Trilogía en ambos mundos

By Jokin6

402 0 0

More

Trilogía en ambos mundos

402 0 0
By Jokin6

2

Trilogía en Ambos Mundos

Jokin M. Maneiro

3

A mis padres, por enseñarme la magia de las palabras y los libros A Sebas e Igor, por su paciencia, sus comentarios y su amistad A Marce, por todo esto, por todo lo demás y por muchos, muchos años

4

UN PEQUEÑO LEGADO

De manera casi mecánica, Wendell continuó con su ritual diario y, al entrar en la sala grande, saludó con una inclinación de cabeza al retrato de su padre que presidía solemnemente la estancia desde la parte superior de la chimenea. El hogar se encontraba encendido en un fútil intento de caldear la casa ante el frío reinante en el exterior. Frotándose las manos y lleno de energía a pesar de la larga noche, el joven se sentó a la mesa donde le esperaba humeante el café recién hecho de Mildred junto con una jarra de leche, unos bollos recién horneados, mantequilla, mermelada y lo que más deseaba ver ese día: el Providence News. Tras una rápida ojeada a la portada buscó nervioso la página de Sociedad, donde aparecía un grupo de noticias que ese día prometían ser muy interesantes: los obituarios. Dos nombres aparecían impresos ese día. El primero era el del canónigo de la catedral de Boston, hombre muy anciano al que Wendell conoció una década atrás, en el funeral de su madre. No lo volvió a ver hasta hacía unos tres años, en el de su padre y, por último, se había entrevistado con él unos días

5

atrás. Esperaba que su muerte no hubiera sido por culpa suya. El segundo nombre lo leyó con una sonrisa al comprobar que era la persona que deseaba ver en esa página, la que tanto había le hecho sufrir y pelear para conseguir lo que le pertenecía por derecho. Christopher era mayor que él pero no era más que un bastardo, fruto de una lamentable aventura de su progenitor. Desafortunadamente, por un estúpido sentimiento de

culpabilidad de este, lo había reconocido públicamente como legítimo poco antes de que la enfermedad que lo atenazaba se lo llevara. Su hermanastro se abalanzó sobre la herencia como un perro de presa. Lo que Wendell aún no entendía era de dónde había sacado el dinero para contratar a los mejores letrados de Nueva Inglaterra, Howards y Samuelson. Más aun, le sorprendía cómo, teniendo los recursos suficientes para contratarlos, le interesaba tanto robarle el pequeño patrimonio que había dejado sin testamentar su predecesor pues, probablemente, Christopher se había gastado una cantidad similar para hacerse con sus servicios. En cambio, él sólo quería lo que le correspondía como miembro legítimo de la familia; él no era un intruso o un advenedizo. Durante el juicio no pudo hacer frente a esos dos colosos de las leyes, a pesar de que Wendell estaba reconocido como un buen abogado. Sabía de antemano que tenía pocas

6

opciones,

como

demostró.

Ambos

sus

argumentos con facilidad pasmosa, ambos se rieron de él, ambos pusieron al público en su contra, ambos le humillaron... Ambos morirían como lo había hecho su hermanastro. Comenzó a planearlo todo poco después de recuperarse de la afrenta soportada durante el juicio. Durante un tiempo casi ni se atrevía a salir de su casa victoriana más que lo estrictamente necesario y, en estas ocasiones, procuraba que lo viera en la calle la menor gente posible. Poco a poco fue ganando la confianza necesaria para poner en práctica su idea. Tras recuperar sus primeras fuerzas se dirigió a la oficina de Anthony Prescott, albacea depositario de los bienes conocer

pertenecientes a su difunto padre. Necesitaba

exactamente todas y cada una de las posesiones por las que había luchado con su hermanastro pues temía haber pasado por alto algún documento que encerrara el motivo de la disputa y una más que probable riqueza para su poseedor. La visita no aclaró nada. La pequeña villa, a medio camino entre Providence y Warwick, con sus muebles, el viejo carruaje y unas acciones en una empresa maderera que prácticamente estaba en quiebra. En el listado de los muebles y demás enseres de la casa no había nada extraño. Incluso el contenido de la caja fuerte era muy escaso, títulos accionariales por valor de sesenta dólares, otros ochenta en metálico y un libro titulado

7

El Innombrable. Le resultó extraño que su padre mencionara

específicamente un libro en su testamento pero pronto apartó este pensamiento. Tenía que haber algo más, algo oculto en alguna parte que mereciera tanta atención. Decidió que lo más inteligente no era hacer un alarde público de fuerza o intentar difamar a su hermanastro ya que se podría tomar como un burdo intento de venganza y obtener como única recompensa un mayor desprestigio, lo que seguro acabaría con él. No, debía ser más inteligente y cuidadoso. Quizá si se presentara como un elegante perdedor, dispuesto a mejorar… Sí, eso le reportaría una buena imagen entre sus desconfiados

convecinos, tan prestos a la crítica, y, sobre todo, le permitiría acercarse a su tan bienamado Christopher.

La mañana era limpia y la temperatura suave ese día de primavera en que Wendell acudió a casa de su hermanastro en son de paz. Una sonrisa de superioridad acompañaba a este último al abrir la puerta. Mirar desde arriba le permitía observar a su visitante con mayor desprecio. A pesar del buen tiempo, una nube de tormenta se asomó a través de los ojos del más joven de ambos, quien miró de soslayo a ambos lados un instante, por si había algún testigo de ese educado desprecio al que estaba siendo sometido.

8

Al volver a mirar a Christopher, había conseguido despejar la ominosa amenaza de su mirada y sustituirla por un gesto amable y conciliador. Tras ser invitado a pasar, fue conducido a una pequeña sala donde se le ofreció un té traído de la lejana Ceilán. La velada transcurrió en un tono correcto y, gracias a su experiencia como abogado y aprovechando el sentimiento de supremacía que exudaba Christopher, Wendell le sonsacó parte de su historia, dónde había estado, a qué se dedicaba, planes de futuro. Le sorprendió mucho encontrarse ante una persona muy culta, con numerosas experiencias vividas y conocedora de varios idiomas, tanto modernos como antiguos. Lo más sorprendente de su vida era su estancia durante una década en el norte de África, principalmente en Egipto, donde reconoció sin ninguna modestia haber tomado parte en diversas exploraciones y pequeños descubrimientos. Wendell tanteó cuál podía ser el interés de su hermanastro por la herencia de su padre pero sólo obtuvo algunas respuestas esquivas y prefirió no insistir. Ya habría tiempo para averiguarlo más adelante y, una vez hecho, devolverle la humillación, conseguir que suplicara perdón y hacerle sufrir, hacerle gritar, obligarle a reconocer que no era más que un bastardo, un hijo ilegítimo que se había aprovechado de un

9

hombre enfermo y que sólo merecía el destino que le ofrecía su queridísimo hermano pequeño, la muerte. A pesar de sus deseos íntimos, Wendell se las arregló para jugar la baza del cachorro arrepentido, intentando que su hermano lo tomara como un pobre desvalido que no suponía peligro alguno. El resultado fue el esperado ya que, hacia el final del encuentro, de se las arregló al para ganarse de la las

magnanimidad

Christopher

convencerle

dificultades económicas por las que estaba pasando desde su clara derrota en el juicio. Por supuesto, estas penurias eran inexistentes gracias al dinero ahorrado durante varios años pero su hermanastro no tenía por qué saberlo. Lo importante fue la oferta de trabajo que le ofreció: encargarse del área administrativa y legal de parte del negocio de importaciones que poseía su hermano. No era un puesto importante, ni mucho menos, pero era un comienzo y él era un hombre paciente, muy paciente.

Pasaron las semanas y los meses entre planes y papeleo. En algo menos de un año, Wendell se las había arreglado no sólo para conocer perfectamente todos los entresijos de la parte asignada a su responsabilidad, sino que había reducido la burocracia necesaria, mejorando los beneficios. Esto le permitió ganarse nuevas amistades entre los conocidos de su

10

hermanastro y obtener información de diversas actividades de la empresa. Lo que más le llamó la atención era la escasa implicación de Christopher en los negocios de los que era accionista mayoritario. En todos excepto en uno: la compraventa de objetos de arte. Sobre este mantenía un férreo control, encargándose él mismo de casi todas las transacciones. No le hubiera resultado extraño, de no ser porque, en las ocasiones en las que Wendell había estado en casa de su hermanastro, no recordaba haber visto pieza alguna proveniente de viejo continente o de su tan amado Egipto, con excepción de una porcelana y algún marfil traído desde Asia vía Londres. Algo no acababa de encajar: un marchante de arte sin apenas objetos artísticos en su casa. No sabía cómo pero estaba seguro de que había algún tipo de relación con el legado de su padre. Decidió entonces tomar otro curso de acción, era hora de arriesgarse más y hacer de investigador privado. Le hubiera gustado que otro se encargara de eso pero no hubiera resultado fácil contratar a alguien sin que se acabara enterando todo Providence. Además, era su herencia, muy a su pesar, su familia y, sobre todo, se trataba de su honor, ese extraño sentimiento al que tendemos a aferrarnos para justificar nuestro orgullo. La medianoche del primer viernes de noviembre se encaminó hacia casa de Christopher con la intención de

11

registrar su despacho en busca de algún documento que le permitiera encauzar sus sospechas hacia un objetivo concreto. En varias ocasiones había merodeado durantes las horas de oscuridad por los alrededores con la intención de comprobar si existía algún tipo de actividad. A diferencia de aquellas, esta resultó diferente. Mientras estaba agazapado tras unos arbustos vio unas luces en la carretera acercándose. Pertenecían a un coche que se detuvo en la parte trasera de la mansión donde vivía su hermanastro. Un hombre de aspecto robusto con sombrero bajó del asiento del copiloto y se dirigió a la puerta de servicio, la golpeó suavemente y, tras unos instantes, salió un hombre. A pesar de mantener el rostro oculto, Wendell supo con seguridad que se trataba de su hermano, pues conocía el bastón con empuñadura de nácar que la figura portaba y que relució bajo la luz argéntea de la luna en esa noche sin nubes, delatando la identidad de su embozado portador. La persona que había salido del automóvil también le resultó familiar pero al no poder percibirla con claridad no logró asociarla a un rostro concreto. Este abrió la puerta de los asientos traseros a su hermanastro, quien entró rápidamente, tras lo cual retomó su lugar junto al conductor. Wendell observó desde las sombras cómo el coche se alejaba del pueblo por la carretera que llevaba a Warwick. Cuando el resplandor mortecino de los faros se perdió en la

12

lejanía, prestó nuevamente atención a los alrededores de la casa por si el ruido del motor había despertado a alguien. Tras esperar un par de minutos en completo silencio le pareció que nadie había sido alertado. Se puso un par de guantes finos de algodón como los que usaban en los hospitales y se dirigió con cuidado hacia la misma puerta por la que había salido su hermanastro. Sabía que en la casa no había nadie pues esa era la noche libre del mayordomo y de su mujer, quienes habitualmente permanecían en una habitación de la planta superior y que los viernes solían dirigirse al otro extremo del pueblo a pasar la noche con la madre de ella. Con un codazo rompió uno de los pequeños cristales de la entrada trasera para, acto seguido, agazaparse en una zona oscura. Al no percibir ningún ruido ni dentro de la casa ni en la calle, se aproximó a la puerta, introdujo la mano por el hueco abierto y quitó el pestillo para entrar. No sabía de cuánto tiempo disponía de modo que se dirigió directamente al despacho de su hermano. Al no atreverse a encender el quinqué por temor a ser descubierto, con tensa parsimonia descorrió una cortina lateral para que, una vez más, la luna le otorgase la suficiente luz, aunque tenue, como para poder colegir lo escrito en los documentos personales de Christopher.

13

Metódicamente revisó una carpeta tras otra. En una libreta que había llevado fue apuntando nombres que se repetían en varias ocasiones. Un dietario con tapas de piel en cuya portada había grabado un extraño diseño geométrico fue un regalo al ofrecerle nombres que no había visto entre diversos albaranes, certificados y otros pliegos comerciales. Uno de esos nombres le hizo reaccionar: Howards, el abogado. ¡Era él! La persona que había salido del automóvil. ¿Qué estaba sucediendo? Tan extraña reunión a medianoche sin duda debía ocultar algo que podría servirle para desprestigiar, con suerte hundir, a su medio hermano. Enfrascado en estos pensamientos de venganza, se apoyó distraídamente en el vértice de la sujeción de un enorme globo terráqueo. La punta se deslizó y un crujido sordo rompió el silencio monótono que cubría la pequeña mansión. Wendell se dirigió hacia la fuente del ruido en los anaqueles existentes tras la ornada mesa de trabajo. Empezó a mover diferentes volúmenes sin resultado hasta que se fijó en un grupo de ellos. Era una reproducción bastante fidedigna de la Enciclopedia de Diderot y Dalambert. Asió el volumen que contenía los comentarios sobre Egipto y lo sacó. Un hueco en la pared quedó al descubierto, en su interior se adivinaba una forma: un libro. Una extraña sensación le hizo estremecerse. Su dormido instinto tomó momentáneamente el control y le

14

hizo dar un paso atrás. Sin embargo, la lógica moderna se impuso a la sabiduría ancestral y, en lugar de abandonar el lugar y salir huyendo, avanzó y acercó su mano hasta tomar el ejemplar. Sin motivo racional un ligero temblor sacudía sus brazos mientras avanzaba paso a paso hacia la ventana para que la tenue luz nocturna arrojara sentido a su temor. Al tacto las tapas parecían de piel, una piel negra y antigua. Sus dedos acariciaron unas letras repujadas de bordes agudos. Al incidir la claridad lunar sobre estas, pudo leer un nombre escrito en latín con caracteres góticos: INNOMINANDUM. El Innombrable. Abrió el libro y lo hojeó. Parte del mismo estaba escrito en latín y parte, supuso por la caligrafía, en árabe. Debido a su educación conocía la lengua clásica romana, no así la otra. Leyó algunos párrafos y su rostro se demudó. Era un texto terrible, en el que se hablaba de sacrificios y antiguos rituales. Detallaba el uso de las vísceras extirpadas a seres humanos vivos. Vivos. Además de las descripciones de esos impíos actos, también había ciertos relatos de la búsqueda infructuosa de algún extraño objeto en el interior de África. Al momento lo relacionó con lo que le había contado su hermanastro y con algo más que no había reconsiderado hasta ese instante: el libro pertenecía a su padre y, junto a esto, le vino a la memoria como un destello una pequeña figurita que le había regalado cuando él era niño. Se trataba de un elefante tallado en ónice

15

que, según le contó, trajo del interior del continente africano. ¡Su padre también había estado en esas tierras! En medio del silencio sepulcral de la noche, un ruido lejano le sacó de su ensimismamiento. Un coche. Wendell cerró el libro y rápidamente lo guardó en su escondite, poniendo después en su lugar el volumen de la Enciclopedia que lo cubría. Colocó en su posición original la sujeción del globo y se dirigió a la cocina, donde estaba la puerta trasera por la que había entrado, deteniéndose un instante en el umbral de la sala para comprobar que todo lo había dejado tal y como estaba inicialmente. Si bien con alguna duda, pensó que todo estaba en su sitio y se encaminó veloz a la salida. Le hubiera gustado tener tiempo para retirar los cristales pero no podía entretenerse un segundo. Miró por las ventanas sobre el horno y se aseguró de que el automóvil aún no había entrado por le camino trasero. Salió, cerró la puerta y corrió hacia unos arbustos cercanos. Cerca de un frenético minuto después unos faros iluminaron el área. El coche se estacionó y del mismo bajó Christopher. Cuando iba a entrar observó el cristal roto. Gritó dos nombres, el primero, tal y como Wendell había supuesto, fue el de Howards. El otro no lo conocía: Spencer. Este último salió del asiento del conductor con un arma en la mano. Los tres hombres entraron en la casa, momento que aprovechó el intruso para escapar, yendo de un árbol a otro, de

16

un arbusto a otro, hasta que pudo refugiarse al amparo de un edificio desde el que se encaminó a su casa. Llegó jadeando y, tras subir las escaleras y entrar en su cuarto, se desplomó sobre su cama, donde durmió hasta el día siguiente sin siquiera quitarse la ropa.

Unos golpes en la puerta le despertaron. No sabía cuánto había dormido pero no había logrado descansar pues las horas de sueño habían sido horas de tormento. En su mente, imágenes destructoras se agolpaban como racimos de desesperanza. Eran ataques devastadores a la propia existencia de la vida. Entidades amorfas le abrazaban como amantes, ansiosas por absorber su alma y devorar su cuerpo. Entre los velos de su memoria dientes mellados desgarraban su carne y ojos etéreos y sin pupila escrutaban su espíritu agonizante. Un escalofrío le hizo encogerse mientras se incorporaba. Nuevos golpes en la puerta retumbaron en su cerebro como un gong titánico que le hizo apretarse las sienes. Finalmente consiguió emerger del foso en el que se hallaba y centrar su atención en la realidad más allá de la breve muerte que es el sueño. Con un ahogado “¿quién es?” respondió a la llamada. Su ama de llaves le comunicó que se acercaba la hora de la comida. Wendell calculó entonces que había estado durmiendo más de diez horas.

17

Tras bañarse, cambiarse la ropa y comer, fue a su estudio a decidir qué hacer a continuación tras su descubrimiento de la noche. Le costaba concentrarse por la falta de descanso y los recuerdos aciagos de sus sueños pero, ante todo, por temor a que bien su hermano o la policía se presentaran en su casa por el allanamiento de la noche anterior. Aun así, llegó a la conclusión de que necesitaba más información. Lo descubierto en el libro había resultado devastador. Las sangrientas descripciones aún le hacían temblar. Sin embargo, no sabía a qué atenerse, por lo que era perentorio encontrar más datos para definir el curso de acción más adecuado. Christopher, su hermanastro. Realmente ¿qué sabía de él? Compartían un padre pero ¿quién era su madre? Sí, ese sería un buen comienzo. Hasta ese momento tan solo sabía de él que era oriundo de Boston y, tras reconocerlo su padre de manera pública, habría sido necesario hacer algún tipo de anotación en su partida de nacimiento. No iba a resultarle especialmente difícil localizar el nombre de esa zorra que sedujo a su progenitor. Por lo que recordaba de las veces que había hablado con ese desgraciado con el que compartía media sangre, había nacido en una clínica de la capital de Massachusetts y, teniendo en cuenta las creencias católicas de su familia y su posición social, era seguro que en los registros de la catedral podía encontrar algo. Si no funcionara podía

18

intentarlo en el ayuntamiento de la ciudad, aunque la burocracia retrasaría su búsqueda. Durante la tarde no recibió ninguna visita de las autoridades por el allanamiento cometido y aprovechó para arreglar algún pequeño asunto urgente de su trabajo y ordenar que le prepararan el equipaje para desplazarse a Boston. Había visto un par de veces al canónigo principal. Le pareció un hombre bastante precavido y prudente por lo que quizás tendría que esforzarse para convencerle. Afortunadamente aún tenía los recursos principales para abrir la mayoría de las puertas: la palabra y la moneda. Si no conseguía convencerle, intentaría sobornarle. Llamó a un hotel e hizo una reserva.

