Acosador

By raquel_hipo

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Héctor está enamorado, o mejor dicho: obsesionado. Héctor está empezando a perder la cabeza por completo, y y... More

Cristina
Tal vez
Marcos
Tania
Recuerdos
Héctor
Cristina
No pudo ser
Epílogo

Héctor

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By raquel_hipo

Héctor se despertó con el pitido insistente de su alarma. Se incorporó sobre la cama y de un toque en la pantalla de su móvil apagó la alarma que sonaba, como todos los días, a las ocho en punto. Héctor tenía un horario muy estricto, siempre hacía lo mismo, sin poder saltarse ni un solo paso en su rutina. Se levantó rápidamente e hizo la cama colocando la colcha de mala manera sobre el colchón. Luego abrió una de las puertas de su armario y se quedó de pie observando aquel corcho que había pegado, no hacía mucho tiempo, con cola en la parte interna de la puerta. Estuvo mirando aquellas fotos pinchadas, vestido solamente con unos calzoncillos, durante algunos minutos, como si fuesen a cobrar vida, como si les fuesen a contar el secreto más grande del mundo. Cuando creyó que ya había pasado suficiente tiempo abrió la otra puerta donde se encontraba otra tira de corcho con más fotos, todas de la misma persona, la mayoría en la calle de Héctor, algunas en el instituto, otras en sitios más extraños; los tesoros de Héctor. Eran sus favoritas porque era menos probable que se encontrasen en aquellos lugares, más inesperado. Recordaba perfectamente el día en el que había tomado cada foto, todo lo que ella había hecho antes y después de que hubiese sonado un clic desde su cámara, cada gesto, cada paso, cada movimiento, todo.

Héctor siempre había sido muy observador. Desde pequeño había estado obsesionado con el control y el orden, quería saber muchas cosas, quería saberlo todo sobre lo que le rodeaba. Quería conocer a las personas de su entorno sin tener que acercarse a ellos, sin tener que llegar a conocerlos, así que Héctor empezó a analizar a la gente. No tardó mucho en aprender, le gustaba observar y estudiar gestos, miradas, tonos de voz... Pronto descubrió que estudiar el lenguaje corporal era de las pocas cosas que se le daban bien; pero en aquello no había nadie que le ganase. Era muy difícil escapar de sus miradas, y más aún, conseguir esconderte de él, formar una especie de barrera para que de una mirada no lo supiese todo sobre ti. Eso era prácticamente imposible. Así que de un vistazo conocía a las personas, sin tener que hablar, sin tener que tardar años para conocerlas bien del todo, sin tener que ganarse su confianza; para él era simple, entretenido, casi un juego. A Héctor le gustaba jugar a descubrir los secretos de la gente antes que nadie, así tenía el control, y podía entender todas las cosas que pasaban a partir de eso, aunque luego no fuese a hacer nada con aquella información, él sabía las cosas, comprendía todo, y eso lo hacía sentirse bien consigo mismo, completo.

Héctor había pasado toda la secundaria sin encontrar mayor problema que los estudios. En su instituto público había muchos estudiantes, y cada año llegaba más y más gente, para él, aburrirse era muy difícil. En las clases no siempre estaba con las mismas personas, con lo cual siempre podía distraerse descubriendo cosas nuevas sobre ellos, o enterándose de todo lo que les ocurría a sus compañeros. Uno de sus juegos favoritos era el de adivinar lo que iba a pasar antes de que ocurriese nada, sobretodo le gustaba porque siempre ganaba. Siempre suponía el final de una serie de mentiras que tenían lugar durante meses, casi siempre acertaba, o se quedaba muy cerca del resultado final. Héctor tenía buena memoria, por eso no necesitaba anotar las cosas que iba descubriendo en ninguna parte, tenía sus propios archivos en la cabeza, sus listas sobre todas las personas que iba conociendo. Lo más complicado para él eran los nombres, sabía algunos de la gente que iba a su clase, y de personas que escuchaba por los pasillos, pero cuando se trataba de gente de otros cursos, Héctor usaba su propio sistema para nombrarlos: sus secretos. Así usaba lo que descubría al verlos para llamarlos en su mente sin confundir a las personas ni mezclarlas con otros asuntos, y además sin olvidarse de la información. A Héctor le gustaba sentarse en la cafetería, en una mesa pequeña estratégicamente situada para tener una vista completa de todas las personas que se encontraban allí, y así podía saber todo lo que pasaba, mantenerse al día.

