Despejar.

By AlexPoesia

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A veces, el amor sólo puede ser una ilusión donde te has enamorado solo. Enamorado de una fantasía, de tus p... More

Un giro que lo cambiaría todo.

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By AlexPoesia

           Desperté y preparé lo último del refrigerador. Me duché y vestí, para complementar con mi vestimenta me coloqué un gorro, acto seguido escucho el tocar la puerta. Sabía ya quién era.

- Buenos días, cariño. – Decía mientras me abrazaba.

- Buenos días, viejo.

- Que aún no llego a los setenta,

- Jajaja.

- ¿Las maletas ya están listas? – Sobaba sus manos.

- Sí, pasa.

           Tomó las tres maletas y sentía que iba a caerse, así que lo ayudé con una. Tomé mi mochila, las llaves, cerré por última vez la puerta y sentía una gran nostalgia y sentimientos encontrados. Suspiré y bajamos las escaleras. Subimos todo al auto. El aeropuerto quedaba a una distancia considerable así que papá aprovechó el tiempo para decirme lo mucho que me amaba y que se sentía orgulloso y triste por el paso que daba. Me preguntó unas cien veces si todo estaba confirmado sobre el lugar donde me quedaría. Le expliqué por decimosexta vez que era uno de los asistentes para la empresa a la cual trabajaría y sería el que me esperaría.

              Al llegar, llevamos las maletas a su destino. Esperó conmigo el que inspeccionaran todo lo que llevaba, demás protocolos y procedimientos. Nos sentamos a tomar un café hasta que escuchamos la voz un tanto fastidiosa de aquella mujer anunciando mi vuelo. Se levantó y me abrazó fuerte. Desde ahí emprendía sola el camino.

Mientras me dirigía hacia aquella puerta un joven que iba en dirección contraria me quedo observando, iba caminando y no despejaba su mirada de mí. Fue un poco extraño, pero era atractivo. Tal vez esté sepultando mi querer por Daniel. Suspiré. Al llegar a la dichosa puerta una de las azafatas me recibió y comenzó con un saludo cordial. No presté mucha atención a lo que decía sólo abordaba. Espero que no me toque sentarme al lado de un bebé llorón o de aquel que ronca como locomotora... pero para mi sorpresa sólo fueron un par de jóvenes, una pareja madura y quedaba un puesto vacío, esperaba que no fuera ninguno de los anteriores mencionados.

             Entró el mismo joven de hace un rato jadeando y se sentó a mi lado. Bien, espero que el destino haga su trabajo. Acomodó su saco y limpiaba un poco sus lentes, tenía la barba muy prolija y cuidada, un corte elegante. Se percató de que lo observaba así que sonreía y rompió el hielo.

- Un gusto, Alejandro. – Estrechaba su mano con una gran sonrisa.

- Igualmente, Gerd. – Contesté.

- ¿Gerd?

- Sí. – Dije con algo de vergüenza.

- ¿Es griego o algo?

- Danés...

- Oh vaya. ¿Y este viaje a qué se debe? – Preguntaba.

- Nuevos aires. – Suspiraba al recordar a Daniel.- ¿Y el tuyo?

- Dejé algo en casa. – Respondía con coqueteo.

- Olvidadizo, ¿No?

- Un poco como el pez Paracanthurus hepatus.

- ¿El pez qué? – Reía.

- Paracanthurus hepatus o pez cirujano regal.

- Ni idea.

- Oh vamos, ¿No has visto Nemo?

- Sí, pero, esos peces tienen nombres que recuerde y no los científicos.

- Bueno esa es la especie de Dory.

- Ah, ahora entiendo. La memoria de cinco minutos.

- Exacto.

- ¿Y qué se le olvidó al señor?

- ¿Señor? No me ofendas. Aún no soy un abuelo.

- Tus canas dictan lo contrario.

- Ah, ¿Ellas? – Las señalaba. – Rayos, siempre me dan a ver como un anciano.

- Entonces, ¿Cuál es tu edad?

- Pues eso no se dice, cariño.

- Oh, disculpe señora cuarentona que no quiere decir su edad por vergüenza.