Dos días más tarde se encontraba en la sacristía de la catedral de la Santa Cruz, frente al canónigo Richard O., un hombre cercano a los setenta años, de aspecto algo rechoncho y vestido con una sotana negra impoluta. Wendell, jugando nuevamente la baza del hombre arrepentido, se presentó como el hermano humilde que quiere redimir su avaricia, por lo que buscaba algo sumamente especial para su medio hermano. Le contó al religioso que tal vez algo relacionado con su madre podría ser eso especial que necesitaba para congraciarse. El sacerdote se mostró inicialmente encantado de ayudarle. Inicialmente. Tras ordenar a un coadjutor que buscara la

19

partida de nacimiento de Christopher y que se la trajera, al leer el nombre de la madre, su rostro tornó sombrío y macilento. Una mirada inquisitiva no obtuvo respuesta en su visitante más allá de un gesto de incomprensión. Wendell no entendía el motivo de ese rostro interrogante y le invadió una sensación de inquietud y cierto desasosiego. Tras unos segundos de silencio, el canónigo cerró la carpeta, se acomodó en su sillón y, con voz tranquila, le dijo a su ayudante que abandonara la sacristía. Una vez solos, preguntó a su visitante qué sabía sobre la madre de su hermanastro. La extrañeza de Wendell aumentó y titubeó al decir que no sabía nada, ni siquiera cómo había conocido a su padre. El religioso lo contempló con seriedad, mientras se mordía el labio inferior, dudando si revelar la verdad al joven. Finalmente inspiró y se decidió a continuar. Emma P. no había recibido un entierro cristiano. Se había demostrado su participación en actos de brujería y adoración al demonio. Lo más terrible fue el ritual que el propio sacerdote contempló junto con la policía, cuando acudieron a una mansión, alertados por un criado negro que se encontraba muy asustado por los sonidos terribles que llegaban hasta su casa desde los terrenos de su patrón, un reputado hombre de Massachussets. A él le habían llamado por sus conocimientos de medicina, al estar el médico del pueblo de viaje. Al

20

acercarse a la residencia, oyeron un grito agónico y un histérico canto que envolvía el lugar. Entró precedido por la policía. En el salón principal estaba sucediendo la escena más espantosa que jamás había contemplado: una docena de hombres y mujeres, desnudos y salpicados de sangre, se repartían las vísceras de un joven al que habían destripado sobre una mesa. Uno de los policías no pudo soportar la visión y perdió los nervios; comenzó a disparar sin un objetivo concreto. Los cánticos, que habían cesado al entrar los agentes y el sacerdote, trocaron en gritos de pánico. Parte de los oficiantes de esa terrible ceremonia se abalanzaron sobre los llegados, lo que obligó al resto de policías a abrir fuego. La masacre apareció en varios periódicos pero, al ser el dueño de la mansión un importante miembro de la comunidad, pronto se tapó el asunto. A pesar del horrible acto que se estaba cometiendo, el sacerdote hizo lo que cristianamente debía y logró salvar la vida a dos de los presentes, si bien fueron posteriormente juzgados y condenados a la horca. Ninguno de los participantes en esa macabra e impía celebración recibió un entierro cristiano ni sus cuerpos se hallan en camposanto alguno sino que los sepultaron en una fosa común donde antiguamente se enterraba a enfermos de tisis y otros apestados.

21

Tras la narración del cura, Wendell reflexionó durante unos instantes y preguntó al canónigo si recordaba qué era lo que cantaba esa gente. Procuró darle a la pregunta un tono de mera curiosidad morbosa, sin mostrar el real interés que le suponía. Su interlocutor, sumido en su memoria no consideró la pregunta fuera de lugar y le contestó que, si bien no le venían a la cabeza las palabras exactas, sí recodaba que decían algo en latín y algo más que repetían, no sabría decir si como nombre o como un calificativo de alguien: el Innombrable. Junto al nombre, la luz de la consciencia volvió a los ojos del canónigo. Murmuró una torpe disculpa y se enderezó en su asiento. Wendell no supo cómo reaccionar y un incómodo silencio se instaló en el despacho. La entrada del coadjutor rompió la quietud. Una visita, dijo, de cierta dama bostoniana, la cual, al parecer, ya había intentado hablar con el sacerdote y, a juzgar por el gesto mezcla de desagrado y hastío acompañado por un bufido, este había hecho lo posible por evitarlo. Se levantó disculpándose ante el joven por la necesidad de atender a aquella insistente dama además de por su comportamiento durante la entrevista. Wendell contestó que en modo alguno se sentía ofendido o simplemente molesto y que le agradecía que le hubiera hecho partícipe de esa terrible historia. Añadió, luciendo la mejor de sus sonrisas, que eso no tenía por qué enturbiar la cordial relación que

22

mantenía con Christopher pues, al fin y al cabo, nadie es responsable de los pecados de sus padres. Él cuidaría de su hermanastro y lo vigilaría de cerca. Muy de cerca. El canónigo le agradeció su devoción fraterna y le aseguró que rezaría para que cumpliera sus objetivos.

- No olvide hacerlo padre. Por favor.

Wendell abandonó la catedral y se encaminó a un restaurante cercano a la estación de tren. Era poco más de mediodía y un primer conato de hambre se presentó en su estómago, espoleado por la satisfactoria información obtenida. La imagen empezaba a volverse nítida; si bien era cierto que hasta entonces solo jugaba con hipótesis y conjeturas, también era cierto que todas apuntaban en la misma dirección. La excursión nocturna junto a sus secuaces, ese libro tan extraño, el macabro e impío grupo al que pertenecía la madre de Christopher... De nuevo, otra sospecha se cruzó en su mente. ¿Acaso su padre, por cuyo recuerdo y legado estaba dispuesto a bajar al abismo de los asesinos, sabía lo de esa... esa secta? Más aún, ¿era parte de ella? Se paró en medio de la calle atenazado por esa terrible idea, se llevó las manos a la cara y, al finalizar este gesto, le pareció ver en una esquina una cara conocida. Le sonaba de Providence. Rápidamente recuperó el

23

aplomo y dirigió sus pasos hacia allí. Al verlo la figura se escabulló entre la gente. Wendell intentó seguirlo pero pronto vio la futilidad de su pretensión, de modo que cesó en su búsqueda con una nota mental y se encaminó a la estación para tomar el rápido de las cuatro, perdida el hambre inicial y convertido su cerebro en un remolino de atribulaciones. Ya de vuelta a su hogar, Wendell no consiguió centrarse en su trabajo y dio un paseo por un bosquecillo cercano para lograr calmarse y decidir qué hacer a continuación. Era fundamental que confirmara sus sospechas. No podía acabar con su hermanastro sin más pues, aunque su pantomima había surtido efecto y muchos de los que, tras el juicio, sólo hablaban con ese malnacido, nuevamente le saludaban e incluso charlaban amistosamente con él, sabía que, mientras no se librara de Christopher, llevaría ese estigma de perdedor bien a la vista de todo el mundo por mucho que intentara evitarlo. Daba igual si intentaba mantener su nombre fuera de la conversación o si lo mencionaba fingiendo una indiferencia. Debía destruirlo. Acabar con él. Aunque tal vez eso no significara necesariamente matarlo. Sabía que la tal Emma pertenecía a ese grupo de monstruos, se temía que su padre también tuviera algo que ver, sin duda por influjo de esa mujerzuela, su hermanastro guardaba a buen recaudo ese extraño y terrible libro... Pensó

24

en la noche de viernes en la que había entrado en la casa de su hermano, se había alegrado de verle marchar aunque desconocía a dónde había ido. Puede que a una fiesta, pero ese desgraciado no tenía ninguna fama de juerguista. Además no tendría sentido que hubieran vuelto tan pronto. Tenía que ser otra cosa y si sus sospechas eran ciertas podía sacar gran beneficio. Era necesario seguirle y averiguar si había heredado los impíos y escalofriantes hábitos de su madre. Esta idea le reconfortó y volvió a su mansión a planificar con más detalle el curso de acción. Necesitaba averiguar si la salida nocturna de su hermanastro se producía de manera habitual, en fechas concretas o era algo esporádico. En este último caso sus ideas se desbaratarían y dependería

únicamente del azar de modo que se centró en las otras. Era obligatorio acostumbrarse al camino de salida del pueblo, conocer cada bache y cada curva porque, si quería seguir el coche de su hermanastro, tendría que conducir con la mínima luz o incluso a oscuras por lo que era necesario reducir todos los riesgos posibles.

Esa noche volvieron las pesadillas. Nuevamente era acosado por seres informes y tentaculares que trataban de beber su ánima, de alimentarse de su esencia vital. Nuevamente esos ojos ciegos que habían contemplado eones

25

oscuros le examinaban y su pútrido olor envolvía el entorno. Eran reales en ese mundo onírico que nos separa del caos de la inexistencia. Su piel había desarrollado toda su capacidad sensitiva y el pánico se había convertido en algo tangible. Formas bulbosas destilaban un color que al tiempo era una miríada calidoscópica. Nuevamente las pesadillas. Pero ahora las sentía mucho más reales. Despertó empapado en sudor y jadeando. Se levantó y se dirigió a la cocina, en la planta baja, para beber un poco de agua. Tomó un vaso y al girarse le pareció ver por un instante un rostro a través de la ventana. Era el mismo que había visto en Boston. Al fijarse bien, la cara había desaparecido entre los árboles a los que daba la parte trasera de la casa. Tras unos segundos, al no aparecer de nuevo, apartó la vista y se cercioró de que todas las puertas y ventanas estaban bien cerradas. Corrió todas las cortinas que estaban abiertas y con cierta inquietud se dirigió a su dormitorio, olvidada la sed junto al vaso vacío sobre una mesa de la cocina. Le costó mucho conciliar el sueño y sólo pudo dormir un par de horas. Las pesadillas le dejaron tranquilo durante las escasas horas de sueño. El despertar le acompañó con un fuerte dolor de cabeza. Un baño le relajó y le permitió centrarse en lo que creía real. Alguien le estuvo espiando, sin duda alguien de su hermanastro. Tenía dos opciones, ser más

26

cuidadoso e intentar despistarlo o una acusación frontal. Descartó esta última pues no disponía de suficientes pruebas de las actividades de Christopher y una acusación semejante fácilmente podría volverse en su contra. Debía encontrar la manera de seguir con sus indagaciones… o encontrar a alguien que las hiciera por él. Un nombre acudió a su mente: Efraim Cutter. “Manos de plata” Cutter. Le había librado de una severa condena gracias a un defecto de forma en la acusación aunque Wendell sabía perfectamente que era culpable de los robos de los que se le acusaba. “Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo”. Le encantaba esa frase. Una llamada a la vecina ciudad de Pawtucket sirvió para concertar una cita al día siguiente en un restaurante de Providence. Le costó un poco pero una velada amenaza sobre recuperar ciertas pruebas de cara a un nuevo proceso disipó toda reticencia de Cutter a aceptar la petición del abogado. Había gente que no entendía el concepto de devolver un favor. El resto de la jornada lo dedicó a su trabajo en la oficina, a base de café. Volvió extremadamente cansado a su residencia y ni siquiera cenó antes de acostarse. Las pesadillas volvieron. Fueron breves pues Wendell despertó antes de que esos seres le tocasen. Estaban muy cerca, eran más detallados y su olor era más penetrante. Un aroma corrupto, una esencia muy antigua, descompuesta e incisiva. Se

27

levantó y dirigió al baño para refrescarse un poco. Quizá demasiado café y azúcar habían exagerado los sueños intranquilos de las noches anteriores. Al día siguiente acudiría al doctor para que le recetara algo que le permitiera dormir y descansar. Antes de volver a la cama, se asomó discretamente por varias de las ventanas del piso superior pero no le pareció ver a nadie. Supuso que había espantado al espía de su hermano. O que este era más cuidadoso. El resto de la noche pudo dormir sin que esos extraños sueños le asaltaran. Parecía que sólo los tenía durante su primer descanso. Así se lo indicó al doctor, quien le recibió esa misma mañana. Tras una serie de preguntas en las que no descubrieron otros síntomas, el galeno preparó en la parte trasera de su consultorio un tranquilizante indicándole que lo tomara una hora antes de acostarse. La posterior comida con Cutter tuvo lugar en un pequeño restaurante desde el que Wendell podía examinar toda la calle por si aparecía alguien sospechoso. Además, desde la mesa elegida controlaba quién entraba y salía del local. No se fiaba de nadie. En consecuencia, para evitar oídos indiscretos, había redactado un pequeño documento con toda la información necesaria para su nuevo “amigo”. Cuando este llegó, estuvieron un rato charlando de cosas intrascendentes. En medio de la plática, el letrado le pasó con disimulo un sobre. En él, además

28

de las instrucciones precisas de lo que tenía que hacer, para asegurarse la discreción necesaria, había incluido cincuenta dólares junto a una nota que indicaba que habría otros cincuenta si obtenía la información que le solicitaba. Tras la comida, Wendell le dio una tarjeta con el nombre de un hotelucho cercano donde Cutter podía instalarse a gastos pagados. Eso sí, solo cama y comida. Nada más… y nadie más. Esa noche, antes de dormir, Wendell tomó la medicación prescrita, seguro de su utilidad. Sin embargo, las pesadillas se sucedieron aunque ahora los seres se encontraban en la lejanía y él no parecía sino un ente ajeno a ellas, un objeto más que examinaban en su periplo y que, al parecer, no revestía una excesiva importancia en comparación con el resto del extraño paisaje. Así pudo, por primera vez en varias noches, aprovechar las horas de sueño para descansar.

Los siguientes días se sucedieron sin grandes novedades. Cutter informaba a diario de las pesquisas realizadas la noche anterior. Por ahora no había nada quien extraño salió en en el

comportamiento de Christopher,

pocas

ocasiones de su mansión si bien en ningún momento dejó Providence. Nadie le había visitado en cuatro días ni él había acudido a ningún lugar excepto un mediodía a un restaurante a la vista de mucha gente y a su oficina en un par de ocasiones,

29

donde siempre permanecía muy poco tiempo. Desconocía si se habían producido nuevos contactos por teléfono o si, cuando había acudido a su despacho, había recibido allí a alguien.

Tras el último mensaje, Wendell comenzó a plantearse si todo no había sido más que una ilusión creada por el febril deseo de acabar con ese bastardo y si debía tomar otro curso de acción. Tal vez ofrecer al propio Cutter pasar de ser “Manos de plata” a ser “Manos de sangre” mediante un buen incentivo. De súbito, una nube de noviembre comenzó a descargar su furia en el exterior, cortando sus pensamientos y se dirigió a la cocina a decirle a Mildred que le preparara un caldo caliente. La tormenta amainó y fue sustituida por una fina y persistente lluvia que duró toda la noche, en la que el abogado tuvo un sueño pesado, con una nueva visita de esas criaturas, desvanecidas tras un breve despertar cerca de la medianoche. La lluvia trajo un regalo para Wendell: una llamada de su informante le anunció una escapada nocturna de su

hermanastro por la misma carretera que le había señalado en las notas iniciales. No solo eso sino que, gracias al barro y al asfalto húmedo, había conseguido seguir las huellas del vehículo. El premio final llegó cuando Cutter le dijo el destino del coche, si es que no había confundido en algún punto el rastro. Cuando el letrado lo oyó, supo que no había error.

30

Debería haberlo imaginado, ¿cómo había sido tan estúpido? La descripción del lugar lo dejaba claro. El caserón de su difunto padre. Quedó con el ladrón al día siguiente, en el mismo restaurante para pagarle lo debido. Decidió darle un extra para posibilitar algún negocio futuro además de añadir nuevos motivos para atarle la lengua. El resto dependía de sí mismo. Al salir, se paró un momento a observar a los viandantes en busca de cierta cara en particular que no había vuelto a ver en las últimas noches. A pesar del frío y de la humedad en la calle, la gente había salido con ropa elegante, incluso los bribonzuelos iban con chaqueta. Era domingo y él no había acudido a los servicios religiosos. A ver qué se le ocurría para disculparse con sus lenguaraces convecinos. Domingo. Eso significaba que la excursión de su hermanastro había sido nuevamente el viernes.

Durante los siguientes tres días, tras salir de la oficina, Wendell viajaba a la propiedad de su padre, usurpada por ese indeseable medio hermano. Aún recordaba parte de la construcción en la que su padre y él solían pasar numerosos fines de semana. A medida que la visitaba, más recuerdos acudían a su memoria. En el establo, la sombra del viejo bayo en el que le encantaba montar mientras su padre ponía heno

31

seco y que, con ayuda del mozo que cuidaba la pequeña finca, aireaba el lugar. Se preguntó qué habría sido de este. El mismo día en que su padre murió en la cama, desapareció. En el jardín aún yacía el tronco hueco de un roble, muerto y abrasado por un rayo hacía más de una década. Hubo mucha suerte de que no se incendiara la casa. Guardaba una copia de la llave que no había entregado a Christopher y la utilizó para entrar. La cerradura giró fácil, parecía que la habían engrasado hacía no demasiado. El interior estaba limpio, sin polvo y, por lo que recordaba, faltaba algún mueble. Asaltado por los recuerdos, tras esa primera ojeada al interior, prefirió no adelantarse mucho más de momento. Cada día que acudió avanzó un poco más que el anterior en el examen de la casa, hasta que, finalmente, el tercero se atrevió a abrir la puerta del sótano. Pensando en la revisión de esta parte de la casa, Wendell había traído una pequeña lámpara de petróleo. Tras

encenderla bajó los escalones que crujían levemente. Al llegar al final de los escalones barrió con su mirada la estancia. Bancos alineados en los laterales y cuatro pebeteros sobre sendos soportes en los que la luz oscilante reflejaba extraños labrados. Al fondo vislumbró lo que parecía una mesa. Al acercarse comprobó que en realidad se trataba algo similar a un altar. A sus pies vio una palangana. Se agachó para examinar varias manchas oscuras en el recipiente. A su mente

32

vinieron las palabras del canónigo de la catedral: “hombres y mujeres, desnudos y salpicados de sangre, se repartían las vísceras de un joven al que habían destripado sobre una mesa”. Asqueado, se levantó y constató que en el borde del ara había algunos rastros del mismo color oscuro. Era cierto, el desgraciado de su hermanastro seguía con las horribles celebraciones heredadas de su mil veces maldita progenitora. Un primer impulso fue el de quemar todo, reducir a cenizas y escombros ese lugar ultrajado y violado. Lanzar la lámpara con fuerza y que estallara encendiendo un fuego purificador que limpiara el recinto de las muertes y sacrificios humanos que sin duda allí se habían cometido. No obstante, Wendell consiguió reprimir esta idea y con una fría rabia salió de la casa y para volver a Providence, dispuesto a enfrentarse cara a cara con su hermanastro. Ya era de noche cuando aparcó su coche en una callejuela con pocas ventanas cerca de la mansión de Christopher. El camino de vuelta le había servido para reflexionar. Quería acabar con su hermano pero ¿era realmente necesario matarlo? Quizá estuviera más que dispuesto a pagar por su secreto, quizá podría obligarle a arrastrarse como la alimaña que era. Sí, humillarlo y hundirlo. Y cuando le hubiera sacado todo lo que deseaba, haría pública su verdadera y macabra ocupación. Qué placer un juicio público con la prensa en

33

primera fila. ¿Qué harían entonces sus secuaces? Esos grandes abogados, tan prepotentes y autosuficientes. Ellos también caerían. Dio dos fuertes aldabonazos y esperó. Una cortina se entreabrió en un lateral de la planta y unos segundos más tarde Christopher abrió la puerta con rostro sorprendido y el reloj de bolsillo en la mano. Un gesto desconfiado cruzó su semblante al ver la sonrisa de depredador de Wendell quien, tras un escueto “hola”, le dijo que tenían que hablar de negocios muy delicados y añadió: “especialmente para ti”. Sin más comentarios se acomodaron en la misma sala en la que había hablado aquella lejana vez hacía más de un año. La luz tenue y oscilante de una pequeña chimenea creaba una danza de zarcillos de sombra que enmascaraban los gestos de los dos. Christopher, a pesar de haber sido interrumpido en su lectura y de sus sentimientos, o falta de ellos, hacia su hermanastro, estaba sumamente intrigado por esa visita nocturna y por el semblante triunfal de Wendell, de modo que había decidido comportarse de manera educada y no cerrarle la puerta. Cuando lo contrató en su momento, lo hizo por puro pragmatismo. Sabía que su medio hermano era inteligente y que haría un buen trabajo, añadiendo además la necesidad de afianzar la estima del resto de la sociedad, lo que le impelía a un sobreesfuerzo. Los resultados demostraban que no se había

34

equivocado. En consecuencia, merecía la molestia escucharle. Quizá pudiera obtener algún beneficio. Ambos estaban sentados en la penumbra, frente a frente, en una mesa en la que reinaba una botella de cristal tallado que contenía un whisky añejo del que Christopher sirvió dos vasos. Su hermanastro permanecía en silencio, con la sonrisa aún esbozada en los labios. Tras un primer trago de la bebida ocre, el dueño de la casa arqueó interrogativamente las cejas, cediendo la acción a su invitado. Wendell jugueteó unos instantes con el vaso mientras degustaba el momento, lo dejó con suavidad en la mesa y fue directo al grano. Le exigió todo lo que le había robado, el legado de su padre, todo lo que le había usurpado y que le pertenecía por derecho legítimo. Él era el auténtico heredero y no un desgraciado bastardo, una mal parido con aires de grandeza. Le explicó cómo se lo iba a devolver. En qué fecha y qué parte de la herencia. Si le hubiera hecho caso… Si hubiera atendido a sus amenazas de hacerlo público, de avisar a la prensa e incluso a la policía sobre lo que había descubierto… No se habría visto obligado a hacer lo que hizo. Aunque, en el fondo, lo hizo con gusto.

