataba de una casualidad extraña.

Vestía su uniforme de auror, sobrio, elegante, con el escudo del Departamento de Seguridad Mágica brillando sobre el pecho. No había fuego en la chimenea, pero su sola presencia llenaba el despacho de una extraña tensión, como si el aire mismo se negara a moverse sin su permiso.

Me tensé de inmediato.

Scorpius se quedó inmóvil a mi lado. Solo sus manos delataban el temblor sutil que recorría su cuerpo.

Harry nos saludó con una leve inclinación de cabeza. Su mirada pasó por mí primero y luego se posó en Scorpius.

—Gracias por venir —dijo en voz baja—. Scorpius, necesito hacerte algunas preguntas. Es sobre tu abuela.

Malfoy asintió con dificultad. McGonagall nos observó por encima de sus lentes. Luego, tras un breve suspiro, se retiró del despacho, dejandonos solos.

Tomamos asiento en silencio. 

Harry esperó unos segundos antes de hablar de nuevo. Su voz era tan suave como firme.

—Sé que esto es difícil, pero lo que me digas puede ayudar. Cualquier detalle importa. No quiero incomodarte. Solo... dime lo que puedas.

Scorpius tragó saliva. Me miró de reojo. Yo no dije nada, solo le apreté la mano por debajo de la mesa. 

—No sé si sirva —empezó, con la voz apenas temblando—, pero... hace meses que recibo cartas. Anónimas. O eso creía. Algunas firmadas con iniciales "RL", otras solo con... palabras. Solo palabras sueltas. Como si fueran... juegos extraños, casi crueles.

Harry fruncio el ceño.

—¿Qué tipo de juegos?

—Frases como "ojo por ojo"... "traicion por traicion"—Scorp bajó la mirada—. Pensé que era solo una broma pesada de los de Gryffindor, queriendo ponerme nervioso tras la noticia de la desaparición. Cuando descubrí que en realidad si estaba relacionado fue con la última nota, esta decía "te lo dije".

—¿"Te lo dije"? —repitió mi padre, despacio.

Asintió.

—Llegó con algo que pertenecía a mi abuela. Un broche. Uno que ella siempre llevaba puesto. Lo encontré en mi cama... justo después de enterarme de su muerte.

Sentí que mi estómago se contraía, recordando ese día.

Harry se quedó en silencio por un largo rato. Luego, con una suavidad que no esperaba, dijo:

—¿Tienes esas cartas?

Scorpius asintió.

—Están guardadas. En mi baúl.

—Me ayudaría mucho si pudieras traérmelas.

—Sí. Lo haré.

Scorp se puso de pie sin decir nada, no me miraba, así que intuí que quería ir él solo.

—Regreso en un momento.

Cuando la puerta se cerró, sentí que los nervios me apretaban el estómago.

No podía dejar de mirar a mi papá.

Había algo en sus ojos. Algo que me hizo entender que no estaba ahí solo como auror; Estaba ahí como alguien que también conocía la pérdida. Como alguien que, quizá, se sentía igual de frustrado por no tener respuestas.

Algo me impulsó.

No estaba planeado. No era racional. Pero me salió del alma.

—Papá... —empecé, y noté cómo su ceño se alzaba apenas.

Me incliné un poco sobre la mesa, tratando de ordenar las palabras en mi cabeza antes de que se escaparan.

—Papá, lo siento.

Harry parpadeó.

—¿Que...?¿Por qué?

—Por todo. Por cómo te traté. Por las cosas que te dije. Por haberme pasado años culpándote de todo. De cómo se burlaban de mí, de cómo me sentía, de... de no saber quién era. Pensé que era tu culpa. Pero ya no.

Sentí que la garganta se me cerraba, pero seguí.

—Ya no pienso así. Me di cuenta que... que nadie tiene la culpa de todo lo que pasó. Que a veces las cosas simplemente... duelen. Y que yo no supe lidiar con eso. Fui injusto contigo. No te dije nunca cuánto te admiro. Cuánto me importa lo que haces. Cuánto me preocupa que un día te vayas a una misión y no regreses. Y que yo me quede con todas estas cosas que nunca te dije.

Harry respiró hondo.

Y entonces se levantó de su silla.

—Albus...

Caminó hacia mí. Lentamente. Y me abrazó.

Con una ternura casi contenida, como si tuviera miedo de romper el momento con el movimiento equivocado.

Yo me rompí. Se me desmoronó la fachada fria que siempre tenia frente a él. Le devolví el abrazo como si pudiera quedármelo para siempre. Como si enredarme en sus brazos pudiera borrar todos los años de distancia.

—Te quiero, Albus —susurró.

—Yo también, papá —dije contra su pecho—. Lo siento. De verdad. Solo... necesitaba que lo supieras.

Nos quedamos así un momento. Sin decir nada más.

Cuando me separé, vi que tenía los ojos brillosos.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo en mí se acomodaba.

No del todo. Pero lo suficiente.

—Tengo...—Carraspee— tengo algo que decirte de las notas a Scorp, aunque aún no se lo dije a él.

Él parpadeó.

—¿Qué cosa?

—Tiene que ver con Elara.—Alcé la cabeza:

—Desde hacía un tiempo que actuaba raro con respecto a Scorpius y me preguntaba por él. El día anterior a que secuestraran a Cissy me pregunto si estaba viva, papá. Y juro que su letra coincide con las notas que le enviaron a Scorp.

Papá frunció el ceño.

