Dylan estaba sentado junto a mi. Ambos conectamos nuestras miradas. No quería que estuviera aquí. No en estos momentos.
—¿Qué haces tan sola? ¿pasa algo? —preguntó y su aliento a alcohol chocó contra mi.
—Nada —eso fué lo mejor que pude responder.
—Cuando las chicas dicen que no pasa nada es porque pasa todo.
—Y tú eres un experto en eso —solté amargamente.
—Sí, lo soy —respondió con orgullo y no dije nada más. Tenía la mirada perdida. Mi mente no eliminaba lo que había pasado. Un nudo viajo hasta mi garganta muevamente. Necesitaba estar sola ahora—. Ya. Dime qué te pasa.
—Necesito estar sola —murmuré con dificultad.
—Nadie quiere estar solo —contestó y tomó mi menton para inclinarse más a mi.
Esto parecía ser sacado de una pelicula romantica lo cual no me sorprendería, ya que Dylan no era para nada original y se aprendía frases de todas las peliculas que veía. Tampoco me sorprendería que los mismos trucos que ve en la televisión los usara con las chicas.
—Dylan —dije irritada quitando su mano—, por ahora no quiero entrar en tus juegos inutiles de seducción, ¿si? Mejor hablemos otro día.
Me pusé de pie dispuesta a salir de la casa. En verdad necesitaba pensar y estar sola. Fernando y Jorge seguían en la sala y yo me salí de la casa sin detenerme cuando ellos preguntaron a donde iba. Dylan iba detrás de mi y les dijo que todo estaba bien, pero no, no estaba bien.
—¿Qué te ocurre?
—Dejáme sola —dije de forma apagada mientras caminaba y escuché sus pasos detrás de mi—. ¡Quiero estar sola! —grité. Dylan se detuvo y me miró preocupado. Se dio cuenta de que hablaba en serio pero aún así no se fue y eso me enfurecio aún más— ¿No lo entiendes? ¡Vete! —continué gritando que casi se me desgarraba la garganta—. Vete, por favor.
Ya no podía más. Mi última frase sonó más a un ruego. El nudo en mi garganta me impedía hablar. No me podía contener. Las lágrimas estaban brotando, aquellas que siempre lograba controlar estaban saliendo sin poder detenerlo.
Me di la vuelta. No quería que me viera llorar. Me daba vergüenza.
Sentí sus brazos rodeandome y me dejé vencer tan facilmente. Me di la vuelta sin levantar la mirada y lloré en su pecho. Me fui resbalando, cayendo poco a poco y él me sostenía abrazandome. Quedamos en el pasto. El se sentó. Yo hice lo mismo. No podía parar. Ya no podía controlar mis sentimientos, al menos no como antes.
Dylan pusó su mano donde antes Daniel lo había hecho y reemplazó su tacto. Se me vino a la mente la idea más estúpida. Estaba tan llena de rabia que cuando Dylan me hizo mirarlo a los ojos, me abalancé sobre él. Lo besé freneticamente. Quería borrar todo. Olvidar lo que había sucedido hace momentos. Él me tomó de la cintura. Cambiamos de posición. Yo estaba abajo y el encima de mi. El llevaba el control del beso y yo solo me dejé guiar correspondiendole. No me importo lo que pasara esta noche. No me importaba si los chicos salian de casa y se encontraban con esta escena. No me importaba.
De igual forma, nadie salio. Dylan y yo nos seguiamos besando. Besaba bien pero no sentía nada y yo quería encontrar algo de lo que Daniel me hacía sentir sin siquiera besarme. Sin embargo, mis intentos fueron en vano.
Cuando nos separamos por la falta de aire respirabamos agitadamente. Los dos nos acostamos en el frío cesped, en la fría noche sin decir nada. Estabamos en total silencio con la música encerrada que se oía de fondo. Yo solo pensé en la tontería que había hecho. Había dejado de llorar y eso me hizo sentir mejor. Me sentí mejor solo por unos instantes.
Cuando entre a la casa, Dylan se quedó un momento afuera. Los chicos estaban dormidos en el sofá. La música seguía sonando y camine hasta el largo pasillo de la enorme casa. Abrí la puerta de la habitación de Mariana y ella estaba dormida, al igual que Tania que estaba a su lado en un incómodo sofá. Cerré la puerta con cuidado de no hacer ruido.