35

Christopher había permanecido en silencio, escuchando atento todas las amenazas de su hermano. Ni siquiera le había interrumpido, limitándose a dar algún trago a su vaso de cuando en cuando. Su actitud cambió cuando llegaron las amenazas de airear sus actividades, su membresía, sino mandato, de aquella secta mefítica que celebraba esos asquerosos ritos. En este momento se levantó y se acercó al fuego despacio, centrado en las llamas y cavilando. Wendell le espetó una última acusación: cómo se había atrevido a mancillar de esa forma la memoria de su padre. Su hermanastro le miró incrédulo durante unos segundos y luego estalló en carcajadas. No hizo falta que dijera nada, el abogado comprendió que sus más íntimos temores, aquello que se negaba a aceptar, a pesar de las sospechas, era cierto. Su padre también formó parte en su momento de aquellos horripilantes ritos. Su progenitor era uno de ellos, una de esas parodias de ser humano, que se reían de la sagrada creación. El mundo de Wendell se deshizo, estalló en millares de esquirlas que se clavaron en su alma. En todo su ser sólo cupo la rabia hacia su familia, hacia su legado. Espoleado por la fuerza del odio, se alzó como un resorte de la silla y se abalanzó sobre su aborrecido hermanastro, empujándolo contra la lumbre. Este

36

tropezó, golpeándose la nuca contra un estante de la parte superior del hogar y cayendo sin sentido sobre el abogado. Wendell dio un paso atrás y dejó que el cuerpo inconsciente de Christopher se desplomara sobre el suelo. Tras unos instantes de confusión, supo qué hacer. Unas pocas ascuas sobre la alfombra cercana la harían arder y se originaría un fuego en la casa que acabaría con su odiado hermanastro; él daría el aviso del incendio, un poco tarde por supuesto, y quedaría como el héroe que intentó salvarlo. Sólo esperaba que nadie hubiera visto su coche. Con un atizador esparció parte del contenido de la chimenea y esperó a que prendiera. Cuando las primeras llamas se originaron, Wendell arrastró una de las sillas y la puso sobre el cuerpo inmóvil de Christopher. Quemó un periódico y mientras ardía, incendió la tapicería. Quería asegurarse de que no pudiera salir. Con el mismo diario, quemó otras zonas de la sala. Lo tiró en medio de la estancia y se encaminó a la puerta de la cocina. Por fortuna, el servicio no se había despertado o no estaba en la casa. Si se hallaban en su cuarto… en fin, mala suerte. Aunque la luz de su habitación estaba apagada, eso le había parecido al acercarse, puede que le hubieran visto llegar, de modo que tal vez le viniera bien su muerte. Echó una ojeada antes de salir. Nadie. En esa época tan

37

cercana al invierno la gente prefería permanecer al resguardo de sus hogares que en la intemperie. Cuando estuvo fuera, se dirigió a su coche furtivamente. Entró, lo arrancó y se dirigió nuevamente a la mansión. El incendio ya estaba adquiriendo proporciones notables y las luces de algunas casas se encendieron. Wendell comenzó a gritar y a avisar del incendio incluso antes de abandonar el automóvil. Aporreó la puerta de la casa más cercana pidiendo que avisaran a los bomberos y aconsejando que abandonaran sus casas por si las llamas se propagaban. Advirtió del peligro a otras casas próximas a la de su hermanastro. Pronto se formó un alboroto: la gente salía en tropel de sus hogares para contemplar con ojos pasmados cómo lenguas de fuego devoraban la estructura de madera. Algunos, con la intención de salvar a los posibles habitantes, intentaron entrar pero el fuego era ya demasiado intenso y se había extendido lo suficiente para poder acercarse lo necesario. Unos gritos en el piso superior hicieron alzar los ojos. Una mujer chillaba aterrada. Tras ella se vislumbraba un hombre igualmente espantado. Una campana alertó a todo el mundo de la llegada de los bomberos, a los que rápidamente hicieron paso. Wendell, con una máscara de nerviosismo y terror, les advirtió de que su hermano –no su hermanastro-, su pobre hermano, debía de estar igualmente en el interior de ese infierno.

38

Los bomberos se pusieron a trabajar velozmente, dos de ellos accionaban la bomba de agua, otros extendieron la manguera y un grupo de cuatro desplegó y tensó una lona para que los sirvientes saltaran a la misma. Primero ella y luego él, consiguieron lanzarse a la seguridad del exterior y ser rescatados ante la algarabía general. Wendell los miró con cierta precaución; ellos le vieron pero no pareció que le acusaran de nada, lo hizo que el abogado soltara un sonoro suspiro. Una mano se puso en su hombro al tiempo que lo felicitaban. Si no hubiera sido por él, no se habrían salvado. Él, por su parte, recuperó rápidamente su papel de hermano temeroso y comenzó a preguntar si había noticias de Christopher. Quienes lo rodeaban primero se miraron entre ellos, luego a la casa y después intentaban no cruzar sus ojos con los del letrado. Este bajó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos, con la verdadera intención de que no vieran cómo una enorme sonrisa afloraba en sus labios. Era imposible que ese bastardo hubiera sobrevivido. Un segundo coche contra incendios llegó unos minutos después para asegurar que el incendio no se propagara a los hogares cercanos. Durante cerca de dos horas lucharon con denuedo contra las llamas, aunque no albergaban esperanza alguna de encontrar con vida a Christopher. En efecto, cuando la casa fue lo suficientemente segura como para arriesgarse a

39

entrar, un bombero penetró en ella para salir al poco con la mirada gacha y moviendo la cabeza. Wendell había logrado su victoria.

Tras dejar el periódico sobre la mesa, el abogado tomó su desayuno mientras pensaba en sus siguientes pasos. En cuanto terminara su refrigerio, pondría en marcha los mecanismos necesarios para recuperar la herencia paterna y - ¿por qué no? para ver si podía adquirir parte de la empresa de su difunto y amadísimo medio hermano. Al fin y al cabo él era, a falta de alguna desagradable sorpresa, su pariente más cercano. Esperaba que no hubiera testamento de por medio, complicaría mucho su labor. El día resultó fructuoso. Vestido de negro y fingiendo pesadumbre consiguió asegurarse la ayuda de diversas autoridades de Providence para recuperar lo legítimamente suyo. Él era una gran persona, ¿no había intentado salvar a su hermanastro? ¿No había alertado a los vecinos del peligro? En el registro civil comprobó que no existían parientes conocidos de Christopher por parte materna aunque debían consultar con Boston. Además, en el juzgado, recibió otra gran noticia al constatar que no había documento alguno que expresase la última voluntad del muerto. Aprovechó para adelantarse a

40

posibles sospechas y acudió a la policía para declarar que había ido a casa de su hermano mayor a tratar de unos asuntos contables que le preocupaban porque podían suponer algún tipo de fraude cuando vio el resplandor del fuego. Los agentes no pusieron ninguna pega a sus palabras. Todo iba a salir bien. La noche siguiente al incendio, Wendell, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo pesadillas. Al despertar, a pesar de las pocas horas de sueño, se había levantado con una energía renovada, sin rastro de esos terrores nocturnos que mermaban su descanso. Cuando volvió a acostarse tras otra agotadora jornada de visitas y preguntas, se durmió al poco, tranquilo por un trabajo bien hecho. Se incorporó al oír un ruido. Se mantuvo en silencio por si sonaba de nuevo. Ahí estaba. Como si alguien arrastrara los pies. ¿Habrían entrado en su casa? Con sigilo salió de la cama y abrió la puerta de un armario donde guardaba un revólver en un falso hueco. Abrió un poco la puerta, muy despacio. Miró a través de la rendija y soltó violentamente la puerta al notar algo viscoso en su mano donde debería estar su arma. Un pequeño ente bulboso parecía sonreírle con malicia. Lo lanzó contra la pared y al impactar escuchó una detonación que le despertó. Se incorporó al oír un ruido. Nuevamente. Ahora jadeaba. Un mal sueño. Lo que había visto al otro lado de la puerta y lo

41

que había sentido en su mano había sido tan real que casi le dio un ataque. Necesitaba un poco de aire. Abrió la ventana para que entrara le diera el fresco un par de minutos. Allí estaba otra vez. Ese hombre. Pero Wendell ya no le tenía miedo. Comenzó a gritarle, a amenazarle con que iba a llamar a la policía. El otro tan solo le señaló con un dedo, un dedo que se estiró hacia él, convertido en un horrible tentáculo. El paisaje se deformó y una vez más vio esa inmensa, infinita, llanura con los horribles e imposibles seres al fondo. Ahora no se alejaban sino que caminaban o se arrastraban o levitaban o lo que fuese hacia él. El letrado se tiró al suelo y se arrastró hasta un rincón donde quedó temblando. Se incorporó al oír un ruido. De nuevo estaba en su cama. ¿Había despertado o no? ¿Seguía en esa pesadilla? Lágrimas de desesperación y locura afluyeron a su rostro, demudado por el pánico y la incertidumbre. A su alrededor todo era silencio y por la ventaba se asomaba una luna menguante en esa despejada noche. Todo en orden. Sí, todo en orden y tranquilo. Necesitaba agua. Respirando dificultosamente salió de la cama y se dirigió a la cocina para tomar el preciado líquido. Con el vaso lleno, se sentó para acabar de calmarse. Confiado por haber sido capaz de dormir la noche anterior sin necesidad de la medicación, se había olvidado tomarla de nuevo. Era eso. Había esperado no tener que volver a tomarlas el resto de su

42

vida. En cuanto acabara de formalizar los documentos necesarios para recuperar sus bienes, se tomaría un mes de vacaciones y se olvidaría de todos sus males. Tras beber el agua y dejar el vaso en la cocina, volvió al dormitorio con cierto nerviosismo por si las pesadillas se repetían una vez más. Hasta ahora sólo le habían atacado en el primer sueño de modo que, con todo, ahora dormiría más tranquilo. Sobre la mesilla de noche reposaban un dietario con anotaciones de su trabajo y otro vaso con restos de agua. No, no era otro. Supo que era el mismo, que aún soñaba y que no podía despertar. Wendell retrocedió, trastabilló y chocó con la pared mientras veía que un extraño ser salía del vaso. Y salía y salía. Era como una serpiente de un color indefinido y sin ojos. El joven se tambaleó hasta el armario en busca de su revólver, abrió la puerta sin mirar mientras vigilaba los movimientos del horripilante ser, que estaba ya totalmente fuera del vaso y del que empezaban a crecer protuberancias. Se giró para tomar el arma y no vio sino abismo ante él. Despavorido saltó hacia atrás para buscar una salida cuando algo lo atrapó y lo alzó en volandas. El ser, que ya ocupaba media habitación, lo había enlazado en un extraño apéndice que refulgía levemente con la luz irreal que emanaba de la puerta abierta. Lo obligó a mirar a través de ella mientras Wendell gritaba angustiado

43

ante la visión de los seres que pretendían alcanzar la entrada. El ente lo apartó de allí y lo encaró hacia la ventana, que rompió con otra de sus viscosas extremidades. Unos cantos en un idioma desconocido llegaron a sus oídos a medida que unos hombres se acercaban. Howards, Samuelson, Spencer y otras gentes de Providence, junto a rostros desconocidos, entonaban esa extraña salmodia. Ellos lo sabían. Sabían lo que había hecho a Christopher. Con un brusco tirón, el tentáculo le obligó a mirar directamente hacia el ser del que formaba parte. Algo similar a una cabeza asomaba en lo alto del mismo, que ya alcanzaba más de dos metros. La cabeza giró y Wendell vio su rostro. Un grito agónico y desgarrado surgió de su garganta y comenzó a llorar desperado. El rostro se acercó sonriente y abrió la boca desmesuradamente. Después, solo la negrura.

El médico retiró el estetoscopio del pecho de Wendell y confirmó con un gesto adusto que estaba muerto. Preguntó a la aún temblorosa Mildred qué había sucedido exactamente. Ella respondió que todo había sido muy confuso y no podía contestar con certeza. Unos terribles gritos la despertaron pasada la media noche. Bajó las escaleras alarmada al darse cuenta de que esas desgarradoras voces provenían de la habitación su dueño. Golpeó en la puerta pero al no obtener

44

más respuesta que un extraño gorgoteo, decidió abrirla. Además, estaba preocupada por unos extraños cantos que sonaban en la calle, aunque ella no vio nada desde su ventana. Encontró al joven tumbado sobre las sábanas, con el cuerpo muy tenso y rígido. Parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas, fijos en un punto del techo pero sin ver. Cuando se acercó para intentar ayudarle a incorporarse, el abogado, con una rápida mano, la atenazó y dijo unas palabras sin sentido alguno para la mujer: “Ha vuelto. Yo lo maté pero ha vuelto. Se acerca con esos monstruos. Se acercan. Estamos perdidos. Yo lo maté. Su cara. ¡Oh, su cara!”

Wendell dio un último grito, como expulsando el alma, y su brazo cayó inerte sobre la cama.

45

LLUVIA

Llueve. Veo llover. Veo la lluvia y, como siempre, pienso en él. En ese día. Me preguntó si alguna vez había visto la lluvia. Le respondí que claro que había visto llover pero él me corrigió: -Llover, no. La lluvia. Le miré extrañada mientras él seguía girado hacia la ventana buscando algo más allá de lo real, algo escondido en las gotas que aguijoneaban la parte exterior del vidrio. No dije nada. La nuestra era una relación siempre repleta de silencios. Nos queríamos, por supuesto, y no solo por esa imposición no escrita entre hermanos sino porque teníamos una conexión. En ocasiones, al mirarnos, sonreíamos sin saber por qué, llenando el vació de la sala de estar, mientras ese cíclope de treinta y pico pulgadas tenía su ojo apagado. En esas ocasiones me veía en él. ¡Cómo no podía quererle si también era yo! Aun así, me

46

he preguntado un millón de veces qué sentía él. ¿Me quería? ¿Sentiría que también parte de mí era suya? ¿Lo sabría cuando saltó por esa maldita ventana? ¿Sabría que también mató parte de mí? Yo lo supe después. Lo descubrí cuando cerraban la losa bajo la que su ataúd reposaba a infinitos centímetros. Su cara – la mía– se reflejaba en un charco hasta que alguien lo pisó. Las gotas me salpicaron los botines que me había regalado una semana antes por mi cumpleaños, con su primer sueldo, –¿lo había decidido ya?– y entonces la vi por primera vez. La lluvia. Él era la lluvia y así estaba en todos para que le resultase más fácil encontrar ese lo que sea que buscaba aquel día tras la ventana. Poco después del accidente –aún nos cuesta llamarlo por su nombre– nos mudamos. La cháchara habitual de nuestros padres, que tanto contrastaba con nosotros, había sido sustituida por los sollozos de mamá y el dolor contenido de papá, quien se esforzaba en callar por más que su cara me contara otra historia, un deseo de gritar y arrancarse los ojos para no ver ni sentir el mundo del que su primogénito había decidido huir. Su primogénito. Sí, él era cuatro años y medio mayor que yo, de manera que crecí siendo la princesita. Sin embargo, lo sucedido me demostró que por mucho que fuera la niñita

47

mimada, con quien papá se esforzaba era con él. Hace poco entendí el motivo: mi hermano era su esperanza de pervivir más allá de la tumba; era un bloque de mármol a tallar en una forma idéntica a él. Supongo que no lo hacía a propósito, pero era así. Y su obra decidió estallar en mil fragmentos hirientes. Murió su hijo y su futuro, se rompió su presente. ¿Qué vida le queda? ¿Su “niñita”? Yo ya estoy demasiado moldeada como para empezar de nuevo. En cuanto a mamá, entre lágrima y lágrima suele abrazarme con fuerza. Supongo que quiere agarrarme bien para que yo no me escape. De su garganta suele brotar entonces LA pregunta. Esa cuestión que nos convirtió en humanos: ¿Por qué? La cuestión que, en realidad, nadie sabe responder, ni filósofos, ni psicólogos, ni sociólogos, ni, por mucho que digan, ningún científico. Encuentran mil opciones, debaten, discuten, se insultan... y nadie cambia de opinión. Y nadie sabe. Como tampoco han sido capaces de explicar por qué mi hermano quiso marcharse. ¿Por qué? Todos se preocupan por los que quedan y nadie por él. Ni siquiera sé si yo lo hago realmente o soy como todos. La vida y la muerte son muy egoístas. Vaya, parece que la lluvia me ha contagiado sus lágrimas. Necesito mojarme. Necesito escucharle.

48

Con un escueto “vuelvo en un rato” me despido de los ojos lejanos de mamá y salgo a la calle. Dejo que mis pasos me pierdan. De vez en cuando aparto el paraguas y abrazo las gotas que se clavan en mi cara. Quiero que me atraviesen. Quiero más de él en mí. Camino a ciegas por las aceras, cruzo carreteras, tuerzo una y otra y otra vez. El agua tira de mí y yo fluyo con ella. No sé en qué momento abro los ojos, miro hacia arriba y la veo. Nuestra ventana. Planta catorce, puerta treinta y dos. Sin saber bien qué hago, meto una mano en el bolsillo y saco un pequeño manojo de llaves -¿cómo han llegado aquí?-. Las observo. La amarilla del portal y la rosa de casa, junto a las azules del sitio donde vivimos ahora. Antes de ser

completamente consciente de lo que sucede me encuentro en el interior del edificio y llamando al ascensor. Estoy arriba, detenida ante la puerta con las llaves haciéndome daño en el puño tenso de mi mano izquierda. No sé, siento que es otra persona a quien le está ocurriendo todo esto mientras yo estudio detenidamente las imágenes que se suceden y giro la cámara para ver mi rostro en la pantalla. Los posibles sonidos del vecindario se desvanecen, la realidad ha enmudecido y yo no puedo articular palabra. Mi respiración se agita. Hay un olor extraño que se escapa de la puerta ligeramente abierta –¿abierta?, ¿cómo?– del piso. Las llaves

49

siguen en mi mano pero la rosa se asoma entre el índice y el pulgar. Quiero asustarme y salir corriendo pero la lluvia no me lo permite. Quiere que vea. Empujo la puerta y me sitúo en el umbral. El día gris amenazante apenas arroja luz y la penumbra reina en el interior, acentuada por una silueta que tapa parte de la ventana. Sé lo que es. Sé quién es. Un dedo con voluntad propia presiona el botón del paraguas automático que se abre repentinamente. Algo se rompe y me abandona. Vuelvo a mirar y ya no está. Por fin mis pies responden y, con el alma en la boca, bajo las escaleras de tres en tres. Decido regresar sin volver la cabeza una sola vez hacia la ventana aunque sé que continúa ahí, mirándome con ansia. ¿Qué es lo que quiere? Lo echo mucho de menos pero si está muerto que se quede muerto o, si no, que me deje un mensaje en el contestador. La lluvia ha parado y el sol decide asomarse entre las nubes, más claras que antes. Me relajo y camino reflexionando sobre lo ocurrido. Lo intento racionalizar, convencerme de que solo ha sido autosugestión pero no lo consigo. Lo que ha sucedido es real, si es que una palabra así se puede utilizar en este caso. Hermano, ¿por qué no te has ido? ¿Qué quieres de mí? Porque estoy segura de que es conmigo con quien quieres

50

hablar, aunque ni idea de cómo se habla con un fantasma. Una cosa es lo que ves en la televisión o en las películas pero esto… Le doy vueltas y más vueltas pero no logro centrarme. Dejo escapar un grito cuando un ruido llega a mis oídos. El ruido se transforma en una melodía de moda que conozco bien. Meto la mano en un bolsillo del impermeable y saco mi móvil. Es mi amiga Hitomi. He quedado con ella esta tarde. Ya no me acordaba. Le hablaré de todo esto. Fue mi mayor apoyo tras el accidente. Sí, le contaré todo. Le gustan las cosas raras y espero que me pueda ayudar. Una vez me dijo que había hecho eso de la tabla espiritista y que había hablado con un abuelo suyo, que había muerto unos meses antes. Cuando llego al piso veo que mamá sigue exactamente igual que cuando me fui. He estado fuera unas dos horas y no se ha movido. No es la primera vez que le pasa. Si papá no hace algo, yo misma empezaré a buscarle ayuda profesional. Por ahora lo único que puedo hacer es lo de siempre. Aunque después de lo que me ha pasado no tengo muchas fuerzas, me acerco y la abrazo por detrás. Ella solo se estremece levemente y comienza a llorar. Al menos ha reaccionado. La acompaño en silencio y la lluvia vuelve también a mis ojos.

