UNO
Esas son las letras que había. Estaban dibujadas sobre una tablilla de plástico y colgaban en la puerta azul de una de las habitaciones de la cuarta planta del Blue Hotel.
El letrero estaba ladeado. Daba la sensación de que la vida de aquellas tres letras pendía de un hilo. Cada una de ellas se agarraba con fuerza al plástico, intentando no acabar convertidas en una mancha sobre la moqueta del pasillo. Me las imaginé suicidas. Unas letras empeñadas en saltar cobardes a cada portazo de despedida.
Además de la puerta, todo en el edificio era azul. La fachada estaba pintada de azul. Los pasillos, las alfombras de la entrada e incluso el letrero con las condenadas letras era de ese color.
Podía imaginarme el edificio entero confundiéndose con el horizonte en un mediodía claro.
Hasta allí me llevó la joven de alegre caminar y tristeza en los ojos a la que pagué por adelantado para que acabara con mis días grises. Nunca pensé que los convertiría en azules recuerdos enredados en satén.
Nada más entrar, escuché el Blue Hotel de Chris Isaak sonando a través del hilo musical.
A fuerza de matar la incertidumbre con caricias certeras, me hizo saber que venía a follar deprisa. Se quitó la ropa con la celeridad de un galgo persiguiendo una liebre. Yo quise escribir versos en su piel a golpe de besos con sabor a antes y caricias torpes que me obligó a dejar para después.
Me colocó en el precipicio de la lujuria en un abrir y cerrar de ojos y, una vez allí, no le hizo falta mucho para hacerme saltar al vacío hasta vaciarme por completo.
Y salté.
Solo. Como lo haría un amor imposible en el abismo del olvido, o como tres letras desesperadas condenadas en una planta equivocada.
Y vacío abrí los ojos que antes cerré por miedo a las alturas, y comprobar como esa mujer que unas veces estaba y otras no, hacía bailar su cuerpo mientras se colocaba de nuevo la ropa que tan poco le costó quitarse poco tiempo antes.
Y se marchó con un portazo.
Nada la detuvo, ni detuvo el tiempo, ni se detuvo en preliminares que detuvieran el tiempo. Nada.
Quise haber pintado de pasado algunas palabras sobre ella antes de que se fuera. Cruzar miradas bajo las sábanas de satén azul que cubrían la cama, o dejar que frotara sus pies fríos contra los míos como habrías hecho tú. Quise sustituir con ella lo que no hay manera de sustituir de ninguna de las maneras.
Con el cuerpo desnudo y lleno de decepción, pensé que tal vez, sólo tal vez, la culpa de cada uno de los portazos fuera mía.
Absorbido por el recuerdo de cada uno de mis lamentos, me sentí de repente sumido en un cansancio profundo que me llevó a soñarte conmigo y a soñarme después. No sé si por mucho tiempo o no, pero si sé que te soñé como se sueña el pasado, o el surrealista e incierto futuro: con los ojos cerrados y la desdicha abierta de par en par.
Sobresaltado por un sonoro portazo y la incesante fuerza de mi cerebro dándole a mis ojos la orden de que intentaran abrirse, desperté abrazado a las mismas sábanas de satén azul que envolvieron la desnudez de mi cuerpo con la soledad de tu recuerdo.
Aquél fuerte portazo provino de dentro, desde donde apareció la misma mujer que hacía no sé cuanto tiempo se había marchado después de añadir silencio a mi oscuridad.
—Veo que ya estás preparado —dijo—. Me gustan las personas que no me van a hacer perder el tiempo.
La miré sorprendido. Aparté la sábana que me cubría e intenté incorporarme en la cama.
—Lo prefieres normal, de colores o quieres que probemos algún sabor. —Se subió sobre mi regazo, impidiendo que acabara de levantarme mientras abría un amplio abanico de plastificada seguridad.
Era una joven muy hermosa, apenas me di cuenta la primera vez que desperté.