- Pero qué sentido del humor el tuyo, eh.

- Desde luego. – Estaba dejando a un lado la timidez porque quería arriesgarme y él no se ve nada mal.

- Ya que insistes. – Suspiró – Veintisiete, ¿Y tú?

- Veintiséis.

- No tenemos mucha diferencia.

- Pues no...

         Después de esa pequeña y entretenida conversación hubo un silencio, no era incómodo. Sentía que lo conocía desde hace un buen tiempo, era carismático. Comenzamos a elevarnos y por alguna razón el cerraba los ojos y apretaba sus piernas, hasta que estuvimos estables.

- ¿Sucede algo? – Pregunté.

- No es nada, tranquila.

- ¿Seguro? – Insistía.

- Sí, gracias en verdad. ¿Y a qué te dedicas? – Preguntaba con una mirada encantadora.

- Contaduría.

- ¿Matemáticas? Sólo sé que dos más dos es cuatro

- Jajaja, es sencillo.

- Sencillo para alguien inteligente. – Se acomodaba los lentes.

- ¿Y tú? ¿A qué te dedicas, Alejo?

- Pues... docencia.

- ¿Eres de esos profesores que duermen?

- No. Mis métodos son muy dinámicos, trato de no recaer en una aburrida clase. – Veía un brillo en sus ojos.

- Interesante. – Me sobaba la quijada.

- Jajaja. No hagas eso.

- ¿Qué cosa?

- Tomar tu quijada, es gracioso. – Quitaba los dedos de mi quijada lentamente con suavidad, su tacto es cálido.

        La conversación estuvo complementada y cada uno aportaba algo gracioso así sea al tema más serio y complejo. Me agrada a pesar de ser un desconocido siento que lo conozco desde hace años, es una sensación extraña. Al llevar varias horas de vuelo el sueño nos venció a ambos, trataba de mantenerme en mi asiento y no recaer en su hombro, sin embargo fue casi imposible, me desperté unos quince minutos después de dormir y estaba en su hombro, me levanté exaltada.

- Tranquila, puedes quedarte. – Me embriagaba con su perfume.

- ¿Seguro? – Aparecía un rubor en mis mejillas.

- Desde luego, no es el hombro defectuoso.

- ¿Defectuoso?

- Gran y larga historia que me encantaría que escucharas. Pero mírate, estás casi que hablando con tu subconsciente. Descansa. – Acariciaba mi brazo.

        Tuve que ceder a su pequeño sermón y descansar. Tuve sueños con Daniel, con la libreta y fueron abstractos, no recuerdo con exactitud. Faltaban unos veinte minutos para aterrizar y ambos tuvimos que tomar nuestros celulares, en mi caso para avisarle al muchacho que me esperaría que no faltaba mucho para mi llegada, enseguida contestó y mencionaba en su mensaje que estaba desde hace un par de minutos.

        El resto del vuelo sólo hubo miradas, él daba sorbos a su café y me invitó uno, se sorprendió un poco por mis gustos hacia el café fuerte y sin azúcar. De nuevo escuché la voz de aquella mujer anunciando nuestro aterrizaje, todos tomaron su equipaje incluyéndonos. Bajamos las escaleras y él me miraba de reojo sonriendo. Trataba de seguirle el juego al colocar uno que otro mechón de cabello detrás de mi oreja.

- ¿Te esperan? – Preguntó al llegar al final de las escaleras.

- Sí, ¿Y a ti?

- No, ¿Puedo acompañarte con los diferentes procesos?

- Claro. – Caminábamos para adentrarnos al aeropuerto.

         Durante los diferentes registros sentía a Alejandro hablarme sobre diferentes temas y sólo respondía con mi subconsciente. Mi mente aún seguía plasmada con Daniel. Han pasado ya tres largos años desde aquel encuentro en la cafetería. He releído una y otra vez la libreta, causa las mismas emociones como si fuera la primera vez que la leyera, desde dudas e interrogantes, hasta la tristeza y la agonía de saber por los duros momentos que han tocado su vida. Grabada está su firma en mi cabeza y pude con las grabaciones escuchar su voz. Esa combinación, esa hermosa mezcla sigue en mi cabeza, su perfume aún permanece en la libreta y es lo que me tranquiliza.