Unas horas más tarde me veo con Hitomi en el centro comercial. Tras su tercer “¿qué te pasa?” me lanzo a contarle lo

51

sucedido. A medida que se lo voy relatando, su gesto cambia y abandona su casi eterna sonrisa para mostrar una mueca seria y reflexiva. Cuando termino mi historia ella permanece en silencio, abstraída. Yo no sé qué hacer y comienzo a mirar alrededor. Es mi mente, sé que es mi mente, pero lo veo en todas partes. En esa forma de andar, en esa manera de sujetar el refresco… Hitomi interrumpe mis divagaciones con un nombre: el señor Miyamoto. La miro invitándola a que me explique quién es esa persona. Cuando me lo cuenta no sé si reírme, llamarla loca o abrazarla. Al final solo asiento. En mi interior estaba segura de que ella sabría qué hacer. Me dice que tiene que hablar primero con un primo suyo que es quien conoce al señor Miyamoto. Cambiamos de tema y nos centramos en asuntos más mundanos y divertidos hasta que unas horas después nos despedimos con la promesa de que, en cuanto sepa algo, me avisará. Me adelanta que es muy probable que necesite llevar algo relativo a mi hermano, algo que considere especial. Cuando voy a preguntarle por qué, ella me interrumpe con un ademán y con su recuperada sonrisa me dice que confíe en ella, que somos amigas, ¿no? Durante la cena papá intenta hacer algún comentario pero solo obtiene monosílabos como respuesta. Por mi lado porque tengo la cabeza en otra cosa y por el lado de mamá… bueno,

52

ambos sabemos que no está como para participar mucho. De todas formas yo intento dirigir a papá alguna mirada cómplice con algún esbozo de sonrisa para que no se sienta tan mal y darle algo de fuerza. Si él también se derrumbara no sé qué podría llegar a pasarnos. Esa misma noche Hitomi me manda otro mensaje al móvil: “el viernes es el día”. Además, también me remite una foto de su primo. Es muy guapo. Le veo cierto parecido con ella, sobre todo en la manera de sonreír. No puedo evitarlo y, con la excusa de concretar lo que vamos a hacer el viernes y si sabe algo más sobre ese señor Miyamoto, la llamo y en seguida le pregunto por su primo: si es de confianza, si es mayor que nosotras, dónde estudia, si tiene novia... La charla distendida me ayuda a relajarme. Hitomi es una artista encontrando la frase idónea que tire mis barreras y me haga reír. Le agradezco mucho su ayuda. Gracias a ella he conseguido olvidarme del susto de hoy durante un buen rato. Aun así, durante la noche y el sueño, vuelven a mí las imágenes de la mañana, si cabe, más vívidas que lo real. Ahora veo con nitidez el cuerpo de mi hermano, su cráneo deformado por la caída y con la cabeza en un extraño escorzo. Adelanta una mano, palma arriba, no sé si pidiendo algo o intentando alcanzarme. Grito pero ningún sonido sale de mi garganta. No puedo moverme, no puedo cerrar los ojos. Consigo girar la

53

cabeza y apartar la mirada. Primero a la derecha, luego a la izquierda. En ambos sentidos el pasillo es infinito y las puertas huyen de mí deslizándose por la pared. Al frente, él se acerca. Se arrastra. No sé si suplica o amenaza. No puedo moverme, no puedo gritar. Miro hacia abajo y los veo. Tengo puestos los botines que me regaló. Son mis favoritos. Es mi hermano mayor. El miedo se desliza y cae como un camisón de seda. No puedo moverme, no quiero moverme. Es mi hermano mayor. Le miro de nuevo y le veo hermoso, tiene un gesto dulce y, a su alrededor, se forma un halo líquido en el que su imagen comienza a fundirse. Murmura unas palabras que no entiendo antes de desaparecer. El aura brilla tenuemente y se extingue. Cuando despierto, mi corazón está tranquilo aunque desea que ya sea viernes. Los dos días pasan entre la ensoñación y la realidad. Un examen sorpresa el jueves me amarga el día. No sé si aprobaré. Durante las noches, en la cama, vuelvo a casa. No hay nadie si bien el miércoles la sala tiene más luz y el jueves hay una puerta de cristal que no se abre y me impide el paso. Acaban las clases del viernes y cuando llego al apartamento, le digo a mamá que Hitomi me ha invitado a pasar el fin de semana en su casa. Me mira con una sonrisa triste y me pregunta en qué piso vive. Siento ganas de abofetearla para que deje de decir tonterías y reviva de una

54

maldita vez pero me contengo. Le respondo que tienen una casita y que su cuarto está en la planta baja. Es mentira pero ¿qué voy a hacer si no? Ella asiente y me dice que se lo comentará a papá para que no se preocupe. Lo cierto es que él sí sabe que mi amiga vive en un cuarto piso aunque también sé que entenderá por qué he dicho eso y no pondrá ninguna pega. A pesar de todo lo sucedido, en el fondo me sigue considerando su princesita y me concederá este capricho de dormir con Hitomi. Por suerte no sabe el resto... No me doy cuenta de lo nerviosa que estoy hasta que llego a casa de mi amiga. Me hago consciente de que vamos a ver a una persona que, según ella, puede ponerme en contacto con mi hermano. Me detengo frente al ascensor y, si no fuera por lo que supone la posibilidad de que sea cierto, soltaría una buena carcajada por ser tan crédula. Pero sé que ella no me mentiría y, así, paso de casi reírme al nerviosismo con tintes de miedo. ¿A qué hermano me encontraré? ¿A la sombra, al herido o al hermoso? Inspiro profundamente y pulso el botón de llamada. Mi amiga me recibe con una sonrisa acogedora. Parece que ha leído mis pensamientos y sabe cómo ha de actuar. Todo es muy rápido y no me deja pensar: saludo a sus padres, dejo mis cosas en su cuarto, ella coge un abrigo y salimos hacia el lugar convenido con su primo. Le confieso a Hitomi que tengo

55

muchas ganas de conocerlo y ella me asegura que es muy simpático y que nos vamos a caer muy bien. Cuando llegamos y le veo puedo comprobar que es mucho más guapo que en la foto. Confirmo que tiene la misma sonrisa que su prima y se nota que hace ejercicio. Es muy cortés y, por lo que dice, deduzco que Hitomi le ha contado mi caso. Me enfadaría con ella pero me resulta imposible. Además, antes de que pueda reaccionar, observo que Setsuna – su primo se llama así- está mirando al cielo con extrañeza. Sigo sus ojos y lo veo: un jirón gris oscuro se ha desgajado de una nube mayor y se desplaza claramente en nuestra dirección. Setsuna nos guía con suavidad al interior del restaurante frente al que estamos. Si bien la puerta está abierta, no veo a nadie en su interior. Al fondo, en un reservado, veo la pequeña llama de una lamparilla sobre una mesa. Ahora que me fijo mejor, me parece ver unos pies colgando de un sillón junto a ella. Mi amiga y yo nos detenemos mientras esperamos que su primo se acerque al que supongo que es el señor Miyamoto. Cruzan unas palabras y los pies descienden del asiento. Entonces lo veo por primera vez. No medirá más de metro y medio –es más bajito que Hitomi y que yo- y tiene el rostro redondo y muy arrugado; casi calvo, los escasos cabellos que le quedan son largos, enmarañados y cruzan de un lado a otro de

56

su cabeza. Lo que más me impacta es su ropa. Lleva una camiseta verde de manga corta con la leyenda “Go-Go, Kitty!”, un pantalón corto azul y desgastado, calcetines blancos hasta la rodilla y unas sandalias tan sucias y usadas que no puedo asegurar cuál era su color inicial. Pero cualquier impresión negativa se desvanece cuando sus ojos y los míos conectan. Creo que los tiene saltones y arrugados pero no soy capaz de aseverarlo porque me hundo en ellos. Por un instante puedo navegar entre galaxias. Me recupero con la convicción de que para él su aspecto no importa, la ropa no es más que algo que te pones encima para no ir desnudo. Empiezo a sentir verdadero miedo porque asimilo que de verdad este hombrecillo puede ponerme en contacto con un muerto. Por mucho que sea mi hermano, no sé cómo le habrá sentado eso de suicidarse. ¡Vaya! Lo he dicho. Por primera vez. Suicidarse. La nube oscura relampaguea sobre nosotros y me produce un escalofrío. Setsuna pone una mano sobre mi hombro y me infunde paz. Se ve que calmar a la gente es algo innato en su familia. El hombrecillo presta atención a la lluvia que comienza a martillear el ventanal del restaurante y sonríe. “Parece que tenemos compañía”, musita y nos señala con una leve

57

reverencia una puerta abierta al fondo del comedor. Los cuatro nos encaminamos hacia allí. Miro por encima de mi hombro hacia la entrada del local y, por un instante, me parece ver algo subiendo por el exterior del cristal. Espero salir de esta. La puerta que atravesamos da a la cocina. Hay unos cuantos trastos en remojo que se recortan a la luz que proviene de la ventana de lo que parece un despacho. El señor Miyamoto nos abre la puerta del mismo y nos cede el paso con otra de sus pequeñas inclinaciones. Entro en un mundo de penumbra mientras mi mente divaga y se pregunta cómo van a atender mañana a los clientes si las ollas están aún sucias. Las velas se reparten por todas partes y las sombras dibujan extrañas siluetas por el suelo y las paredes. Se diría que están vivas y me atrevería a jurar que se apartan al paso del anciano. Los muebles están retirados a los costados y, en el piso, hay extendida una estera con una toalla blanca enrollada en uno de los costados. Me imagino que va a hacer de almohada. De mi bolso saco entonces un papel. En él están escritos tres haikus que mi hermano mayor me escribió cuando cumplí diez años. Se lo entrego al señor Miyamoto que los lee en voz baja con un tono profundo:

58

Es tu pasado. Las sonrisas del aire marcan tu rostro.

Es tu presente. Aún arden tus fuegos. Otro año viaja.

Es tu futuro la nieve se derrite. Una cascada.

Tras acabar, el señor Miyamoto sonríe con amabilidad y me indica en silencio que me tumbe sobre la alfombrilla y, mientras lo hago, veo que a Setsuna le señala la “cabecera” de mi reposo y a Hitomi los pies. El viejo se arrodilla a mi costado izquierdo. Cuando ya estoy tumbada pone los poemas sobre mi vientre y mis manos encima; él coloca una de las suyas sobre mis ojos y los tapa. Empiezo a oír un murmullo proveniente de su boca. Retira su mano de mis párpados, que mantengo cerrados. Desconozco el porqué pero mi miedo ha

desaparecido y ahora me embarga la impaciencia por empezar, por ir a donde sea y poder hablar con mi hermano. Noto cómo han depositado algo sobre mi pecho. Pesa un poco y por la

59

presión me atrevería a decir que es una especie de medallón. El canturreo del anciano continúa, aumenta de intensidad y, al tiempo, un leve calor mana de mi pecho o, mejor dicho, mana hacia mi pecho desde el objeto que han colocado ahí. Siento que me empuja, el canto me ensordece. Me empuja. El suelo se disuelve. Me empuja. Me hundo. Caigo.

No sé cuánto tiempo he pasado en el vacío negro cuando vuelvo a notar que me apoyo en algo sólido. No sé cómo he llegado sin hacerme daño en la caída. Cuando abro mis ojos aún me parece seguir oyendo una tenue canción que se desvanece. Me incorporo algo atontada y examino mi entorno. A mi alrededor, sólo la arena y el mar. A un lado y a otro, ambos se extienden hasta donde mi vista alcanza y se unen con el cielo en el límite del horizonte, aunque algo me dice que van más allá, hasta que el agua vuelva a besar la orilla. Camino, un paso tras otro. La arena devora mis huellas. Parece alimentarse de ellas. Pasa el tiempo ¿o yo camino a su través? Más y más pasos. Ya no recuerdo cuánto he estado caminando. ¿Horas? ¿Años? Da igual. Aunque no me hubiera movido ni un solo centímetro el resultado hubiera sido el mismo. El espacio pierde sentido; el tiempo se enreda con luces estroboscópicas.

60

El hambre y la sed son recuerdos lejanos, brumosos instantes en los que sentía mi cuerpo, en los que él tenía una razón de ser. Me ataba a la realidad. Sé que vine aquí por algo. Ahora todo está difuminado, por eso tengo que concentrarme en la arena. Intentar recuperar mi esencia física. El batir constante de las olas me atrapa. Me centro en la sensación de roce en lo que creo que son mis pies. Lo que antes era mi cabeza se inclina hacia ¿abajo? y me esfuerzo en captar la visión de la playa. Poco a poco toma forma y se hace grande, cada vez más. Se hace infinita. Me absorbe. Me dejo absorber. Desaparezco. Busco emerger. Ser yo. Desaparezco. El calor aumenta. Grito sin boca. Desaparezco. Agonía. ¡Quiero ser yo! ¡Me niego a perder mi individualidad! ¡Mi ser! ¡Me niego! Grito con mi alma y mi boca me responde. Respiro, noto el aire llenarme. Recupero mi forma. Me siento, harta de todo. No más esfuerzos, simplemente esperaré a que me lleven de vuelta, sea como sea que lo vayan a hacer. Solo quería hablar con mi hermano, comprender por qué hizo lo que hizo, saber por qué quiso dejarnos, entenderlo todo.

-¿No es eso lo que la gente quiere desde siempre?

Sobresaltada me giro y le veo. Su forma es de arena compactada, como una estatua viva con una pátina líquida que

61

lo cubre completamente. Llevaba tres días intentando imaginar cómo sería este instante, cuando le viera, incluso en los momentos en los que no lo creía posible. Había imaginado mil frases, mil diálogos para solo conseguir decir: “¿Cómo estás?”

-Un poco muerto- hermano mayor siempre ha tenido un humor un tanto cáustico -pero al menos ya no duele. -¿El qué? -Existir. Ser sin respuesta. -No entiendo. -¿Sueñas, hermanita? -Pero… -¿Sueñas? -Sí, supongo. Como todos. -¿Qué sueñas? -Pues… No sé. No lo recuerdo. -Yo sueño con una biblioteca. Libros y más libros. Corro intentando salir mientras estantes y anaqueles adoptan espantosas muecas amenazantes. Una risa estridente lo inunda todo y me ensordece y marea. Me tambaleo y tropiezo pero sigo adelante. Finalmente consigo llegar a una gran ventana. Fuera llueve. No sé cómo pero siento que el agua me sonríe y crea brazos con los que acogerme. Veo un punto brillante al

62

fondo. Es el principio. Sé que, si voy a él, todo estará bien. La biblioteca no volverá a amenazarme porque yo habré encontrado algo que ella no puede ofrecerme y mi saber será mayor que el suyo. -¡¿Y eso qué tiene que ver con lo que hiciste?! ¡A mí también me gustaría saber más cosas! ¡Yo también siento miedo o estoy triste y deprimida pero no me suicido! ¡Eres un egoísta! No te preocupa lo que pueda sentir papá o el estado horrible en que se halla mamá o que yo casi desaparezca por venir a entender tu estúpido comportamiento. -¡¿Lo ves?! ¡Tú también necesitas saber! –su réplica me descolocada-. El último año de la escuela estudiamos a un filósofo francés, Descartes. Recuerdo una frase suya en la que decía algo así como: “daría todo lo que sé por la mitad de lo que desconozco”. Yo he dado todo lo que soy –mi vida– por ser una parte de todo. Por ser la lluvia que escribe y barre la existencia junto al viento. Esas gotas que horadan todo para en todo penetrar y convertirse en parte de ello. Poder existir en la totalidad. Existir sin el dolor de la ignorancia.

Sus últimas palabras reverberan por todo el paisaje. Un eco que sincroniza con este extraño mundo de sueño. Cuando las repeticiones cesan, se forma un silencio espeso, tan solo roto por las olas que desfiguran y recomponen la imagen de mi

63

hermano en la orilla. Nos miramos fijamente y noto cómo una parte de él inunda una vez más mis ojos. Vuelvo a llorar y el llanto nubla mi vista. Me doy cuenta de que tengo un pañuelo en la mano que uso para limpiarme.

-Parece que algo sí que has aprendido aquí. Nunca habías sido capaz de hilar media docena de frases seguidas –digo, intentando romper la tensión.

A cambio, solo consigo un nuevo silencio. Sin embargo, unos instantes después comenzamos a reír a carcajadas. Diría que este extraño lugar armoniza de nuevo con nuestros sentimientos y parece sonreír, como si el golpear de la marea en la orilla nos mandase una alegre tonada y las ondas formaran en la arena felices diseños. No sé el tiempo que continuamos riendo pero, al dejar de hacerlo, veo que mi hermano mayor vuelve a ser él completamente, no esa extraña escultura con su forma. Los vaqueros, la camiseta negra con un lobo y descalzo, como acostumbraba a andar siempre por casa.

-Curioso –dice a nadie en concreto-. Había olvidado la risa. -Quizá la buscabas sin darte cuenta y por eso me llamaste. -Tal vez. Eras la única que conseguía hacerme reír.

64

Mi hermanito mayor. Me acerco a él y nos abrazamos durante otro buen rato. No quiero dejarle ir pero finalmente se separa de mí y susurra:

-He de irme. Tengo que arreglar un par de asuntos-. Sé a lo que se refiere. Mejor dicho, a quiénes se refiere. -¿Te volveré a ver? -Espero que no hasta dentro de muchos años. Mientras tanto, si quieres saber de mí, pregúntale a la lluvia.

Tras un último adiós con la mano, se da media vuelta y se zambulle en el mar. Permanezco inmóvil mientras me invade una calma que sé que nunca sentiré de nuevo. El paisaje sigue igual pero no noto ninguna amenaza, solo un vacío tranquilo. El tremolar de las olas me arrulla. Tengo sueño. Me tumbo en la arena, que se acomoda a mi espalda y cierro los ojos. Duermo. Sueño. Caigo.

Floto.

Una voz me devuelve al mundo real, o eso creo. Estoy de nuevo apoyada sobre algo duro. Una estera. Sí, de vuelta al pequeño despacho del restaurante. Cuando consigo enfocar la

65

vista, observo tres pares de ojos que me miran con atención. Hitomi y Setsuna tienen aspecto preocupado. Sin embargo, el señor Miyamoto me ofrece un gesto tranquilo. Parece saber qué ha sucedido en ese lugar dondequiera que esté. Recoge el medallón y mis haikus, guarda el primero en una urna y me entrega el papel. Cuando logro incorporarme y sentarme, lo meto en mi bolso. Ambos primos me acosan a preguntas que no sé muy bien cómo responder. Por su parte el anciano –tras lo sucedido, no volveré a llamarle viejo, ni siquiera en mi mente– se ha levantado y se dirige a una mesita donde me parece que hay una tetera. Sirve cuatro tazas y golpea con una cucharilla la porcelana para llamar nuestra atención. Les pide a mis amigos que no me atosiguen, que los viajes a las tierras del sueño pueden ser muy fatigosos. Ellos se disculpan y me dejan más aire, lo que les agradezco. Sin añadir más, el señor Miyamoto pone una bandeja de madera en el suelo sobre la que reposan las tazas humeantes. A pequeños sorbos bebemos en silencio sin saber bien qué decir. Finalmente, el anciano deja su té en la bandeja y me mira interrogante. “¿Y bien, pequeña?” La pregunta queda en el aire por unos instantes mientras todos me escrutan. No sé bien qué decir, es muy largo de explicar. Y muy íntimo. Tras un suspiro me decido a hablar. De manera escueta les hablo de cómo llegué a una playa y allí vi a mi

66

hermano. Me invento, al menos a medias, que se mató porque no podía dormir debido a unas pesadillas y no sabía lo que hacía hasta que saltó y que necesitaba contarlo y que por eso se me apareció. Hitomi y Setsuna me miran desconsolados y me abrazan pero el señor Miyamoto tiene un gesto entre compasivo y condescendiente. Estoy segura de que sabe que he mentido pero también de por qué lo he hecho. Me recuerda a papá. Mis amigos no lo entenderían. Si se lo cuento reaccionarán como yo lo hice, con rabia triste y lo acusarían de egoísta. No puedo permitirlo. Es mi hermano mayor y parte de él está en mí. Cuando salimos del restaurante, nos despedimos en la puerta del anciano que tanta ayuda me ha dado. No sé cuántas veces se lo agradezco con muchas reverencias. Insisto en qué puedo ofrecerle a cambio pero él rechaza mis peticiones sistemáticamente con pequeños ademanes. Al final los acompaña con un piropo al decir que haber ayudado a una jovencita tan guapa como yo es pago suficiente. Sonrío agradecida ante el cumplido pero noto que me ruborizo cuando Setsuna lo corrobora en voz alta. ¡Qué vergüenza! Una vez más Hitomi acude a mi rescate diciendo que se hace tarde y que con tantas emociones se encuentra muy cansada. El señor Miyamoto se muestra de acuerdo y nos anima a que vayamos a dormir. Nos despedimos por última vez con la

67

promesa

de

hablarnos

mañana.