Sus ojos azules se mezclaban con la habitación. Su larga melena lisa, la llevaba teñida de un rubio claro, casi blanco, aunque varios mechones teñidos del color de todo le caían curiosos por encima del hombro.
Hizo un gesto con los brazos, esperando que tomara la decisión sobre el condón que debíamos usar esta vez para volverme a tirar al abismo en el que envolví mi cobardía.
—Azul no —conseguí decir.
Alargó la comisura de sus labios hasta transformar aquella mueca en una sonrisa. Después de aquello, plastificó la inseguridad y volvió a llevarme hasta el mismo precipicio donde me hubo colocado momentos antes o sueños después.
La misma prisa.
Antes de saltar me aseguré que ella me acompañara. La aparté de encima mía tirándola sobre la cama.
—Veo que tienes ganas de jugar —dijo sonriente.
Me revolví sobre la cama. Di vueltas sobre mí... y sobre ella. O puede que quizá, todo me diera vueltas.
La ironía en sus ausencias hicieron subir mi temperatura hasta convertirme en infierno. Se agarró con fuerza a mi pecho, haciendo que cada uno de mis latidos corriera veloz. Agarré sus brazos y la hice mía.
La empujé al abismo y me quedé observando su caída.
Luego me dejé llevar y caí yo.
Me di la vuelta en la cama, exhausto, y pegué mi cara contra aquellas sábanas azules. «¡Maldito Chris Isaak!», pensé mientras otra melodía del cantante aturdía mis sentidos.
Perdí la noción del tiempo y del espacio. No tenía muy claro donde estaba ni qué me había llevado hasta allí. Intenté pensar en alguna decepción que me aclarara las ideas, o incluso en alguna caricia muda en algún cuerpo inexistente en un tiempo desconocido.
Nada.
La oscuridad sosegada de mis ojos, apagados por la fuerza con la que los apreté, me llevó de nuevo al mundo de los sueños.
Otro portazo que se clavaba en mi cabeza.
Había perdido por completo la cuenta de ellos. Retumbaban en mi interior como redobles de tambor.
Me levanté de la cama sobresaltado. Las sábanas se enredaron entre mis piernas y me hicieron caer de bruces contra el suelo. Me vi con todo mi cuerpo enfriándose sobre baldosas ocre y contemplando las cuatro patas de la cama y las dos piernas desnudas de aquella mujer de ida y vuelta.
Intenté reincorporarme a toda prisa, pero la habitación entera daba vueltas al son de la carcajada de la hermosa joven de elegante cuerpo y rubia melena; la chica de alegre caminar y triste sonrisa que, una y otra vez, volvía a terminar un trabajo por el que pagué por adelantado y que me dejó satisfecho la primera vez.
—¿Qué coño está pasando? —dije mientras daba vueltas alrededor de ella o de nadie, con la habitación girando como un maldito satélite y la lucidez cambiando de bando.
Caí desplomado sobre la cama después de mi paseo en tiovivo. Lo último que recuerdo fue un portazo urgente y una culpa que regresaba una y otra vez a mí.
De nuevo silencio.
Ya casi no entraba luz por el lateral de las cortinas que, hasta ese momento, iluminaron la habitación y mi cuerpo desnudo, consiguiendo que el maldito azul de las paredes se reflejara por todos lados.
«¡Odio a Chris Isaak! Odio su maldito hotel azul en medio de una carretera solitaria», pensé mientras recordaba que yo también odiaba mi vida, la cual estaba apagando al son de su música y la lentitud de unos recuerdos evocados a golpe de sueños provocados.
Abrí los ojos tras el siguiente portazo que casi hace saltar mi cabeza por los aires.
—Que no sea azul —le dije a la borrosa silueta con mechones del color de la alfombra.
Fui incapaz de sentir lo siguiente que vino. Sin embargo, supongo que fui aceptando todo lo que se iba.
Apenas pude pensar en el placer de esa vez.
Esperé paciente que acabara todo; los vaivenes de la habitación, el aumento de la temperatura de mi cuerpo en contraste con el sudor frío, el hedor a látex que atascaba mi sentido del olfato y la oscuridad que se apoderaba poco a poco de la habitación.
