Björk despertó aquella calurosa tarde con el rostro bañado en sudor. No tenía hambre ni sed. Postrado en su cama con la mirada fija en la nada intentaba, sin esforzarse mucho, recordar qué había pasado. No parecía ser la resaca lo que lo mantenía ahí, inmóvil, sin expresión alguna en su rostro.
No recordaba cómo era que había terminado en esas condiciones, ni qué había sucedido la última semana, o qué había comido un par de días atrás, ningún evento relevante se manifestaba en su mente.
Parpadeó rápidamente varias veces y después se incorporó con dificultad hasta quedar sentado en el filo del colchón, con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados. Secó con sus manos el sudor que seguía corriendo por su rostro.
Estaba completamente desnudo y su piel amarillenta hacía perfecto contraste con las sábanas color perla de su cama. Chupado hasta los huesos parecía haber dejado de alimentarse por semanas, las costillas resaltaban de entre la poca carne que le quedaba; las oscuras bolsas bajo sus ojos podrían fácilmente albergar unos cuantos centavos y esos pómulos saltones ponían al descubierto su demacrado rostro.
Aquella naricilla delicada de fina terminación no tenía tintes de hombría, pero en realidad nada de su esquelético cuerpo lo dotaba de masculinidad en aquel entonces; sus pequeños y sumidos ojos de colores distintivos entre un verde y naranja parecían revolotear en sus órbitas sin poder quedarse quietos, ¿cuánto tiempo había dormido?
Había en su cuerpo un exquisito temblor que podía vislumbrar al poner sus manos flacas al aire frente a su cara y esa pesadez que sentía en sus hombros, como si alguien lo forzara a soltar los brazos; era algo que nunca antes había sentido. Quizá estaba enfermo – pensó – pero ningún malestar se hacía presente en su cuerpo.
Le costaba mover sus pies en su insaciable búsqueda por los zapatos que recordaba haber dejado bajo la cama. Los zapatos negros de tela que utilizaba siempre que estaba cansado, siempre estaban ahí, en el mismo sitio. Agitando sus extremidades con total desánimo, intentaba entonces alcanzarlos a tientas. Como hacía cada día por costumbre. Era como si una sensación de entera paz le estuviera invadiendo las células y obligándole a relajarse a límites estratosféricos. Aquello no era algo malo, pero tampoco parecía bueno.
Hacía mucho que no despertaba en calma, ya se había acostumbrado a sentir un vacío en el estómago siempre que la mañana llegaba, ese "sustito" que se siente en el pecho cuando las cosas no van bien ya se había vuelto su cómplice al abrir los ojos.
En cambio, esta vez no tenía miedo, no sentía dolor, no quería sonreír, ni llorar. Quería quedarse ahí, quieto. Sin que nadie lo molestara y sin molestar a nadie. Sin embargo, había en él algo que no se había esfumado, como siempre, su curiosidad era mucha: moría por entender el origen de aquel espeso aire lleno de sosiego que le brindaba la necesidad de permanecer inerte.
Salió de la cama con el pensamiento en blanco y corrió inmediatamente la cortina verduzca de su habitación cubriendo los rayos del sol que penetraban con fuerza en sus pupilas. En realidad, aquello no le molestaba, pero, al igual que la búsqueda por sus zapatos, esto era algo que hacía cada día al despertar y decidió repetirlo aquella tarde también. Porque sí.
Salió entonces de su habitación, con pereza y desgano. Sin prisa alguna, recorrió el angosto pasillo que llevaba a la sala de estar, arrastrando los pies directamente sobre el polveado suelo, pues no había logrado encontrar sus zapatos y se había dado por vencido en su lucha por buscarlos. Al final de cuentas, no le pareció tan importante encontrarlos.
Estaba todo especialmente callado esa tarde; no se percibía ningún movimiento. Antes, los vecinos gritaban, los perros ladraban y los automóviles crujían por las calles causándole una jaqueca irremediable y llevándolo al borde de la locura. Solía jalarse los pelos mientras gritaba al aire, por la venta de su apartamento, que se callaran la boca.
Lo miró entonces, ahí estaba aquel florero color uva que tanto detestaba, justo sobre un librero en la sala de estar que estaba cerca de su sofá preferido. Odiaba el florero porque era el único recuerdo que le quedaba de Marie Ann.
Recordó entonces el rostro de quien había sido su amor por tanto tiempo, con quien había compartido sus deseos y sus más grandes alegrías, la que había sido su adoración, pero quien lo había abandonado sin tentarse el corazón, sin explicarle por qué, sin brindar una oportunidad más. Eran precisamente aquellas membranzas lo que le hacían tirarse al piso y llorar "a moco tendido" como un chiquillo.