Setsuna

ofrece

a

acompañarnos al menos hasta que tomemos un taxi. Su prima me mira con picardía y le responde que de acuerdo. Los tres caminamos bajo una llovizna. Parece tener un ligero sabor salado aunque supongo que soy la única que lo siente así. Al poco encontramos un coche que nos lleve a casa de Hitomi. Su primo dice que irá caminando porque vive muy cerca de aquí. Antes de cerrar la puerta, repite la promesa de que hablaremos mañana y me guiña un ojo. Me siento feliz, primero mi hermanito mayor y ahora... ¿un novio? Una vez más, mi amiga parece leer mis pensamientos y me da un codazo. Con un fingido gesto de desdén giro la cara hacia la ventanilla. Una figura capta mi atención en la pared del restaurante. Alguien con la cabeza en un extraño gesto. Pero... No, no es posible. Hitomi pegunta qué me pasa. Nada, respondo, simplemente estoy cansada. Fuese realmente él o no, ya se ha ido. Entonces suena mi móvil. Es mamá. Contesto preocupada pero mi temor se desvanece al oírla. Es ella. Vuelve a serlo. Me cuenta un sueño muy raro que ha tenido. La dejo hablar mientras miro de nuevo por la ventanilla del taxi. Me doy cuenta de que ha dejado de llover.

68

EL EL MANDATO DE SET

-¿De qué tengo miedo?

La pregunta solo fue murmurada y solo escuchada por el whisky ondulante en el fondo del vaso, donde un reflejo borroso mostraba un rostro arrugado, de ojos entornados y vacíos. A su alrededor, el humo de varios cigarros baratos difuminaba a los parroquianos en una neblina que los llevaba a un mundo irreal y alejado de las calles sucias y el salitre que inundaba el puerto a esas horas de luz tenue, previas al despertar de las gaviotas.

-¿De qué tengo miedo? –repitió en voz algo más audible, aunque aún ensimismado en su universo compartido con la bebida en sus manos.

69

-Todos tenemos miedo. Da igual de qué. Hay que aprender a vivir con ello.

La respuesta vino del tabernero, un hombre entre rotundo y abotargado y filósofo a tiempo parcial como tantos otros de su gremio. Su comentario fue coreado con leves asentimientos por parte de los mudos contertulios desperdigados y despatarrados por varias de las mesas desvencijadas, más hechas de madera de deriva que de listones de aserradero. El viejo se levantó en silencio, sin más contestación que una mirada fugaz a su improvisado interlocutor y un esbozo de sonrisa triste. El único sonido que se oyó fue el de las monedas que dejó en la barra: dos monedas de veinte centavos. Dos monedas, como las que se ponían en los ojos de los muertos para pagar al guía que lleva las almas a su destino. Un fútil soborno para quien no necesita nada. Salió de la vieja taberna, dejando atrás las sierpes de humo rancio y el acre aroma del sudor y el alcohol para adentrarse en la húmeda neblina que anegaba la barriada. Los primeros rayos de sol apenas lograban zaherir las nubes bajas. El entorno aparecía desdibujado y la noción de distancia era equívoca.

70

El viejo levantó la vista y sintió cómo en sus ajados huesos anidaba un estremecimiento, solo en parte producido por la niebla.

-De ti. Tengo miedo de ti.

Por encima de las nubes rasantes se alzaba un monte que, por uno de sus lados, caía casi a pico por un risco escarpado. Sobre su cima, una construcción de piedra oscura y madera quemada desafiaba las lanzas de luz que poco a poco teñían de dorado las aguas y devolvían la claridad al lugar.

Mediodía. Un hombre de poco más de treinta años, subió las escaleras de la gran mansión. Bajo el dintel de la entrada principal, un caballero más joven, vestido de blanco, con corbatín y zapatos negros le esperaba. Una amplia y franca sonrisa se dibujaba en su rostro. Ambos su fundieron en un cordial abrazo. Sus caras guardaban una cierta semejanza, un parecido fraternal.

-¿Lo has traído?

71

-Lo tengo, Charles. Y, tal y como te indiqué en la última carta, funciona. Lo he visto. -Excelente, Will, excelente. Entremos, el servicio tiene preparada tu habitación. Supongo que tras un viaje tan largo tendrás ganas de darte un buen baño. Cuando acabes, ve al comedor, he ordenado que preparen cordero asado. -¿Salsa de cereza…? -Con arándanos. ¿Lo dudabas? -Hemos pasado demasiado tiempo juntos bajo este techo, hermanito. -Si todo va según lo previsto, pronto será nuestro. -Hablando de eso, ¿dónde está padre? -Supongo que humillando a alguien en la fábrica, como de costumbre. -La cual también será pronto nuestra. -Sssshhh. No hables tan alto. El servicio podría hacerse ideas raras –murmuró Charles.

Wilburn asintió en silencio, con una sonrisa torva en la cara. Un par de mozos se ocuparon de las maletas del recién llegado. De todas, menos de la bolsa de mano que había traído, de la que el recién llegado dejó bien claro que nadie la tocara. Una doncella de uniforme y cofia le saludó con una

72

inclinación y le indicó que había agua caliente en su dormitorio y dónde podía dejar su ropa para limpiar.

Una vez aseado y tras la comida, durante la que solo intercambió comentarios banales y superficiales con su hermano, Charles le pidió que le acompañara a la sala de té para charlar más cómodamente. Ambos se sentaron en la pequeña estancia, dominada por una chimenea y una biblioteca en la pared contraria, llena de volúmenes sobre historia, mitología y geografía. El más joven de los hermanos hizo una serie de comentarios sobre algunas de las últimas adquisiciones que había hecho, todas relativas al antiguo Egipto y sus ritos. -Veo que tú también has hecho los deberes –acotó Wilburn en respuesta a la exposición de novedades. -Es lo menos para evitar problemas. -De todas formas, puedes estar tranquilo. Como te he comentado antes, he visto ponerlo en práctica. Y funciona. Fue en una barriada a las afueras de El Cairo, hace algo más de una semana. Te juro que tuve pesadillas los primeros días. Utilizaron a un mendigo, un deshecho humano. No sé cómo o de dónde sacaron al viejo que realizó el ritual pero, por lo que me aseguró el tipo que arregló todo, puede hacerlo cualquiera, siempre que tenga la voluntad y determinación suficientes.

73

-¿Es el mismo que te facilitó el pergamino original? -No. Él me dijo inicialmente dónde estaba y yo luego lo obtuve de otra forma más… expeditiva. Desde luego, yo no fui quien entró en el conservatorio arqueológico. -¿Testigos?–. La sonrisa sombría que Charles obtuvo como respuesta le indicó que, seguramente, ni siquiera el viejo se había librado de acudir al juicio de Maat. – ¿Puedo verlo? – añadió. -Por supuesto. Discúlpame unos minutos, voy a buscarlo.

Wilburn abandonó la estancia camino de su dormitorio. En el ínterin, su hermano degustó el té que les habían servido y hojeó alguno de los volúmenes sobre magia y ritos antiguos que con tanto esfuerzo económico y de otro tipo más violento habían adquirido entre ambos. Si su padre supiera el cómo… Pero no, no lo sabría; nunca había demostrado el más mínimo interés por ellos, así que no era motivo de preocupación y, en cuanto a que se acercara a la biblioteca, tampoco había peligro. Solo le interesaba su dinero, acumular más y más y a ellos solo darles las migajas que le sobraban. Muy bien, ahora era turno de sus hijos para hacerle ver que en el infierno no aceptaban cheques. Cuando Wilburn volvió a la sala de té, llevaba bajo el brazo un cilindro de madera que Charles observó como un niño ante

74

un carrito de pasteles. Ambos se sentaron y aquel abrió el cilindro por la mitad hacia su hermano. En su interior, atado con una cinta de cáñamo había un papiro sobre una superficie aterciopelada y ahuecada a modo de protección. Con las manos temblorosas, Charles lo sacó de su caja, desató la cuerda y lo desenrolló. Sus ojos mostraron sorpresa y se dirigieron hacia su sonriente interlocutor y murmuró: “¿Egipcio?”

-Y muy antiguo, para más señas. Por lo que sé, es del tiempo de la VI ó VII Dinastía. Lo más llamativo es la tinta que utilizaron, no sé qué contiene pero después de tantos siglos aún es perfectamente legible. Quizá estuvo en un entorno protegido. No lo sé. -Muy interesante pero... ¿tú sabes leer esto? -Me hicieron un favor y me enseñaron a pronunciarlo de manera bastante aceptable, al parecer. Además, y esto es lo más importante, la clave está en las palabras que se dicen en la invocación, si la quieres llamar así, no en el idioma. Resumiendo, podríamos hacerlo en nuestra lengua aunque… -¿Qué? -Resonancia. -¿Cómo? -El hechizo siempre se ha utilizado en egipcio, quizá en alguna ocasión en árabe aunque no es seguro. Lo que quiero

75

decir es que está “acostumbrado” a esa pronunciación por lo que es más seguro y efectivo si se utiliza ese idioma aunque se pueda utilizar cualquiera. Eso es la resonancia. -Ya. Y tú no estás seguro de si lo pronunciarás lo suficientemente bien-. Wilburn asintió. Los dos permanecieron pensativos un rato hasta que el mayor retomó la conversación. -Hay algo más. Lo que te comenté en la última carta sobre necesitaríamos un muerto reciente. Realmente me refería a que ha de ser un muerto muy reciente. Mucho. -Entiendo –contestó Charles tras reflexionar un momento; luego añadió: -El puerto es un buen coto de caza.

Su hermano se quedó poco menos que atónito. No se esperaba ni mucho menos esa reacción. Creía que le tocaría a él animarlo a que fueran a atrapar a algún marinero borracho a la salida de una de las tabernas de mala muerte existente a los pies del acantilado. En los meses que había pasado en Egipto algo le había ocurrido a Charles. Probablemente algo en relación con su padre. Sin más rodeos se lo preguntó y el agraciado rostro de su hermano menor se ensombreció más si cabe y un rictus de odio afloró en él. Solo una palabra brotó de sus labios, un nombre: Evangeline. Wilburn dejó sobre una mesita la taza de té y miró con intensidad a su pariente y amigo. No hacía falta que dijera

76

más. Sabía que su padre no aprobaba esa relación. El padre de la joven era contable en una empresa de seguros con un sueldo bastante aceptable. Además, tenía un tío abuelo en un puesto de bastante responsabilidad en la Foreign Office en Londres que fácilmente podría haber ayudado a su progenitor con las exportaciones al continente. De modo que los motivos reales para rechazar la relación eran desconocidos. Tampoco le sorprendía. Su padre era conocido por sus decisiones arbitrarias y sin sentido, especialmente en lo referente a su familia y aún con mayor acritud hacia sus hijos, a los que parecía odiar sin razón aparente. Por fortuna, no podía desheredarlos sin un motivo real pues eran dueños de una parte de la fábrica en la que reinaba el viejo. Su abuelo materno, preocupado por su hija y al no fiarse de la persona con la que se iba a casar, dispuso en su testamento que una cuarta parte de la empresa pasaría a los descendientes varones que ella tuviera en los diez primeros años de matrimonio. Su madre murió en un accidente cuando habían pasado siete y Charles justo había empezado a dar sus primeros pasos. Ambos pasaron al cuidado de un ama de cría que aún servía en la mansión y Wilburn tomó como su responsabilidad cuidar de su hermano pequeño. Su padre los ignoraba y cuando no lo hacía era para castigarlos o humillarlos. Simplemente parecía disfrutar con ello. Asintió

77

para sí, inspiró profundamente, expulsó el aire y concluyó amenazante:

-Padre pronto verá cuánto hemos aprendido de él.

El resto de la tarde continuó de manera apacible, ya que Wilburn se ocupó de cambiar de tema y centrarse en relatar las anécdotas de su viaje por Egipto. Se esmeró en su narración para que su hermano abandonara el semblante taciturno adquirido con el recuerdo de su amada y su mente imaginara las arenas y las antiquísimas y majestuosas construcciones que poblaban ambas riberas del Nilo. La narración de mitos y leyendas copó parte de la cena. En los ojos de Charles se adivinaba la envidia de la experiencia de su hermano y así se lo hizo constar con pocas palabras. Su hermano sonrió levemente y le aconsejó que tuviera paciencia porque en poco tiempo la diosa Fortuna les entregaría sus frutos de manera abundante. Acabada la cena, un cabernet sauvignon puso punto final a esa noche de reencuentro. Tras un nuevo abrazo, ambos hermanos se dirigieron a sus respectivos dormitorios. Al día siguiente planificarían sus pasos. Sin embargo no llegaron a separarse pues, cuando se encontraban en lo alto de la escalera, oyeron cómo la puerta de entrada se abría. Inmediatamente, sin necesidad de

78

comprobarlo, supieron de quién se trataba. Se miraron y al unísono, dibujaron una cínica sonrisa en sus rostros. Wilburn se adelantó.

-¡Padre! Me alegro de verle –saludó, a lo que el recién llegado no respondió de inmediato, sino que dirigió una larga mirada a su interlocutor. Finalmente contestó. -¿Ya te has cansado de malgastar por ahí lo que inútilmente tu madre te dejó?- Ante la mención de su madre, la mandíbula de ambos hermanos se tensó. Fue Charles quien respondió al ataque. -Madre nos dejó ese dinero para nuestra educación y creo… -¿Estoy hablando contigo? –le interrumpió su padre. -Caaalma tooodos. No creo que este feliz reencuentro deba empañarse por diferencias de opinión –terció Wilburn-. Es tarde y supongo que todos estamos cansados. Mejor hablamos mañana con más calma.

Mientras decía esto, bajó las escaleras y dio un breve abrazo a su padre, quien ni siquiera levantó los brazos para responderle. Aun así, Wilburn no retiró la sonrisa de su rostro, como si estuviera esculpida en su boca. Sin añadir más, se dio media vuelta y subió las escaleras. Al llegar a la altura de su

79

hermano y verle con los puños cerrados y un gesto de ira contenida, se acercó a él y le susurró al oído: “Pronto, Charles. Ten un poco más de paciencia. Ahora descansemos.” Una última mirada hacia la entrada les reveló que su padre ya no se encontraba allí, mostrando desprecio hacia lo que opinaran sus hijos. Sin dar más importancia a su desaparición, ambos hermanos se dirigieron a sus habitaciones.

A la mañana siguiente, cuando Wilburn bajó al salón, se encontró a su hermano enfrascado en la lectura de unos documentos, que tenía en una mano, mientras con la otra removía el contenido de una taza de café. Al saludo y la pregunta del recién llegado, Charles respondió con un escueto “cosas de las fábricas”. Otra sorpresa más que le ofrecía su hermano menor. Tras los cuatro meses que había estado fuera, lo había encontrado más frío y, hasta cierto punto, cínico. La prohibición de ver a Evangeline y las consecuencias de desobedecerla lo habían afectado mucho. Demasiado, al parecer de Wilburn. Esperaba que, una vez finalizado lo que se proponían y pasado un tiempo prudencial, pudiera volver a ser el mismo joven noble y tierno de antes. Sin duda, su enamorada resultaría la más beneficiada.

80

Charles dejó los papeles a un lado y explicó lo que hacía tras asegurarse de que nadie del servicio ni mucho menos su padre estuvieran cerca.

-Si nos vamos a tener que ocupar de las fábricas, nos conviene conocerlas bien. Creo que se pueden hacer mejoras en los procesos.

Wilburn asintió complacido. La ira que carcomía a su hermano no había nublado su buen juicio a pesar de los cambios en su carácter. Él también tendría que estudiar un poco esos asuntos, sobre todo la parte legal a la que estaba más acostumbrado, pero eso tendría que esperar. Debía poner en marcha el plan que les aseguraba librarse de su padre.

-Luego te ayudaré con el papeleo. Ahora tengo que ir a la calle Covenant. -¿Y eso? -Necesito, mejor dicho, necesitamos unas cosas de la tienda de suministros del señor Pennyworth para nuestro... proyecto. Sigue abierta, ¿no? -Sí. -Entonces nos veremos en un par de horas. Ya desayunaré en el pueblo.

81

Sin esperar a la respuesta de Charles, caminó hacia la salida de la mansión. Montó en un coche que él mismo conducía y se dirigió al pueblo.

A su vuelta, encontró a su hermano nuevamente inmerso en la lectura de unos papeles. Sin embargo, observó que no se trataba de documentos del negocio. Ni siquiera parecían actuales. Sin mediar palabra, Charles se los entregó para que los leyera. Wilburn abrió los ojos sorprendido. Su hermano le sonrió y le dijo: “Conviene estar preparado para todo; ya sabes, por si falla eso de la resonancia”. En los papeles aparecía una cuidada letra de trazos claros. Era griego. Los conocimientos de lengua clásica que poseía Wilburn no eran tan amplios como los de su hermano, apasionado de las lenguas clásicas, pero sí los suficientes como para saber que lo que le había entregado Charles era alguna clase de hechizo de protección. Al mirarle nuevamente, observó que en la mesa había también un libro. Lo tomó y vio que era alguna clase de grimorio especializado en cómo protegerse de fantasmas.

-Impresionante –musitó-. ¿Sabes si funciona? -Ni idea. He elegido el que más confianza me ha dado. -Y para ello te has basado en...

82

-Si lo lees con detenimiento verás que habla de símbolos egipcios. Como el que vamos a usar también lo es, quizá sea más efectivo o, al menos, simplemente sirva. Por cierto – continuó-, ¿me vas a decir qué has comprado? -Míralo tú mismo.

Wilburn tendió a su hermano una bolsa de lona para que observara su contenido: un aro plano de hierro, un punzón y un cordel.

-¿Nada más? -Junto con un papiro en blanco que traje de Egipto. Al pueblo fui especialmente para lograr el aro. Necesitaba que fuera de hierro y que todo el contorno fuera plano para grabar unas inscripciones con el punzón. Lo guardaré en mi dormitorio hasta que vayamos a realizar el hechizo. Hablando del diablo, ¿dónde está padre? -Salió muy pronto hacia la oficina. -De acuerdo. Aprovechemos para organizar la parte más sucia de todo este asunto.

Las siguientes horas las pasaron concretando o que habían de hacer. No dejaron nada por escrito, ninguna prueba que les pudiera delatar antes de tiempo. Lo primero que había que

83

hacer era decidir la víctima inicial. Pronto estuvieron de acuerdo en secuestrar a algún marinero borracho, por lo que tendrían que vigilar el puerto. Además ellos mismos deberían llevarlo a cabo pues la intromisión de un tercero podría resultar a posteriori problemática ante súbitos ataques de avaricia y deseos de chantaje por parte de otros posibles implicados. Se preguntaron qué otro material necesitarían para llevar a cabo el rapto. En primer lugar debían evitar que alguien los reconociera. Unas ropas gastadas harían el trabajo. Wilburn se ofreció a conducir nuevamente al pueblo para comprarlos en una de las tiendas de empeño. La excusa perfecta sería una fiesta de disfraces en la ciudad en las próximas semanas. Además aprovecharía el viaje para comprar el otro elemento que sin duda iban a necesitar para poder manejar a la víctima: morfina. Entre ambos podrían arrastrar el cuerpo hacia su automóvil, que estaría oculto en alguna calle próxima. Estuvieron discutiendo sobre cómo conseguir la droga hasta que optaron por acudir a la botica con la excusa de necesitarla para una pequeña operación a uno de sus caballos. Dirían que un veterinario amigo de la familia iba a extirpar un quiste del animal dentro de unos días y que necesitaría la morfina, una jeringa y vendas limpias. Si el boticario preguntaba cómo era

84

que el médico no tenía ese material, Wilburn le diría que era lo menos que podían hacer por él ya que no les pensaba cobrar. Después decidieron dónde llevar a cabo el hechizo. Charles tomó una rápida decisión. La leñera que había junto al sótano sería perfecta. Era principios de verano y prácticamente no se utilizaba la chimenea; el día anterior al secuestro mandarían traer algunos troncos de los almacenados de manera que nadie entraría en el sitio en dos o tres días. Necesitaban también cuerda pero eso no era problema, en las caballerizas encontrarían alguna que pudieran utilizar para inmovilizar a quien cayera en sus manos. Ya era prácticamente la hora del té cuando acabaron. Su comida había consistido en un refrigerio frío y les apetecía tomar ahora algo caliente mientras saboreaban su plan. No parecía haber fallos siempre y cuando eligieran bien a su víctima. Para ello se imponía realizar una vigilancia y un análisis de la actividad portuaria durante unos días.