Antes he mencionado que escapar del análisis de Héctor era prácticamente imposible, y lo hubiera sido, si Cristina Hernández no hubiese aparecido. Llevaba mucho tiempo en aquel instituto, en el mismo curso que Héctor, pero había elegido otra rama de estudios distinta, y nunca habían coincidido. Pero unos meses más tarde de que empezase el curso, había decidido cambiarse, y sin dar más explicaciones, habían acabado en la misma clase. Héctor no le había dado mayor importancia, sabía que tendría tiempo de sobra de descubrir cosas sobre ella. Pero pronto se dio cuenta de que esta vez no le iba a resultar tan fácil como de costumbre. Al cabo de una semana de tener a Cristina en su clase, ya se comenzó a desesperar, sabía que tenía algo diferente. Se sentaba en la última fila y no solía intercambiar más de dos palabras con nadie. Simplemente estaba atenta de las clases, y a la vez tenía la cabeza perdida en su mundo, en sus cosas. Cuando salía de clase se reunía con algunos de sus amigos, y parecía otra persona completamente distinta, alguien alegre, charlatana, siempre en medio de todas las cosas que pasaban, y aún entonces, Héctor sentía que su mente seguía vagando en aquel mundo formado en su cabeza. Eso era de lo que tenía miedo, podía descubrir mil cosas sobre ella, estudiar lo que le pasaba, lo que hacía, pero en su mirada siempre encontraba aquella puerta entreabierta, que le dejaba ver que nunca estaba del todo donde estaba, que siempre estaba en su mundo, y al que Héctor jamás podría acceder.

Cristina consiguió que Héctor no tuviese el control sobre algo, que no lo supiese todo sobre todos, y eso a él le fascinaba. Le fascinaba observar por aquella rendija que la chica dejaba abierta al mundo, aquella pequeña brecha que dejaba entreabierta, esperando a que alguien tuviese la fuerza suficiente de empujar y entrar, Héctor sabía que nadie se atrevía, y que probablemente nadie se diese cuenta de que allí estaba esa puerta, y de que Cristina estaba esperando, que deseaba que alguien entrase, quería que alguien viese todo lo que llevaba dentro. Pronto él dejó de interesarse por el resto de las personas, por el resto de cotilleos, dejó de jugar a averiguar el futuro de las personas, de observar a todos y de inventarse nombres, a Héctor le interesaba averiguar lo que Cristina escondía detrás de todas aquellas miradas perdidas. Y así fue como comenzó a pasar el tiempo pensando en ella.

Héctor ya se había vestido y cerrado el armario, escondiendo todas aquellas fotos del resto del mundo, de toda la gente que no se merecía verlas, de todos los que pudieran tacharlo de loco. Él ya sabía que estaba desarrollando un problema, pero no podía evitarlo. Un mes más tarde de conocer a aquella chica tan misteriosa, Héctor la encontró pasando por su calle. Obviamente no se hablaron, ni se cruzaron, ni se miraron, simplemente fue una coincidencia, él miraba por la ventana de su habitación de casualidad, y ella iba de camino a su casa. Y al día siguiente ocurrió lo mismo cuando él fue a abrir la ventana por la mañana antes de ir a clase, ella pasaba por delante de su casa todos los días a la misma hora, y sin darse cuenta él comenzó a desarrollar la manía de estar en el sitio adecuado en el momento justo. Al principio trataba de decirse que no era nada, que simplemente descubriría lo que quería saber, que saciaría su curiosidad y luego todo volvería a la normalidad.