Marie Ann era un nombre horrible – pensó.
Conocer a alguien en una tienda de zapatos, era estúpido – pensó.
Invitar a salir a una desconocida que compra zapatillas feas, era una tontería – pensó.
Amar a alguien más de lo que te amas a ti mismo, era la mayor idiotez del ser humano – pensó.
Romperle el corazón a alguien que daría todo por ti, eso sí era sensato; eso es lo que los humanos hacen, porque el ser humano es egoísta por excelencia, esa es su naturaleza – concluyó.
Tras este último pensamiento, una cortina de humo lo alejó del recuerdo de aquella chica y volvió a enfocarse en el florero; no se atrevía a retirar el adorno violeta, pues, aunque no lo decía, confiaba muy dentro de su corazón en que ella volvería. Posó su mirada sobre el horrendo florero, pero esta vez no sintió nada y se sintió capaz de tirarlo, quebrarlo o lo que quisiera; suspiró un poco sin motivo aparente.
Los párpados caídos hacían perfecto juego con sus labios partidos y sin color. Si la indiferencia tenía rostro, era seguramente el de Björk.
Se detuvo entonces un segundo, por inercia, por instinto. Frente a él había un periódico un poco arrugado descansando sobre la mesita de estar, parecía que le habían arrancado un trozo, algo de publicidad que extrañamente desató una explosión en su interior.
Sin razón alguna su vista se nubló profundamente hasta impedirle ver, fue como si hubiera activado un interruptor de la memoria, encogió los hombros llevándose las manos a la cara, tropezó después con las patas del sofá y cayó al piso con fuerza golpeándose la sien en la mesita de estar, un hilito de dolor recorrió sus venas, pero desapareció inmediatamente, esfumándose como por arte de magia, sentía los sesos revueltos.
Sin emitir ruido alguno yacía bocarriba con los brazos pegados al cuerpo y las piernas extendidas, su mirada estaba severamente perdida como si estuviera a punto de convulsionar, consciente por desgracia. Fue entonces cuando un destello de luz le invadió repentinamente dándole paso al recuerdo de lo que había sucedido no sólo el día anterior, no sólo la semana anterior sino los últimos seis meses de su vida que comenzaron a desfilar frente a él apabullantemente:
Un anuncio en el periódico había captado su atención, Dyoho, un Call Center revolucionario y prometedor solicitaba empleados, Björk necesitaba trabajo y aquel sitio ofrecía una paga de no creerse. Pocas horas sentado frente a un teléfono, sin tener que convivir directamente con los desagradables humanos, parecía irreal.
Hacía poco más de un mes que lo habían despedido de su antiguo empleo. Las razones de su despido se amontonaban todas en una copa con residuos de vino tinto que reposaba sobre el fregadero de la cocina junto con el resto de los trastos sucios desde hacía tanto tiempo que el moho había comenzado a esparcirse por la barra.
Si Björk bebía era porque quería olvidarse de lo que sentía, las memorias de Marie Ann lo habían consumido hasta el grado de querer ahogarse en fermentadas bebidas cada día. Llorar ya no era suficiente, gritar ya no bastaba, llamarla cientos de veces jamás le había alcanzado.
El escurridizo dinero se había agotado demasiado rápido, el estómago le crujía por el hambre y el mal humor se había vuelto parte de su rutina. Huraño, introvertido y nervioso eran las nuevas características de un chico que había sido brillante una vez, con una casa grande, un buen auto y un trabajo que le gustaba.
Presentarse en el aquel Call Center la mañana siguiente a ver la publicidad, con su mejor vestimenta, era algo más por necesidad que por gusto; recordaba claramente la corbata azul con puntos blancos que había usado, se había duchado por un par de horas para evitar que evaporase de su piel el ya típico aroma a alcohol. Había usado loción, pero no la que Marie Ann le había regalado, una que sus neuronas no asociaban con el desamor. Pero nada, por más que lo intentó, pudo ocultar la tristeza que se escurría de cada poro de su piel.
Una fila enorme de personas esperaba fuera de Dyoho. Odiaba esperar, odiaba hacer filas y su frustración era inevitable, acrecentando con cada minuto que pasaba. Con el ceño fruncido y las piernas temblorosas intentaba pensar en cosas que pudieran calmarle un poco. Tres veces estuvo a punto de irse, pero la poca sensatez que le quedaba le obligaba a permanecer en su sitio.