El rugir antiguo del teléfono que había sobre la mesita de noche me sacó del profundo sueño en el que me había sumergido.
—Señor Bleu —comenzó diciendo la voz a través del auricular—, le llamábamos para recordarle que la habitación que usted ha escogido, como bien sabe, funciona por horas. Siento decirle que ya casi ha transcurrido el tiempo por el que usted pagó. Nos resulta imposible ampliarle más su reserva.
Me quedé mudo unos segundos, escuchando aquella voz que danzaba serena a través del teléfono y rebotaba contra las paredes. Chocaba de frente contra las notas, ahora irreconocibles, que salían a trompicones de la rendija del hilo musical que flotaba en el techo.
No pude mediar palabra. Me limité a apagar de golpe el sonido que danzaba por la habitación a ritmo de blues.
De nuevo ella.
Pude contemplar cómo se vestía. Parecía como si ahora se le hubiera acabado la prisa. primero la ropa interior. Luego dejó caer el vestido azul por su cuerpo a cámara lenta. Antes de que terminara el recorrido por sus caderas, volví a sentarme en su precipicio.
Escuché como hurgaba en la mesa auxiliar que había bajo la televisión que colgaba de aquella pared azul. La escuché mover sus manos entre mi cartera, el teléfono móvil, las llaves hacia ninguna parte, las botellas de ginebra vacías y los frascos de pastillas. Pude verla escribir algo sobre las hojas que había en la mesa con las normas del hotel impresas. No supe que ponía ni recordé que decía.
Portazo.
No sonó como los demás. Diría que incluso fue sutil.
Pude imaginarme a aquella mujer de alegre caminar y tristeza en los ojos dejar el hotel azul donde un tipo, empeñado en olvidar, quiso recordar sobre ella algo que le hiciera levantarse y continuar.
Me la imaginé paseando el día después por la Plaza de España. Tranquila.
Parada en el centro y contemplando, a lo lejos, la sombra azul del hotel que se fundía con el horizonte en un día claro y que alquilaba tristezas por horas.
Me encogí sobre la cama y vomité toda la amargura que mi hígado fue incapaz de destilar.
El sudor frío bajaba veloz desde mi frente. Se mezclaba con las lágrimas que, la pena y el dolor, desecharon sin compasión por mis ojos. Todo el azul de la habitación se había teñido de un gris lluvioso. Oscuro. Cada vez me costaba más mantener los ojos abiertos y conservar la lucidez de mis pensamientos.
Continué imaginando a la mujer de ida y vuelta. La vi de ida hacia una de las cafeterías de la plaza. Se sentó y llamó a uno de los camareros y pidió un café con leche. Buscó en la barra el periódico del día después de Navidad. La vi echar unas monedas en el vaso que, un vagabundo vestido con un viejo traje de Santa Claus, paseó entre las mesas de la cafetería antes de que el camarero lo echara de mala manera de allí alegando que molestaba a los clientes.
Pasaría las páginas del manoseado periódico y, probablemente, pararía en la página de sucesos, alertada por la noticia de un hombre que había aparecido muerto en la habitación número uno, en la cuarta planta del controvertido hotel que alquilaba desdichas por horas. Que se llevó su vida él mismo por culpa de una mortal mezcla de alcohol, tristezas y pastillas. Que se ahogó en su propio vómito de desesperación, fruto de una desoladora depresión, creando un confuso orden en el desorden de su vida. Que se encontró una nota manuscrita en la que decía que echaba de menos una vida en la que la muerte no fuera una mujer de ida y vuelta empeñada en follárselo a toda prisa.
Continuó pensando y pensando, hasta que ya no hubo nada en lo que pensar.
Ya no entraba nada de luz.
Dejé de oír el sonido de la música.
Una tras otra, aquellas letras que colgaban en la puerta de la habitación, fueron saltando suicidas a golpe de un último portazo de despedida.
FIN