Tal vez lo hubiera hecho, pero a principios de noviembre tuvieron que realizar un proyecto juntos. No era gran cosa, pero de todas maneras tuvieron que pasar toda la semana trabajando juntos en las clases, y el viernes salieron juntos a acabarlo definitivamente para poder entregarlo el lunes. Quedaron en un parque, Cristina había dicho que prefería los exteriores y que aquel era un lugar muy tranquilo. Estuvieron toda la tarde juntos, simplemente trabajando, pero hacía mucho tiempo que Héctor no pasaba tiempo con nadie. Si le hubieras preguntado a él, jamás lo hubiera admitido, pero en el fondo lo echaba de menos. Sobretodo la parte en la que hablaba la otra persona, en la que no tenía que poner él mismo todo el empeño por saber cosas sobre ella, y en la que esa persona le contó sus cosas, que ella le hablase. Le gustó que Cristina siguiese hablando un rato después de terminar el trabajo. Los dos se habían sentado en un banco y observaban el camino que llevaba a la salida, cada uno con su mochila sobre las piernas, dejando que la gente pasase sin prestarles atención.

- No es tan complicado, ¿sabes?- dijo ella cerrando la tapa de su portátil después de esperar en silencio a que se apagase y el motor dejase de sonar.

Héctor guardó silencio después de sus palabras sin llegar a mirarla en ningún momento. Como ya he dicho, hacía mucho tiempo que él no hablaba con nadie, había perdido todo conocimiento sobre cómo mantener una conversación, o sobre cómo interpretar las palabras de las personas. Puede que Cristina lo supiese, y por eso hubiera elegido hablar con él sobre el tema, en vez de con cualquier otra persona. Tal vez no tuviese ni idea de las horas que Héctor había invertido pensando en ella, tratando de descubrir lo que escondía su mirada.

- La gente se cree que soy muy complicada, o... o que tengo una doble cara,- dijo suspirando mirando hacia el frente. No parecía interesada en la reacción de él, que seguía en silencio mirando al mismo lugar que ella. Los dos parecían esperar a que pasase algo más grande.- Pero no lo soy, no es difícil conocerme, y... no es difícil entender por qué hago lo que hago, al fin y al cabo todos actuamos por el mismo instinto básico: supervivencia.

Después se volvieron a quedar en silencio largo rato, pero tampoco fue ese el día en el que Dios hizo una aparición divina, nada grande sucedió delante de ellos. Tal vez Dios esperase que dijeran algo más, que Héctor comenzase una conversación, o que siguiese la que Cristina había dejado en el aire, pero no lo hizo. Nunca sabremos si eso lo hubiese solucionado, si todo lo que ocurrió después de que los dos enmudecieran hubiera cambiado, pero parece que Dios tampoco quiso interponerse, ¿y quiénes son ellos para llevarle la contraria?

- Me voy a casa,- dijo Cristina finalmente cuando una parte de ella volvió a la realidad, y lo miró esperando a que le dijese si volvía con ella o si se quedaba, pero Héctor negó. Tal vez tuvo miedo de que ella supiese donde vivía, de que de alguna manera no pudiese volver a asomarse a su ventana. Tal vez por eso no habló, porque podía mandarlo todo a la mierda, porque luego tal vez se hiciesen amigos, luego tal vez se enamorarían, tal vez estarían juntos, y luego él podría cagarla, o tal vez ella podría cagarla, y luego se odiarían, y él no podría volver a verla igual, y todo el misterio que rodeaba a Cristina Hernández desaparecería, y ella le cerraría la puerta, que siempre dejaba entreabierta, en las narices, y él tendría que volver a observar a personas que le daban igual, porque solo ella le importaba.- Tú tampoco eres tan complicado, Héctor.

Y Cristina le sonrió y se fue. Lo más seguro es que Héctor se enamorase de ella aquella tarde, puede que fuera mientras ambos esperaban ver la figura de Dios ante ellos, o mientras ella hablaba sobre sí misma, o simplemente mientras veía como su figura se alejaba abandonando el parque. O tal vez todo ocurriese mucho antes. De todas formas Héctor volvió a su casa aquella tarde con algo distinto dentro de él. En algún momento las palabras de Cristina le habían afectado. Se metió en la cama como solía hacer de costumbre, pero se sentía extraño, como si algo no encajase, algo estaba fuera de lugar y no sabía el qué. Ya os he dicho que Cristina conseguía que Héctor perdiese el control, y eso lo sacaba de sus casillas. Fuese como fuese, a la mañana siguiente él sacó la primera foto. Y era de aquel momento del que se acordaba aquel día meses más tardes, siempre se acordaba de aquel primer día.