-¿Cómo lo haremos? –preguntó Charles al cabo de un rato. -No te entiendo. -¿Le asfixiaremos, le acuchillaremos, le golpearemos...? – aclaró su hermano, con una voz fría, como si enumerara por megafonía los resultados de las carreras de Ascot.

85

-En Egipto, durante el ritual, le cortaron el cuello y recitaron el conjuro mientras la víctima sacrificada cuyo espíritu se encadena moría desangrada. Le vi patalear mientras tres personas lo sujetaban. Fue el propio viejo el que dio el tajo. Así que no te preocupes si piensas que te puede fallar el pulso a la hora de la verdad porque yo me tengo que encargar de todo. Afortunadamente, la morfina nos ayudará a mantener quieto a nuestro ganador del premio a fantasma errante – concluyó Wilburn intentando quitar hierro al crimen que iban a cometer. -¿No nos atacará? -No. El propio hechizo es una especie de pacto. Cuando cumpla lo que le ordenamos, quedará en libertad para ir donde sea que van los muertos. El brujo es quien decide si se ha hecho correctamente lo ordenado y le da la libertad, por lo que no le conviene atacarnos o vagará para siempre encadenado al lugar donde se haya realizado el conjuro. Al menos eso me dijeron.

Los siguientes días, en los que aprovecharon para comprar todo lo necesario, prácticamente no vieron a su padre. Las pocas veces que coincidieron, especialmente durante el fin de semana, la fría cortesía de los hijos contrastaba con el desprecio manifiesto que les mostraba su progenitor. Los

86

ataques que dirigía a Wilburn se centraban en su supuesta vagancia y dispendio del dinero que les había regalado sin sentido su madre en lugar de dejárselo todo a él. A Charles lo acusaba de pusilánime, inútil y sin futuro en cuanto él desapareciera. Además en un par de ocasiones citó lo que había hecho para evitar la relación con Evangeline. Sobre todo en estas ocasiones, Wilburn se veía obligado a terciar en los ataques para que su hermano pequeño no perdiera los estribos y forzara demasiado la situación. Una agresión física sería sin duda utilizada por su padre para hacer encerrar a Charles o, al menos, declararlo incapaz de gestionar sus bienes y tratar de hacerse con ellos nombrándose administrador de los mismos. Wilburn sabía que ahí tenía las de perder pues, al fin y al cabo, era cierto que, aunque a través de algo parecido a un reino de terror, las fábricas generaban amplios beneficios. Cuando se libraran del viejo tendrían que esforzarse para mantener la producción sin necesidad de usar el látigo. Al menos mientras no fuese necesario. Durante las noches, ambos hermanos se turnaban en secreto para vigilar, desde más allá de medianoche hasta el alba, los movimientos de marineros, vagabundos, borrachos de toda clase y autoridades que aparecieran o se pasearan por las calles de la zona portuaria. Así pasó prácticamente un mes. Los hermanos localizaron a varios habituales que descartaron

87

como objetivos ya que llamaría la atención que no aparecieran por la zona. Tenía que ser alguien nuevo, lo mejor alguien extranjero. Quizá un africano. Siempre se podría pensar que se había escapado para buscarse la vida en Londres, si es que llegaba. Ellos, por supuesto, no sabrían nada pues jamás habían pisado esa zona, ni siquiera para recibir material para las fábricas. Una mañana, durante el desayuno, el silencio campaba a sus anchas. Ambos hermanos estaban profundamente

concentrados en sus cafés matinales y en las tostadas con mermelada de frambuesa que les acompañaban. Sus mentes estaban pensando en lo mismo. Fue Wilburn quien levantó la cabeza e hizo la pregunta: “¿Esta noche?” Charles le miró mientras acababa de masticar un pequeño trozo de panecillo. Tragó y tomó un sorbo de café sin apartar la vista de los ojos de su hermano. Dejó todo en la mesa, suspiró profundamente, cerró los ojos y convino: “Sea pues”. Cuando su padre marchó a trabajar, guardaron en el coche todo lo que habían comprado para llevar a cabo el secuestro; se cambiarían en el propio vehículo. Durante el resto del día prácticamente no hablaron. Wilburn llenó dos petacas con whisky que complementarían sus disfraces. Charles, por su parte, entró en la leñera e hizo espacio suficiente para poder

88

llevar a cabo el conjuro. Se acostaron pronto tras acordar que se despertarían a la una de la mañana. Una vez levantados esa noche, salieron sin hacer ruido por la puerta de atrás. Rodearon la casa y montaron en el coche. Con las luces apagadas, arrancaron y se dirigieron al pueblo. Tras pasar una curva, que les ocultó de la mansión, encendieron los focos y continuaron su camino. Al alcanzar las primeras casas, se dirigieron al puerto, aparcando el coche a tres calles del mismo en una calleja entre dos edificios. Se cambiaron de ropa y ocultaron la suya bajo los asientos fuera de la vista de ojos curiosos. Con su nuevo aspecto, le dieron un par de tragos a las petacas para que, si alguien se acercaba, pudiera notar su aliento y los confundiera con un elemento más de la fauna nocturna del puerto. Esperaron unos minutos antes de continuar su exploración a que pasara la patrulla nocturna. Tenían una hora aproximadamente antes de que la policía volviera a pasar. Se internaron en la penumbra mezclada con olores rancios, fruto de la mixtura de pescado, brea, alcohol y otros muchos olores indefinidos que causaban asco a los hermanos y de cuando en cuando, Charles se veía obligado a poner un pañuelo sobre su boca y nariz para intentar filtrar parte de la peste que inundaba la zona. Se encaminaron a una calle en la que había varias tabernas. Wilburn se palpó el bolsillo derecho,

89

donde llevaba preparada una jeringa con la dosis de morfina adecuada para dormir durante unas cuantas horas a un hombre sin riesgo para su salud, según habían comprobado en un manual de medicina. En el otro llevaba el recipiente con el espirituoso para, si fuera necesario, ganarse la confianza de su víctima antes de aplicarle la inyección. No tardaron mucho en encontrar al candidato idóneo tras descartar a unos cuantos con los que se cruzaron.

Bamboleándose, dando tumbos de pared contra pared, un marinero completamente borracho se acercaba a ellos. Al pasar por debajo de una farola, la luz iluminó su rostro y los hermanos se miraron; estaban seguros de no haberlo visto nunca. Fingiendo estar igualmente borracho, Wilburn se acercó a él con la petaca a la vista y la otra mano en el bolsillo sujetando la jeringa. Cuando estuvieron muy próximos, le ofreció de su bebida. El marinero, sin importarle nada en el mundo excepto la promesa de otro trago, alargó la mano y agarró la del hombre, momento que aprovechó este para clavarle la aguja en el otro brazo e inocularle la morfina ante la mirada vidriosa del borracho. Charles se apresuró a agarrar el cuerpo oscilante de su víctima a quien, dada su situación, la droga hizo efecto rápidamente. Entre ambos hermanos lo dejaron caer con suavidad apoyándolo en una pared. Wilburn observó el gorro que llevaba el marino y se le ocurrió una idea.

90

Se lo quitó y fue hasta el borde del muelle, donde lo tiró. Si alguien echaba de menos a esa persona y la buscaban, el gorro en el agua –si es que alguien lo encontraba- podía ayudarles a crear una hipótesis falsa. Volvió donde su hermano, quien vigilaba por si aparecía alguien, y entre los dos acarrearon el cuerpo de manera que pareciera que arrastraban a un amigo al que el alcohol había tumbado. Llegaron sin problemas a su coche, tumbaron el cuerpo en el asiento de atrás y condujeron de vuelta a su casa. Al llegar, se detuvieron al lado de la trampilla que daba a la leñera, bajaron al marinero y lo ataron y amordazaron, dejándolo después tras unas cajas de leña. Por la mañana volverían a darle una nueva dosis de morfina para que no alborotara. Durante la noche, continuarían con el siguiente paso de su plan: el sacrificio humano para atrapar un fantasma.

Hacia el mediodía siguiente, Wilburn bajó a la leñera para comprobar el estado de su cautivo e inyectarle una nueva dosis. Cuando bajó las escaleras que conducían al recinto, un fuerte y desagradable olor llegó a su nariz. Se temió lo peor y corrió hacia el marinero. Tal y como se había imaginado, el hombre, debido a la borrachera, la morfina y la posterior resaca, había vomitado teniendo la mordaza puesta, con gran

91

riesgo de ahogarse. Afortunadamente estaba tumbado de costado, por lo que la mayor parte del vómito líquido había salido por el costado de la boca y la comisura de los labios. Wilburn le sacó la tela de la boca y le limpió la cara. El marinero, aún muy atontado, no fue capaz de articular palabra si bien sus ojos estaban llenos de desconcierto y temor. Su captor sacó una pequeña botella de agua y derramó parte de su contenido en la boca de la futura víctima mientras intentaba no mirarle a los ojos. Debía considerarlo como una herramienta, nada más que eso. Una simple herramienta para librarse de un mal. Sí, así le convenía considerar a su padre. Males y herramientas. En Egipto hizo algo parecido antes de apretar cuatro veces el gatillo una semana después de presenciar el hechizo en acción. La semana posterior al rito la pasó estudiando los pasos y las palabras. Cuando estuvo seguro de todo lo que había de hacer, mató a esas personas... no, no mató a nadie; se libró de unas herramientas defectuosas. En esta ocasión era casi lo mismo. Una herramienta para librarse de un mal. Inyectó al marinero la nueva dosis de morfina. Había calculado la necesaria para unas ocho o nueve horas. Esperaba que dos inyecciones tan seguidas no resultaran letales y se vieran obligados a repetir todo el proceso. Dos desapariciones muy seguidas levantarían la alarma en el pueblo. Con el resto

92

del agua limpió como pudo el suelo. Por suerte había traído algo de incienso de su viaje y podrían quemar un poco –no demasiado para que la esencia se disipase pronto y no provocara preguntas– para tapar la peste durante el ritual.

Durante el resto de la jornada no hubo contratiempos. Era viernes, la noche libre del servicio, por lo que los hermanos podrían trabajar sin problemas. Esperaron a que su padre durmiera y bajaron a la leñera. El hombre parecía estar en perfectas condiciones a pesar de lo sucedido y respiraba con regularidad. Wilburn puso unos platillos en dos esquinas y prendió un poco de incienso para cubrir el olor aún persistente. Charles, por su parte, copiaba con tiza en la pared unos extraños símbolos de una hoja. Cuando terminó, hizo dos diseños gemelos en el suelo, uno en cada extremo de la zona que había despejado el día anterior. Mientras tanto, su hermano dibujaba un tercer elemento entre ambos, circular y con un espacio en blanco en medio, donde perfectamente entraba un hombre tumbado. Finalizados los dibujos, llevaron el cuerpo al medio del diseño central, depositándolo con cuidado de no borrar ninguna línea. Después, Wilburn sacó de una bolsa de cuero negro que había llevado los elementos necesarios para el rito: el aro de hierro, un punzón, un cordel, una pluma estilográfica,

93

un cuchillo, un pergamino en blanco y el papiro que contenía el hechizo.

-Recuerda –dijo Charles-. Mientras recites el conjuro final permanece en el sello de protección. No pises las líneas. Si se rompe por alguna parte, no funcionará. -Lo sé aunque no creo que sea realmente necesario. Ellos no usaron nada de este estilo. Pero –añadió al ver el gesto de contrariedad de su hermano –supongo que cualquier ayuda es de agradecer. Vamos a ello.

En ese momento un ruido captó la atención de los dos. Miraron hacia una esquina justo a tiempo para ver una rata escabullirse por un hueco de la pared. En su camino había volcado el incienso de uno de los platillos. Wilburn fue hacia allí para arreglar el pequeño desperfecto y aprovechó para encajar un tronco en el agujero. No quería nuevas

interrupciones. Además, la próxima vez en lugar del incienso podría volcar una de las lámparas de aceite que habían bajado para iluminarse a falta de luz eléctrica. Volvió a su sello y respiró profundamente sin reparar en que una de sus pisadas había causado un ligero desperfecto en el exterior del diseño. Tampoco Charles reparó en ello pues

94

oyó un pequeño gemido procedente del marinero. Un escueto “aceleremos” fue suficiente para poner todo en marcha. Wilburn se arrodilló y con el punzón grabó unos símbolos en el aro de hierro mientras de su boca manaban extrañas palabras que leía del papiro extendido a su lado. Acabada esta parte, puso el aro sobre el pergamino en blanco y copió su contorno. Retiró la pieza de metal y, con esta en una mano y el cuchillo en la otra, salió de su zona de protección y se colocó junto al marino, que comenzaba a moverse. Tembloroso, Wilburn colocó el aro sobre el pecho del hombre, recitó de memoria unas palabras más y, jadeando, apoyó el cuchillo en la garganta de su víctima. Charles, entre fascinado e incrédulo, observaba la obra de teatro que se desarrollaba ante sus ojos y en la que no podía participar al desconocer si tenía un papel en ella. “Solo es una herramienta” se repetía mentalmente su hermano. “Nada más” y el cuchillo se deslizó por el cuello dejando una estela roja tras él. En ese instante, el sacrificado abrió los ojos y boqueó como un pez fuera del agua mientras su vida se escapaba con cada latido. Wilburn dejó el filo y presionó sobre la frente y el aro del pecho, murmurando nuevas antiguas palabras. Charles salió de su

ensimismamiento y acudió a sujetar las piernas del marino para que no estropearan el dibujo con un pataleo. Wilburn cogió entonces el aro y lo impregnó de la sangre del

95

moribundo, cuya fuerza iba disminuyendo a la par que sus movimientos agónicos. Ambos hermanos volvieron al poco a sus lugares correspondientes. Wilburn puso el aro ensangrentado sobre el pergamino en que había dibujado su contorno de manera que los símbolos grabados con el punzón se copiaran en el interior del círculo que había hecho antes. Sin desplazar el aro, lo envolvió con el tejido y ató todo con el cordel. Se puso en pie y estudió cómo la respiración del sacrificado prácticamente había desaparecido. Miró los jeroglíficos del papiro, luego a su hermano, a quien el sudor por la tensión perlaba la frente, levantó el pequeño paquete sobre su cabeza y, en voz alta y clara, recitó el resto del hechizo. Esperaron.

Nada. Los hermanos cruzaron una mirada preocupados. Nada. El hombre no respiraba. Su sangre se deslizaba hacia el borde del diseño central. Nada. Charles bajó la cabeza, derrotado. Wilburn se centraba en el flujo de sangre. Nada. La sangre parecía no poder salir de los límites del dibujo.

96

Wilburn sonrió.

Un estertor sobresaltó a Charles ante la mirada divertida y ansiosa de su hermano. El cadáver se convulsionaba por una fuerza no terrenal y unos tenues jirones de neblina parecían desprenderse del cuerpo y acumularse sobre el mismo. Esa bruma se fue condensando y tomando una forma humana aunque sinuosa, etérea y de límites poco definidos. Aun así, se veía claramente a quién pertenecía. Había funcionado, el marino les entregaba su fantasma.

-¿Qué… ha… pasado? –balbució el espíritu con una voz que entró directamente en las cabezas de ambos hermanos, sin necesidad de propagarse por el aire.

Ellos contemplaban con estupor cómo el alma del muerto se había materializado en ese ente translúcido que se hallaba en la leñera. En el rostro de Charles se dibujaba un rastro de temor. Un miedo a que su osadía jugando a ser Dios, dueño de la vida y la muerte, se volviera contra ellos. Incluso antes de consumar su venganza, por la que no le importaba condenarse. De manera similar, Wilburn mostraba cierto desasosiego pues sabía con qué fuerzas estaban tratando. Un paso en falso podría llegar a provocar su muerte. Aun así, se sobrepuso al

97

nerviosismo y echó un nuevo vistazo al papiro para asegurarse de la fórmula a recitar:

-¡Oh, tú, ser que aún no ha de pasar a las tierras de la noche y transitar hacia la luz! ¡Oh, tú, que no has de soportar aún el juicio de Osiris bajo la ley de Maat! ¡Oh, tú, que te encuentras entre los mundos! ¡Obedéceme!

Una energía rojiza recorrió el cuerpo amorfo del fantasma, quien, obligado por una fuerza superior, dirigió su baza hacia Wilburn.

-¿Qué… deseas… amo? –preguntó el ente espiritual, con clara renuencia. -Dinos tu nombre –exigió el lanzador del conjuro, ya más confiado al ver que esa parte del hechizo de esclavitud funcionaba. -Jack O’Toole -Escúchame entonces, Jack O’Toole, nuestra es tu voluntad, nuestro es tu dominio. Pues no es solo mío. Obedecerás tanto a él –señaló a su hermano –como a mí. Este es tu primer mandato. -Como ordenéis.

98

-Tengo, no, tenemos –se corrigió mientras guiñaba un ojo a Charles y le dirigía una sonrisa tranquilizadora –una tarea que cumplir durante… tres días. ¿Te parece bien, hermanito? Así sufrirá un poco antes del toque final. -De acuerdo –respondió el aludido. Por su parte, el fantasma no hizo ningún comentario. -Hay un hombre en esta casa –prosiguió Wilburn dirigiéndose el espíritu –que duerme en la segunda planta, en el dormitorio de la cara sur. Tanto la próxima noche como la siguiente, acudirás a él durante su sueño y le despertarás del mismo, causándole gran pavor durante unos instantes y luego desaparecerás. Este es tu segundo mandato. -La noche siguiente –continuó –lo volverás a despertar y no solo lo asustarás sino que lo tocarás en el corazón llevándole el frío de los muertos que habita en tu ser. Este es tu tercer mandato. -No molestarás a nadie más durante este tu estado transitorio. Este es tu cuarto mandato. -Cumplidos estos mandatos, reposarás junto a tu cuerpo hasta que vengamos a liberarte en no más de una semana tras el funeral por el difunto. Este es nuestro compromiso, visto y aceptado por la Serpiente, conocedora de ambos mundos.

99

Una nueva oleada de energía escarlata recorrió al fantasma de y, desde él, manó hacia los hermanos, quienes, ante la descarga, no pudieron sino encogerse a modo de protección

-Sea –habló el espíritu con una voz diferente-. Por este juramento quedáis atados a su cumplimiento y a su desgracia si lo rompéis. -Dónde estará mi cuerpo? –añadió Jack O’Toole con su voz inicial. -Lo esconderemos aquí –respondió Charles-. Empieza a hacer calor y con la leña que subimos será más que suficiente. Nadie encontrará tu cuerpo ni te molestará. -Ahora desaparece hasta que tengas que cumplir tus mandatos.

El fantasma se disipó en el éter y durante unos segundos, reinó el silencio.

Wilburn indicó a su hermano que el rito había finalizado y que podían borrar todos los símbolos sin problemas. Antes de hacerlo, movieron el cadáver a una esquina, le pusieron una manta encima, levantaron un pequeño muro de leña para ocultarlo y colocaron unas ramas y unos pocos troncos ligeros

100

sobre el muerto para disimularlo mejor. Luego limpiaron el suelo y la pared con unos trapos húmedos; cada uno su sello, Wilburn el símbolo central y Charles los signos de la pared. Ninguno notó nada raro durante el proceso. Acabado todo, se miraron con la sensación de un trabajo bien hecho y que solo quedaba esperar a que el ente se encargara del resto. Sin más, se marcharon a descansar.