- ¿En qué piensas? – Preguntó luego de verme un par de segundos sumergida.

- En el cambio.

- A veces tenemos que desprendernos del pasado y fijarnos en el futuro.

- ¿Experiencia? – Levanté una ceja.

- Mucha en realidad. – Se acomodó los lentes.

- Tienes los ojos hermosos. – Se veía un café degradado mezclado en algunas partes con verde.

- Son comunes, marrones. – Veía al suelo.

- Pero a mí me parecen encantadores.

- Gracias, ¿Coqueta?

- Un poco.

- Si así son las cosas, ese sonrojo, esa cabellera castaña y larga, la sonrisa tan hermosa que luces como tu mejor atributo son perfectos.

- La perfección no existe. – No iba a aceptar piropos tan básicos.

- Eso pensaba, Gerd, eso pensaba hasta que te cruzaste en mi camino. – Se acercó a unos pocos centímetros de rostro.

- Interesante.

        Continuamos por los registros y al percatarnos nos quedaba sólo uno, era el más sencillo, ¿Este sería el adiós?

- Ha sido un placer. – Se inclinó y tomó mi mano para besarla. – Un grato placer compartir un gran momento contigo.

- Igualmente. - ¿Se irá?

- Hasta otra oportunidad. – Se marchaba a paso lento y volteaba de reojo a verme.

          Lo bueno dura poco y he aquí la prueba de ello. Irónico que fue un amor pasajero, si es que se le puede llamar amor.

        Recibí en mensaje de texto de Richard, el joven que me esperaba, me indicó el lugar donde se encontraba y me dirigí con mis maletas a aquel lugar.

         Enseguida lo vi él me llevaría al departamento y me instruiría los primeros días de mi estancia. Caminaba hacia a él, suspirando por aquel encantador momento en el vuelo y por la despedida tan cruda que tuvimos.

        Nos saludamos y me decía dónde estaba el auto. Íbamos hacia donde se encontraba y escuché una voz conocida diciendo mi nombre.

- ¡Gerd!, ¡Gerd!, ¡Gerd! – se escuchaba en todo el aeropuerto, al voltear veía a lo lejos a Alejandro – Llegué – Jadeaba – Sólo quiero decirte, que me fascinó tu compañía en aquel vuelo y aquí . – Hablaba buscando aire – Y que no quiero quedarme sólo con este encuentro casual. Me encantaría conocerte un poco más – Estaba un poco menos agitado. – Ten mi número y llama cuando quieras tomar un café. Espero tu llamada, Gerd. – Finalizó.

- Calma, calma, mucha información. – Reía para ocultar mi pena.

- La necesaria. – Sonreía. – ¿Aceptas?

- Sí, es más anota el mío. – Su sonrisa se elevó de oreja a oreja.

- Gracias. Te llamaré.

        Vi sus intentos de abrazarme y no sabía cómo iniciarlo, así que lo ayudé y lo abracé fuerte para volver a sentir su aroma de nuevo. Al desprendernos, sentí el tropiezo de un pequeño que corría, por lo que logró que soltara por el impacto el bolso de mano. Cayeron diferentes papeles y entre ellos la libreta. Alejandro se agachó para ayudarme a recogerlos del suelo, traté de tomar la libreta antes que él... era algo tan mío, tan personal que me negaba a que otra persona la tocara.

- ¿Es tu diario? – Lo sacudía un poco de los residuos del suelo.

- Verás... no es propio. – Sinceridad ante todo.

- Lo sé. Es mío. – Mi mente se colapsó enseguida, ¿Cómo podría ser suyo? ¿Me estará tomando el pelo? Porque si es así lo golpearé.

- Aguarda, ¿Cómo qué es tuyo...? – Aseguraba que no fuera lo que me estoy imaginando.

- Eres esa chica. La de la cafetería. – Un momento...

- ¿Da... ni...el...? – Pronuncié su nombre con voz casi inaudible...

- El mismo.

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