Cuando Cristina abandonó la calle, Héctor siguió con su habitual rutina, la cual había adaptado después de todas las cosas que había ido averiguando sobre la chica. Cogió su mochila ya preparada y se la colocó al hombro antes de abrir la puerta de su habitación y caminar hasta la cocina. Sus padres estaban sentados en la mesa uno frente al otro absortos en sus respectivos periódicos cada uno. Héctor cogió una taza, la llenó de leche y la metió en el microondas esperando delante mientras este emitía un suave zumbido y la taza no dejaba de girar dentro. Sus padres no levantaron la cabeza en ningún momento, cada uno con una taza de café seguían leyendo en completo silencio, mientras Héctor armaba demasiado jaleo incluso bebiéndose el contenido de la taza. No fue hasta que su hijo emprendió la salida hacia el instituto que ambos reaccionaron pasando la página a la vez y siguieron leyendo.

Héctor llegó temprano al instituto, como solía hacerlo. Caminó lento por los pasillos observando superficialmente a todos los alumnos, tratando de averiguar lo máximo en el menor tiempo posible. Simplemente trataba de mantenerse informado, pero no eran cosas que realmente le importasen. Dio varias vueltas al instituto observando todo, a la gente pasar por su lado, algunos con prisa y nerviosos, otros calmados o adormilados. Cada uno de ellos tenía sus pensamientos, eso era lo que más fascinaba a Héctor, que todos tenían sus cosas, sus vidas, sus propios pensamientos a los que nada ni nadie tenía acceso. Cierto es que él podía intuir las cosas de un vistazo, hacerse a la idea de lo que le ocurría a cada persona, pero no lo sabía todo, nadie más aparte de ellos podría saberlo. Y entonces entró en su clase, y Cristina allí sentada se giró al escucharlo. Aquella mirada llena de millones de cosas, emociones. Para él había algo distinto en aquella cabeza, algo más que pensamientos, otro universo lleno de vida. Ella sonrió, como solía hacerlo cada vez que le veía, él se fue a su asiento y contempló la pizarra donde escasos minutos después se situó el profesor. Héctor había encontrado la manera de poder observar los movimientos de Cristina sin que nadie se diese cuenta. Vigilaba de vez en cuando de refilón, y solía girar la silla unos milímetros que se lo ponían todo más fácil.

Al principio Héctor tenía miedo. Sobretodo el mes de diciembre. No quería que nadie se diese cuenta porque podrían decirle algo a ella, algo que la espantaría para siempre; o tal vez podrían decirle algo a él, y eso lo haría real. Porque para Héctor aquello no era real, su vida no era real. Aquella rutina que había adoptado no formaba una parte de su vida, eso era otra cosa. Dentro de su mente no hacía nada malo, dentro de su mente no acosaba a Cristina, para él todo seguía dentro de su juego de averiguar como terminaría todo aquel enredo. Por eso tenía que pasar desapercibido, por eso nadie podía saberlo, porque de esa forma nada sería real, y él sería normal, él no habría hecho nada malo.

Cristina iba a salir aquella noche. Héctor se había enterado a la salida de clase mientras cogía algunas cosas de su taquilla. Algunos de sus amigos había pasado por su lado y habían acordado los últimos detalles. A Héctor nunca le habían gustado sus amigos. Hablaban demasiado y no tenían vidas interesantes. No parecían encajar con ella. A ellos los había comprendido desde el primer momento, de un solo vistazo ya lo había descubierto todo, sin que tuvieran que abrir la boca. Eran personas simples que nunca llegarían a destacar. Pero claro está, él nunca había dicho nada a nadie. Nunca había hablado con ellos y no pensaba hacerlo jamás, pero sí es cierto que había estado tentado a hacerlo en ciertas ocasiones, después de que uno de ellos, Marcos, saliera con Cristina un par de veces. Héctor los había seguido una vez, cuando de casualidad se enteró de todos los detalles en el baño del instituto, resulta que Héctor siempre estaba en los sitios en el momento justo, (y ya no puedo decir con certeza que fuese todo mera casualidad), pero nada había salido bien. Al día siguiente pareció que ya todo había terminado, y entonces Héctor volvió a quedarse a un margen de las cosas, volvió a aquello que mejor se le daba: observar.