Mariana me había dicho que tomará una de las habitaciones de huespedes para dormir, pero no sabía cuales eran. En la siguiente puerta me encontre una cama marimonial sola y perfectamente acomodada. Entré en esa habitación creyendo que esta podría ser. Cuando estaba por dejarme caer en la cama vi una foto familiar en el buro. Era la habitación de sus padres. Salí de ahí no sin antes dejar la foto en su lugar.
Fui hasta el siguiente cuarto, esta vez esperando encontrar la habitación de huespedes. Sentí un golpe en el pecho. Sentí que el oxigeno ya no llegaba a mi. Otra vez esa punzada. Daniel estaba acostado en la cama con su cabeza en dirección opuesta a la de Amanda y ella estaba acostada junto a él durmiendo placidamente con su cabello rubio cubriendo su rostro. Mordí mi labio reprimiendo todo lo que estaba sintiendo en ese momento. Quería llorar pero en lugar de eso, solté el aire que mis pulmones contenían y sonreí amargamente decepcionada. Cerré la puerta y caí al suelo. Ya no importaba encontrar la habitación de igual forma el sueño se me había quitado. Saqué el celular del bolsillo y miré la hora.
Escuché los pasos de alguien subiendo por las escaleras. Rápidamente me puse de pie. Dylan y yo eramos los únicos despiertos. Eran casi las cuatro de la madrugada. La música ya no se escuchaba en la sala. Supongo que él la había apagado cuando subió hasta acá. Me miró y me tomó de la mano llevandome en silencio hasta la siguiente habitación. La habitación de Fernando.
—Se supone que dormiríamos aquí —dijo él como si nada—. Pero ya vez como acabo cada uno. ¿Vienes?
Me encontraba parada en el marco de la puerta cuando vi como se quitaba los zapatos. Cerré la puerta de la habitación y me dejé caer en la cama aún sin decir nada.
Cerré mis ojos por unos segundos y cuando los abrí ya estaba obscuro. Solo nos alumbraba la luz de la luna que entraba por la ventana. Ninguno de los dos decía nada pero sabia que él aún estaba despierto.
—El beso que nos dimos fué un error —fue lo único que dije y me giré dandole la espalda.
—¿Eso piensas? —preguntó mientras volteaba hacia la misma dirección que yo.
—Sí. Por favor no le digas a nadie—pedí.
Él se quedo callado por unos largos minutos que pensé que ahí acabaría todo, pero no.
Escuché un click y una suave luz de lámpara se encendió de su lado. Me volví para ver que pasaba y me encontre con su cara algo cerca de mi.
—No le diré a nadie si así lo quieres, pero no creo que haya sido un error —calló por unos segundos y después hablo con cautela— ¿Me dirás por qué estabas llorando?
Yo negué con la cabeza. Cuando habló llegué a creer que insistiría en el tema porque eso parecia, pero no volvió a insistir. Solo dijo que cuando yo quisiera hablar de eso, él me escucharía. Mencionó que antes de ser el idiota que yo creía que era también podía ser mi amigo. Su mano rozó mi mejilla y me acarició. Se acercó un poco a mí tal y como había hecho hace unas horas. Creí que iba a besarme, pero no lo hizo y yo me sentí bien con eso.
Me dejé llevar y cerre mis ojos. Al final, quedé sumida en un profundo sueño.
Me despertaron los rayos del sol y ronquidos de Dylan. De no ser así quizá no hubiese despierto hasta tarde. Aunque no sabía exactamente que hora era. Miré a mi alrededor y noté que la ropa de Fernando que tenía puesta anoche estaba amontonada sobre una silla. Me levante a recoger la camisa de Mariana que dejé por un lado. En medio de la noche-madrugada me había dado calor y me la quite. Se veían mis brazos desnudos. Mi piel pálida. Tome la camisa y me la puse de nuevo.
—¿Te desvistes para mi?
Dylan estaba despierto. Aún no abría bien sus ojos. Se dió la vuelta estirandose.
Aún aturdida yo también, recordé lo que sucedió anoche y sentí vergüenza.
Quise irme de la habitación pero él me tomó de la mano impidiendome salir.
—¿Te vas así como si nada?