Más de cuatro horas de desplantes le tomó acercarse a su turno, ese turno que había esperado tanto y que un hombre de tez morena, aparentemente latino, con cientos de kilos de más quería quitarle simplemente porque sentía que podía. Lo cierto es que aquel tipo de robusta figura únicamente buscaba atravesar la línea sin ideales de entrometerse en ella, pero Björk no lo sabía.
Sus emociones habían estado a flor de piel por tanto tiempo, el estrés le carcomía por dentro y sin pensarlo ni un instante tiró un puñetazo directamente al rostro del latino exclamando con rabia que nadie iba a quitarle su lugar. Como loco se abalanzó sobre el desconcertado hombre que no hacía mas que cubrirse de los golpes sin entender qué sucedía.
Los guardias de seguridad del lugar llegaron en cuestión de segundos impidiendo que siguiera golpeándolo, lo tomaron por los brazos mientras él no dejaba de gritar palabras sin sentido, sumergido en una rabieta colmada de terribles sentimientos que culminó con un inesperado desvanecimiento.
Björk despertó tiempo después en una cama de hospital. Unos cintillos de cuero rodeaban sus muñecas y sus tobillos atándolo a la cama en la que estaba postrado y por más que se esforzó por desatarse no pudo hacerlo. Tenía la vista nublada y era difícil moverse.
El personal corría de aquí para allá luciendo sus batas blancas e ignorando sus gritos. Había un foco enorme que reposaba encendido justo encima de su cara elevando sus niveles de bilis hasta sus máximos niveles.
En el marco de la puerta reposaba el letrero con el nombre del Call Center "Dyoho" en colores rojo y azul marino, excepto que el logotipo aquel no era el mismo que había visto en la puerta principal.
Había una enfermera. Una mujer joven y delgada que tenía dulzura en su mirada se había acercado a él. Björk sintió esperanza al verla llegar y le pidió ayuda para salir de ahí, pero su esperanza terminó completamente rota cuanto la enfermera tomó una mascarilla, de aquellas que se usa para la respiración de oxígeno, y la colocó suavemente en su rostro, pidiéndole que se relajara con un tono de voz muy blando.
Fue entonces cuando salió ese gas de aroma amargo. Aquel gas que lo había mandado a dormir por quien sabe cuánto tiempo. Ahí fue cuando olvidó todo.
Repentinamente dejó de pensar en lo que había pasado y se incorporó del suelo. Tomó asiento en su sofá favorito y miró la pared frente durante un par de horas, con los ojos bien abiertos pero la mente totalmente cerrada.
Sus ojos seguían desorbitados, pero parecía que se calmaban poco a poco.
La tranquilidad seguía rodeándolo. Permaneció ahí, en el sillón de roja vista hasta que cayó la noche. Parecía aturdido y aunque por minutos lo intentaba, no podía recordar más allá de la máscara de gas.
Había rotado tantas veces ese pensamiento que comenzaba a difuminarse como si en realidad jamás hubiera sucedido. Se quedó dormido donde estaba, con el canto de un grillo haciéndole fondo, olvidándose de aquel perturbador flashback.
A las seis de la mañana, con el sol apenas poniéndose, Björk abrió los ojos. Se levantó con más ánimos, pero aún sin mostrar expresión en su rostro y realizó su rutina con la mayor normalidad del mundo.
Para las cinco de la tarde no se había vuelto a preguntar qué le había sucedido, ¿para qué? Si se sentía completamente relajado. Hacía tanto tiempo que no estaba a gusto consigo mismo. La curiosidad que sentía antes ya no estaba presente, no había necesidad de indagar más si todo se veía tan claro.
Desde que Marie Ann se había ido su vida era un total desastre. Lloraba cada noche, comía a deshoras, si es que lo hacía, y había descuidado por completo su casa, bebía a diario y no controlaba sus emociones. Repentinamente estallaba en desesperados desplantes, por cosas muchas veces infantiles.
Había tocado fondo al perder su trabajo. La mezcla de sentimientos que le invadía le había hecho pensar, incluso, en terminar con su vida, que no la veía más que miserable y desabrida: una soga alrededor de su cuello, un frasco de píldoras, un par de cortes en las muñecas. Por supuesto que lo había pensado, pero su coraje no era suficiente y la valentía jamás lo había caracterizado.
Pero en aquel día, ninguno de esos sentimientos le había causado furor, de hecho, se había olvidado de pensar en Marie Ann.