Al día siguiente se levantaron casi a la hora de la comida. Ninguno había conseguido descansar bien, presa de extrañas pesadillas. Wilburn comentó a su hermano pequeño que era debido a la energía que ambos habían gastado para la ejecución del conjuro pero que se les pasaría con más descanso. Su padre, según les informó una de las doncellas había dejado recado de que quería hablar con ellos tras la cena, con la consiguiente sorpresa que les produjo. El resto de la jornada transcurrió sin sobresaltos aunque con cierta inquietud por el aviso recibido. ¿Qué tramaría su padre? Cuando llegó su progenitor a la mesa durante la noche, vieron que tenía una extraña mueca en los labios. En otra persona podría haber pasado por una sonrisa pero en él parecía el gesto de un gato a punto de devorar un par de pajarillos incautos. Incluso se permitió hacer una broma a uno de los sirvientes con el consiguiente gesto de incredulidad de este.

101

Ninguno de sus hijos hizo comentario alguno, aunque de vez en cuando intercambiaban miradas de preocupación. Finalizada la cena, les indicó que le acompañaran al porche, hacía buena temperatura y quería hablar con ellos allí. Los tres salieron de la mansión y se sentaron en unas sillas de mimbre entorno a una mesa en la que había indicado que pusieran unas copas y una botella de buen brandy. Sirvió una pequeña cantidad a cada uno y se retrepó en su asiento, inspirando profundamente.

-¿Y bien? –comentó Charles. -¿Os acordáis de Sir Johnatan Harper? –preguntó su padre, con la mirada perdida en los campos que pertenecían a la familia. -¿El abogado? –inquirió con temor creciente Wilburn. -Al menos en tus devaneos sin utilidad no has perdido la memoria. -Es usted muy amable, padre –respondió con sorna el aludido-. ¿Le ha dado recuerdos nuestros? -Mejor aún. Hemos hablado de vosotros. -Para bien, supongo. -Por supuesto, especialmente para el mío-. Wilburn puso una mano sobre el brazo de Charles, que se disponía a levantarse amenazador.

102

-¿Y de qué bien estamos hablando, padre? –continuó el hermano mayor. -De vuestra herencia, por supuesto. ¿No lo imaginabais? Os creía más inteligentes. -¡Oh! Era solo por confirmar. No crea que no hemos pensado en ello. De hecho hemos pensado mucho sobre el asunto. -Me temo que eso es lo único que vais a poder hacer. Hemos encontrado una razón jurídica, basada simplemente en vuestra dejadez con el negocio, en vuestro comportamiento irresponsable, para que no podáis acercaros a él. Dependeréis de mi voluntad. Si no queréis acabar en la calle, que es lo que merecéis desde siempre, tendréis que obedecerme en

absolutamente todo. Va a ser muy divertido, ¿no creéis? -Padre, veo que está hablando en futuro por lo que deduzco que aún no es así y tendremos que pasar por un desagradable juicio que tardará unos días en llevarse a cabo, ¿verdad?replicó Wilburn mientras miraba directamente a su hermano, que al acabar de escuchar su razonamiento cejó en su deseo de saltar sobre su progenitor y estrangularlo allí mismo. En cambio, se vio obligado a contener una carcajada. -¿Qué os resulta tan gracioso? ¿Qué tramáis? –preguntó el hombre, repentinamente inquieto ante el cambio de

comportamiento de sus hijos.

103

-Bueno, usted nos ha querido dar esta sorpresa y, se lo concedo, no lo esperábamos. Ahora bien, espero que a cambio entienda que nos guardemos la que le tenemos reservada. Pero no se altere –prosiguió al ver el ademán furioso de su padre –, muy pronto la recibirá. Casi me da pena que no se lo vayamos a entregar en persona. -No os atreváis a amenazarme –masculló el padre–. Nunca os atreváis a amenazarme –añadió al tiempo que se levantaba de la silla.

Durante unos segundos su mirada cargada de odio se cruzó con la de Wilburn, quien le respondía con un gesto de satisfacción, incrementando así la rabia del hombre. Se giró hacia Charles, que tragó saliva pero consiguió no apartar sus ojos y trató de mostrar frialdad e incluso desprecio. Finalmente, su progenitor se dio la vuelta bruscamente y entró en la mansión con una última amenaza: “Gozaré mientras sufrís.” Cuando cerró la puerta, el hijo mayor dijo para sí: “Lo dudo padre.” Su hermano terminó su bebida de un solo trago y sus pensamientos se perdieron en la noche.

Un grito rompió el silencio del sueño. Todos los habitantes de la casa se despertaron. Los sirvientes acudieron al lugar donde se había originado el escándalo, el dormitorio de ala sur,

104

donde el patriarca descansaba. Lo encontraron incorporado en su cama, pálido, jadeando y con los ojos desmesuradamente abiertos. Farfullaba frases incomprensibles, entre las que solo conseguía entenderse alguna palabra suelta y una frase que repetía cada poco a modo de letanía que le sirviera para librarse de lo que había contemplado: “No era real, no era real.” Charles y Wilburn se encontraban tras el servicio que atendía a su padre. La animadversión entre ellos era conocida y a nadie extrañó que no mostraran más que curiosidad por lo ocurrido sin verdadera preocupación filial. El mayordomo ordenó que prepararan una tisana y la trajeran junto a una jarra de agua y un vaso. Así mismo, sacó a las personas que habían entrado en la estancia. Miró a los jóvenes amos con una súplica en su rostro para que no complicaran las cosas. Ellos respondieron con un leve asentimiento y se encaminaron a sus respectivos cuartos. Antes de entrar se observaron y

comprobaron que ambos tenían una clara sonrisa dibujada en el rostro. Todo funcionaba según lo previsto. Una vez dentro de sus respectivas cámaras, dieron rienda suelta a silenciosas carcajadas y grandes gestos de victoria.

A la mañana siguiente, nadie se atrevía a comentar lo sucedido horas antes. Los hermanos no necesitaban decir nada

105

e incluso se veían obligados a disimular la sonrisa de complacencia. Dos noches, no quedaban más que dos noches. Cuando vieron el aspecto demacrado de su padre durante un instante antes de que este saliera de la gran casa, sintieron una mezcla de orgullo y temor. Este último se debía la conversación del ocaso anterior. ¿Acudiría su progenitor nuevamente a ver a Harper? Esperaban que el hipotético juicio no ocurriera en las cuarenta y ocho horas que los separaban de su misión. Si recibían una citación ese día, podrían surgir preguntas cuando ocurriese la muerte. Por supuesto nadie se imaginaría lo ocurrido pero si surgiera una investigación y encontraran el cadáver de la leñera, tendrían graves problemas. Comentaron que, en cuanto falleciese su padre, se librarían del cuerpo y del espíritu, no podían hacerlo antes, explicó Wilburn, pues el hechizo ataba al espíritu a un lugar y si su cuerpo lo abandonaba, el conjuro perdería efecto. Mientras, dijo Charles, tenían otra noche para gozar. Durante la tarde, tal y como habían temido, un policía se presentó en la mansión con un sobre. Contenía una citación para un juicio en el que ellos tendrían que defender sus derechos para que su padre no se quedara con su herencia. Lo leyeron en la biblioteca, donde dieron orden que no les molestaran. Cuando acabaron la lectura, brindaron; el juicio estaba fijado para tres días más tarde.

106

No tendrían tiempo que perder; la noche posterior a que el fantasma de Jack O’Toole cumpliera su último mandato, sin falta deberían librarse de su cuerpo y permitir que el espíritu pasara definitivamente al otro mundo. Para ello, recitarían una última plegaria de adiós que purificaría al ente de los males cometidos en su estadía entre ambos mundos para no condenarse eternamente y luego lo enterrarían en el bosque cercano. Utilizarían las herramientas del jardinero, depositadas en una pequeña casucha cercana. Con el objetivo de evitar posibles comentarios sobre envenenamientos, decidieron cenar en el pueblo y no ver a su padre. Una botella de vino siguió a otra y luego llegó un coñac en el único restaurante para ellos decente de toda la localidad. Ya era más de medianoche cuando volvieron a la mansión. A su llegada vieron varias luces encendidas, entre ellas la del cuarto de su padre.

-¡Cuánta impaciencia la de nuestro amigo! –exclamó Charles con la alegría del alcohol. -¡Calma hermanito! –le reconvino Wilburn–. Alguien podría pensar que sabemos lo que le sucede a nuestro amadísimo padre.

107

Se miraron y no pudieron evitar soltar al unísono una risotada. Después respiraron profundo, se tranquilizaron y adoptaron una postura de cierta turbación ante el ajetreo de la casa a esas horas intempestivas. Una doncella les informó que al parecer su padre nuevamente había sufrido una terrible pesadilla que lo había afectado profundamente. Se atrevió a conjeturar que muy probablemente tenía alguna relación con la de la noche anterior pues le habían oído preguntar a nadie excepto al aire “¿por qué me persigues?”. Ellos comentaron que iban a adecentarse un poco para presentarse ante su padre y ver cómo se encontraba. Quizá pudieran ayudarle. Tras acicalarse ligeramente en intentar eliminar en la medida de lo posible el aliento espirituoso que les adornaba. Cuando entraron en el dormitorio paterno, solo el mayordomo estaba en la estancia junto a la sombra del que había sido un hombre implacable. En solo dos noches, sus ojos se habían hundido y mostraba una piel macilenta. Notaron cómo el sirviente se tensaba al verlos entrar y Charles le susurró que se tranquilizara, que no pretendían alterar más la situación. El sirviente ya había sido testigo de demasiados enfrentamientos paterno filiales y temía lo que pudiera pasar. Wilburn le ordenó que abandonara el dormitorio pues debían hablar con su padre a solas. Su hermano corroboró la decisión con una

108

pequeña sonrisa tranquilizadora y un asentimiento. Con reticencia, el mayordomo abandonó la estancia.

-¿Habéis sido vosotros? ¿Es esta vuestra sorpresa? –escupió el padre. -¿Quiere seguir adelante con el juicio? –dijo Wilburn, ignorando la pregunta recibida. -Da igual lo que quiera, Will. Nosotros decidimos –cortó Charles, impidiendo cualquier respuesta del enfermo. -¿Es por esa zorra, niñato? ¿Porque no te dejé jugar a ser mayor? –. Una vez más, Wilburn se vio obligado a sujetar a su hermano, quien estaba a punto de abalanzarse con las manos estiradas hacia su padre. -¿Por qué no intenta desquiciarme a mí? –terció el hermano mayor–. Es fácil insultar a quien no ha podido recuperarse de los ataques anteriores. Yo, gracias a esos viajes que usted tanto desprecia, he visto cosas que me han hecho inmune a sus fútiles intentos. Además –continuó tras asegurarse de que su hermano no cometería una nueva estupidez-, no lo veo en condiciones de mantener esa violencia verbal mucho tiempo. No sé si podría aguantar una noche más.

Con una serie de movimientos fluidos y sin darles importancia, metió una mano en el bolsillo y, con su cuerpo

109

tapó la visión de la taza en la que los criados habían traído a su padre una infusión relajante. De su bolsillo sacó una botellita y vació su contenido en el líquido. Cogió la cucharilla y removió el contenido mientras decía:

-Veo que le han traído una tisana. Debería tomarla y descansar porque, como le he dicho, no sé si podría aguantar una noche más. Vámonos Charles, nosotros también debemos dormir. Daré orden para que mañana a primera hora venga a visitarle un médico.

Cuando

salieron,

Wilburn

respondió

a

la

mirada

inquisitiva de su hermano con un susurro: Le he suministrado lo poco que quedaba de la morfina; dormirá hasta bien entrado el día y no molestará. A continuación se dirigió al mayordomo, que esperaba al otro lado el pasillo, y le dijo que llamara a un doctor para que visitara a su padre hacia las nueve de la mañana.

El examen médico dio los resultados que los hermanos esperaban. Si bien el galeno se sorprendió de que su paciente no se hubiera despertado, le tranquilizaba que su respiración fuese regular. Por otro lado, le preocupaba bastante el corazón: los latidos eran débiles y presentaban una cierta arritmia. El

110

reposo era primordial; debían evitar que el paciente recibiera malas noticias o impresiones que pudieran excitarle. Les dejó un calmante suave que debería tomar una hora después de cada comida. Los hermanos le aseguraron que le

administrarían la medicina y que se encargarían de que nadie molestase a su padre el resto del día. Se ocuparían personalmente de asegurar un largo descanso a su padre. Charles, buen conocedor del funcionamiento de las fábricas, acudiría hoy en su lugar al trabajo para evitar cualquier tipo de tensión a su querido padre. Cuando el doctor se marchó, dieron orden al mayordomo de que administrara la medicación sin falta y que nadie, bajo ningún concepto, molestara a su progenitor. Que, ni siquiera, le pasaran llamadas. Ellos no volverían hasta la noche. Wilburn decidió acompañar a su hermano a las oficinas para familiarizarse con su funcionamiento. Aunque pensaba dejar la gestión a Charles, mucho más motivado con controlarlas, si se tuviera que dar el caso de tener que tomar alguna decisión, no le interesaba hacer el ridículo. Además, allí podrían hablar de cualquier asunto sin temor a oídos indeseados. Volvieron a la hora de la cena. Cuando entraron en el comedor, les asombró encontrar ahí a su padre. Ya había empezado a comer, si bien solo le habían servido alguna clase de caldo, que sorbía en silencio. Se sentaron y les sirvieron los

111

platos sin que nadie dijera nada. Con un ademán cansado, aquel ordenó al servicio que se retirara. Se apoyó en el respaldo de la silla y acarició pensativo su barba gris. Los hijos, por su parte, le ignoraron y continuaron cenando.

-Llevo toda la tarde pensando, preguntándome si hemos de cambiar nuestra relación, si no habrá sido todo un terrible error que hemos de corregir. Lo que he visto estas dos noches era real. No una simple pesadilla, sino la muerte en persona. ¿Merece la pena todo esto? ¿Este silencio? ¿Este desprecio? Al final seremos polvo y nadie nos recordará pasado el tiempo. Nadie. -A no ser que nuestras obras sean dignas de ello –continuó tras una pausa–. Y aplastaros lo será. Todos, absolutamente todos, aprenderán que conmigo no se juega. Que mi paciencia es grande y nadie que se atreva a ofenderme estará seguro el resto de su vida. Mientras me quede un hálito de vida trabajaré y me encargaré de quien me ataque o siquiera me moleste. Tenedlo bien claro.

Dicho esto, se levantó con bastante dificultad y abandonó el comedor. Wilburn dejó los cubiertos sobre el mantel y cerró los ojos. Su hermano le vio contraer los labios en un gesto que mezclaba lamento y enfado.

112

-¿Lo lamentas? -Supongo que todos los viajeros somos en parte soñadores. Pensaba en madre, en cómo habría sido todo si ella no hubiera muerto –negó con la cabeza para apartar esos pensamientos–. ¿Un hálito de vida? Unas horas más bien.

Un velo de oscuridad cubrió sus almas, a la espera del toque final al simulacro de padre que tenían.

El nuevo amanecer no trajo sobresaltos. Los hermanos desayunaron solos en la sala de té. Wilburn preguntó sin aparentar preocupación a una camarera si su padre se había despertado. Al recibir una respuesta negativa inquirió si alguien había acudido a comprobar su estado. La mujer le contestó que no lo podría asegurar pero creía que no. De todas formas, en breve llegaría el doctor para asegurarse de si había mejorado. En efecto, media hora más tarde, el médico llegó y sin preámbulos subió a la segunda planta para hacer una revisión exhaustiva a su paciente. Charles tuvo que hacer un esfuerzo para no mostrarse demasiado ansioso por verificar que el espíritu había cumplido la totalidad de sus mandatos. Entró en el amplio dormitorio junto a su hermano, precedidos del

113

doctor y seguidos por el mayordomo y una doncella, quienes abrieron el pesado cortinaje dejando que la luz diurna borrara la penumbra reinante. En cuanto el galeno, aún de pie, observó al enfermo, corrió a su lado temiéndose lo peor. No había respiración. Ambos hermanos permanecían a la expectativa, rígidos y con la mandíbula crispada, y la doncella ahogó un grito. El mayordomo acudió al otro lado del lecho y trató de despertar a su amo. El médico sacó un estetoscopio de su bolsa y lo aplicó en diversos puntos del cuerpo. Al poco lo apartó e hizo un gesto de negación. Todos los presentes agacharon la cabeza. Perdido cada uno en sus cavilaciones, no prestaron atención al sirviente, quien abandonó en silencio la estancia. La ambulancia apenas tardó quince minutos en llegar. La policía unos diez más. El estupor ante la presencia de los dos agentes que llegaron fue generalizado, especialmente en el caso de los hijos del difunto. Hijos y herederos. Un inspector y el agente que lo acompañaba se presentaron ante los nuevos dueños absolutos de la mansión. Aquel les comentó que habían recibido una extraña llamada desde la casa, en la que comentaban las peculiares

circunstancias de la muerte, del ya ex-propietario. Según lo que le habían informado y su propia experiencia, que alguien sufriera unas pesadillas tan terroríficas que le llegaran a

114

producir la muerte, merece, como mínimo, echar un vistazo y hacer alguna pregunta. Charles quiso saber quién les había avisado pues ellos no lo habían hecho. El inspector recorrió con la mirada al servicio, que había acudido al exterior de la mansión azuzado por la curiosidad, y con cierta ironía dijo:

-Supongo que entre viejos caballeros pueden darse extrañas lealtades, independientemente de su clase social, si es que me entienden.

Wilburn giró con parsimonia la cabeza y contempló sin disimulo alguno al mayordomo. La gélida mirada que le dedicó hizo que el sirviente tragara saliva. A continuación, él mismo invitó a los policías a que los acompañaran dentro para charlar tranquilamente. Les hicieron pasar a la biblioteca, donde el inspector pudo admirar algunos de los libros allí guardados. Tras pedir permiso, tomó una copia de un ejemplar sobre jeroglíficos de Champollion y citó algunas frases de memoria ante el asombro y admiración de los hermanos. Confesó que era un apasionado de la historia y cultura del antiguo Egipto aunque lamentablemente sus emolumentos no le permitían visitar la tierra de los faraones. Como añadido, la sombra de guerra que se cernía sobre el continente le hacía dudar más de que pudiera hacerlo en breve período.

115

El interrogatorio posterior fue muy tranquilo, primero se dirigió a uno de los hermanos mientras el otro esperaba y, tras finalizar, realizó las mismas preguntas al otro: asuntos sobre la relación con su padre, dónde estaban las noches en que ocurrieron las pesadillas, si habían notado algo raro en la actitud de su padre, alguna deuda que hubiera salido a la luz, alguna visita extraña... Ninguno de ellos ocultó la tirantez de su relación paterno filial y respondieron lo más sinceramente posible, pues las preguntas no tocaron ningún asunto donde tuvieran que mentir u ocultar parte de la verdad. Al finalizar les comentó que haría alguna pregunta al servicio y les solicitó permiso para echar un vistazo a sus respectivos dormitorios, el procedimiento habitual. Ellos no vieron ningún motivo para negarse y se lo concedieron. Además, añadieron, ellos, a pesar del terrible suceso debían hacerse cargo de su nueva responsabilidad y mientras uno acompañaría al personal sanitario en el traslado del cuerpo de su difunto padre, el otro acudiría a las fábricas para dar la noticia en persona a los trabajadores. Era lo menos que podían hacer. De este modo, los nuevos dueños del pequeño imperio económico de Hastings & Co se encaminaron a sus respectivos propósitos. En el vestíbulo, antes de separarse, Charles musitó a su hermano:

116

-Algo no me gusta Will. No me gusta nada.

Horas más tarde, cuando retornaron de sus cometidos tanto con el papeleo en el hospital y la morgue como en las industrias, El mayordomo les informó de que el inspector había dejado una nota para ellos. La encontrarían en el despacho. Tras agradecérselo con frialdad, Willburn añadió sin emoción: “Por cierto, está despedido.” Ambos hermanos entraron en la sala que servia de pequeña oficina. Las paredes estaban repletas de archivadores y carpetas. Unas estanterías soportaban el peso de manuales de contabilidad y sistemas de producción. Las fabricas, pensó Charles, esas eran sus auténticos hijos. Wilburn tomo el papel doblado que reposaba sobre la mesa y lo hojeó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y comenzó a respirar a grandes bocanadas. A petición de

Charles, le tendió el papel con una mano temblorosa. El hermano pequeño leyó en voz alta:

“Estimado Sr. Hastings,

Revisando sus pertenencias durante el registro anunciado he localizado una extraña caja cilíndrica de madera. En su interior, como sin duda sabrá, había un extraño y

117

sorprendente papiro. Si mis conocimientos de la materia son suficientes, diría que es verdaderamente muy antiguo y no una falsificación, lo que me lleva a preguntarme como se ha hecho usted con el. Dado que otros deberes me reclaman, tengo que volver ya a comisaría. Me llevo el pergamino con su estuche para que venga a verme y hablemos tranquilamente de esto. Supongo –y espero- que no habrá problemas en que demuestre que es el legítimo dueño del mismo.