—Sólo hagamos como que no pasó nada.
—No lo olvidare tan facilmente.
Me sentí nerviosa en ese instante. Pensé en deshacerme de su agarre pero terminé sentada junto a él. Ninguno de los dos decía nada. Ni siquiera sabía que decir y por primera vez, creo que él tampoco.
—No sé que esperas que haga. Lo que hice fué un impulso por un ataque de rabia.
—¿Entonces no te gusto?
—Dylan, ¿qué esperas de mi? —respondí frustrada. Me puse de pie y él lo hizo de igual manera— Escucha, te seré sincera. No me gustas, Dylan. Quiero ser tu amiga solamente.
—¿Con derecho a roce? —bromeó.
—¿No te puedes tomar nada en serio? —el negó.
—Ya, esta bien. Dejare de lado mis tacticas y trataré de entenderte, aunque es algo imposible.
—Gracias.
Caminé hasta la puerta un poco cansada de esto. Salí de ahí y me encontré a Mariana y Tania que ya estaban caminando hasta la habitación de su primo. Luego de eso salió Dylan con una sonrisa dirigida a su amiga. Iba sin playera y así bajo las escaleras. Mariana se quedó confundida y fruncía el ceño.
—¿De qué me perdí anoche?
Todos cenabamos en la cocina y otros en la sala. Seguían haciendo bromas cuando no se quejaban del dolor de cabeza. Yo estaba comiendo lo que podía. La verdad es que no tenía mucho apetito.
Fernando me llevó hasta mi casa Le pedí que me dejara unas calles antes porque necesitaba caminar un poco y despejar mi mente. Le di las gracias y me despedí de él.
Anduve un rato por las calles pensando en tonterías. No me había molestado en cepillar mi cabello antes de salir de su casa y un poco del rimel que me había puesto se había esparcido cuando llore por la noche. Aunque lo froté repetidas veces en la tarde mientras estaba en el lavabo, todavía quedaba un poco al rededor. Se mezclaba junto con el color de mis ojeras.
Pateé una piedra que encontre en el camino y cuando miré hacia donde fue a parar, me encontre con esa casa.
Mire a mi alrededor y casi no habían personas rondando por ahí. Decidí ir a ver. No sé por qué iba. Sólo quise visitar esa casa por curiosidad. Veronika ya no estaba ahí. Todo parecía estar cellado. Me metí al patio trasero entrando por uno de los grandes tablones de madera que estaba flojo. Por ahí me escapaba cuando era más pequeña. Aún lo recuerdo. Casi puedo verme saliendo de ahí.
Vi el lugar. Algunas cuantas botellas vacías y latas de cerveza estaban regados por el cesped decolorido. Por un segundo pensé entrar en la casa y luego lo pensé mejor.
Diablos, ¿qué estoy haciendo? Me dejé llevar por mi impulso para entrar aquí y luego me di cuenta de lo que hacía.
Estaba decidida a salir, pero entonces, pise algo blando. Miré al suelo. Esa cosa estaba cubierta de tierra y cuando lo alcé casi se me llenan los ojos de lágrimas. Algo de lo que ya empezaba a acostumbrarme. La tortuga que siempre me acompaño de pequeña estaba aquí. Una mirada de sorpresa y una corriente invadió mi cuerpo. Me sentí feliz de encontrarlo. Ahora sí, salí lo más pronto de aquel lugar sin mirar atrás.
Cuando llegué a casa comencé a lavar la tortuga hasta que quedara completamente limpia. Primero abrí su barriga tirando el antigüo relleno. Lo lave una y otra vez. Lo rellene con una clase de algodón nuevo. Ya estaba listo. Lo dejé sobre la cama y no pude evitar sonreir con ternura.
Esta tortuga era importante para mi. La había encontrado una vez cuando andaba explorando por la calle. Cuando aún mi abuela vivía y éramos felices a pesar de todo. La extrañaba tanto. Era la persona más dulce y noble que alguien pudiera conocer. Me hacía tanta falta. Me lancé a la cama abrazando a mi tortuga por tenerla de vuelta. Tal vez por eso cada vez que miraba aquella casa tenía esa sensación de entrar. Necesitaba encontrar esto. Necesitaba algo que me recordará a ella y nuestros momentos juntas para así sentirme en paz.