—¿Podrías traerlas? Podemos comprobarlo con un hechizo. Gracias por decirme, hijo, es muy útil.

Le sonreí y me dirigí a la puerta. 

Antes de salir, agregue, casi con timidez:

—Me alegro de que estemos bien, papá.

Salí del despacho todavía con el eco del abrazo en los brazos, con la voz de mi papá resonando en mi pecho, y esa extraña mezcla de alivio y miedo llenándome por dentro. Había dicho todo lo que necesitaba decirle, al menos por ahora. Lo había llamado "papá" sin resentimiento, sin rabia contenida. 

Pero algo se sentía... raro.

Pense que Scorpius tardaba demasiado.

Apuré el paso por los pasillos, girando cada esquina con una ansiedad que no supe disimular. Mi corazón comenzó a golpearme el esternón con cada escalón que bajaba. No me gustaba ese silencio. Esa calma tensa, como si el castillo mismo contuviera la respiración.

Entre a la sala comun, giré por el corredor y vi la puerta de nuestra habitación apenas entreabierta.

Empujé con la palma.

Y el mundo se vino abajo.

El cuarto estaba destruido.

Y no con el caos típico de una pelea escolar o una travesura. Era devastación mágica. Intensa y precisa.

Los colchones habían sido arrancados de sus estructuras, flotaban a media altura con restos de hechizos aún crepitando. Los dorsales de la cama de Scorpius estaban partidos en dos, como si hubieran sido golpeados con una fuerza brutal. Las cortinas de la ventana estaban chamuscadas, negras en las puntas, y un aire espeso, cargado de ceniza, impregnaba todo.

Mis pasos crujieron sobre lo que quedaba de una lámpara hecha trizas.

Pero fue la pared lo que me dejó helado.

Allí, pegada con un alfiler oxidado, había una hoja de pergamino arrugada.

No firmada.

Solo un mensaje, escrito en letras grandes, toscas, con una tinta que parecía sangre seca:

TIC, TAC
LLEGASTE TARDE.

Mi garganta se cerró. Di un paso hacia atrás. Luego otro. 

—¡Pa-papá! —grité, saliendo disparado por el pasillo.

Corrí. El castillo se volvió un borrón. Empujé la puerta del despacho de la directora con fuerza, despues de balbucear la contraseña.

—¡Papá! 

Harry ya venía hacia mí.

—¿Qué pasó?

—S-Scorpius—jadeé—. La habitación. Tienes que verla. Ahora.

Me siguió sin hacer preguntas. Cuando entramos, lo vi detenerse en seco. Su expresión cambió de inmediato, tomo un aire más analitico. Se movió despacio, observando cada rincón, cada señal de lo que ahí había ocurrido. Luego se acercó a la cama de Scorp, donde todavía asomaba el baúl medio abierto.

—La magia sigue en el aire—pasó su mano por una grieta que algún encantamiento dejó en la pared.

Harry se agachó. Con cuidado, empezó a sacar las cosas del baúl. Abrió una caja de pociones vacía, con una etiqueta rasgada. Dentro, encontró las cartas. Las amenazas.

—Aquí está —dije con la voz quebrada, pasandole mis cartas de Elara—. Las que te mencioné.

Harry revisó una a una, su mirada cada vez más oscura, más concentrada.

—¿Viste a Scorpius?

—No, yo-no—balbuceé—. Estaba todo así cuando llegué.

Me sentía entumecido, no podía respirar. Puse una mano en mi pecho.

No había forma de que Scorp estuviera en otro lugar del castillo.

Se lo habían llevado.

Mi papá se puso de pie. Me apoyó una mano en el hombro. 

—Vamos a encontrarlo. Pero necesito que te calmes. No puedes ayudar si estás en este estado. Vamos a la enfermería, solo un momento. Voy a mandar un patronus a James y Lily para que te acompañen. Y a Pomfrey, para que te dé algo para estabilizarte. ¿Sí?

Quise negarme, insistir, pero no podía con la angustia. Me sentía vacío por dentro, y a la vez, a punto de estallar. Asentí, sin más.

Cuando llegamos, Madame Pomfrey fue rapida. Me guió hasta una de las camas y me pasó una poción que sabía amarga y áspera. Sentí cómo bajaba por la garganta como fuego líquido.

James entró poco después, con Lily detrás. Ella se lanzó a abrazarme sin preguntar, y él se sentó a mi lado, serio.

—Estoy bien —mentí.

Me recosté, con los ojos pesados, la cabeza girando como un carrusel. Lo que sea que me dio Pomfrey, esta surtiendo efecto. Lo último que vi fue a mi papá enviando un nuevo patronus antes de salir por la puerta.

Y entonces, el sueño me atrapó.

Pero no fue un descanso. Soñé con Elara.

Ella estaba ahí, en medio de mi habitación, en las mazmorras, con los ojos rojos como brasas, parada junto a la cama destrozada de Scorpius. Su rostro parecía el mismo, pero no lo era. Había algo vacío en su expresión, como si ya no quedara nada humano adentro.

Sus labios se movían.

—El tiempo se acaba, Albus Potter... tic... tac... tic...

Intenté hablar. Pero no podía moverme. No podía gritar.

Detrás de ella, había una sombra alta, imposible de definir. Una figura sin forma, sin rostro, que latía como una presencia viva. Sentí que me observaba. Que me estudiaba. 

Que me esperaba.

—Vas a volver a la luz —dijo Elara—. Pero no todos lo harán contigo.

Y luego, simplemente desapareció.

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