SUGAR (esp)

By babyfacevirgo

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Donde el se ve obligado a dejar la ciudad de sus sueños para encontrarse atrapado en un sitio del que ya habí... More

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Los truenos retumbaban sobre nuestras cabezas y de vez en cuando algún destello rebelde captaba mi atención entre el verde y el gris del paisaje. Las gotas de lluvia se deslizaban por el parabrisas, pequeñas y débiles, insuficientes para una tormenta tan ruidosa. El agua bailaba lentamente, casi sin salpicar el asfalto, y mientras las nubes, tan oscuras como elegantes, parecían luchar entre ellas. Era la primera vez que veía una tempestad tan fuerte con tan poca lluvia.

Ir en el coche de mamá se me hacía muy raro, a penas lo habíamos utilizado como coche familiar. Bueno, a penas lo habíamos utilizado en general. No me gustaba demasiado, casi no cabía en el asiento y olía raro. Un pequeño tarro de cristal lleno de esencia de fresas, frutos rojos, o algo así colgaba del retrovisor inundando el interior del vehículo de un perfume demasiado dulce. Estaba muy acostumbrado al gran SUV azul de papá, con su tapicería de cuero y los asientos acolchados. Allí sí que me cabían las piernas sin que las rodillas me chocaran con la guantera y aunque tuviera unos años siempre había olido a coche nuevo.

De camino, en mitad de la carretera, la presión del aire era más fuerte, tanto que me obligaba a tragar saliva una y otra vez para hacer desaparecer la sensación de agobio. No estaba contento con la situación, no podía estarlo después de dejar atrás todo lo que me importaba, y era evidente, porque mamá no lo pasó por alto.

- Cariño, deberías estar agradecido, al menos tenemos una casa donde vivir.

- No es una casa, es un vertedero si está en Bainbridge –gruñí.

Bainbridge, Georgia; 12.000 habitantes; lluvia prácticamente todos los días, media de humedad: 87%.

- ¡Blair! Bainbridge fue tu hogar cuando eras un bebé, y sé que no querías irte de Jacksonville pero no puedo seguir criando a mis dos hijos en un apartamento de alquiler con un trabajo a media jornada, – suspiró–. Lo siento, cariño.

- Es que no entiendo por qué nos tenemos que ir nosotros y no él –alcé mi voz–. Era nuestra casa, de todos, no solamente suya.

Pude notar como sus manos se tensaban alrededor del volante, aun así su agarre parecía suave, como si a penas lo rozara. Esa era mamá, podía estar llena de rencor o tremendamente enfadada, pero en el fondo su semblante siempre era cauto, tranquilo y destacaba por su templanza.

- Escucha –se puso más seria–. Yo nací y me crie aquí, esta ciudad es mi hogar y también el tuyo, el hecho de que nos mudáramos cuando tenías ocho años no cambia nada. Si quieres mantener a la familia unida esta es la única solución.

- ¿Familia unida? Esto ya no es una puta familia, mamá, esto es...

- ¡BLAIR! –no me dejó terminar de hablar.

Desvié la mirada hacia la ventanilla, cruzándome de brazos con un suspiro. Mamá había gritado hasta quedarse sin aire en los pulmones, pero controló el volumen para no despertar a mi hermano, que dormía en el asiento trasero. Estaba cansada, y eso era lo único que podía hacer desaparecer toda la calma que solía vestir. Ya habían pasado un par de meses desde que nos habíamos marchado de casa, y aunque últimamente gritaba más seguía sin acostumbrarme a que estuviera tan irascible.

- Blair, esto no es fácil en absoluto. Ya sé que para ti esta situación debe ser un royo, pero escúchame atentamente: estoy igual de decepcionada que tú con que todo haya pasado así. –respiro profundamente antes de seguir hablando–. Ojalá pudiéramos quedarnos en Florida, pero los papeles de la casa están a nombre de tu padre y no podemos echarlo de allí de ninguna forma. Desearía poder hacerlo solo por vosotros, pero no puedo.

La imagen de mi padre vino a mi cabeza. A decir verdad, un montón de imágenes suyas rodaron por delante de mis ojos. Siempre con sus trajes de chaqueta, ninguno azul, con la corbata bien planchada y la aguja resplandeciendo justo en su lugar, el pelo negro peinado hacia atrás, fijado con un poco de gel, y su sonrisa. Su enorme sonrisa llena de dientes tan blancos que reflejaban todas las mentiras que su boca callaba. Puto gilipollas.