Cuando llegó a su casa al mediodía, estaba completamente solo. Entró en su habitación y dejó su mochila en la silla acercándose a la ventana y mirando la calle, desolada. Sonrió. Eso significaba que había salido a correr, o que había pasado por el super. Héctor se la había encontrado varias veces en el que quedaba en la esquina de su calle, pero se había escondido antes de que ella lo viese, y desde alguna esquina había sacado una foto de ella en la cola, o delante de las neveras, que más tarde había añadido a su colección. Entonces él se sentó y sacó algunos libros, comenzando a escribir en varias hojas y poniéndose al día en todos los asuntos de clase. Más tarde alargó el brazo hacia su cámara y cogiéndola entre ambas manos se acercó a la ventana. Cristina paseaba con los cascos puestos y una barra de pan en la mano por la calle de enfrente, como solía hacer. Parecía que venía de la biblioteca y miraba al frente, como siempre hacía. Héctor dejó que sus dedos recorriesen la parte superior de la cámara con total inconsciencia hasta palpar el botón grande de la derecha. No le hizo falta mirar la pantalla para asegurarse de que saliera bien encuadrada, y dejó que el clic sonase inundando su habitación.

Héctor esperó a que Cristina abandonase su campo de visión y luego abrió la ventana para dejar que el aire fresco de la tarde entrase en su cuarto. Ya casi era de noche, y dentro de una hora y media aproximadamente, ella volvería a pasar por delante de su ventana, y no volvería hasta la madrugada. Héctor se acercó a su ordenador y esperó pacientemente a que se encendiese. Era una persona paciente, había tenido que aprender a serlo. Había tenido que acabar por comprender que las personas no son relojes perfectamente programados, y que a veces iba a tener que esperar a que Cristina apareciese, porque no siempre iba a llevar un horario perfectamente regular todos los días. Cuando estuvo listo puso algo de música y se tumbó en su cama, dejando que pasase el tiempo, escuchando la música en completo silencio.

En un momento dado se levantó de la cama y abrió ambas puertas de su armario, y se sentó en el suelo, observando todo. Solía hacerlo, solía estudiar todas aquellas fotografías. Se seguía repitiendo que todo aquello acabaría, que descubriría todo aquel misterio y lo dejaría, pero cada vez que se acercaba a algo, se repetía que no podía ser eso, y lo olvidaba. Por eso sacaba tantas fotografías, para comprobar si algo cambiaba. Pero todo seguía igual, la puerta nunca se abría ni se cerraba, y el misterio seguía intacto. Se levantó y cerró el armario, apagó su portátil y se acercó a la ventana. Había llegado justo a tiempo para ver pasar a Cristina, a veces incluso había pensado que había alguna especie de conexión entre ellos, pero obviamente no la había, todo eran preciosas imaginaciones de su mente jugando con él.

Aquella mañana, cuando Héctor se acercó a la ventana, Cristina no pasó por la calle de enfrente. Puede que no hubiera llegado a tiempo, pero lo más probable era que aquel día, ella no fuese a asistir a clases. De todas formas Héctor hizo lo de siempre, se vistió, no tuvo ninguna conversación con sus padres y se fue al instituto. Había algo distinto aquel día, un aura especial rodeaba a todos los alumnos. Héctor caminó entre la gente observando todos los movimientos que realizaban, tratando de descubrir lo que ocultaban. Pero aquello no le revelaría nada. Aquel día lo único que le pudo aclarara algo sobre lo que sucedía fue la conversación que consiguió escuchar entre los amigos de Cristina. No oía muy bien lo que decían, y no entendía todas las palabras. Pero como ya dije, para Héctor eran demasiado simples, y de un vistazo siempre había podido saberlo todo, así que no tardó en darse cuenta de que Cristina había muerto.

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