Con tanta paz rondándole comenzó a hacer algunos cambios. Limpió todo lo que había que limpiar, tomó un baño, alineó su barba, cortó su cabello e incluso utilizó un poco de esa loción que su amada le había regalado para su tercer aniversario, y ni siquiera con ese aroma recordó pensar en ella. Se sentía completo, pero no había satisfacción en ello, no sentía nada.
El timbre sonó a las cinco con treinta, Björk cortaba una zanahoria en ese momento, se sobresaltó un poco y cortó sin querer la yema de su dedo índice en la mano izquierda, extrañamente sintió como el dolor le recorría el cuerpo para desaparecer en cuestión de segundos. Quiso sonreír, pero no vio razón para hacerlo.
Ató una bandita en su herida y sin mucha prisa abrió la puerta. Ahí estaba ella: hermosa, blanca, delicada y con aquellos ojos brillantes, usando un vestido blanco y holgado estaba parada en el pórtico, Marie Ann. A su lado descansaba una maleta de cuero negro y llevaba consigo un bolso de mano en color arena. Sus ojos suplicantes y mojados lo decían todo.
Björk había esperado tanto por este momento. El día aquel en que la única persona que le daba vida a su vida se apareciera nuevamente en su puerta pidiéndole una infinita disculpa por haberse ido sin razón. Aquel momento en que la rubia de sus sueños dejara sólo de aparecer en ellos y volviera, justo como lo hacía ahora, rogando que la aceptara de nuevo y jurando no equivocarse nuevamente, nunca más. Pensar en ese momento era lo que lo había hecho sobrevivir a sus fantasmas, esperar por ese día le había llenado de esperanzas alguna vez.
Y ahí estaba lo que tanto había pedido a Dios, al destino, a las estrellas fugaces. Únicamente debía dejarse llevar y abalanzarse sobre ella abrazándola y diciéndole cuanto la amaba, pero no era más lo que Björk quería. Ya no. Porque en realidad ya no quería nada.
Ella estaba ahí y él era incapaz de tener algún sentimiento. Su rostro seguía sin mostrar emociones. No había amor ni odio en su mirada, no había nada.
Después de recorrerla con la mirada una última vez, giró sobre sus talones y cerró la puerta de un golpe, dejándola ahí de pie. Tomó la comida que estaba preparando y se acomodó en su sofá. Por un momento pensó que era cuestión de segundos para que el arrepentimiento lo consumiera, pero no fue así.
Ningún tipo de sentir se manifestaba. Él reposaba cómodamente. Estaba donde quería y no le importaba saber qué era lo que había cambiado en él para rechazar lo que tanto había buscado.
Un ligero toque de satisfacción lo invadió, pero pasó rápidamente. Había superado su pasado, era un hombre fuerte, un hombre nuevo.
Encendió el televisor por la noche. No bebió ese día, y sólo quería ver el noticiero, aunque en realidad no sabía si lo quería. Subió el volumen y ahí estaba él.
Era el hombre latino que había golpeado en Dyoho. Se veía distinto, mucho más delgado y tremendamente desgastado, como si no hubiera dormido en varias semanas. Con ese rostro lleno de amargura aparecía en las noticias para contar su historia, una historia que a Björk le resultó conocida. El desmayo, el hospital, la enfermera, la máscara de gas y algo más... algo que su mente había omitido cuando intentó recordar qué le había pasado.
El Dyoho no era un Call Center, era un centro experimental disfrazado, donde doctores de distintos países se reunían para modificar aspectos característicos de los humanos.
Björk recordó haber visto una etiqueta en la puerta de la habitación donde lo habían encerrado. Aquello no era legal, ni siquiera se sabía de su existencia. Mutaciones, clonaciones, modificación genética. Efectivamente un hombre con carácter fuerte y emociones a la vista fue el blanco perfecto para el experimento que se llevaba a cabo ese año. Ahora todo tenía sentido, ahora comprendía el por qué de todo.
Björk comenzó a reír a carcajadas, a reírse de sí mismo, a recordar las lágrimas de Marie Ann al creer que él había dejado de amarla porque sí y siguió riendo hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Lágrimas sin sentido.
Si aún la amaba era algo que no podía saber, porque sus sentimientos se habían vuelto fugaces. No era un hombre fuerte, no era un hombre nuevo, no había logrado superar su pasado, era sólo un hombre sin emociones. Un hombre al que le habían exprimido hasta la última gota de sentimientos en Dyoho, habían apagado una parte de su cerebro dándole lo que tanto había pedido alguna vez, cuando más perdido estaba: dejar de sentir.