- Le odio. –suspiré–. Quiero decir, no le odio exactamente pero..., bueno, sí, qué coño, le odio. Sigo sin asimilar que tuviera tanto estómago como para jugar al agente doble.

- No hables así, sigue siendo tu padre.

- ¡Mamá! –su actitud relajada y su apatía me cabreaban–. ¿Has entendido realmente lo que ha pasado? Porque es un puto mentiroso. ¡Nueve años de mentiras de mierda!

Tenía la mirada clavada con furia justo en sus ojos, que se concentraban en la carretera ante nosotros, pero me arrepentí al segundo en cuanto vi como su mano izquierda limpiaba una lágrima que se escapaba entre sus pestañas.

De repente su marido ya no iba a seguir siendo su marido; debía irse de su casa, sola, con dos hijos a los que criar; buscar un trabajo nuevo en otro lugar para intentar facilitarnos las cosas; y tenía que lidiar con el hecho de que el hombre al que amaba nunca había sido sincero con ella, o al menos no lo había sido durante los últimos años, que no eran pocos. Estaba literalmente destrozada.

- Perdona, mamá –dije con cuidado–. Tengo muy mal genio y la situación me toca mucho los cojones, no me había parado a pensar en cómo lo estás pasando tú.

- No pasa nada, cariño, es normal. Pero, ¿puedes, por favor, dejar de decir palabrotas? –hizo una pausa–. ¿O de gritar? No quiero que Oliver se despierte todavía.

Tenía razón, si Oliver se despertaba se iba a pasar el resto del camino preguntando cuánto faltaba para llegar y empezaría a quejarse diciendo que tenía hambre, que tenía pis, que le picaban los calcetines, que le molestaba el cinturón... Era un niño especialmente pesado, además, tanto cambio lo estaba desconcertando y siempre acababa haciendo preguntas que mamá no sabía cómo responder. La situación era delicada.

No estábamos muy lejos Bainbridge, probablemente nos quedaban solo veinte o quizá quince minutos de carretera, cuando un par de personas vestidas de oscuro y amarillo reflectante aparecieron por la autopista, rodeados por toda un aura de diminutas gotas de lluvia rebotando contra sus chubasqueros. Colocaban a trompicones una valla blanca y roja cortando el paso de los vehículos, aunque no hubiera ningún otro a parte del nuestro.

Me fijé con curiosidad y, conforme avanzábamos, cada vez a velocidad más reducida, pude ver un coche azul boca abajo al otro lado del quitamiedos, destrozado contra el tronco de uno de los grandes árboles que bordeaban la carretera. Todavía le salía humo del capó.

Con la boca entreabierta, mamá paró al lado de los dos hombres uniformados bajando la ventanilla. La ligera lluvia comenzó a salpicar en el interior, pero no hacía demasiado frío.

- Buenos días señora, lamento comunicarle que para ir hacia Bainbridge tendrá que tomar el desvío.

- Dios mío... –susurró mamá observando el Toyota azulado, todavía humeante.

- ¿Qué ha pasado? –la pregunta se me escapó de entre los labios con un escalofrío.

El hombre, dubitativo, se tomó un segundo para responder.

- Por lo visto un rayo ha caído sobre un vehículo desviándolo de la carretera –comentó el agente.

- ¿Hay algún herido? –la preocupación de mamá se podía percibir en el vaho que desprendían sus palabras–. Soy enfermera, estoy especializada en pediatría pero podría ayudar en cualquier...

- No se preocupe, señora, ya está todo solucionado –sus ojos derrochaban sinceridad y entereza–. Tomen el desvío y conduzcan con cuidado, no pase de 70 kilómetros por hora, ¿quiere?

Mamá asintió con una media sonrisa agradecida justo antes de subir la ventanilla y cambió de marcha para alejarnos hacia el desvío de la autopista, dejando atrás el accidente.

- Madre mía... –volvió a susurrar–. ¿Has visto el coche? Se ha quedado hecho una chatarra...

- Total..., ya era una chatarra.

- Blair, no digas eso... Parecía un accidente bastante gordo –suspiró–. Podría haber heridos muy graves y hasta quién sabe...

- Solo digo que podría no haber habido accidente si hubieran llevado otro coche mejor –me encogí de hombros –. Los Toyota Yaris son una mierda, y además ese parecía bastante viejo.