Mientras tanto avisaré a Scotland Yard para que nos faciliten un experto que determine el origen del mismo.

Atentamente

Winston Fowler, inspector jefe.”

-¿Y ahora? – Preguntó Charles con voz entrecortada tras finalizar la lectura. -Ante todo calma –contestó su hermano-. Mañana a primera hora es el entierro de Padre. Por poco que nos guste, hemos de asistir. Después iremos a hablar con el inspector Fowler.

118

La

noche

transcurrió

casi

para

ambos,

especialmente en el caso de Wilburn pues le habían advertido que era absolutamente necesario liberar al espíritu encadenado según se hubiera acordado en los mandatos. Las consecuencias podrían ser nefastas. Esta vela tuvo algo positivo pues permitió a Wilburn levantarse a tiempo y avisar a su hermano. Normalmente quien se encargaba de esto era el mayordomo pero, dadas las circunstancias de la noche anterior, eso no era posible. Acudieron al cementerio para asistir al entierro. Además de ellos y del oficiante, estaba un representante de la empresa y el mayordomo. Al finalizar la ceremonia, aquel se acercó para dar el pésame mientras que el antiguo sirviente les dedicó una mueca de desdén y se alejó. La visita a la comisaría solo trajo momentos aciagos. El inspector Fowler resultó inamovible en su decisión de esperar el especialista de Londres y realizar una consulta al agregado cultural egipcio para asegurarse de que el papiro no era robado. La actitud nerviosa de Wilburn no ayudó. Charles observaba el extraño comportamiento de su hermano. Ya con la nota le pareció que había reaccionado en exceso pero ahora su nerviosismo resultaba preocupante. En esta ocasión fue él quien tuvo que adelantarse a su hermano para que éste no

119

provocara un incidente. Una vez fuera le preguntó que sucedía. La respuesta lo asustó. Mucho.

Ya estaba atardeciendo cuando volvieron a la mansión; fueron directamente a la leñera. Wilburn deseaba librarse del cuerpo cuanto antes. Envolvieron el cadáver en una sábana, lo sacaron y dejaron la puerta abierta para que desapareciera la peste que anidaba en el almacén. Lo metieron en el maletero del coche y tomaron unas palas de la caseta del jardinero, aprovechando que se encontraba enfermo. Condujeron hacia una zona apartada en el interior del bosque y enterraron allí al marinero. Esperaban que nadie se acercara a ese lugar nunca. Tras cubrir el cuerpo, el mayor de los hermanos pidió silencio a su compañero, cerró los ojos y se concentró en recordar. Tras unos segundos dijo:

-Que los guardianes de Osiris te cuiden en su barca hacia el camino del sol. Todos los mandatos están cumplidos.

Caminaros sin decir palabra hasta el vehículo antes de entrar Charles pregunto:

-¿Ya está? ¿Se acabó? -Ojalá.

120

-¿Perdón? -Si la fórmula de cierre y liberación que he recitado es la correcta, si. En caso contrario… -tragó saliva –ya sabes. -Dios mío. -No creo que Dios nos esté aplaudiendo ahora mismo. Volvamos a casa.

Prácticamente no probaron bocado durante la cena. Sus pensamientos estaban cubiertos por nubes de tormenta y temporales que los agitaban y no les permitían tranquilizarse. La noche tampoco era la más propicia. En el exterior, acorde con sus mentes, el clima era desapacible. Si bien no llovía, se había levantado un fuerte viento que llenaba el aire alrededor de la casa con sonidos ululantes y crujidos de ramas. Un fuerte golpe lo sobresaltó y uno de ellos murmuró: “La puerta de la leñera.”

Las nubes cubrían con un espeso manto la bóveda celeste y la vista del mar desde las ventanas que deban a la cara del acantilado era una gran mancha negra que se retorcía bajo el embate del agitado aire nocturno.

-¿DÓNDE ESTÁ?

121

Un aullido desgarró la madrugada. Charles fue el primero en llegar al dormitorio de su hermano. Este estaba incorporado en su lecho, con los ojos perdidos en el infinito y la boca abierta y rígida. Jadeaba ostensiblemente. Giró la cabeza y trató de decir algo. No hacia falta. Su hermano sabía qué había pasado. Dijo a los sirvientes que se habían acercado que no pasaba nada, que el señorito Wilburn había tenido una pesadilla. Mientras se retiraban pudo ver sus rostros. No le creían, incluso uno susurró algo, más alto de lo que pretendía: “Están malditos. Y este sitio también.” Charles cerró la puerta tras de sí y se sentó en una butaca junto a la cama de su hermano, quien había comenzado a sollozar en silencio. Aquel se balanceaba nervioso y asustado, se pasaba la mano por los cabellos y se mordía el labio inferior.

-¿Se ha ido? –preguntó-. Wilburn asintió en silencio. –Hay algo que no entiendo –prosiguió Charles-. ¿Por qué a mí no me ha... visitado? Estuve allí contigo; dijiste claramente que los dos participábamos en el conjuro. No lo entiendo... ¡Un momento! –Una idea terrible se abrió paso en su cabeza-. No rompiste el sello, ¿verdad? –Wilburn lo miró con extrañeza-. ¡Piensa, maldita sea! En la leñera, durante el rito. ¿Rompiste el sello de protección?

122

-N-n-no, no lo sé –respondió aterrorizado su hermano.

Tras una breve pausa, Charles se incorporó y ordenó a Wilburn que se vistiera. Se iban de allí antes de que fuera demasiado tarde. Comenzó a abrir los cajones del aparador del dormitorio. De súbito, una fuerte ráfaga de viento separó con violencia las hojas de las ventanas de la habitación. El choque contra la pared las quebró y el suelo próximo se regó de esquirlas punzantes. Estas, en lugar de permanecer allí, comenzaron a temblar y a elevarse. Los dos hombres estaban paralizados por el terror. Los fragmentos parecían agruparse alrededor de algo.

-O’Toole –murmuró Charles.

La forma incorpórea

del marino asesinado los contemplaba. Su rostro estaba deformado por el odio y la locura de la muerte. Su boca mostraba unos colmillos que rezumaban una sustancia etérea. Sus ojos refulgían con una oscuridad devoradora y ansiosa de vida. -¿Dónde está? –preguntó con una voz de ultratumba que se clavó como un estilete ardiente en el cerebro de Wilburn, quien se agarró la cabeza con expresión de sufrimiento. Su hermano no se vio afectado por el dolor y se encaró con el ente.

123

-¡Déjalo en paz! ¡¿Me oyes?! ¡Déjalo en paz! –Los ojos del espíritu brillaron endurecidos como si en su interior reinase una pulida obsidiana. Sus manos se convirtieron en garras y se abalanzó sobre Charles con un nuevo grito: ¡¿DÓNDE ESTÁ?!

El ataque se detuvo en el aire, a pocos centímetros del cuerpo de su invocador. La esencia del espíritu parecía disolverse, los cristales que acompañaban al ser cayeron nuevamente al suelo. Un chillido desgarrador brotó de su voz sin sonido y comenzó a girar como un torbellino. El aire a su alrededor se revolvía en su giro, agitando las cortinas, la ropa de los hermanos e incluso hacía temblar los muebles del dormitorio. Poco a poco se fue hundiendo en el suelo hasta desaparecer. El silencio que acompañó su marcha solo se rompía por el continuo ulular del viento entre las ramas del bosque, similares a un canto fúnebre por el muerto enterrado entre los árboles. Charles parpadeó liberándose del influjo del pavor que sentía. Si bien las garras del ser no le habían rozado, la visión de cómo se acercaban buscando su cara sin duda le acompañaría el resto de su vida. Contempló a su hermano. Estaba en el suelo, hecho un ovillo; las lágrimas corrían por su rostro y sus manos se aferraban a ambos lados de su cabeza, intentando tapar un sonido que nuca se había producido.

124

Wilburn –pensó Charles-, su hermano mayor; Will, quien siempre había cuidado de él y había sido su modelo a pesar de sus diferencias en el carácter. Nunca le había dicho gracias. Era hora de devolverle todos los favores. Se arrodilló junto a él y musitó palabras de consuelo. Le agarró por un brazo y le ayudó a incorporarse. Lo sentó en la cama y, cuando se disponía a continuar preparando las cosas de su hermano, oyó unos golpes en la puerta. Abrió una rendija y vio al otro lado, enmarcado por la luz de un candil, el rostro asustado de una de las sirvientas.

-¿Están los señoritos bien? -preguntó con voz trémula. -No es nada grave pero, por favor, vaya a mi cuarto y prepare mi equipaje. Avise a alguien más si necesita ayuda. -Sobre eso… -comenzó la joven. -¿Sí? -Se han marchado, amo Charles. Están todos muy asustados. Creen que está casa está maldita. -De acuerdo –dijo Charles tras resoplar-. Haga lo que le he pedido y luego váyase si lo desea. Me pondré en contacto con usted más adelante.

El hombre cerró la puerta y continuó con su cometido. Wilburn permanecía sentado sobre la cama, con los ojos y la

125

boca abiertos. Cada poco inhalaba aire como si se estuviera ahogando. Su hermano, mientras, había sacado una bolsa de viaje y guardaba apresuradamente ropa. Describía sus acciones en voz alta con la intención de sacarlo de ese estado de trance originado por los gritos del marino, muerto por sus manos y revivido por sus palabras. Cerró los broches y las correas del equipaje improvisado. Faltaban cosas pero ya volvería él por ellas. Se acuclilló frente a su hermano mayor y le dijo que le acompañara a su cuarto para coger su maleta y poder marcharse de allí. Como no reaccionó, lo zarandeó al tiempo que le impelió a que se moviera. El contacto físico devolvió a la realidad a Wilburn, quien actuó como si despertase de una pesadilla

repentinamente. Salieron de la estancia y, temerosos, caminaron por el pasillo hasta el dormitorio de Charles. La puerta estaba abierta. Se asomaron despacio, previniendo un posible ataque de la aparición y no vieron sino una maleta cerrada sobre la cama. El dueño de la habitación entró y sin entretenerse cogió el equipaje y salió. Un fuerte ruido arrancó un audible “¡No!” de la garganta de Wilburn y ambos hombres soltaron sus bultos al suelo y contuvieron el aliento. Fue el menor de ellos quien, con voz tímida comenzó a llamar a la doncella pues no sabía si se había

126

marchado tras finalizar lo que le había ordenado. De nuevo el ruido. Era un fuerte golpe en la planta baja. Muy lentamente Charles se asomó por la barandilla y contempló el origen del sonido. La gran puerta de doble hoja de la entrada había quedado abierta y el infatigable viento la zarandeaba con fuerza hacia dentro y hacia fuera, haciéndola chocar con la pared de modo tan violento que retumbaba todo el interior de la casa.

-¡Vamos! –apremió Charles y los dos salvaron la distancia que mediaba entre el corredor y el inicio de las escaleras.

Estaban a la mitad del tramo de peldaños cuando el siguiente escalón que iban a pisar se astilló bruscamente y de su interior surgió una garra fantasmal. Debido al ímpetu, Wilburn no se detuvo a tiempo y chocó con la espalda de su hermano, que iba más adelantado. Ambos tropezaron y se vencieron hacia delante. El contacto del cuerpo de Charles con el ser produjo que este se deshiciera, lo que causó un temblor en todo el entramado de madera de la mansión. El poco equilibrio que pudiera restar en ellos desapareció y rodaron, equipaje incluido, hasta el final de la escalera. Magullados, a duras penas, se incorporaron. A pocos metros se abría el hueco de la gran puerta principal. Corrían

127

hacia ellas a trompicones cuando vieron cómo se cerraban de golpe. Desesperado, Wilburn apartó a su hermano y se lanzó contra la entrada. Por más fuerza que hacía no lograba girar el tirador. Algo lo retenía en su posición inicial. Una risa hueca hizo que volviera la cabeza. Jack O’Toole bajaba lentamente una de las escaleras laterales y los observaba divertido. Su cuerpo parecía más sólido y, de cuando en cuando, algo parecía recorrer el interior de su piel, algo similar a una serpiente. -No podéis salir. He hecho un pequeño trato hace un momento con un nuevo amigo y me permite quedarme aquí… entre otras cosas. Es muy hábil averiguando qué desean otros. Él sabe que os quiero a vosotros. A cambio he de dejar que juegue con vuestras almas. No me importa. Yo solo quiero vuestras malditas vidas. Por cierto, vuestro padre os manda recuerdos.

Los dos hombres contemplaron horrorizados cómo el ser se acercaba a ellos. Sentían que sus piernas pasaban toneladas y que sus voces no le respondían. Estaban totalmente paralizados. El espíritu se acercó a Charles y le susurró:

-¿Sorprendido? Un regalito de mi nuevo amigo. Me ocuparé de ti poco a poco. Aún necesito algo más de tiempo

128

para poder divertirme contigo, bastardo. Me conformaré con que primero mires.

Seguidamente se colocó al lado de Wilburn. Sacó la lengua, una lengua larga de bordes serrados. La pasó por el rostro de su víctima y la piel humeó con su contacto. Un hilo de sangre manó de la mejilla del hombre, que hubiera gritado con todas sus fuerzas pero se le mantenía negada la voz. Nuevas heridas por toda la cara nacieron tras cada roce. A continuación, las largas zarpas del fantasma arañaron el torso, los brazos, la espalda, las piernas… Charles se sentía completamente impotente ante la tortura que sufría su hermano. Parte de él solo quería que todo acabara, que matara a Wilburn y luego acabara sin tardanza con él, abrazar la

muerte y pagar por lo que habían hecho. Hundirse en el olvido. Sin embargo, otra parte rezumaba odio e ira y luchaba contra el deseo del descanso y la dejadez. El ente se puso nuevamente frente a Wilburn y le sonrió. Levantó una mano y le señaló con un dedo afilado como una cuchilla. La uña etérea y real al tiempo se alargaba despacio en dirección a uno de los ojos del hombre inmovilizado. Pulgada a pulgada. Charles temblaba. La punta de la garra acarició el globo ocular. Charles apretó los párpados. El espíritu empujó

129

la mano y el interior del ojo se escurrió por la zarpa. Charles cayó en la cuenta.

Se podía mover. La ira había ganado la confrontación.

Con un súbito impulso se abalanzó sobre el monstruo llamado Jack O’Toole. Este consiguió apartarse para que no le golpeara de lleno pero no pudo evitar que lo tocara en un brazo, que acto seguido comenzó a desaparecer. El ente sabía que no tenía más que unos segundos antes de desaparecer. No los desaprovechó. Charles contempló cómo cinco dagas asomaban del pecho de Wilburn justo antes de desaparecer. El cuerpo inerte del hombre cayó al suelo con un golpe sordo. Su hermano corrió hacia él e intentó reanimarlo. No pudo. Lo abrazó en silencio durante largo rato. Finalmente levantó la cabeza y miró a su alrededor. Vio sangre en el suelo, vio un escalón roto, vio alguna madera quebrada, vio la locura en los ojos de un muerto. No vio un hogar. Para nadie. Y lloró.

-¿Y ahora cómo arreglamos esto? ¿Eh, Will? ¿Cómo?

130

Notó una vibración en el aire. Apretó con fuerza los dientes, depositó con suavidad la cabeza de su hermano en el suelo y se levantó.

-¿Te gusta la casa, malnacido? ¡Pues quédatela! –gritó hacia lo alto de la mansión.

Se giró y encaminó hacia la puerta. Al intentar abrirla ofreció algo de resistencia pero acabó cediendo al poder del sello de protección. Levantó el cadáver de su hermano y atravesó el umbral. Con cuidado depositó a Wilburn frente a la casa. Mecánicamente volvió al interior para sacar los equipajes. No podía permitir que su compañero, amigo y tutor fuera enterrado con el traje de otro. Lo vio allí, en lo alto de la escalinata central. Mantuvieron las miradas unos segundos. Entonces Charles empezó a reír. No sabía por qué y no le importaba. Quizá se reía de sí mismo. Cogió la bolsa y la maleta y salió de nuevo. Colocó el equipaje de su hermano al lado de este y lo abrió. Sí, allí estaba. Recordaba que lo había guardado: el mechero que le había regalado hacía unos años, tras la Gran Guerra. Tenía grabado el escudo de Su Majestad. Bajó a la leñera, agarró unas cuantas ramas secas y un tronco. Volvió a la entrada. Prendió las ramas con el mechero

131

y, con el madero, rompió varios ventanales. Incendió las cortinas y lanzó el tronco, también en llamas, al interior. El fuego no tardó en extenderse por toda la mansión, avivado por el viento. La edificación entera pareció cobrar vida a medida que el fuego la devoraba. Crujidos y chasquidos se asemejaban a lamentos y gañidos de una bestia malherida. Por encima de todos ellos, cuando las lenguas ardientes ya lamían con fruición la estructura de la casa, un rugido atronó durante unos segundos. Sobre el tejado asomó un gigantesco rostro, deformado y lleno de odio. -Padre –acertó a pronunciar el joven. El rostro desapareció y la mansión Hastings se colapsó y desmoronó.

Charles observó mudo a Wilburn y trató de ver más allá de sus ojos, que ya contemplaban otras tierras. Se agachó y los cerró. -Espero que Osiris te haga sitio en su barca y que la venganza de Set no te alcance.

Dio la espalda a todo y se internó en el bosque.

132

Comenzaba la tarde. Con las manos en los bolsillos, el anciano contemplaba la verja. Estaba oxidada por la falta de cuidado. Hacía tiempo que nadie se ocupaba de ella y el dinero necesario se dirigía a otras cosas. Movió la cabeza lamentando la desidia de sus primos. Por otra parte le venía bien pues la cerradura estaba rota y podía abrir la reja. La movió y entró en el mausoleo. Penetró en la quietud, rota solo en las ocasiones que entraba a compartir sus pensamientos con los muertos. Contempló los tres ataúdes. Escupió al de en medio al igual que siempre hacía y miró con respeto y devoción al de su derecha. Por último, se colocó frente al restante con las manos apoyadas sobre la tapa, que crujió levemente bajo la presión. -Hola Will. Solo me he pasado un momento para contarte algo que me inquieta. Esta mañana he visto unos camiones dirigirse a casa. No he podido ver a quién pertenecían pero una racha de viento ha movido una lona y he visto el interior de la cajonera. Ladrillos y sacos de cemento. La van a reconstruir, Will. La van a reconstruir.

133

Madrid, Donosti, Junio 2009

134

Continue Reading

You'll Also Like

19.9K 2.9K 21
En el año 209 d.C., en el castillo de Vado Ceniza, la Casa Targaryen enfrenta una crisis que nadie vio venir. Valarr Targaryen, alfa y heredero al Tr...
15.6K 3.2K 9
𝐂𝐚𝐮𝐬𝐞 𝐞𝐯𝐞𝐫𝐲𝐨𝐧𝐞 𝐢𝐬 𝐠𝐨𝐧𝐧𝐚 𝐠𝐞𝐭 𝐭𝐡𝐞𝐢𝐫 𝐜𝐡𝐚𝐧𝐜𝐞 𝐓𝐡𝐞𝐲 𝐬𝐚𝐢𝐝 𝐭𝐡𝐚𝐭 𝐛𝐞𝐢𝐧𝐠 𝐟𝐫𝐨𝐦 𝐭𝐡𝐞 𝐈𝐬𝐥𝐞 𝐰𝐚𝐬 𝐛�...
430K 18.5K 50
Tener un futuro planeado, un destino claro y llevar una vida meticulosamente calculada no siempre evita que, de repente, te enamores. Rhue Volkova es...
87.6K 9K 33
Jungkook, un alfa fuera de lo convencional es el blanco de burlas por sus gestos aniñados y comportamiento dócil característico de un Omega.Sereno e...
Wattpad App - Unlock exclusive features