La única respuesta de mamá fue un suspiro. Uno más para la colección, que últimamente parecía que se estaba ampliando.

...

Era la sexta caja que recogía del camión de mudanzas para llevarla arriba, pero por suerte era la última. La verdad es que tampoco habíamos traído muchas cosas de Florida porque la casa de Bainbridge, por suerte, ya estaba amueblada. Sinceramente, me había esperado una cabaña llena de polvo con mobiliario viejo y armarios llenos de trastos, pero por lo visto mamá había conseguido hacerla bastante acogedora en sus visitas la última semana.

Solo habíamos cargado con un par de cosas personales, la ropa, los libros favoritos de mamá, algunos de los juguetes de Oliver y eso había sido prácticamente todo. La casa no era tan vieja como yo esperaba, pero aun así, era más pequeña, y Bainbridge era bastante diferente a Jacksonville. No teníamos piscina porque el jardín trasero solo tenía espacio para un columpio, una manguera y una casita de perro vacía. Nunca tuvimos ninguna mascota, así que alguien debió vivir aquí antes de que volviéramos nosotros, probablemente la tía Delilah, que nunca pasa más de tres meses en la misma ciudad.

La distribución en el interior era bastante simple. La cocina y el salón estaban en la planta baja, con un pequeño baño, después las tres habitaciones estaban en la planta de arriba, pero no eran mucho más grandes que un armario. También había unas pequeñas escaleras que subían hasta el ático, donde había otro baño y una especie de cuarto lleno de trastos. Tampoco me interesaba mucho lo que había dentro porque supuse que serían cosas de la abuela.

Llevé mis maletas a la que se suponía que iba a ser mi nueva habitación. Las paredes estaban pintadas de blanco y gris oscuro, y había una gran alfombra verde tapando la mayor parte del suelo. Definitivamente alguien había vivido aquí mientras estábamos en Florida, porque, hasta donde llegaba mi memoria, mi antigua habitación en Bainbridge estaba pintada de color rojo y la cama era más pequeña comparada con la que descansaba ahora al lado de la ventana.

El pasillo de la planta superior ya estaba inundado por los juguetes Oliver, que gateaba rápidamente empujando su avión de juguete. Había improvisado una pista de aterrizaje extendiendo su bufanda por el suelo. Nunca jugaba con una sola cosa, siempre lo tenía todo esparcido a su alrededor y se las ingeniaba para usar todos los juguetes a la vez. Me ponía de los nervios, sobre todo cuando sacaba las piezas de lego de su baúl porque siempre terminaban bajo la planta de mis pies descalzos.

Me asomé a su habitación y, como imaginaba, lo único que había hecho con sus maletas había sido abrirlas y dejarlas tiradas al lado de la cama, probablemente para sacar alguno de sus muñecos de acción. En el suelo, cerca de la rueda de una de las maletas, mi balón de fútbol americano firmado por Blake Bortles, quarterback de los Jacksonville Jaguars. Otra puta vez. Lo recogí, suspiré y volví a salir al pasillo para ver como Ollie me miraba enfadado después de arrebatarle el avión de las manos.

- ¡Eh! –gritó rápidamente poniéndose de pie.

Intentó recuperar el juguete dando saltitos, pero no llegaba. Le mostré el balón poniéndoselo delante de los ojos.

- ¡Estaba en la caja de mis Hot Wheels! –se quejó–. ¡Yo no tengo la culpa!

- Por enésima vez: no toque mis cosas.

Le lancé el avión con poco cuidado y le di la espalda entrando a mi habitación antes de que me gritará:

- ¡Que no he sido yo!

Deshice rápidamente el equipaje y metí mi ropa en el armario antes de reordenar un poco la decoración con mis cosas de Jacksonville. Decidí abrir la ventana para ventilar un poco porque la habitación había estado cerrada al menos durante un año entero, y el olor a cerrado me agobiaba. Tenía vistas al jardín y a la casa de al lado. Genial. Iba a echar muchísimo de menos Jacksonville.

- Blair, ¿puedes bajar un momento? –escuché la voz de mamá llamándome desde la planta baja–. Quiero enseñarte algo.

- Voy.

En un abrir y cerrar de ojos ya estaba a su lado.

- ¿Qué pasa? –en realidad no creía que fuera a enseñarme algo, acabábamos de empezar a ordenar el equipaje.

- ¿Te acuerdas del armario de los monstruos? –mamá apuntó con el dedo a una puerta cerrada detrás del salón.

El armario de los monstruos. La puerta oscura, con el marco envejecido y el pomo redondo me resultaban tan familiares como escalofriantes. De pequeño nunca me atreví a abrir ese armario porque tenía la férrea creencia de que ahí dentro vivía lo que acabé por denominar como "el Monstruo Sombra". Jamás lo había visto ni nadie me había hablado de él, pero sabía que estaba allí, podía sentirlo a través de la puerta, nacido del destello de un rayo que cayó demasiado rápido, envolviéndolo absolutamente todo como la niebla, esperando que abriera la puerta al menos una sola vez para poder encerrarme con él ahí abajo para siempre. ¿Fundamento? Ninguno. Probablemente todo fuera fruto de la imaginación de mi yo de cinco años, pero a esa edad todo es real, todo existe y todo es posible.

Nunca sentí la necesidad de investigar qué se ocultaba ahí abajo, a quién voy a engañar, el Monstruo Sombra me aterraba más que cualquier tipo de curiosidad que pudiera sentir, pero nos mudamos cuando todavía era pequeño dejando ese armario atrás. Crecí, cuando llegamos a Florida olvidé el demonio del sótano y nunca llegué a saber qué había realmente tras esa puerta.

Pero ahora, después de nueve años sin vernos, volvíamos a estar cara a cara, como viejos amigos, el Monstruo Sombra y yo.

- Sí, supongo que me había olvidado hasta ahora.

- Sé que odias este lugar, pero también tiene sus cosas buenas –dijo mientras abría la puerta–. Vamos, baja.

Encendió las luces de dentro y abrió la puerta. Se me tensaron los hombros y un escalofrío se apoderó de mi columna, desde la última vertebra hasta el cuello y de nuevo hacia abajo, rápido y breve como un rayo. Sí, había crecido, pero la sensación de inseguridad y peligro ante esa puerta persistía. Era totalmente consciente de que el Monstruo Sombra no estaba allí abajo, no existía ni en el sótano ni en ninguna otra parte, pero por alguna razón lo seguía sintiendo, seguía buscándome.

Con una sensación que prefería identificar como sorpresa en vez de miedo, me asomé. La puerta llevaba a unas escaleras de madera oscura que conducían a una gran habitación bajo el salón, algo más pequeño que un estudio. Su buena iluminación me sorprendió, después de todo, mi verdadera expectativa seguía siendo la de una habitación del terror. Bajé escalón a escalón hasta que vi un sofá de color negro, bastante viejo para ser sincero, y un sillón de cuero con un cojín más pequeño para reposar los pies; también había una pequeña mesita al lado del primer sofá y en la pared una televisión. Al fondo, en la pared más corta, había una especie de colchón lleno de cojines que parecía bastante cómodo. No había rastro del Monstruo Sombra.

- Ya sé que los sofás no combinan y tampoco es tan alucinante pero... Apuesto a que nunca pensaste que tendrías tu propio sótano en Bainbridge, ¿a que no?

Era un sótano. Era mi sótano. Cuatro paredes, un suelo, y, dejando a un lado la sensación escalofriante, mi zona de confort ya estaba lista.

- ¿Es para mí? O sea, ¿esta habitación es para mí? –realmente no me esperaba nada bueno de Bainbridge, pero tener mi propio sótano donde poder traer a mis amigos era genial, dentro de lo que cabe. Ahora solo me faltaba conocer a alguien.

- Sí, esta habitación es para ti. Solíamos usarla de trastero y siembre guardábamos aquí tus regalos de navidad y las botellas de vino de tu padre, que le tuvieras miedo acabó siendo una ventaja –sonrió melancólica–. En fin, pensé que te gustaría tener tu propio refugio ahora que no tienes la cabaña del jardín.

En Jacksonville la casa era mucho más grande, y aunque a mi habitación no le faltaba espacio en absoluto, papá dibujo los planos de una pequeña cabaña para el jardín que terminó siendo mi salón particular. Mis amigos y yo pasábamos allí todos los veranos jugando a la Xbox y comiendo pizza.

- Guau mamá, esto es genial, gracias.

- Hay un mini bar allí, y he puesto un microondas de la abuela, es un poco viejo pero todavía funciona. Pensé que podrías traer aquí abajo tus videojuegos y tu equipo de música –probablemente lo habría estado planeando todo desde que organizó la mudanza. Hasta ahora no había sido consciente de lo mucho que mamá estaba intentando que todo saliera bien–. Si esta va a ser nuestra nueva casa todos vamos a necesitar un sitio donde sentirnos cómodos y éste podría ser el tuyo.

- Muchísimas gracias, en serio. Parece que Bainbridge no apesta tanto como esperaba –le sonreí sincero justo antes de abrazarla por los hombros.

- No hay de qué, hijo –me sonrió de vuelta–. Venga, termina de deshacer las maletas, necesito que me hagas un favor.

Terminé de arreglar mi ropa y guardé las cosas de la bolsa de aseo en el baño de arriba, acto seguido bajé al sótano a enchufar el reproductor de CDs y mi Xbox. Me gustaba, estaba guay, los sofás eran cómodos y aunque la tele no fuera muy grande era más que suficiente, pero el recuerdo del Monstruo Sombra me seguía abrazando cada vez que abría esa puerta y bajaba los escalones hacia su cueva.

Busque un lugar donde ordenar los videojuegos cerca de la televisión y guarde un par de películas en DVD con ellos. Los discos estaban al lado del reproductor pero iba a necesitar algún tipo de estantería para ordenarlos bien si no quería que terminaran desparramados por el suelo.

Decidí cambiar algunos de los posters de mi habitación a las paredes del sótano para que el sitio no pareciera tan desconocido y desolado. Al ser un sótano había algunos conductos de ventilación pero la ausencia de ventanas era un poco agobiante, o al menos lo era para mí. El pequeño saloncito no estaba perfectamente decorado, pero era genial. La pared más larga estaba construida con roca natural, o así es como estaba cubierta, así que parecía bastante acogedor. El resto de paredes estaban pintadas de rojo suave. No estaba mal para ser mi batcueva, además los ruidos del piso de arriba no se escuchaban demasiado y eso era otra ventaja.

Cuando terminé de arreglar el sótano subí al recibidor donde mamá estaba pasando la aspiradora y limpiando el salón. Llevaba un pañuelo enrollado para sujetarse el pelo fuera de la cara y un moño descuidado que recogía sus mechones sueltos porque estaba sudando un poco. Parecía algo cansada pero ya no quedaba ningún rastro de la tristeza que había visto antes en el coche. Sus ojos estaban limpios y brillantes, tenía todas sus esperanzas en esta nueva vida vieja en su ciudad natal y su felicidad era bastante contagiosa.

Mientras tanto, Oliver, estaba sentado en el sofá viendo sus dibujos favoritos y aunque mamá estaba utilizando la aspiradora parecía no importarle en absoluto, era como si el único sonido que podía llegar a sus oídos fueran los diálogos de la serie. Se le veía bastante hipnotizado y eso me hizo fruncir el ceño. Ollie tenía una adicción bastante seria a los dibujos animados. Tampoco es que se pasará todo el día enfrente de la televisión, pero una vez que empezaba a verla no era capaz de desviar los ojos de la pantalla; era literalmente un zombie.

Mamá me dijo que necesitaba que fuera al supermercado a comprar algunas provisiones para rellenar la nevera porque lo único que teníamos de momento eran las galletitas de Ollie y un poco de zumo de naranja. No me importaba acercarme en un momento porque me había explicado el camino hasta el lugar, el único problema era que quería que me llevara a Oliver conmigo y eso implicaba que tenía que despertarlo de su trance. Suspiré enfadado y rodé los ojos antes de acercarme a mi hermano.

- Ollie –le llamé sin obtener respuesta–. Oliver –nada.

- Ollie, escucha a tu hermano –la ayuda que estaba ofreciendo mamá era menos que cero.

- Oliver nos vamos a dar una vuelta, vamos –estaba empezado a perder los estribos –. ¡OLIVER MORGAN!

Su pequeño cuerpecito rebotó en el sofá y rápidamente se giró hacia mí con los ojos abiertos como platos. No pude evitar echarme a reír ante su reacción. Se le veía bastante desprevenido y no se esperaba mi grito para nada.

- No hacía falta que le gritaras, Blair.

- Sí que hacía –respondí despeinándole un poco el pelo. –Ollie, vamos al supermercado, ¿vale?

- ¿Puedo hacer pis primero?

Me reí a carcajadas ante su pregunta y mamá no tardo en unirse.

- Sí, pero más te vale darte prisa o no tendremos cena.

Cuando Oliver terminó, salimos de la casa y seguimos las indicaciones de mamá.

Mido 1'79 así que Ollie tenía que andar muy rápido para poder seguirme el paso, era adorable. Sé que yo no era el hermano perfecto ni su mejor ejemplo a seguir, pero le quería mucho, y supongo que eso era suficiente para los dos.

Las casas estaban mucho más separadas entre ellas de lo que solían estarlo en Jacksonville, y también eran más bajitas, tanto que algunas solo tenían una planta baja. Todas contaban con jardín, por eso el espacio que las separaba unas de otras era prácticamente del tamaño de un campo de fútbol. Se parecían más a las gasolineras de carreteras secundarias que a una casa, pero supongo que así era la tendencia arquitectónica aquí en Bainbridge. Incluso las aceras eran muy diferentes, más gruesas y grises, todo era gris y verde. El cielo, el asfalto y los coches eran grises y tristes, y la mayoría de las fachadas blancas se desdibujaban entre la hierba verde que cubría las parcelas. Añoraba el azul y el naranja que envolvían Florida.

Caminamos durante unos minutos más hasta el supermercado, esperaba que fuera como cualquier tienda de Jacksonville, pero era más pequeño. En realidad, todo en Bainbridge parecía ser una mierda comparado con lo que estaba acostumbrado a ver en la península.

Tomé a mi hermano de la mano antes de cruzar al otro lado de la calle y entramos a ALDI. Saqué uno de los carritos de la compra con una moneda y, antes de que pudiera darme cuenta, Oliver estaba intentando ser Spiderman trepando para meterse dentro. Saqué de mi bolsillo la lista que había escrito mamá para comprobar qué teníamos que comprar y se la pasé a Ollie para que la guardará mientras iba cogiendo las cosas. Básicamente necesitábamos un poco de leche, pollo, arroz, más galletas, más zumo, mantequilla, mantequilla de cacahuete, pan, mermelada de fresa, harina y filetes. Iba a ser una compra importante por lo que también sería complicado de llevar hasta casa.

Ya casi teníamos todo lo que necesitábamos de la lista de la compra, pero no encontraba la harina de maíz, todo lo que veía era harina de trigo. Le dije a Oliver que esperara en el carrito mientras iba a preguntar a algún encargado. No fui capaz de encontrar a nadie por los pasillos, así que retrocedí hasta la entrada.

Me acerqué al cajero y me indicó con desgana en cual de los pasillos encontraría lo que estaba buscando, era tan serio y antipático que agradecí que no me hubiera acompañado, estaba empezando a ser demasiado intimidante desde detrás del mostrador.

Volví hacia donde había dejado a mi hermano, pero ya no estaba solo. Lo encontré de rodillas, todavía dentro del carrito, hablando con una chica que tendría uno o dos años menos que yo. A él se le veía bastante cómodo, ella en cambio parecía disgustada. Llevaba una camiseta blanca bastante larga que le valía de vestido y un par de botas negras. Estaba bastante concentrada en dos botellas de leche con el ceño fruncido mientras hablaba con Oliver.

- No tengo ni idea.

- Jo, qué mal –escuché que la chica respondía.

- ¿Oliver? –Mi hermano seguía dentro del carrito. – ¿Qué pasa?

- Hola Blair.

- Mmm.., ¿crees que esto será ecológico? –La chica de blanco me acercó las dos botellas hasta la cara.

- Guau –dije apartándolas. – ¿Qué?

- No estoy muy segura de que lo sean –sopló para apartar un mechón de pelo rubio de su rostro. – No es leche como tal, pero, ¿se supone que son ecológicas o simplemente parece que lo son?

- ¡Eh! ¡Aquí sale el dibujo del reciclaje! ¿Eso vale? –Ollie estaba inspeccionando otra botella igual entre sus manos.

- Ni si quiera sé de qué estáis hablando –confesé.

En ese momento la chica me miró por primera vez y su semblante cambió de un ceño fruncido a una expresión de sorpresa, pero inmediatamente después sus cejas volvían a estar torcidas y sus ojos, que me resultaban particularmente familiares, centellearon durante unos segundos, como si no fuera un total desconocido para ella. Y efectivamente.

- Oh –hizo una pausa. – Hola, Blex.

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